sábado, 29 de abril de 2017

El nudo de la existencia

Hace unos días me encontré sintiendo el nudo de la existencia.
Es un nudo en el cuerpo. Pero, ¡cómo nos arroja fuera de sus límites!
Quizás porque tiene que ver con su límite: el límite del cuerpo, el límite de la vida, la muerte.
O la mortalidad de la existencia.
O su conciencia, que son lo mismo.
El otro día lo sentí en la garganta. Ese nudo que son ganas contenidas de llorar.
Un nudo, una presión, un agujero que perfora sin materia.
Un nudo en la garganta: el lugar del habla, de la humanidad que se sabe siendo, hablando.
En ese hablar por dentro que discurre sin sonidos, pero con marcas.
Un nudo en la garganta que es también nudo en el estómago.
El lugar de la digestión, del alimento, de la necesidad de comer para vivir,
pero también de la incorporación.
Todo eso que comemos que no es alimento.
Todo eso que deglutimos, que procesamos, con el cuerpo.
Y nudo como proceso interrumpido.
Nudo como piedra, dureza, peso.
Algo me pesa adentro.
Algo difícil de tragar.
La existencia.
Que depende de que sea cuerpo, que se comprende porque es un cuerpo que habla.
Que piensa y siente, y siente el nudo de pensar la existencia.
Me duele un órgano que no existe.
Un músculo que se tensiona, se contrae,
de vez en cuando
se relaja.
Un músculo del cuerpo que se autoasfixia.
Me duele el nudo, su contractura, su indigestión, su no completa comunicabilidad.
Un nudo que por definición tiende a querer expulsar algo
algo imposible de localizar.
Un miembro que no puede extirparse.
Un nudo que fluye desde el centro pero se estira
como la contracapa interna de la piel.
Una dermis existencial ocluida.
Un nudo a desatar sin saber de qué está hecha su cuerda, su hilo, su trama.
Se afirma en su plena materialidad incorpórea: “Soy un nudo. Soy tu nudo.”
Y algo grita adentro, a alguien: “¡Desatame!”
¿Qué podría ser des-atar-me?
¿Dejar de ser? No es una opción.
¿Dejar de pensar? ¡Pero si es un pensamiento que no elijo!
He ahí su modalidad de indigestión.
Un “yo pienso lo que preferiría no pensar” que viene sin que lo llame.
Qué dejar, entonces, para que pierda su presión el nudo.
Que es nudo que tensa pero también nudo que sostiene.
Sostiene, localiza, este cuerpo en sus circunstancias.
Este pensamiento en su contingencia.
No puede dejar de ser, no puede des-atar.
Se pregunta por el modo de la convivencia con ese nudo que se tensa.
Cómo vivimos vos y yo, nudo y cuerpo en este mundo.
Nudo ventana a todo lo que es y podrá dejar de ser en cualquier momento.
Como el cuerpo que tiene el nudo en sus adentros.
Como el modo de la corporalidad en el que se tensiona.
Como es inter-corporalidad que lo atraviesa.
Cuerpo, nudo, finito, incierto.
Y un pensamiento que lo vive, que lo rodea, que le debe su existencia
y por eso de vez en cuando lo detesta.
Escribir para aflojar la garganta con las manos.
Escribir para alivianar el nudo de la existencia.

sábado, 11 de febrero de 2017

“Lo que ustedes quieran traerme”


Es el cumple de mi sobrino Dante. No hacen una fiestita pero igual decido pegarme una vuelta y llevarle un regalo. Pasado un rato de mi visita tengo a Vera, su hermana de casi cuatro años a upa, comiendo una chocotorta que hizo la mamá de ambos para que sople las velitas. Vera cumple cuatro en un par de semanas.

Entonces, en ese momento de charla en común alrededor de la mesa con los abuelos y un par de tíos que también cayeron a saludar, le pregunto a Vera:

-          Verita, ¿vos que querés de regalo de cumpleaños?

Y Vera me responde con una naturalidad conmovedora, sabiendo que en ese momento abuelos y tíos escuchan:

-          Lo que ustedes quieran traerme.

Fue tan espontánea, tan tranquila, tan dulce su respuesta que su mamá, su tía Florencia y yo (mujeres de treinta años) no pudimos sino hacer gestos de emoción y sorpresa… a mí hasta se me empaparon los ojos (y creo que también a ellas un poco). Le dije, aún emocionada:

-          Entendiste todo, Verita hermosa.

La reacción movilizadora de esa respuesta de esta preciosa nena de casi cuatro años me invadió, nos invadió, por un buen rato… la decodificación fue la maravilla de esa humildad, esa consideración por el gesto de los demás como más valioso que lo que sea el objeto-regalo para ella, esa adulta respuesta como si ya tuviera registro del peso económico que puede ser para cualquiera comprar un regalo… esa espontánea decodificación mía (y nuestra) fue la razón de la emoción y la ternura hacia esta mujercita bella.

Y sin embargo, con menos espontaneidad y con algo más de convicción, de pronto fue llegando a mí otra reacción, otro modo de interpretar esa respuesta… la segunda lectura se reforzó cuando llegado el momento de las visitas de retirarse, mientras adultos se levantan de sillas y agarran sus carteras e inician saludos, veo y escucho a Vera dirigirse a su primo más chico que ya se iba, hablándole mientras él le daba la espalda interesado por entrar un rato más al cuarto de sus primos. Vera le dice a su primo:

-          ¿Te gustó jugar conmigo, Joaquín?

Ahí ya no me enternezco de nuevo porque la escena confirma la lectura segunda… sin negar la primera, pero complementándola como su cara negativa, pienso: “Vera ya sabe, como mujer, no decir su deseo.” Siento que ser mujer se define en nuestra cultura por posponer la relevancia del deseo propio al masculino-social-ajeno. ¿Por qué no decir “quiero una muñera”, “quiero un disfraz”, “quiero un autito”, “quiero un juego”? ¿Por qué no nombrar el deseo cuando la pregunta inquirió justa y exactamente eso, cuál era su deseo?

Y yo te dije “entendiste todo” porque sí, entendiste todo lo que ser mujer implica… lástima que no solo como identidad sino también como carga.

“¿Te gustó jugar conmigo?”. Y, ¿a vos, Verita? ¿Te gustó jugar con él? ¿Por qué tu experiencia de juego y disfrute no se verbaliza como “Me gustó jugar con vos, Joaquín”? ¿Por qué en vez de afirmar qué sentiste en esas horas vos redondeás el bienestar de la experiencia con la inquisición de si El Otro disfrutó con vos? ¿Por qué la pregunta por la satisfacción del otro antes de la afirmación de la propia? ¿Por qué mi deseo es “lo que ustedes quieran traerme”? ¿Por qué mi deseo no es “esto” y punto?

Doble cara de la ternura infantil femenina: una apertura al mundo y sus circunstancias desde una posición de cuidado (“Comprendo como niña el costo económico y el esfuerzo de los otros y los relevo de la preocupación en demasía de cómo regalarme/satisfacerme”); pero también una posición de subordinación del propio deseo a un deseo ajeno: “Lo que ustedes puedan traerme, mi deseo es secundario.” Pregunta “¿le gustó jugar conmigo” en vez de afirmación “Me gustó jugar con él” –y no se trata de que la pregunta esté antes de la afirmación: se trata de que la propia afirmación-satisfacción se considera después, bajo condición de la afirmación-satisfacción del otro.

Mis lágrimas de tía emocionada como reacción primera indican la constitución idéntica que como mujeres nos comunica… mi lenta pero segura indignación en una segunda lectura indica el riesgo al que nos expone esa identidad compartida.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Soy un ser de las profundidades


Vivo abismada en un plano de lo real tan profundo como insoportable.
Calles pavimentadas de preguntas. Sin esquinas donde descansar.
Me interpela lo profundo, me llama… me llama adentro mío y adentro tuyo.
Un afán de penetrar siempre más… siempre más.
Mi mente es un falo.
Mi lengua, también.
Me gusta bucear-me.
Me gusta bucear-te.
A veces pido permiso, pero las más, no.
Me sale la penetración en la profundidad como respirar.
Involuntaria. Necesaria.
Honesta, pero violenta.
Molesta, sí. Intensa.
Una posibilidad hecha habilidad, hecha hábito, hecha carne.
Hecha yo y ya no otra cosa.
Me habla antes de que piense si quiero abrir la boca.
Me vuelve toda palabra, cuestión reflexión.
Soy falo que penetra.
Pero también labio hospitalario.
El silencio es un esfuerzo pero no una solución.
Las profundidades y yo hablamos un diálogo permanente,
a puertas cerradas, a bocas cerradas.
A oídos imposibles de ser sordos…
Que escuchan desde adentro el rumiar de mi existencial excavación.
El mundo y la vida se han vuelto un mar.
Profundo, picado, voluminoso, inabarcable.
Me hundo más de lo que nado.
Me ahogo como un modo de la respiración.
Mis pensamientos son branquias.
El peso del cuerpo en suspenso me pesa.
No soy más liviana en este mar.
Y sin embargo es casa. Es hogar.
Un mar de profundidades,
con oleadas de argumentos,
y tormentas de reflexiones,
y una costa salvadora que siempre se busca
en el horizonte interminable de la profundidad que me envuelve.
Una costa que nunca llega.
Una tierra prometida que no aparece.
Mi isla profunda de agua y vida
me ahoga y me deriva.
Me lleva sola y a los otros.
Me llama y los llama como sirena.
Encanta el falo penetrante de la profundidad desconocida.
Puro labio que recibe y da.
Que te besa con las palabras que te hieren.
Creer que es una violencia femenina,
una violencia de transición,
de devenir,
evitable pero irresistible.
No soy su fuente sino su cuerpo.
Me llama en vos lo que de vos me llama.
Y la boca se abre,
Y las olas rompen,
Y el mar te traga.
En esta boca femenina.
de profundidades difíciles,
de caricias cálidas,
de preguntas necesarias,
de cuestiones irresolubles.
Un beso que es palabra y muerte.
Labios que son sed y vida.
Penetrando el mundo de lo profundo.

Donde pocos viven pero todos pertenecen.

Escribo entre dos mujeres

La noche antes de que Lupe se fuera a vivir a México le enseñé a mirar las estrellas. Desde sus primeros meses de vida hasta estos dos años-casi tres que tenía en febrero pasado, Lupe y yo creamos un vínculo íntimo. Este pequeño nuevo ritual –que no llegaría a ser ritual, dado que ahora nos sobrevendría una distancia- fue nuestra despedida momentánea.
La lleve aparte de la reunión familiar de despedida en la que estábamos, le dije “vení, tirate al piso”, el piso del pseudopatio del costado del fondo de la casa. Me tiré al piso, al lado de ella, y empecé a mostrarle, a señalarle las estrellas. Lupe siempre, desde bebé, amó la ostensión: desde ese primer ritual en el que la llevaba a ver los bichitos en el estante de la abuela Ñata y se los mostraba uno a uno, diciéndole qué eran, señalándolos rítmicamente con el dedo. En sus sucesivas repeticiones el ritual comenzó a incorporar la pregunta “¿este qué es?” de la tía antes de dar la respuesta. Respuesta que no llegaría nunca en forma de palabra adecuada, porque Lupe todavía no hablaba. Pero había algo que Lupe disfrutaba igual de que le diera la chance de recordarlo… quizás unos segunditos de intriga para su curiosidad temprana entre mi “qué es” y mi “este es un…”. Con las estrellas ya Lupe hablaba por lo cual el nuevo ritual-que-no-iba-a-ser mezcló ostensiones, relatos sobre estrellas, cavilaciones sobre brillos y distancias, e incluso chistes inconexos sobre quién se había hecho pis o caca. Así pasamos nuestra última noche juntas antes de su viaje: tiradas una al lado de la otra en el piso, disfrutando de estar juntas, mirando las estrellas, riendo de pavadas.
No pude evitar pensar qué recordaría Lupe de mí, de esa noche y de tantas cosas juntas. Cuánto recuerda una niña de su infancia, sabiendo yo del recuerdo difuso que tengo de la mía. Cuánto detalle en realidad es la pregunta… cuánto recordarás Lupe de la tía que en esos primeros años tuyos fui cuando tu conciencia y tu yo se formen, cuando los recuerdos empiecen a cristalizar, solidificar, en la forma de relatos.
Escribo entre dos mujeres porque mi impulso de escritura volvió, retornó, entre dos mujeres importantes de mi vida: Lupe, que nace y trae toda otra experiencia de sororidad asimétrica, de “ti-idad”, de intimidad de traducción entre un lenguaje incorporado-dominado y uno que aún no es. Y la abuela Susana, que empezó a irse y terminó de irse en septiembre de hace un par de años.
Fruto de esas condenas de la vejez a la mente, los últimos años de mi abuela fueron los años en que fue perdiendo su conciencia. Lentos, lentísimos años de irse yendo de a poco. Mi tía Analí decía que quizás era porque ella fue huérfana y padeció tanto que le faltara su madre, que le costaba tanto irse y dejar a sus hijos.
El punto es que los últimos años de la vida de mi querida abuela Susana fueron los años en que se desvaneció de a poco su conciencia. Y fue así que mi escritura retornada se encontró entre mi vivencia alegre de la conciencia en formación de Lupe y mi vivencia triste de la conciencia en deformación de la abuela Susana. Una mujer que nace y otra que muere. Una que todavía no es y otra que va ya no siendo. Reflejo azaroso y necesario de mi yo, siendo… muriendo a una mujer, naciendo a otra, y la escritura en el medio.
Cuánto recordarás de mí, abuela, pensaba yo cada vez que iba a visitarla… besándola, acariciándola, abrazándola como exigiendo que me recuerde, de prepo, demandante, reclamando que el íntimo vínculo nuestro siguiera mostrando su existencia aunque en un lenguaje nuevo, quebrado, adormilado, discontinuo, vacilante, confundido, ahuecado, pero aún ahí, aún vivo, en destellos de “te quiero” y “te extrañé”, y “hace mucho que no venías”, y tantas otras frases que me dijo no sabiendo yo si era realmente a mí que me las decía.
Recuerdo que cuando la abuela aún estaba bien muchas noches dormía con ella. Con la excusa de que no alcanzaban las camas cuando íbamos de visita terminábamos las dos en la suya, charlando horas antes de dormirnos.
Recuerdo una noche en particular, en la cama, juntas, a oscuras. Con el silencio de la casa de San Pedro rodeándonos como un gran abrazo que nos permitía la intimidad. La abuela en la cama con su nieta filósofa. Recuerdo la oscuridad de la noche y esa bella percepción de formas blanco-gris-negras que se tiene cuando se está en la oscuridad no del todo completa con los ojos abiertos. Recuerdo que la abuela, a mi lado, levantó los brazos hacia el techo, movía sus manos y se las miraba, una y otra vez, despacio, delicada, siempre delicada en sus movimientos, movía las manos y se las miraba mientras seguíamos charlando y en un momento, con mis ojos en sus manos danzando en la oscuridad, me pregunta: “¿Vos creés que hay algo después de la muerte?”. Fue una pregunta tranquila, honesta, curiosa, reflexiva. No recuerdo qué le contesté… recuerdo el placer de escucharla hacerme esa pregunta. Recuerdo el goce de escuchar a mi abuela muy religioso-católica enunciarle a su nieta filósofa con auténtica duda esa pregunta… recuerdo que la pregunta fue como el movimiento de sus manos: delicada, juguetona, seria y llena de vida todo a la vez.
Me preguntó eso mientras yo seguía dulcemente hipnotizada por las manos de mi abuela. Las mismas manos con las que escribía. Mi abuela, Susana, que escribía. Mi abuela escritora, escribiente en todas sus formas. Mi abuela con la que nos escribíamos cartas de Santos Lugares a San Pedro… no era que el teléfono no alcanzara ni que la distancia fuera tan enorme. Era un ritual, otro, íntimo, nuestro, de regalarnos una escritura, un trazo de nuestras manos, en un papel que habíamos tocado, un pedazo de nuestro pensamiento y nuestro amor, enviado en un sobre amoroso, con remitente y destinatario, y códigos postales, juguetonamente enviado por correo, por un rítmico envío de afecto epistolar.
La escritura era importante para mi abuela. Escribía por todos los rincones de la casa, entre quehacer y niño, entre tarea y visita. Escribía en unos cuadernos u hojas sueltas y después pasaba todo a un cuaderno más prolijo, con su hermosa letra. De más grande participó de concursos literarios y ganó algunos premios y menciones. Se atuvo al verso como deseo y prisión, pero luego experimentó con cuentos e inventó relatos tan realistas como poéticos.
Entre las anécdotas que fuimos compartiendo al borde de su cama en las distintas visitas a la abuela convaleciente, en que me cruzaba con tíos, tías, primos y primas, otra vez la tía Analí recordaba una decepción escritural de la abuela. Parece que para algún aniversario la abuela le escribió un texto al abuelo –hombre que amó más allá de la vida, último recuerdo del que se despidió su conciencia atada a él como a todo lo que importa-, lo puso en un sobre destinado a él y se lo dejó en algún mueble de la habitación para que se lo encontrara de sorpresa pero inevitablemente. Parece que el abuelo vio el sobre y lo desestimó. Parece que leyó el texto y no hizo comentarios. Parece, como sea, que mi abuelo no recepcionó el íntimo regalo escritural de la abuela. Y parece que para la abuela eso fue una decepción tremenda… que lo relataba como un dolor enorme… parece que al abuelo lo avergonzaba un tanto que su mujer escribiera.
La abuela tiene un cuento que se llama “Desafío”. Es un relato maravilloso. Cuenta la historia de una pareja que se pelea, que están en tensión por un profundo desacuerdo, del cual no se sabe nada hasta el final del cuento. La abuela crea un relato de la pareja en la cama, sin tocarse, cada cual repasando las razones por las cuales es el otro el equivocado. Luego viene el desafío de la mujer que hace a espaldas del marido lo que este no quería. El marido sospechando la persigue y descubre… descubre que actuaba como vedette en una casa de burlesque. El cuento termina ahí: en la concreción del desafío. Siempre me fascinó ese cuento porque mi abuela tradicional, conservadora, aristocrática de provincia de Buenos Aires, la que me retaba si decía una mala palabra y siempre pontificaba sobre moralidad, valores y don de buena gente, secretamente añoraba desafiar a su marido cual vedette escritural… salir ligera de ropas, salir casi desnuda, en esa desnudez de la escritura que por eso siempre es vergonzante y por eso también avergüenza a quien nos descubre desnudas y lo reprueba.
Y ahora la vergonzosa-deseosa-de-ser-vedete soy yo, que retorna a ese impulso que siempre tuvo de escritura, de escribiente, desnuda en el lenguaje, jugando con sus manos en un teclado, lúdico hacer que desafía tanto la moral como la muerte. ¿Habrá algo más allá de la muerte? Quizás sí, pero otra cosa. Dejar una escritura que nos sobreviva. Seguir latiendo en las letras.
En la desnudez moralmente mirada hay vergüenza… como en esa desnudez donde se mira la propia vagina y se entiende que eso que está ahí es algo que me define pero que hay que ocultar. Sin saber bien por qué ese lugar nunca es neutro y su visión incluso por una misma está vedada. Entre la desnudez, lo femenino, la escritura y la vergüenza encuentro, descifro, cómo mi vida ha estado marcada por las mujeres que he amado. No son los hombres, o “el hombre”, ese al que empecé a escribirle poemas románticos desde adolescente. No, son las mujeres, mis mujeres, esas con las que he hablado, esas con las que me he comunicado aún sin compartir la misma lengua, esas que han formado mi conciencia antes de que yo arribara al lenguaje. Mi vida, y por eso ahora mi escritura, ha estado marcada por ellas.
Quizás esa emancipación que con cada una de nosotras empieza siempre de nuevo alcance uno de sus puntos más interesantes cuando ya no se escribe ni para ni sobre algún hombre, sino para y con ellas, las otras como yo, las mujeres que han hecho en el silencio de su estar siempre presentes, las marcas verdaderas de mi existencia.
Nace una mujer, otra se muere, y yo retorno a la escritura. Ahora el género me acosa en la escritura. Redescubro mi escritura porque redescubro mi género, esa vagina simbólica y real con la que a lo largo de los años mi relación ha cambiado… la que ahora miro con tranquilidad, la que ahora disfruto con alegría.
Este texto surgió en la oscuridad. Una noche sola en mi cama se corta la luz. Para variar, yo, sin atisbos de dormirme. La oscuridad que rodeó a mi abuela y su pregunta por la vida más allá de la muerte me rodea ahora a mí, en esa muerte que es no tener luz para hacer y ver. Miro por la ventana de la habitación la tenue luz de la noche que entra y se enamora mi mente de esa oscuridad a medias y empieza a escribirla. Agarro el celular que aún tiene batería y anoto estas notas que surgen como música lejana en mi cabeza para no olvidarlas, para no perderlas, como nunca quise olvidar ni perder a mi abuela.
Escribo notas sobre escribir, y Lupe, y ser mujer, y la abuela… escribo una tras otra. Paro. Otra nota, sigo escribiendo, el conato de un texto que hoy finalmente escribo completo.
Un corte de luz que me ilumina. Una oscuridad en la que vuelve de otro modo la pregunta por el más allá de la muerte. Y la escritura que aparece como respuesta no proposicional, como no-repuesta en el lenguaje: como praxis de escritura, como acción contra el pasar del tiempo que se lleva de mí tanta vida y tanta muerte, tanta mujer envejecida.
¿Será que siempre se escribe a oscuras?

¿Será que escribir es otro modo del danzar de las manos en el aire de una noche en que una mujer se hace preguntas?

miércoles, 27 de abril de 2016

Algo muere dentro mío.

Algo muere dentro mío.
Donde antes había lágrimas y desesperación,
Novela,
Ahora hay nada.
Sensación de nada.
Sensación de lo muerto.
Muere dentro mío un interés,
Algo deja de interpelarme.
Antes había allí una mujer sufriente
dispuesta a la angustia y el llanto.
Ya no está allí. Ha muerto.
Cuando es evocada por un motivo externo,
Algo que antes hubiera atesorado
como preciosa razón de ser de su sufrir,
no hay nadie ya que responda ese llamado.
Hay el registro de una ausencia,
Que no es el registro de una falta.
Hay una desaparición,
Un ya no estar.
Una sensación de ante-tumba.
Y es por eso que ante esa mujer
interna muerta,
Siento la sensación
de que algo muere dentro mío.
Muere la potencia sufriente de ese motivo,
Muere el último estertor de mi habitual reacción.
Muere el impulso a resucitar a la mujer muerta.
Y se siente como una nada,
Como un no tener respuesta,
Un nada que decir.
Un silencio.
Un necesito no hablarte.
Un deseo de interlocución que se deshace.
Ya no soy esa,
Y por eso no tengo más palabras que dar.
Un silencio de lo muerto y la nada,
Un silencio de ya no estar en ese lugar.

Sin embargo, detecto en ese no-lugar un resto,
Algo que permanece como vestigio, huella,
Pero no hay ya potencia sufriente,
No es eso de lo que está hecha.
Es como una pequeña chispa,
Una chispa de vida,
Conato de potencia siempre presente.
Potencia que me une a esa mujer que fue.
Pero por ser potencia es poder ser otra cosa,
Aunque haya estado también antes,
detrás.
Potencia de vida.

Es que yo solo puedo ser vida.
Soy la hija de mi madre.
Madre-vida.
Yo solo puedo ser vida.
Sonrisa.
Alegría.
Vida.
Contra vos y tu muerte.
Vida.
Mientras otros miran todo pudrirse.
Vida.
Y sonrisa.
A pesar tuyo.
De vos y del mundo.
Solo puedo ser vida.
Perdón.
Perdón por mi alegría,
Por la obscenidad de mi entusiasmo.
Perdón por ser vida.
Es que yo,
Yo solo puedo ser energía,
Vida,
Movimiento,
Estirarse libidinalmente en el tiempo.
Fiesta de formas.
Forma festiva.
Cuerpo que baila,
Risa que canta.
Vida,
Siempre vida.
Perdón.
Yo solo puedo ser vida.

martes, 22 de marzo de 2016

Carta a mi analista

Para I. S.
¿Cómo se termina el análisis? ¿Cómo se puede pensar en un final para aquello que mostró ser una búsqueda de un yo, un traer a la palabra, al tiempo del análisis y el espacio de la sesión, algo que no estaba antes si bien tampoco diríamos que no estaba?
Mejor aún, ¿cómo se le escriba a la analista una carta, un texto personal, íntimo, sin poner en riesgo, sin transgredir el límite de la subjetividad de analista frente a mí, aunque también es subjetividad y punto, persona, cuerpo?
¿Cómo te hablo, I., hoy, que performamos –al menos por hoy- un fin de la terapia?
Si hay fin, hay límite. Y si hay límite, hay transgresión posible.
Quiero habitar por este rato, junto a vos, el límite y la transgresión, aquello que pude entender y hacer gracias a la terapia.
Quiero hablarte de las sensaciones en mi cuerpo ante el decir del fin de la terapia. Quiero hablar de mi tierna resistencia. Quiero hablarte de mi angustia fugaz. Quiero mostrarte cómo entendí que el fin que anunciaste había llegado cuando sentí que dijiste algo que las dos veníamos evitando, evadiendo, retrasando.
Quiero describirte la sensación de separarme de algo muy mío, con la simultánea conciencia de que llegó el momento y de que voy a extrañarlo: a extrañar-te. A extrañar-nos.
Quiero disfrutar alegre y casi pícaramente de transgredir el límite de la construcción analista-paciente que consiste en mantener separados y distinguidos dos cuerpos, uno frente al otro, para que la transferencia sea, transgredir para mostrarte cómo esa transferencia me ha enseñado a no temerle a la transgresión, a jugar con los límites, a no temerle al cuerpo, a borrar los límites entre mi cuerpo y todo ese yo que vine acá a buscar y construir.
Querría abrazarte muy fuerte, querida I., y darte la alegría de mi yo encontrada en el deseo de transgredir la separación que tuvimos que construir y que, como toda construcción limitante de los cuerpos, ha perdido ya su vigencia, se ha vuelto ficticia, imposible.
¿O no hemos sido cada vez más, en este lugar y tiempo nuestros, una y la misma mujer que se habla a sí misma?
Es justamente en este falso fin del análisis en el que se devela que lo terminamos una… ya no dos cuerpos distintos en oposición, como los primeros días, sino como un cuerpo doble, producto de haber buceado, con la excusa de que hablábamos de mí, nuestras más íntimas profundidades. Por eso, éste es un falso fin, porque mientras performamos la escena de una despedida más estamos inaugurando una marca permanente para ambas. Hoy algo se termina pero en el terminarse se muestra a las claras el hacerse de un lazo que será permanente: yo no seré más yo, la que vino hace siete años, de ahora en adelante. No hay verdadero fin del análisis porque su potencia poética recién empieza.
Vos me dejás ir sola a una vida que será posible porque estuvimos siete años reconfigurando el relato que la sostiene. Un relato que lo primero que sabe es que no es condena, ni clausura… sabe que es imaginario: hecho de mis palabras más mías y ajenas a la vez. Hecho de hechos revisables, reescribibles, dúctiles, en cierto grado, a la fuerza de mi deseo. Un relato que es menos estructura que parche, sutura imaginaria de una serialidad de los días y, a la vez, soga, cuerda, cuyos nudos hice y deshago gracias al hilo imaginario del que provienen.
Me voy con una concepción nueva del ser y del tiempo. Nueva para mí… distinta de la que traje… transmitida por vos: una luminosa comprensión de la contingencia, del azar y la apertura por definición de cualquier futuro real-posible –frente al futuro expectativa, que tanto puede pecar de temeroso como de ilusoriamente ilusionante. He aquí un verdadero don del análisis: la vivencia de la libertad al nivel del imaginario; la capacidad ejercitada y ahora desarrollada de mirar hacia adelante y verdaderamente ver poco, o casi nada… ver que no veo una imagen clara, sino una mezcla de deseos posibles y circunstancias esperadas, pero sabiendo que no están allí, ya, esperando. Y en ese saber, ser libre. Libre del peso de un ilusorio temor concreto que podría no ser; libre de una ilusión temerosa de fracasar,  cuando toda ilusión no es más que deseo ansioso, pero nunca realidad asegurada.
El don de la ceguera respecto del futuro que es apertura existencial a las múltiples reales posibilidades que puedo tanto desear, querer ver reales, como puedo poner entre paréntesis, sabiendo que para la realidad con mi solo deseo no alcanza. Y sin embargo, es esa deflación del poder ciego del deseo lo que mejor le viene a mi ser deseante. Otra liberación más: la de no culparme ya si con el deseo no alcanza. Ahora sé que como dueña de mi deseo solo soy dueña de la experiencia de mi dirección y mi potencia… pero después viene el mundo, el mundo y su materialidad; el mundo y sus otros-yo que pueden o no acompañar mi deseo… que pueden o no, no por mí, ni por mi culpa, sino por su propio lidiar con el relato que los hace, un relato otro, distinto, y que son el azar y las circunstancias los que los intersectan con el mío.
Por eso no hay lugar real para la tragedia. Porque ya no hay héroes o víctimas, sino un pequeño sabio reconocer que es en un frágil ahora, que se extiende esperanzado en el tiempo, en el que siempre me encuentro.
Hay más lugar para una comedia, que es reír irrespetuosamente frente a lo trágico y no reconciliación para con mis circunstancias. No, no se trata de aceptar que solo hay lo que hay: se trata de mirar detenidamente, estudiar lo que hay, descubrir donde estoy insuflando tragedia a lo que es dificultad o azar, y dejar de soplar para poder actuar.
Otro don del análisis: el de la risa contra uno mismo. La caída de un insufrible género de la seriedad sacra de la vida para encontrar liberadoramente lo menor, lo irrisorio, lo gracioso de todo drama. ¿Se ha tematizado suficientemente el valor curativo de la risa en el análisis? Nosotras, I., nos hemos reído realmente mucho: reírse en el trabajoso deshacer y rehacer de la neurosis. Don poderoso del análisis: faltarle el respeto a la propia neurosis: esa distancia crítica que el análisis permite y que la risa posible señala como distancia-desplazamiento, como distancia ya transitada.
No me alcanza el tiempo para terminar de decir, de escribir, todo lo que el análisis pudo conmigo, todo lo que me pasó en terapia, todo lo que juntas hicimos en mí, en estos siete años.
Y aunque la distancia analista-analizada ha impedido que yo te conozca como vos me conocés a mí, no por eso ha impedido que yo te conozca como desde mi lugar de activa paciente he podido. He recogido en silencio, con esmero pero sin apuro, con cuidado y sin invadirte, pequeños signos de quién sos. Te he escuchado filo-kirchnerista en algún comentario al pasar, entre un abrir y cerrar de puertas, antes siquiera de que “kirchnerismo” fuera para mí algo para tener en cuenta. Fuiste una de las primeras personas a través de las cuales alcancé una precaria conciencia frente a la posibilidad de identificación que en ese comentario al pasar me brindaste. Pude también percibir a través de tus palabras y algunos de tus escritos tu vigente y rabiosa decepción para con un Perón-Padre masacrando a sus hijos.
Pude verte como modelo de una actitud menos inhabilitante frente a las miserias del mundo académico que ahora, por ello, puedo elegir no elegir.
Pude verte padecer la muerte de (…)[1] el día que me pediste disculpas por cancelar una sesión y te sentiste en la necesidad de aclarar la razón tremenda que lo justificaba. Recuerdo que me lo contaste mientras te estabas aun acomodando en la silla para iniciar la sesión… que lo dijiste y te llevaste tu taza de té a la boca para tapar, probablemente, el gesto de dolor indisimulable que se desplazó como invasión incontrolable de lágrimas que controlaste al fin en tus ojos. Recuerdo no saber qué decir: ¿qué se le dice a la propia analista que cuenta que está padeciendo semejante pérdida?
Lo que en ese momento fue sentir que no podía ni decir ni hacer nada para consolarte como a un ser querido o una amiga que pierde a (…), ha esperado al día de hoy para ser un poder hacer: un efectuar esta transgresión de escribirle una íntima carta a mi analista. El abrazo que quise pero no pude darte ese día, I. querida, es hoy abrazo-carta, abrazo-palabra, abrazo-escritura, que elige este momento de interrupción de la terapia para volverse al final de estas líneas abrazo-cuerpo, abrazo-agradecimiento, abrazo-alegría por estos siete años de acompañarnos mutuamente en tu ser analista y mi ser analizada.
Gracias.
María Inés




[1] Preservo la intimidad de mi analista y de nuestro momento no mencionando la persona en cuestión.

viernes, 9 de octubre de 2015

Acompaña nuestra interlocución el crepitar

Acompaña nuestra interlocución el crepitar, la súbita combustión, de tantas teorías sobre la comunicación fallida, imposible.

Absorta escucho tu historia, tu voz en tu rostro hilvanando el relato de quién sos, de lo que has vivido, de una vida que es siempre, en mayor o menor medida, un combate contra la muerte.

Cenizas que se lleva el viento son las tesis y objeciones abstractas a esta vida de sonido y miradas que fluye entre nosotras, que nos recorta del mundo, del bar, del día.

Ese eterno transcurrir de una voz y una escucha en el que las horas no pasan sino que danzan… se olvidan su tarea y se detienen a celebrar este encuentro nuevo, milagro inmanente de la existencia.

Hacen las horas una ronda, juegan al pato-ñato, son horas-niñas que son solo juego, que se distraen, porque papá-Tiempo se ha dormido la siesta de nuestro diálogo.

La palabra es una arteria comunicante por donde me transfundís la sangre de tu pasado… y las horas-niñas juegan ahora a las escondidas porque se las ha relevado de su obligación cotidiana.

Es una escucha alternada pero también desordenada porque queremos contarnos tantos relatos que somos... se abren como flores al sol de esta iluminada interlocución profunda.

Danzan las horas sueltas y danzamos nosotras sin movernos de las sillas… como dos nenas que en el colegio se toman de la mano y corren cantando por el parque… ese horizonte terrenal de todo lo vivido, con toda la diversa vegetación de nuestros días.

Las nenas se cantan sus alegrías y sus tristezas. Todos esos estribillos que acompañan la música de lo que somos.

Y como a las nenas en un recreo infantil nos suena el timbre de lo ordinario, del “se hizo tarde” y “mañana hay que levantarse temprano”.

Caminar al colectivo juntas como última excusa para un rato más juntas, para compartir alguna graciosa complicidad-coincidencia más, hasta despedirnos en un abrazo fogoso, hecho de esas mismas brasas que hicieron crepitar -hasta que solo queden cenizas- tanta teoría que dice que esto, nuestra interlocución, nuestra danza, nuestra transfusión de existencia en palabras, no podía ser.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Por qué escribo en movimiento: breve e incompleto intento de autobiografía escritural


Escribo desde que tengo memoria (y capacidad de escribir).

Algún día escribiré el relato tierno de mis escrituras de infancia vinculadas al mundo escolar (creo que en un diario del colegio, en tercer grado, me publicaron un poema) o de mi adolescencia, relacionadas con el más edulcorado y tragicómico romanticismo de esos años (que debo reconocer que me acompañó hasta hace no muy poco… y debo reconocer que es en parte, inevitablemente, uno conmigo).

Pero después llegó la universidad y algo pasó por lo cual mi escritura existencial se anuló.

No puedo reconstruir si escribí de a poco cada vez menos o dejé de escribir totalmente. Lo más probable es que la tremenda desviación de libido que realicé en mis años de estudiante de filosofía hacia la lectura y la escritura “para la universidad” haya tenido bastante que ver.

Recuperé el impulso de escritura, creo, diez años después. No fue el puro extasiarse placentero el que me llevó a la escritura de nuevo sino todo lo contrario: una tremenda experiencia de frustración, de fracaso amoroso, me arrojó de nuevo a escribir.

Pero en realidad también fueron los veranos hermosos en Chile, en la casa de mis amigos, que fueron contrastantemente simultáneos a la crisis amorosa. Ya saliendo (huyendo) de ella, ruptura dolorosa con el pasado mediante, me surgió en el verano de 2011 el impulso de escribir un blog.[1] Surgió en mi tercer verano chileno, en el contexto de tener un espacio donde comunicar la experiencia de disfrute y reflexión que me generaba el feliz hábito de ir con mis amigos a un festival de teatro internacional en Santiago. Titulé el blog “Hechos consumados”, el título de una obra de Juan Radrigán que me impactó tanto que, luego de verla, corrí por las calles de Santiago a comprarme el texto… aunque debo reconocer que todavía no me senté a escribir al respecto -incluso me crucé años después por feliz suerte a Radrigán en un congreso de filosofía, le conté con lujo de detalles lo que había amado su obra y hasta me traje su email para escribirle… pero tampoco lo hice todavía.

Ese blog fue reuniendo mis reacciones escriturales a las obras que veía, primero. Y luego fue incorporando más de mi escritura o, mejor dicho, más de mi escritura más mías, más personal, más íntima, más desnuda.

“Lo trunco” reflejó el dolor de mi primer verdadero exilio amoroso (http://wwwhechosconsumados-lg.blogspot.com.ar/2011_07_01_archive.html).

“Crisis paradigmáticas”, refleja menos la ruptura con un amor que con una estructura superyoica de vida (http://wwwhechosconsumados-lg.blogspot.com.ar/2011_12_01_archive.html).

Luego vino otra interrupción. La tesis doctoral.

Del 2012 al 2013 la libido fue dirigida forzadamente a escribir un texto que me costó horrores. Todo ese tiempo de escribir esa tesis fue un padecimiento… pero escribiré en otro momento sobre esto. Fue en los últimos estertores de ese padecer la escritura forzada doctoral que me reconecté con mi escritura de nuevo. Varios factores se confabularon felizmente al respecto (aunque no todos ellos felices en sí).

En primer lugar, mi puja angustiada constante con la puta tesis, último tramo de mi análisis mediante, arrojó el nombre de mi angustia: mi temor, mi desconfianza, mi inseguridad ante la pregunta “¿tengo una voz propia?”, “¿tengo algo yo que decir?”.

Empezó  a estar claro que era eso lo que más me jodía -y que no era en esa tesis donde se resolvería… aunque claramente la tesis es esa pregunta: la pregunta por la propia historia, por las figuraciones que nos han hecho pero que podrían ser otras, por la escritura en voz media como modo de la autoconstitución una vez que vemos la duplicidad de ser de un modo pero poder ser de uno distinto. Pero también sobre esto ya escribiré en otro momento.

Dos cosas más sucedieron, eventos que me señalan que hay algo en mi re-construcción de mi identidad femenina íntimamente atado a mi escritura: la abuela Susana empezó a morir y nació Lupe. Sobre esto escribiré pronto un texto que se llamará algo así como “Mi escritura, entre dos mujeres”: una que me iba dejando lentamente (y dejando en mí su pasión escritural como herencia) y otra que me iba invadiendo también lentamente (constituyéndome en su tía de un modo muy peculiar).

Algo más pasó. Tuve la fortuna existencial de conocer personalmente al filósofo de la historia y crítico literario a cuya obra dediqué una década de investigación (y dos tesis): Hayden White. Un historiador devenido teórico de la narración, de la forma que Occidente piensa el conocer la historia, del lenguaje como recurso y sombra, límite, estructura. Nos conocimos en 2011 and it was love at first sight. Y en 2013 nos volvimos a ver. Leí frente a él una ponencia en la que pasaba revista a qué deseo emancipatorio suyo yo creía que había que proseguir y por qué ese deseo para mí conducía a pensar la íntima relación entre narración y género, entre estilo de relato y estilo corporal. Recibí de él lo mismo que hacía dos años venía recibiendo en nuestra comunicación epistolar-virtual: apoyo, entusiasmo, afecto, autorización. Y me traje toda esa habilitación de Brasil a Buenos Aires y el río de escritura que venía goteando junto con las lágrimas finales de la angustia de la escritura doctoral finalmente se abrió paso.

Armé otro blog, continuación con diferencia del primero. A este lo llamé “Barthesiana”. El Barthes que White y yo amamos. El Barthes que amo hace mucho. El que me dona -a través de mi trabajo sobre la obra de White- el conflicto entre la estructura y la escritura en voz media.

Los últimos meses de escritura doctoral y los últimos capítulos de tesis me vieron acompañar los últimos esfuerzos con nuevas primeras escrituras.

Textos sobre mi experiencia de ser tía de Lupe, de recibir a una nueva mujer en este mundo. Textos sobre encontrar la propia voz. Textos sobre eso que tengo con los que más amo y con lo que más amo y mueve toda mi existencia y mi escritura: la interlocución profunda.


Y es ese texto como clave de mi retorno a este impulso escritural permanente en mi vida el que me conduce al motivo por el que escribo este texto.

Este texto lo escribo en un tren desde Roma a Venecia. “La interlocución profunda” lo escribí (como tantos otros textos) entre el subte B y el tren Urquiza, volviendo de un día laboral de Buenos Aires capital a Sáenz Peña, Buenos Aires provincia.

Claramente si la escritura ha de contener claves bio-geo-gráficas, yo soy una escritora que va y viene, que está, entre la capital y la provincia.

Pero el punto al que iba todo este texto y el relato-con-texto en el que espontáneamente hoy lo enmarco, es a que yo me encuentro, en este momento de mi vida, no siempre pero muy frecuentemente como ahora, escribiendo en movimiento.

La frase es más poética que la realidad pedestre que quiero analizar: desde el retorno de mi escritura hasta ahora mismo, constato que mi impulso de escritura se satisface mejor cuando estoy en movimiento: en un tren (como ahora) o en un subte –en colectivo también pero menos: una herencia familiar de débil equilibrio me produce mareos en los colectivos y me dificulta escribir del mismo modo.

Ahora bien: no es el estar en movimiento en el tren lo que me permite tomar este cuaderno y escribir –este cuaderno bello pero algo caro que compré en otro viaje, en el gift shop de la catedral de Notre Dame, como un auto-regalo… un autoregalo que no me falló porque desde entonces he llenado sus páginas de esta nueva escritura. Lo que me permite tomar el cuaderno y escribir es que en realidad mientras viajo, mientras estoy en el tren en movimiento, estoy realmente quieta.

Las claves interpretativas están en el interjuego de “estar en movimiento” y “estar quieta” con el “me permite”.

Yo creo que lo que a mí me pasa es que no me termino de permitir escribir cuándo y dónde sea que lo desee, porque sigo siempre privilegiando –cual cobarde esclava- lo que “tengo que hacer”, las obligaciones, las tareas, el trabajo. Por eso, pudiendo elegir escribir todos los días o frecuentemente al menos, no lo hago porque pongo la cadena, el yugo, primero. “Me gustaría ahora escribir sobre X pero no puedo porque tengo que Y”.

Pero cuando estoy en movimiento como ahora, o como cuando frecuentemente estoy yendo a alguno de mis trabajos en subte y tren, ahí sí “se me permite” escribir: porque mientras estoy en tránsito ese tiempo está vedado a las obligaciones. Es un tiempo muerto para el trabajo y el deber. Y por eso se me vuelve un tiempo vivo para escribir.

Dice White, inspirado en Barthes, Lacan, el estructuralismo y demás, que el relato, la narración, escenifica el drama del conflicto entre el deseo y la ley. Nunca nada más cierto sobre la escritura (más o menos narrativa) de esta que desea temerosa-cobardemente ser escritora.

No puedo aún escapar a la ley, al super yo profesional-laboral que todo el tiempo me señala que le debo todo mi tiempo. Y por eso no “me doy” el tiempo deseado para mi escritura. Y por eso cuando el tiempo-para-el-trabajo está suspendido porque estoy-en-movimiento, en-tránsito, de casa al trabajo o viceversa, el tiempo “se me da”, el estar en movimiento “me permite” tomar cuaderno, lapicera y vivir ese orgásmico suspenderse del tiempo-lineal para escribir.

Escribir “me suspende”. Escribir deshace mi angustia… del tipo que sea. A veces incluso se siente la excitación de la transgresión, del pecado para un cuerpo cristiano.

Cuando escribo ya no voy a ningún lado. Se suspende la demanda teleológica y yo soy sola, ahora, esta actividad.

Un “escribo, luego existo”.

Elegí este viaje a Europa que me permitió una obligación laboral (viajar a Atenas a un congreso) con la fantasía de que fuera un viaje para escribir. Recién ahora, tres semanas después, lo es. Y las semanas anteriores estuve entre el trabajo del viaje, el trabajo que me traje al viaje, el conocer bellos lugares añorados y una angustia-gris-tristeza de fondo que hasta ahora me ha acompañado.

Creo que es la gris-tristeza de aún solo animarme a, poder, escribir cuando un juego de factores externos “me lo permite”. Ese resto de obediencia neurótico-masoquista a la ley en mí del que siento que una total emancipación no llegará jamás.

El apego a las cadenas que son las aprobaciones en los rostros de los demás.

Ahora, en este tren, en este momento de feliz suspenso de líneas de tiempo, de leyes, de destinos y estructuras pienso que quizás eso sea el tipo de escritura del que seré capaz –y de ahí mi continua fascinación con el carácter condicionante-habilitante, sujetante-subjetivante, de la narración.

Quizás yo solo pueda dar en la escritura distintas y variadas formas de la escenificación de mi conflicto, mi drama, entre mi deseo y mi ley.

Quizás mi arrojo, mi valentía, mi voz, solo pueda ser la de escribir y exhibir el vergonzoso núcleo (¿cobarde?) con el que lucha siempre mi potencia de ser… y de escribir.





[1] Anterior a este y linkeado en el primer posteo del actual: http://barthesiana.blogspot.com.ar/2013/11/como-quiero-escribir.html

miércoles, 29 de julio de 2015

Cuerpo en cortocircuito

He tenido siempre un cuerpo en cortocircuito.

Pensaba recién cómo hasta hace poco a muchas de mis funciones corporales no les prestaba la mínima atención, no las registraba. Pero ha sido un cambio de edad y un cambio de mentalidad lo que me han hecho más inmediato el registro.

Pensaba eso y también pensaba que en realidad, con más o menos atención de mi parte, mi cuerpo ha estado siempre en cortocircuito. Como ahora que la piel de mis manos se abre y se cae como trauma crónico que me acompaña desde hace seis años. La médica dermatóloga lo llama dishidrosis y me dice que es una reacción de la piel mitad alérgica, mitad nerviosa. Y ahí viene una pregunta que todo médico hace casi como decir “buen día”: “¿estás con mucho estrés?”.

¿Quién no está con mucho estrés? El estrés no explica nada si es permanente.

Pero en realidad pensaba en otra permanencia. La permanencia del cortocircuito en mi cuerpo.

Haciendo memoria recuerdo haber tenido una afección de la piel también cuando era chica. En ese momento la médica (¿o médico?) también diagnosticó: “es alergia al pelo de los animales.” Recuerdo que desde los tres años tuve pavor a los perros. A los tres viví el pavor de que un doberman, que se soltó de la correa de su dueño en una plaza en la que estaba con mi familia, me corrió casi hasta alcanzarme… fue mi mamá quien me alzó a upa y evitó la mordida, si es que el perro quería realmente morderme. Solo puedo recordar el terror de huir. Y tengo grabadísimo el recuerdo de ese rescate de mi mamá de las garras del perro, mientras el dueño con una sonrisa incómoda pedía disculpas por el incidente. Desde ese día tuve pánico a los perros hasta inicios de mi adolescencia. Y en esa época, parece, era alérgica al pelo de los animales y una especie de mancha-crosta se me hacía en la piel en consecuencia… bastante parecida, creo, a las que me produce la alergia-estrés de la dishidrosis.

Pero, de nuevo, mi cuerpo siempre estuvo en cortocircuito. Si no era el síntoma de los vómitos -que merece un texto completo porque es “el” síntoma de mi vida- era el descomponerme del estómago. La piel, el estómago, la digestión de la superficie y la digestión de lo profundo… mi cuerpo ha estado siempre en ese cortocircuito. Quiero decir que teniendo una vida relativamente normal y apacible, con altibajos o movimientos que semejan más mareas crecientes que tormentas, y con una conciencia cartesiana clara y distinta de todas mis acciones (o eso me he querido creer yo), mi cuerpo siempre me mostró rupturas, quiebres, tensiones, resquebrajamientos, imposibilidad de contener… como en la piel, los vómitos, los malestares del estómago. Y todo esto en la compañía calma, analítica, verborrágica y verboprocesante de una supuesta capacidad racional reinante, gobernante, directiva.

Y sin embargo en realidad no… en realidad mi cuerpo ha hablado claramente, con más modestia que mis propias aseveraciones analíticas, del carácter tensionado, tensionante, precario, invadido, atravesado, limitado, incapaz de mí misma.

Contra una ficción muy útil de conciencia soberana de mí y mis acciones, de mis capacidades y potencias, en un murmullo secreto, o más que un murmullo, un silencio significativo, hecho de piel que se desprende, estómago que se tensiona, garganta que se estrecha, mi cuerpo me ha indicado en sus cortocircuitos lo costoso, lo difícil, lo vulnerable que también soy.

He luchado contra ese silencio con terremotos de palabras. He negado a la piel que me habla el oído o habiendo oído he optado por ignorarla.

Es que todavía mi cuerpo en cortocircuito y yo no nos entendemos del todo.

Nos ha quedado claro, como en una dulce complicidad, que esa yo que habla como autosuficiente reina de su existencia es una fantasía hasta ayer creída real… a mi cuerpo y a mí nos enternece aún escucharla hablar, como si fuera dueña completa del curso de su vida, con sus mil y un proyectos, con su confianza ingenua en una teleología heredada –más como modo de orientar la existencia que como contenido específico del destino. Otras veces nos enfurece, porque acostumbrada a gobernarnos, a que sigamos fielmente sus pasos teórico-metodológico-causa-en-orden-de-efectos-medios-a-fines-diseñados por momentos nos convence con sus argumentaciones y nos hace llevarnos la misma piedra de la contingencia imprevisible por delante, con el dolor de culo existencial tremendo que la caída significa. Además, es mala consejera: disfraza de deducción su paranoia por lo que no puede controlar y con sus decires (más que sus haceres) lastima o molesta a quienes más queremos.

El psicoanálisis fue en su momento una teoría que me permitía comprender mi cuerpo en cortocircuito. Entender como calma, como embellecimiento. El retorno de lo controlable en el modo de la interpretación. Es que mi adorado Freud entendió bien el carácter energético de la existencia y por eso me permitió ahondar el carácter en-cortocircuito de la mía, de mi cuerpo.

Pero si la tríada yo-superyo-ello explicaba algo –y aún cuando algo como el inconsciente me parece lo más cercano al fondo en superficie de mis cortocircuitos corporales- quizás haya en esa misma triple estructuración algo que se parece más a la posible “causa” (del conflicto) que a la “calma” (del existir, del lidiar) con este, mi cuerpo, que en silencio me habla.


Este texto se termina solo con una pausa. El cortocircuito corporal que lo genera e impulsa las yemas de mis dedos en este teclado no ha pasado sino que, por ahora, descansa. 

domingo, 5 de abril de 2015

Masculinidad y palabra

Me resulta desagradablemente fascinante una cierta relación que no dejo de confirmar en experiencias cotidianas entre la masculinidad y la palabra. Cuando digo “masculinidad” me refiero a un modo de aparecer en el mundo que se me presenta reiterativamente en cuerpos masculinos, en sujetos-hombre. Cuando digo “palabra” me refiero a un particular, específico, característico modo de disponerse a hablar de esos sujetos-cuerpos. Y cuando digo que es una relación que confirmo a reiteración, obviamente no puedo dejar de lado mi formación filosófica y reconocer el carácter inválido de todo proceso confirmatorio, si es que lo pensamos desde el punto de vista de la validez lógica formal-deductiva. Pero lo desagradable y lo fascinante frente a esta experiencia mundana, tan frecuente que parece cotidiana, me provocan mandar a la mierda toda consideración epistemológica y en cambio testimoniar, decir, la reacción reflexiva e irreflexiva, tan mental como corporal, que esta relación que observo-vivo me genera.

Déjenme explicarles en imágenes. Más o menos la situación reiterada es la siguiente: una excusa familiar, social, profesional o laboral me posiciona frente a una masculinidad, que habla conmigo porque quiere o bien comunicarme algo en general, o bien comunicarme algo relativo a la situación que nos encuentra. Por ejemplo, un café con un colega académico; o una entrevista de admisión a una carrera de posgrado; o un diálogo casual-forzado en una fiesta de gente universitaria; o un intercambio académico, otra vez, pero de carácter más institucional. Todas estas escenas son escenas reales en las que me he encontrado. Y en todas ellas el denominador común es que, por razones varias, la masculinidad frente a mí toma la palabra –porque corresponde, porque es su turno, porque debe responder a una interrogación mía- pero toma la palabra para no soltarla. Es decir, no toma la palabra para devolverla o intercambiarla en el modo del diálogo. Toma la palabra para hacerla absolutamente suya. Inicia su aparente “turno” de palabra para volverla monólogo infinito. El momento puntual de palabra que le tocaba en la situación inter-subjetiva lo transforma en eterno presente del devenir de su propio pensamiento traducido a palabras. Es como si un monólogo interno dedicado a nadie que ya vivía en esa masculinidad aprovechara el momento de inter-locución para volverse locución absoluta. Pura palabra propia desplegándose en el placer de escucharse a sí misma. He allí lo que me produce la primera reacción de fascinación: ¿no me digan que no es fascinante observar quasi-antropológicamente, experimentando el ideal imposible de la pura mirada externa des-interesada, a una persona-masculinidad que habla de lo que quiere hablar por minutos y horas, si una lo deja, sin detenerse en ningún momento a considerar que quizás quien lo escucha no encuentra tan interesante lo que dice, o tiene quizás algo que contribuir-objetar al monólogo, o quizás no coincide completamente, o también podría aportar algo iluminador al discurso monolítico que cual paredón se levanta pétreo frente a sus ojos-oídos? Sí, primero me adviene una fascinación… en realidad, porque me identifico contra esta experiencia como una femineidad, como “la” otro, debería reconocer que durante mucho tiempo la fascinación que me advenía era una fascinación agradable: una admiración por quien tomaba la palabra con tanta facilidad y con tanta facilidad no la circulaba, la retenía, la hacía suya, la volvía propiedad privada (la palabra como propiedad privada: ¡qué desopilante absurdo!). Recuerdo haber pasado muchos de mis años admirando las palabras-propiedad de la masculinidad hasta con placer. Bueno, de hecho: ¿no ha consistido en eso mi formación filosófica? ¿No me he entrenado en saciar mi avidez de pensamiento en las fuentes de la más pura masculinidad? ¿No he leído a Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Descartes, Leibniz, Hume, Kant, Hegel, Husserl, Heidegger, Foucault y tantos más como si solo de cuerpos-hombres pudiera brotar el agua del pensamiento a tomar e incorporar? De hecho, este texto –que como todos mis textos se viene gestando en mi cuerpo desde hace un tiempo- encontró un impulso definitivo para pasar a papel preparando una clase de Hegel. Leía al Hegel de “La filosofía de la historia universal” preparando mi clase y, como suele suceder en estas tareas del pensamiento, en algún momento no pude sino pensar en serio en lo que estaba leyendo… pero en realidad me sentí cautivada por la escritura hegeliana que estaba transitando. Y sentí, de nuevo, la fascinación desagradable: primero, o en parte, en el modo de la envidia. ¡Qué envidia escribir así! Pero no se trata de una envidia que desea ser así, transformarse en lo que envidia. Creo que ese es mi principal duelo reciente con la filosofía: yo no quiero eso, eso que admiré, ya no lo quiero. O no así, al menos. Se trata de una envidia por la potente autorización que está plasmada en su escritura: Hegel no tenía la más mínima duda de que podía hablar de lo universal, que podía pensarlo, que podía conocerlo, que podía sistematizarlo y que era él, y nadie más, quien realmente lo entendía. ¡Qué envidia poder creer ese delirio! No pude resistirme a decirle al Hegel muerto de mi texto: “Solo un hombre escribe así”. O mejor dicho, solo una posición masculina frente a la palabra, de absoluta acrítica autorización, de completa falo-auto-centricidad, puede emanar esta escritura. Escribir como si la verdad fuera mía y yo simplemente la desplegara. La ofreciera al mundo. De Hegel a mis masculinidades concretas que inspiran este texto hay un mero paso, y luego más o menos marketing. Los une esa autorización dada: estar autorizados a  hablar así, centrados en el puro-yo, teniendo por totalmente natural (o naturalizado) que de su boca la palabra debe salir a un mundo que está ahí, como yo, sentado para escucharlos fascinado.

Es que justamente lo que ha vuelto mi antigua agradable fascinación en una paulatinamente desagradable fascinación es la captación, la revelación repentina, quizás, de que esa palabra-propiedad que la masculinidad ejerce como un derecho divino (más que humano) demanda, requiere, necesita, para ser, alguna otredad, en lo posible pasiva y, frecuentemente, femenina, que le devuelva en su gesto callado fascinado, en sus ojos abiertos y su boca cerrada, la imagen que es espejo de su autoimagen: la confirmación de su propio carácter de sujeto soberano de palabra fascinante. Es decir, esos monólogos que he presenciado tantas veces lentamente me he encontrado mirándolos qua antropóloga: justamente porque al identificar que, en el fondo, mi supuesto interlocutor está hablando solo, al pasar de los larguísimo minutos no solo mi atención ya no se encuentra estimulada –porque a mí, como a cualquiera, lo estimula el diálogo y el intercambio, no el rol de escucha pasiva- sino que me siento tan extrañada de la escena que puedo dejar de oír para ver, para observar. Mientras el otro produce sin solución de continuidad ruidos con su garganta, cada vez más envalentonado con el valor de su propia idea, de su genialidad, de eso “que nadie ha pensado aún”, “que solo él puede ver”, “que es completamente original”  (acompañado, claro, de “todos antes de mí han estado equivocados”), cada vez más erecto en su propia masturbación lingüística, yo no puedo dejar de sentirme afuera de la escena, dejando mi cuerpo ahí casi por una penosa cortesía, diciendo que “sí” o asintiendo con mi cabeza para que parezca que estoy escuchando, y en cambio tomando nota,  conmigo misma como cómplice-colega, de este espécimen extraño, de esta forma de vida llamativa, que no entiende en lo más mínimo el fenómeno de la intersubjetividad, que parece haber nacido solo en el mundo por un instante –y entonces la pregunta científica es: ¿cómo pudo haber adquirido el lenguaje, fenómeno social e intersubjetivo por excelencia?- y que, para colmo de males, cree que lo que dice es tan importante, tan original, tan valioso, tan único y que lo es porque lo es pero mucho más porque él lo dice, él se dio cuenta, él lo descubrió, etc. Y para peor aún, rara vez la idea misma –que se ha vuelto para mí ya desagradable por el modo mismo en que se me la presenta- tiene una pizca del valor que el sujeto-masculino-solohablante enuncia. Entonces, mi yo antropóloga con mi yo-colega se descostillan de risa en mi diálogo interior por la vehemencia con que este que habla dice dos o tres cosas que pueden valer, pero con esa desopilante y patética convicción de que lo suyo es como descubrir América o la cura para el cáncer. Pero mis dos amigas internas se ríen porque se indignan. Porque se dan cuenta, cada vez más rápidamente, de que la escena no ha sido nunca una invitación a la interlocución sino una imposición de ser testigo de la supuesta genialidad del otro. La propia generosidad del diálogo donada a la oportunidad de la escena se ve traicionada, forzada a convertirse en aplaudidora con el rostro (y la boca bien cerrada) del espectáculo de palabra ultra-autorizada de quien se disfrazó de co-deseante de interlocución por un rato.

Mi respuesta a esta experiencia, que no dejo de vivir, depende de la inversión afectiva que tengo con la masculinidad del caso. A veces finjo interés por un rato, desde el momento en que advierto la trampa, y luego me retiro. Otras, traigo a la escena una contra-propuesta de interlocución verdadera con mis preguntas y comentarios y testeo si el otro acepta la invitación que le hago, y actúo en consecuencia. Otra veces el afecto que le tengo a estas pobres masculinidades patéticas delante mío me decide a jugarle por un rato tolerable al otro su juego: abrir un poco los ojos (para que no sospeche) con la boca cerrada, decir a todo que “sí” o asentir, soportar con paciencia imposible el resto del monólogo y listo. Porque siento que quizás, con estos a los que amo, soportarlos en su delirio sea lo único que puedo darles. Pero luego de soportar esto recorre mi cuerpo una furia contenida transformada en pesadez existencial (una incomunicable tristeza) por la traición reiterada de la trampa de falsa interlocución incluso de aquellos a quienes más quiero.

No sé si hago bien en soportarlos. Sé que denunciar la trampa sería muy doloroso. Para el otro, más que nada: ¿qué masculinidad tan acríticamente asumida quiere enterarse de que ha sido culturalmente engañado por siglos, por los Platones y los Hegels, respecto de su supuesto carácter original o valioso, cuando al fin y al cabo le espera lo mismo que a todos y todas: la igualación democrática de la muerte?

Pero sí he decidido que mi paciencia tiene un límite como lo tiene el tiempo que tengo en esta mi vida finita. Y que no hay más lugar en ella para estas patéticas traiciones.

martes, 17 de marzo de 2015

Tocar y ser tocada


Esa es la cuestión. En lugar de ser y no ser. Porque “ser” tiene un “lugar”. El lugar del con-tacto.

El cuerpo.

Todos necesitan ser tocados. Todas también. Todxs.

Hace rato que pienso en esto, alrededor de esto. Hace mucho.

Ayer justo pasaban en el cable una película con Tuturro y Woody Allen. El disparador cómico era que Woody Allen convencía a Turturro de ser una especie de taxi boy. Turturro accedía y entre sus “clientas”, Woody Allen gestiona sus servicios para una joven viuda judía ortodoxa, personificada por Vanessa Paradis. Una joven mujer por su religión y su viudez demandada a mantenerse ajena al contacto de un hombre, aparentemente. En la escena en que se encuentra con Turturro, la joven se dispone a recibir un masaje. Apenas él pone sus manos con aceite en su espalda ella, que parecía aterrorizada con la expectativa, se larga desconsoladamente a llorar.

Recuerdo también una entrevista, quizás emitida por Crónica pero no estoy segura, cuyos fragmentos luego fueron usados como recurso gracioso en esos programas de archivo. Se trataba de un hombre que reclamaba su derecho al acto sexual. Un hombre delgado, muy delgado, casi mal alimentado, de rostro poco agradable, con la dentadura torcida, o rota, o amarillenta, claramente con el aspecto de alguien que no lleva una buena vida (no en sentido moral, sino en sentido material). Este hombre, sin registrar la posibilidad de que se rieran de él –cosa que sucedió sin dudas- reclamaba que todo ser humano necesita -y por eso el Estado debería garantizar su derecho al- sexo. Varias veces vi como pasaban pedazos de esa entrevista para generar risa en una compilación o informe de TV. Pero recuerdo más haber superado rápidamente la sensación de lo “gracioso” del video para reparar, para compadecerme, en el verdadero dolor de ese hombre que necesita que el Estado le asegure lo que seguramente él mismo no logra conseguir.

Un tipo al que “nadie le daría”. Hay mucho sentido en que se use el verbo “dar” para referirse metafórica-barrialmente al “sexo”: hay algo que se da en el sexo. Se da el tocar-se. Con diferentes grados, diferentes conciencias, diferentes auto-consciencias o reparos, te doy el tocar-me, me das el tocar-me, te doy el tocar-te, me das el tocar-te.

También venía a mi mente, mientras este texto se formaba en mí, el recuerdo de un amigo sufriente. Tan retorcido en su dolor, en su contener una bomba de frustración en su interior, que emanaba ante mis ojos, sin hacer nada, un pánico a ser tocado. Recuerdo, en un momento de intimidad en el que bajó su coraza y se confesó, haberlo abrazado: recuerdo poner el costado de su rostro apretado contra mi pecho, justo por encima de mi corazón… recuerdo la profunda necesidad que sentí de darle ese contacto, aunque sea por un rato. Recuerdo su alivio sin palabras.

Imágenes, situaciones, recuerdos de la necesidad de tocar y ser tocada. Una necesidad que se vuelve género (me reservo para otro texto los distintos sentidos de esto) haciendo del erotismo, del cariño, de lo fraterno, de lo maternal, de lo solidario, de lo amistoso, especies de algo mismo.

Es interesante que, que nos toquen, nos puede gustar o no: pero no nos puede ser indiferente. Nunca el contacto con otra piel es indiferente. Se enciende la epidermis para disfrutar o rechazar. Grados de disfrute o grados de rechazo. Pero nunca neutralidad. La piel no es nunca neutral a otra piel. Es tan poco neutral que a veces el contacto que más se desea, que más desesperadamente se desea, se expresa en el modo de su opuesto, en el modo del rechazo. Como si desear tanto tocar a otro o ser tocada duplicara la necesidad en su opuesto: una doble necesidad que se anula a sí misma, que se pudre y se vuelve violencia contra aquel cuyo tacto se desea. El pánico de con-tacto. Como si se pudiera temer –no dudo: se puede- que nada después vuelva a ser igual. “Mejor no saber, mejor no saber” grita la piel que se encoge y se aparta.

Todos necesitamos ser tocados. Casi como si definiera al ser “humano”.

Ese ser que solo es “en” un cuerpo.

Ese ser que tiene la piel conectada a lo que de sí mismo más desconoce.

Me pregunto cuánto de esta necesidad universal-humana de tocar y ser tocados, pero sobre todo de ser tocados, provendrá de ese simple y misterioso hecho de que venimos de otro cuerpo. Un momento originario en el cual éramos todo contacto. Donde la piel no era del mismo modo superficie que en el después. Donde las células mismas transicionaban de ser de otro hacia ser “mías”. Donde solo fuimos por un buen rato mera transición, pura fusión, indistinción.

Empezar por ser “todo-tocada” y luego, la permanente expulsión. Cómo ya escribí en Revolución de la carne y en La interlocución profunda, me acosa el pensamiento de la carne que se reclama a sí misma en los cuerpos seccionados. La carne que hace a nuestra piel ese órgano total: toda psique, toda cuerpo, toda soma, toda ego, alter-ego, puro ello, todo a la vez.

¿Y si ese Ello todo-demandante y todo-deseante y todo-reclamente de Freud no fuera sino una respuesta, una reacción, a ese ser todo-tocada in útero, toda abrazada, todo-el-mundo-útero-que-abraza, que luego se vuelve toda expulsión, todo-mundo-externo-idea-de-exterior?

El útero como el verdadero paraíso perdido. El Ello, como respuesta enloquecida –gritada a oídos sordos- frente a ese exilio definitivo.

Yo me imagino el Ello de Freud como un bebé que llora, llora, patalea, y llora y sigue llorando (alguien debe haberme dado esta imagen). No tiene hambre, no tiene sueño, no quiere nada. Quiere el útero de nuevo. Eso. Que nunca le darán.

Y porque el útero parece un paraíso definitivamente perdido, el contacto de los otros parece ser la continua espera de un Mesías. Alguien que nos redima y nos retorne a ese puro-ser-con-tacto. Por eso cuando se ama cuesta tanto soltar al otro: la despedida provisoria como ablación. Por eso cuando se ama, no se puede resistir el tacto del otro. No se puede resistir el deseo de tocar al otro. Y por eso cuando se está mal con quien se ama se padece doblemente el no estarnos tocando.

Me grita adentro todo porque me toques. Te grita adentro todo por tocarme. Pero no.

No tocar como herir. No tocar como violencia. No tocar como escarmiento. Escarmiento que no puede ser sino un esfuerzo por resistir ceder la piel a otro. Esos escarmientos absurdos y putrefactos de los vínculos humanos, de los bebés-adultos que no superan lo insuperable: no hay más útero al que volver. Nadie puede escuchar ni responder a ese reclamo.

Y sin embargo, del paraíso-uterino perdido queda la capacidad milagrosa de seguir tocando. Todo un mundo por tocar. Un tacto diferente, un tacto de muchos otros. No más “una” sino “muchxs”.

Algunas emprenden la odisea del contacto como desesperada-esperanzada búsqueda de un Mesías.

Algunas plantan bandera del contacto en algún cuerpo-territorio hallado, como si fuera el último lugar de la Tierra.

Otras se niegan el contacto. Se aferran a la putrefacción de las ganas imperiosas por tocar y ser tocadas como prenda, como premio, como logro estoico, con el erotismo absurdo de la superioridad moral.

Otras y otros harán otras cosas. Pero todas y todos tratamos de hacer algo. Porque la piel no se aquieta. Se agita. Se enciende. A veces solo con la proximidad. A veces solo con la posibilidad.

Ser-toda-con-tacto-con-vos, amor, yo elijo. A vos, amor, en todas tus formas. Si he de quedarme sin algo, si he de darlo todo, que sea todo el tocar-nos que puedo dar-nos.

Es que parece que es ahí, en las mil y una formas del amor, en todos los modos y cuerpos por él atravesado, donde lo único parecido a un retorno nos es dado: mientras expulsada esté y siga aquí, transitando esta tierra, si lo único que hay es este pasar, que sea cruzando alegre los muchos puentes que se erigen, se tienden y suceden: puentes entre cuerpos, afirmados en ladrillos de carne, dibujando las calles cosmopolitas de todas nuestras pieles.