dedicado a todxs lxs que atravesamos la pandemia,
a todxs lxs que siguen deseando aunque duela,
pero especialmente, a todas las personas que perdieron un embarazo deseado
Un baile
Era 2016 y mis amigos Cris y Ro se casaban. En realidad era una unión civil porque su país todavía no había aprobado la ley de matrimonio igualitario.
Organizamos un festejo como siempre: entre todxs, bajo la dirección de Cris. A mí me tocó armar las bandejas con quesos y frutos secos junto a Juan Pablo, si mal no recuerdo. Luego llevamos las cosas al patio de abajo, frente al departamento del padre de Cris, donde se pusieron unas mesas para el almuerzo-fiesta y para que la jueza de paz los uniera.
Fue un momento hermoso, íntimo. Estábamos lxs mejorxs amigxs y algunxs pocxs familiares.
Fue todo emoción y alegría. La jueza militó esa alianza siendo por un momento la ley que representaba la contra-ley: legitimó civilmente el amor de mis amigxs con la ternura generosa de quien cree que el amor es amor y punto.
Luego de la breve ceremonia llegaron los abrazos, los brindis, las fotos, la comilona. Estaba todo delicioso como siempre. Las comidas organizadas por Cris siempre eran bacanales. Nos entregamos todos al entusiasmo de los placeres del paladar degustando ese momento de amistad, amor y lo que nunca puede faltar: carrete.
Entre lo rico que estaba todo, las carcajadas y excitación de estar allí compartiendo con mis amigxs ese momento único, comí un poco de más. No me sentí mal pero pronto noté mi panza un poco hinchada.
Luego de un largo rato, algunxs se fueron y lxs amigxs más íntimos subimos todo de nuevo al departamento de Cris y Ro para la segunda e infaltable parte del festejo: el baile.
Cris había destinado el living -como era costumbre- para que fuera nuestra pista de baile: había parlantes y equipo de música que la gran DJ Marce manejaba, aunque cada tanto íbamos a poner uno que otro tema. Desde el techo caía hacia el medio de la habitación una lámpara blanca redonda enorme que cada tanto nos llevábamos puesta bailando porque colgaba muy baja. Y había algún artefacto estilo-boliche que hacía luces intermitentes de colores para acompañar nuestros pasos, nuestras risas, nuestras coreografías improvisadas y sobre todo el boludeo, la tontera, el juego con poses y gestos pseudo-sexuales, ese infantil teatro perverso polimorfo que tanta carcajada desenfrenada nos causaba cuando todxs nos volvíamos entre modelxs, actorxs y payasxs cada vez que se armaba la fiesta.
Hacía un rato que estábamos disfrutando de la risa y la música cuando me encontré un momento bailando sola. En ese momento yo tenía pareja pero él no había podido viajar al casamiento. Mientras me movía extasiada y tranquila a la vez bajé mis manos y sentí mi estómago un poco hinchado. Lo toqué y lo sentí alucinada-fantasiosamente por un momento como si fuera un embarazo. No había chance de que estuviera embarazada y no había chance en esa pareja en particular. Fue menos una sospecha sobre algo que podía pasarle a mi cuerpo que una pregunta elaborada por la casualidad de un vientre levemente abultado y mis manos que disfrutando la libertad del movimiento se lo encontraron a su paso.
Me quedé un rato con la panza en mis manos. Pensé, imaginé, un futuro posible embarazo. Lo imaginaba en una escena que se me aparecía como contraria a esta: la bacanal, el infantilismo grupal entre amigxs, la individualidad experiencial de los placeres del cuerpo desatado por un momento de toda obligación, la isla del baile que suspende todo quehacer, todo pasado y futuro. Y me dije algo que venía diciéndome hacía un tiempo, algo que me decía ante el tiempo, ese árido reloj biológico de los cuerpos gestantes que tictaquea te guste o no sin cesar desde mediados de los treinta, como un eco maligno, como un mensajero del deber ser atado a la facticidad más cruenta, más irreductible a mi voluntad y mis planes. Ese tiempo del cuerpo que te dice que tenés que decidirte, querés o no ser madre.
Para mí nunca fue “sí” o “no”, tanto como “todavía no”. Y me respondí eso: con la panza en las manos, con mi cuerpo danzando, totalmente sola y a la vez en mi hábitat más auténtico, entre putxs y tortas, entre otros cuerpos provenientes de esta patria de la diferencia y la emancipación, me dije “todavía no”. Me lo dije convencida después del momento de alucinación y duda. Me lo dije convencida en ese “todavía” en el que me encontraba y en el que tan feliz fui, tan yo misma me sentí.
Y seguí bailando, paveando con mis amigxs, sintiendo que esa interrupción había sido una más -aunque una de las más intensas- de las interrupciones reflexivas a las que me tenía acostumbrada mi mente incluso en los momentos más alegremente suspendidos y alienados.
Un baile y un llanto
Era 2020, octubre de 2020. Plena maldita pandemia. Me encontraba sola en mi departamento, como fue la mayor parte del aislamiento social obligatorio. Pero esta vez no estaba sola del todo: en mi vientre estaba mi bebé.
Al inicio del año, antes de que el coronavirus llegara a Argentina, planeaba iniciar un tratamiento de fertilidad para ser madre soltera por elección. Intentos fallidos de armar una relación donde mi deseo de ser madre tuviera lugar me habían arrojado al terreno de “o sola, o nada”. Y yo nunca apuesto a la nada.
Hubo una serie de avatares - que no fueron solo el cierre total de actividades por el aislamiento - que postergó frustrantemente mis planes. Hubo estudios, una cirugía menor, etc. hasta que para septiembre, mes de mi cumpleaños, llegó el mejor regalo: iniciar el tratamiento, que todo vaya bien, hacer la transferencia, luego el reposo y la espera y finalmente el positivo, el embarazo logrado. Recuerdo la explosión en mi cuerpo frente al resultado. Preferí estar sola en casa para recibirlo por mail. Para bien o para mal tendría quienes me acompañen luego. En general tengo el hábito de preferir enfrentar lo terrible o fundamental sola. No sé si es bueno o no. “Me sale” así. Como si no pudiera tener testigxs de esos momentos en los que no podré llenar con palabras y reflexiones lo que pase, donde toda mi emocionalidad quedará desnuda.
Llegó el positivo. Inmediatamente empezó a latirme fuerte la cabeza, como si me fuera a dar un ataque. También me dieron unas terribles ganas de hacer pis. Sentí la felicidad empezar a explotar pero, por supuesto, frené artificialmente mi reacción y chequeé con mis médicxs que no me equivocaba. Cuando ellxs también me confirmaron el resultado, largué por los ojos el manantial de felicidad: se abrieron las compuertas de un llanto terrible, una plenitud dichosa, total… y cuando me calmé me fui caminando a la casa de mi mamá a darle la noticia a mi familia.
Pero no era este el llanto que quería relatar, sino uno que ocurrió mientras estuve embarazada.
Como decía, estaba sola en el departamento, aislada ahora más que nunca para cuidarme a mí y a mi embrioncito del maldito virus. Para pasar el rato puse algo de música. Cómo se extraña aún el baile… ¿quién iba a decirnos que una pandemia volvería las reuniones y fiestas un peligro a evitar? Y mis amigxs, lxs que fueron esta última década mis mejores compañerxs de baile, me quedaron además del otro lado de la cordillera, ahora imposible de cruzar.
Puse música entonces, y como cada tanto hago, bailé sola un breve rato. El aislamiento fue una mierda: estuve todos esos meses desde marzo virtualmente sin contacto afectivo humano. Ahora seguía igual pero al menos había logrado lo que más deseaba, tenía mi embarazo y ya sentía que éramos dos en casa, bailando.
Moviéndome entregada unos minutos a algún tema que me recordaba esos maravillosos momentos de danza entre amigxs, con las manos en mi panza, abrazándola, recordé ese momento de 2016 en el casamiento de mis amigxs, diciéndome en esa misma posición “todavía no”. Y ahora era ahora: bailando como esa vez, con mi panza real, no alucinada, después de todo lo que tuve que atravesar para finalmente decirme “sí”, para buscar ser madre a como de lugar, y ahora haberlo logrado, ahora con mi bebé adentro.
Mientras bailaba abrazada a mi panza volvió esa felicidad total a mí, volvió como un llanto terrible otra vez pero que no era solo la dicha sino también el dolor… volvió la sensación vívida de todo ese tormento acumulado de años y años en que estuve perdida como Ulises, en un viaje donde no llegaba a puerto y donde los destinos intentados me expulsaban.
Lloré todo ese dolor que al fin llegaba a término. Lloré la soledad angustiante de todos esos años. Lloré la frustración de que el futuro que me llegaba no se parecía a lo que había imaginado y proyectado. Lloré y exorcicé esos demonios, ese infierno, ese descenso a un via crucis innecesario que por suerte quedaba atrás.
Porque, como le conté a mi analista, el día de celebración del positivo, rodeada de la alegría absoluta de tanta gente que me ama, entendí que en esta escena -de mi bebé y yo- nadie faltaba.
Un llanto
Mi embarazo se interrumpió en la semana ocho o nueve. Lo supe cuando fui a la segunda ecografía de control.
Ya había ido, dos semanas después del positivo, a la primera ecografía. Fui sabiendo que el resultado químico tenía que confirmarse con la imagen del embrión implantado y sus latidos. Fui, como soy yo, racionalizando que había que esperar que el médico dijera que estaba todo ok. No recuerdo mucho ese antes, de todos modos, porque como estaba ahí, mi bebé, de seis o siete semanas, con sus latidos y todo, solo ha quedado en mi mente el recuerdo de la alegría, el alivio de que todo seguía bien. Y luego fue festejar con la familia y amigxs, mandar el videito de la ecografía, seguir empollando con mucho cuidado pero con felicidad.
El médico me había informado que si la próxima ecografía salía bien entonces ya tenía que ir sacando turno con obstetra. En esos quince días muy mariaineslagreca exploré mi cartilla, busqué recomendaciones, solicité varios turnos.
Fui a la segunda ecografía racionalizando, como en la primera, que tenía que chequear con el médico que estaba todo ok. Pero desde la primera ya venía pensando en nombres de nene o nena, en los primeros meses de puerperio y la ayuda de mi mamá, y se lo había contado a mi abuela aprovechando que tenía un buen día (porque hace un tiempo no anda muy bien y tiene días que “no está ahí”).
Había tenido las últimas noches unos sueños de mierda. Iba al consultorio pero pasaba algo y no podían hacerme la ecografía. Le decía al médico en el sueño: “quiero ver si le late el corazón”.
No dormí bien y mientras estaba en la sala de espera estaba muy nerviosa, con temor a descomponerme un poco del estómago. Me había acompañado mi hermano Pablo, como en todo el tratamiento, pero esta vez yo le reservaba el premio, a su incondicional apoyo, de que una vez que el médico dijera que estaba todo ok pudiera subir rápidamente a ver a su sobrinitx conmigo.
No recuerdo cómo fue pero el médico dio el ok para que Pablo suba cuando todavía no me había revisado.
Ahí estaba yo en posición ginecológica. Había entrado Pablo que estaba a mi derecha. No pude ver el gesto de su cara por el barbijo pero tenía los ojos redondos tensos, nerviosos.
El médico mete el ecógrafo y empieza a moverlo dentro mío. Empezaron a pasar segundos más largos que los que solían pasar entre empezar la ecografía y decir qué pasaba… mi corazón se aceleró -como se acelera ahora, mientras recuerdo y escribo. Extendí el brazo derecho sin hablar y Pablo entendió que buscaba su mano. Se la apreté fuerte mientras mi médico, notablemente afectado, empezó a balbucear un “mmmm… no… mmmm…. no…”. Le costó decirme que no se veía el embrión como debía verse en esa semana… que no había crecido… que el saco gestacional estaba como hundido… que no había latido.
Pablo siguió apretándome la mano. Tenía que irse porque el protocolo solo le permitía estar ahí unos pocos minutos. Se fue a esperarme abajo.
El médico fue para el consultorio y yo al baño como un fantasma… en una irrealidad tal que ni estaba llorando. Sabía racionalmente que los embarazos tienen una altísima tasa de interrupciones en las primeras doce semanas. Sabía racionalmente que había que ver si el embrión había crecido como se esperaba. Sabía racionalmente que podía no estar. Pero ninguna hiperracionalización me había preparado para confirmar que mi embarazo se terminó.
Me senté frente al médico que tuvo las mejores palabras. Recuerdo abrazarme a mí misma, el torso y el cuello… no sé si me estaba conteniendo o me estaba asfixiando.
Escuché, luego de las frases de cuidado, las indicaciones médicas: dejar la medicación, más o menos en quince días debería ocurrir el aborto espontáneo… si no ocurre, habrá que hacer un raspaje… escribime por whatsapp… y me fui.
Bajé por el ascensor, crucé la puerta de la clínica hacia la calle donde me esperaba mi hermano. Había tres o cuatro personas alrededor pero no me importó nada. Después de meses de no abrazar a ningún ser querido, me tiré en brazos de mi hermano y lloré el dolor más grande que viví en mi vida… lloré ruidosamente, con gemidos desagarrados, me desarmé totalmente unos minutos en ese tierno hermano abrazo que me sostenía en un silencio amoroso, sabiendo que no había nada qué decir.
Me permití tres o cuatro minutos de llanto. Después sequé mis ojos y caminamos hacia al auto… recuerdo decir “qué pijazo esto”… recuerdo que decíamos algo con Pablo… recuerdo mandarle con el llanto atragantado un audio a mi mamá diciéndole “no tengo buenas noticias”… “no…” “ahora llego a casa y te cuento”… recuerdo mandarle a mis amigas -a quienes les mandaba un mensaje al chat en común de cada avance hasta ahora festejado- un texto que decía “el embrión dejó de crecer… no hay latidos…”.
Llegamos a casa de mamá… Pablo me dejó en la puerta y se fue a su casa, tenía que trabajar. Mamá vino sin barbijo a abrir la puerta con los ojos rojos y mojados… he visto pocas veces a mi mamá llorar… pero acá no había chance para nadie… nadie podía zafar de este dolor tremendo.
Después de meses de distancia paranoica pensando que cualquier mínimo contacto podría enfermar y matar a mis padres por esta maldita pandemia, con mi barbijo puesto como mínima garantía y sin decir ni una palabra, solo habiéndonos mirado a los ojos ante la constatación de un accidente, una tragedia inesperada, me abracé a mi mamá – con quien veníamos soñando nombres y organizando cuidados- y me di dos o tres minutos más de ese llanto desesperado… un llanto a gritos sin volumen, de garganta quebrada, inundada, ahogada… un llanto que me venía de lo profundo de ese útero que hasta anoche dormí acunando, hablándole, convenciendo a mi embrión de que se quedara, de la vida llena de amor que le esperaba. Una vida nuestra, de “nosotrxs dos”, donde nadie faltaba.
Desde las entrañas brotó por esos pocos minutos una extraña sensación de locura exhausta. Estaba agotada, inerte, apagada, y sin embargo una revolución esquizoide se gestaba en mis adentros que me acompañó luego de ese llanto y los siguientes días en que me costó aceptar visceralmente la verdad empírica que había confirmado.
Dos bailes y dos llantos.
Del todavía no, al ahora sí.
Pandemia, aislamiento, soledad pero luego la celebración del “ya nunca más sola”.
Y después el no que no fue mío. Que no es de nadie.
El no de una vida que no prosperó sin nada que hacer, sin nada que evitar, sin nada que poder decir.
Y el retorno a la vez de la tortura y la tozudez de seguir en el viaje que no llegó a destino.
Aún.


