lunes, 19 de enero de 2026

Dos bailes y dos llantos (escrito en la pandemia, septiembre de 2021)


dedicado a todxs lxs que atravesamos la pandemia, 

a todxs lxs que siguen deseando aunque duela,

pero especialmente, a todas las personas que perdieron un embarazo deseado


Un baile

Era 2016 y mis amigos Cris y Ro se casaban. En realidad era una unión civil porque su país todavía no había aprobado la ley de matrimonio igualitario.

Organizamos un festejo como siempre: entre todxs, bajo la dirección de Cris. A mí me tocó armar las bandejas con quesos y frutos secos junto a Juan Pablo, si mal no recuerdo. Luego llevamos las cosas al patio de abajo, frente al departamento del padre de Cris, donde se pusieron unas mesas para el almuerzo-fiesta y para que la jueza de paz los uniera.

Fue un momento hermoso, íntimo. Estábamos lxs mejorxs amigxs y algunxs pocxs familiares.

Fue todo emoción y alegría. La jueza militó esa alianza siendo por un momento la ley que representaba la contra-ley: legitimó civilmente el amor de mis amigxs con la ternura generosa de quien cree que el amor es amor y punto.

Luego de la breve ceremonia llegaron los abrazos, los brindis, las fotos, la comilona. Estaba todo delicioso como siempre. Las comidas organizadas por Cris siempre eran bacanales. Nos entregamos todos al entusiasmo de los placeres del paladar degustando ese momento de amistad, amor y lo que nunca puede faltar: carrete.

Entre lo rico que estaba todo, las carcajadas y excitación de estar allí compartiendo con mis amigxs ese momento único, comí un poco de más. No me sentí mal pero pronto noté mi panza un poco hinchada.

Luego de un largo rato, algunxs se fueron y lxs amigxs más íntimos subimos todo de nuevo al departamento de Cris y Ro para la segunda e infaltable parte del festejo: el baile.

Cris había destinado el living -como era costumbre- para que fuera nuestra pista de baile: había parlantes y equipo de música que la gran DJ Marce manejaba, aunque cada tanto íbamos a poner uno que otro tema. Desde el techo caía hacia el medio de la habitación una lámpara blanca redonda enorme que cada tanto nos llevábamos puesta bailando porque colgaba muy baja. Y había algún artefacto estilo-boliche que hacía luces intermitentes de colores para acompañar nuestros pasos, nuestras risas, nuestras coreografías improvisadas y sobre todo el boludeo, la tontera, el juego con poses y gestos pseudo-sexuales, ese infantil teatro perverso polimorfo que tanta carcajada desenfrenada nos causaba cuando todxs nos volvíamos entre modelxs, actorxs y payasxs cada vez que se armaba la fiesta.

Hacía un rato que estábamos disfrutando de la risa y la música cuando me encontré un momento bailando sola. En ese momento yo tenía pareja pero él no había podido viajar al casamiento. Mientras me movía extasiada y tranquila a la vez bajé mis manos y sentí mi estómago un poco hinchado. Lo toqué y lo sentí alucinada-fantasiosamente por un momento como si fuera un embarazo. No había chance de que estuviera embarazada y no había chance en esa pareja en particular. Fue menos una sospecha sobre algo que podía pasarle a mi cuerpo que una pregunta elaborada por la casualidad de un vientre levemente abultado y mis manos que disfrutando la libertad del movimiento se lo encontraron a su paso.

Me quedé un rato con la panza en mis manos. Pensé, imaginé, un futuro posible embarazo. Lo imaginaba en una escena que se me aparecía como contraria a esta: la bacanal, el infantilismo grupal entre amigxs, la individualidad experiencial de los placeres del cuerpo desatado por un momento de toda obligación, la isla del baile que suspende todo quehacer, todo pasado y futuro. Y me dije algo que venía diciéndome hacía un tiempo, algo que me decía ante el tiempo, ese árido reloj biológico de los cuerpos gestantes que tictaquea te guste o no sin cesar desde mediados de los treinta, como un eco maligno, como un mensajero del deber ser atado a la facticidad más cruenta, más irreductible a mi voluntad y mis planes. Ese tiempo del cuerpo que te dice que tenés que decidirte, querés o no ser madre.

Para mí nunca fue “sí” o “no”, tanto como “todavía no”. Y me respondí eso: con la panza en las manos, con mi cuerpo danzando, totalmente sola y a la vez en mi hábitat más auténtico, entre putxs y tortas, entre otros cuerpos provenientes de esta patria de la diferencia y la emancipación, me dije “todavía no”. Me lo dije convencida después del momento de alucinación y duda. Me lo dije convencida en ese “todavía” en el que me encontraba y en el que tan feliz fui, tan yo misma me sentí.

Y seguí bailando, paveando con mis amigxs, sintiendo que esa interrupción había sido una más -aunque una de las más intensas- de las interrupciones reflexivas a las que me tenía acostumbrada mi mente incluso en los momentos más alegremente suspendidos y alienados.


Un baile y un llanto

Era 2020, octubre de 2020. Plena maldita pandemia. Me encontraba sola en mi departamento, como fue la mayor parte del aislamiento social obligatorio. Pero esta vez no estaba sola del todo: en mi vientre estaba mi bebé.

Al inicio del año, antes de que el coronavirus llegara a Argentina, planeaba iniciar un tratamiento de fertilidad para ser madre soltera por elección. Intentos fallidos de armar una relación donde mi deseo de ser madre tuviera lugar me habían arrojado al terreno de “o sola, o nada”. Y yo nunca apuesto a la nada.

Hubo una serie de avatares - que no fueron solo el cierre total de actividades por el aislamiento - que postergó frustrantemente mis planes. Hubo estudios, una cirugía menor, etc. hasta que para septiembre, mes de mi cumpleaños, llegó el mejor regalo: iniciar el tratamiento, que todo vaya bien, hacer la transferencia, luego el reposo y la espera y finalmente el positivo, el embarazo logrado. Recuerdo la explosión en mi cuerpo frente al resultado. Preferí estar sola en casa para recibirlo por mail. Para bien o para mal tendría quienes me acompañen luego. En general tengo el hábito de preferir enfrentar lo terrible o fundamental sola. No sé si es bueno o no. “Me sale” así. Como si no pudiera tener testigxs de esos momentos en los que no podré llenar con palabras y reflexiones lo que pase, donde toda mi emocionalidad quedará desnuda.

Llegó el positivo. Inmediatamente empezó a latirme fuerte la cabeza, como si me fuera a dar un ataque. También me dieron unas terribles ganas de hacer pis. Sentí la felicidad empezar a explotar pero, por supuesto, frené artificialmente mi reacción y chequeé con mis médicxs que no me equivocaba. Cuando ellxs también me confirmaron el resultado, largué por los ojos el manantial de  felicidad: se abrieron las compuertas de un llanto terrible, una plenitud dichosa, total… y cuando me calmé me fui caminando a la casa de mi mamá a darle la noticia a mi familia.

Pero no era este el llanto que quería relatar, sino uno que ocurrió mientras estuve embarazada.

Como decía, estaba sola en el departamento, aislada ahora más que nunca para cuidarme a mí y a mi  embrioncito del maldito virus. Para pasar el rato puse algo de música. Cómo se extraña aún el baile… ¿quién iba a decirnos que una pandemia volvería las reuniones y fiestas un peligro a evitar? Y mis amigxs, lxs que fueron esta última década mis mejores compañerxs de baile, me quedaron además del otro lado de la cordillera, ahora imposible de cruzar.

Puse música entonces, y como cada tanto hago, bailé sola un breve rato. El aislamiento fue una mierda: estuve todos esos meses desde marzo virtualmente sin contacto afectivo humano. Ahora seguía igual pero al menos había logrado lo que más deseaba, tenía mi embarazo y ya sentía que éramos dos en casa, bailando.

Moviéndome entregada unos minutos a algún tema que me recordaba esos maravillosos momentos de danza entre amigxs, con las manos en mi panza, abrazándola, recordé ese momento de 2016 en el casamiento de mis amigxs, diciéndome en esa misma posición “todavía no”. Y ahora era ahora: bailando como esa vez, con mi panza real, no alucinada, después de todo lo que tuve que atravesar para finalmente decirme “sí”, para buscar ser madre a como de lugar, y ahora haberlo logrado, ahora con mi bebé adentro.

Mientras bailaba abrazada a mi panza volvió esa felicidad total a mí, volvió como un llanto terrible otra vez pero que no era solo la dicha sino también el dolor… volvió la sensación vívida de todo ese tormento acumulado de años y años en que estuve perdida como Ulises, en un viaje donde no llegaba a puerto y donde los destinos intentados me expulsaban.

Lloré todo ese dolor que al fin llegaba a término. Lloré la soledad angustiante de todos esos años. Lloré la frustración de que el futuro que me llegaba no se parecía a lo que había imaginado y proyectado. Lloré y exorcicé esos demonios, ese infierno, ese descenso a un via crucis innecesario que por suerte quedaba atrás.

Porque, como le conté a mi analista, el día de celebración del positivo, rodeada de la alegría absoluta de tanta gente que me ama, entendí que en esta escena -de mi bebé y yo- nadie faltaba.


Un llanto

Mi embarazo se interrumpió en la semana ocho o nueve. Lo supe cuando fui a la segunda ecografía de control.

Ya había ido, dos semanas después del positivo, a la primera ecografía. Fui sabiendo que el resultado químico tenía que confirmarse con la imagen del embrión implantado y sus latidos. Fui, como soy yo, racionalizando que había que esperar que el médico dijera que estaba todo ok. No recuerdo mucho ese antes, de todos modos, porque como estaba ahí, mi bebé, de seis o siete semanas, con sus latidos y todo, solo ha quedado en mi mente el recuerdo de la alegría, el alivio de que todo seguía bien. Y luego fue festejar con la familia y amigxs, mandar el videito de la ecografía, seguir empollando con mucho cuidado pero con felicidad.

El médico me había informado que si la próxima ecografía salía bien entonces ya tenía que ir sacando turno con obstetra. En esos quince días muy mariaineslagreca exploré mi cartilla, busqué recomendaciones, solicité varios turnos.

Fui a la segunda ecografía racionalizando, como en la primera, que tenía que chequear con el médico que estaba todo ok. Pero desde la primera ya venía pensando en nombres de nene o nena, en los primeros meses de puerperio y la ayuda de mi mamá, y se lo había contado a mi abuela aprovechando que tenía un buen día (porque hace un tiempo no anda muy bien y tiene días que “no está ahí”).

Había tenido las últimas noches unos sueños de mierda. Iba al consultorio pero pasaba algo y no podían hacerme la ecografía. Le decía al médico en el sueño: “quiero ver si le late el corazón”.

No dormí bien y mientras estaba en la sala de espera estaba muy nerviosa, con temor a descomponerme un poco del estómago. Me había acompañado mi hermano Pablo, como en todo el tratamiento, pero esta vez yo le reservaba el premio, a su incondicional apoyo, de que una vez que el médico dijera que estaba todo ok pudiera subir rápidamente a ver a su sobrinitx conmigo.

No recuerdo cómo fue pero el médico dio el ok para que Pablo suba cuando todavía no me había revisado.

Ahí estaba yo en posición ginecológica. Había entrado Pablo que estaba a mi derecha. No pude ver el gesto de su cara por el barbijo pero tenía los ojos redondos tensos, nerviosos.

El médico mete el ecógrafo y empieza a moverlo dentro mío. Empezaron a pasar segundos más largos que los que solían pasar entre empezar la ecografía y decir qué pasaba… mi corazón se aceleró -como se acelera ahora, mientras recuerdo y escribo. Extendí el brazo derecho sin hablar y Pablo entendió que buscaba su mano. Se la apreté fuerte mientras mi médico, notablemente afectado, empezó a balbucear un “mmmm… no… mmmm…. no…”. Le costó decirme que no se veía el embrión como debía verse en esa semana… que no había crecido… que el saco gestacional estaba como hundido… que no había latido.

Pablo siguió apretándome la mano. Tenía que irse porque el protocolo solo le permitía estar ahí unos pocos minutos. Se fue a esperarme abajo.

El médico fue para el consultorio y yo al baño como un fantasma… en una irrealidad tal que ni estaba llorando. Sabía racionalmente que los embarazos tienen una altísima tasa de interrupciones en las primeras doce semanas. Sabía racionalmente que había que ver si el embrión había crecido como se esperaba. Sabía racionalmente que podía no estar. Pero ninguna hiperracionalización me había preparado para confirmar que mi embarazo se terminó.

Me senté frente al médico que tuvo las mejores palabras. Recuerdo abrazarme a mí misma, el torso y el cuello… no sé si me estaba conteniendo o me estaba asfixiando.

Escuché, luego de las frases de cuidado, las indicaciones médicas: dejar la medicación, más o menos en quince días debería ocurrir el aborto espontáneo… si no ocurre, habrá que hacer un raspaje… escribime por whatsapp… y me fui.

Bajé por el ascensor, crucé la puerta de la clínica hacia la calle donde me esperaba mi hermano. Había tres o cuatro personas alrededor pero no me importó nada. Después de meses de no abrazar a ningún ser querido, me tiré en brazos de mi hermano y lloré el dolor más grande que viví en mi vida… lloré ruidosamente, con gemidos desagarrados, me desarmé totalmente unos minutos en ese tierno hermano abrazo que me sostenía en un silencio amoroso, sabiendo que no había nada qué decir.

Me permití tres o cuatro minutos de llanto. Después sequé mis ojos y caminamos hacia al auto… recuerdo decir “qué pijazo esto”… recuerdo que decíamos algo con Pablo… recuerdo mandarle con el llanto atragantado un audio a mi mamá diciéndole “no tengo buenas noticias”… “no…” “ahora llego a casa y te cuento”… recuerdo mandarle a mis amigas -a quienes les mandaba un mensaje al chat en común de cada avance hasta ahora festejado- un texto que decía “el embrión dejó de crecer… no hay latidos…”.

Llegamos a casa de mamá… Pablo me dejó en la puerta y se fue a su casa, tenía que trabajar. Mamá vino sin barbijo a abrir la puerta con los ojos rojos y mojados… he visto pocas veces a mi mamá llorar… pero acá no había chance para nadie… nadie podía zafar de este dolor tremendo.

Después de meses de distancia paranoica pensando que cualquier mínimo contacto podría enfermar y matar a mis padres por esta maldita pandemia, con mi barbijo puesto como mínima garantía y sin decir ni una palabra, solo habiéndonos mirado a los ojos ante la constatación de un accidente, una tragedia inesperada, me abracé a mi mamá – con quien veníamos soñando nombres y organizando cuidados- y me di dos o tres minutos más de ese llanto desesperado… un llanto a gritos sin volumen, de garganta quebrada, inundada, ahogada… un llanto que me venía de lo profundo de ese útero que hasta anoche dormí acunando, hablándole, convenciendo a mi embrión de que se quedara, de la vida llena de amor que le esperaba. Una vida nuestra, de “nosotrxs dos”, donde nadie faltaba.

Desde las entrañas brotó por esos pocos minutos una extraña sensación de locura exhausta. Estaba agotada, inerte, apagada, y sin embargo una revolución esquizoide se gestaba en mis adentros que me acompañó luego de ese llanto y los siguientes días en que me costó aceptar visceralmente la verdad empírica que había confirmado.


Dos bailes y dos llantos.

Del todavía no, al ahora sí.

Pandemia, aislamiento, soledad pero luego la celebración del “ya nunca más sola”.

Y después el no que no fue mío. Que no es de nadie.

El no de una vida que no prosperó sin nada que hacer, sin nada que evitar, sin nada que poder decir.

Y el retorno a la vez de la tortura y la tozudez de seguir en el viaje que no llegó a destino.

Aún.


lunes, 27 de febrero de 2023

Vida y muerte entre dos mujeres

Me acerco a mi abuela Ñata que yace en su cama postrada a sus noventa y seis años. Ir a saludar a la abuela ahora es un ritual difícil: a veces estará muy dormida para saber que pasé; otras, estará despierta sin entender lo que digo; algunas otras, estará mejor, se alegrará de verme e intentará comunicarse conmigo. Varias veces logramos tener un diálogo breve… otras, se quiebra ante su dificultad para hablar o saber qué decir. Yo me dirijo a ella con amor y disimulo: haciendo una actuación de normalidad del encuentro para acompañarla y mimarla un rato, sosteniendo una comunicación corporal, una presencia muda, aun en el fracaso del lenguaje que antes nos uniera.

Hoy acaricio el rostro de mi abuela con mi bebé en brazos: mi abuela que no sabe que su hijo ha muerto. El deterioro de la vejez la ha bendecido porque ya nunca sabrá que su hijo murió antes que ella y demasiado pronto para su familia que hoy lo duela. Su hijo adoradísimo, luz de sus ojos, foco de sus preocupaciones, ha dejado de existir y en una irónica buena fortuna, mi abuela no se entera ni se enterará.

Miro a mi abuela en ese mundo borderline entre el aquí y el ningún lado en el que vive su conciencia mientras sostengo a upa a mi hijo de dos meses y registro el “entre la vida y la muerte” en el que siempre todxs estamos pero hoy, particularmente, estamos estas dos mujeres: mi abuela que transita una muerte lente, demorada, a cuenta gotas, perdiendo a su hijo sin saberlo, y yo, que acabo de dar a luz, a la vida, a mi pequeño Tomás, también en la gradualidad del embarazo, el parto y sus primeros meses, con una conciencia total, permanente y absoluta de su existencia.

“Unos van y otros vienen” me parece una frase simplista: no capta la contradictoria mezcla de felicidad y sufrimiento que los polos de la vida y la muerte implican. Rechazo toda reflexión que busque un consuelo torpe y negador… me demoro, en cambio, en lo inconsolable que habita el corazón de nuestras mejores alegrías. De un lado de mi cuerpo rodeo con un brazo a mi hijo buscado, deseado y bienvenido, mientras una línea de continuidad hecha de mi piel, mis órganos y venas se conecta con mi otro brazo cuya mano recorre con amor y pena el rostro de mi abuela que es hoy una madre sin su hijo.

En una de las últimas charlas que pudimos tener le pregunté por su maternidad: cómo la había vivido, cómo fue volverse madre para ella. Mi abuela respondió que muy bien porque “le fue natural” ser madre.

Filosofía y feminismo del siglo XX de por medio, el dogma de la desnaturalización guía mi vida: la sospecha ante todo lo que se nos presenta como “natural” es el mandato del pensamiento crítico (que por “crítico” no deja de tener perspectiva, punto de vista y, a veces, estos vueltos sus propios axiomas). En un sentido práctico ligado a lo más básico de la existencia, rechazar el mandato de la maternidad como “naturaleza” de las mujeres ha sido el portal salvador para habitar este mundo sexista advertidas de los relatos románticos con los que nos crían y someten, y entonces, poder elegir sabiendo que la maternidad, como la anatomía, no es destino.

No es destino pero puede ser elección. Esa fue mi experiencia: elegir tener un hijo después de haber desnaturalizado el mandato -proceso terapéutico que, aunque liberador, también implica el esfuerzo y el dolor de perder una capa de piel cultural.

Y, sin embargo, hoy con él en brazos entiendo a mi abuela. Más aún: comparto su experiencia. Es que a mí también me ha sido “natural” volverme la madre de Tomás. Pero en un sentido claramente muy distinto al del determinismo biológico o el mandato social.

Este hijo no ha llegado de ningún modo natural a mi vida. Es producto del amor de sus padres, pero también de las desnaturalizaciones de la vivencia del género tanto como de las posibilidades tecnológicas de la medicina. Este hijo ha llevado años de terapia, de pelea conmigo y mis circunstancias, de deseo y de duda, de intentos fallidos y pérdidas espontáneas. Y, sin embargo, hubo un momento en el que sí fue proyecto decidido y, luego, procesual gestación exitosa.

Aun sin haber sido natural su llegada a través mío y de otrxs a este mundo, la potencia del deseo una vez instalada produjo una sensación de naturalidad a su aparición física como bebé en mi vida: desde el momento en que pude tenerlo en calma en mis brazos, su presencia en mi vida se sintió como “siempre ya ahí”. Tomás siempre estuvo: nada es más falso que esa frase pero lo que sentimos no siempre responde al orden de lo verdadero.

Debe ser que fue tan elegida por mí su gestación que la relación “mamá María Inés e hijo Tomás” se constituyó en cada uno de esos momentos en que un embarazo que no fue ni fácil ni inmediato se iba asentando. Debe ser que haberlo acunado desde el momento en que lo transfirieron a mi útero -mitad invitándolo a que se quede; mitad rogándole que lo haga- fue generando en mi la experiencia de la maternidad. Debe ser que la fortuna de recibirlo rodeada de amor y deseo de su padre y de los amores que me acompañan permitió que la gradualidad de la vida como proceso biológico se trasfigurara en gradualidad de la vivencia de maternar.

Por eso siento que entendí a mi abuela, aun con todas las transformaciones discursivas y corporales que llevaron a mi propia experiencia: siento mi maternidad como natural no porque el destino me haya llegado, ni porque la agencia orgánica que me constituye haya cumplido algún propósito determinado, sino porque nada me parece más inmediato en mi día a día que ser tu mamá, Tomás. Es la naturalidad como resultado de un proceso atormentado, donde se enfrentaron cultura y cuerpo, reflexión y mandato, oportunidades y obstáculos… y también ese entre la vida y la muerte en el que siempre ya nos encontramos.

Una mujer que es madre natural porque hoy no tiene conciencia más plena que la de este acontecimiento que ha buscado y hoy vive.

Otra mujer que fue madre natural pero hoy no tiene conciencia porque la memoria la abandona y los días suceden en un prolongado esperar que ya no sucedan.

Vida y muerte entre dos mujeres: nada hay de natural en quién llega a vivir o a quién le toca morir, como tampoco en qué mujer serás.

Porque mujer no se nace, se deviene.

 

sábado, 20 de noviembre de 2021

Cuando solo quedan opciones malas

Una mujer pierde un embarazo deseado.

Un hombre tiene que firmar los papeles de divorcio con su marido de diez años.

Enfrente, solo opciones malas. O quizás ninguna verdadera alternativa, ningún camino otro a la ruta que el azar, la vida, las circunstancias han delineado como lo único donde hacer pie.

“Swept off my feet” es una frase usual que inglés describe el haberse enamorado: lx otrx irrumpe en la vida y de modo involuntario, repentino, te enamorás… literalmente “ser barrido de tus pies”, como un tackle: aparece alguien, te lleva por delante, arranca tus pies del piso.

¿Y quién dijo que esta es una metáfora de algo agradable, o siquiera bueno?

¿De cuántos enamoramientos te arrepentís vos?

Algo que te atropella, algo que remueve tu apoyo del suelo o una nueva trayectoria que se le presenta a tu vida y que no podés decir que elegiste, que deseaste: esos momentos en que la vida parece volverse una persona, un agente, un titiritero caprichoso y hasta sádico.

Toda esa exterioridad de lo que nos sucede tan difícil de aceptar para quienes hemos desarrollado el delirio útil de la voluntad, la racionalidad calculadora de medios y fines, la conciencia como usuaria del tiempo.

Pero a veces es esa Vida emancipada de nuestras ilusiones de comando individual la que te barre los pies, te roba el sostén, te desarma y te deja tirada a un costado sin saber qué pasó, sin entender por qué, o con la terrible claridad de que no hay causa ni necesidad.

Es.

Ese momento de mierda, es.

Sucede.

“Lo que sucede, conviene”. Váyanse a la mierda.

O quizás, no. Perdón. Ustedes también están asustadxs y prefieren creer en un universo que reparte suertes como conveniencias que no podemos comprender en el momento, pero que lo son.

Quizás lxs envidio. Yo no tengo esa posibilidad tranquilizadora, que difiere a un futuro la razón presente del sufrimiento.

Hace poco encontré en un libro la definición del psicoanálisis como una práctica para aliviar el sufrimiento humano. Me shockeó la claridad de esa definición. Yo siempre había visto la terapia como un modo de ganarle la pulseada a lo que en mí es inmanejable: los mandatos que me habitan, su centro de operaciones en el inconsciente, los deseos que me desarman, las contradicciones que me confunden. La terapia como un modo de aceptación de lo que me excede en la psiquis y, a la vez, como una gimnasia para que eso no me estrague.

Pero de lo que se trataba todo el tiempo era de aliviar el dolor de vivir.

Creo que por eso también escribo. Lo entendí hace poco. Escribo para lidiar con el dolor de vivir.

A veces es menos un dolor negativo, padeciente y más la intensidad de sentir, de ser afectada, de saber que se existe en el cuerpo, como cuerpo, como potencia expansiva y finitud.

A veces es ese otro dolor de estos animalitos asustados que somos porque en algún mutar contingente la Vida se puso chistosa y nos dio conciencia: mordió por nosotrxs el fruto del Árbol del Saber y nos infectó de la posibilidad de un registro más poderoso que nuestros propios pequeños organismos erectos.

Ese miedo que se volvió cultura y control pero nunca dejo de ser un estar apabulladxs. Por eso siempre estamos buscando el chivo expiatorio para sacrificarle a la Vida una víctima redentoria, algo o alguien que nos libre de su verdad: el azar desplegado, la exterioridad que decide por nosotrxs, los nuevos senderos que encontramos cuando el fin, la muerte, la pérdida nos barren los pies sin retorno.

A veces, amigxs, no hay sino malas opciones por delante. Porque buena era la que queríamos que fuera y no fue.

No dudo que a veces el azar nos arroja a líneas de tiempo más interesantes que las que habíamos planeado. Eso también es cierto. Y mis envidiadxs amigxs que hablan con el orden cósmico tienen una pequeña parte de la verdad en esperar que el futuro indique si no ha sido mejor cambiar de rumbo, aunque sin quererlo.

Pero otras veces, no. No hay redención en el advenir para este dolor demasiado humano.

De los deseos quebrados. De los amores truncos. De la alegría robada. Del perder en serio: sin ganancia.

Esquizofrenia del baño de humildad y rebelión que estas solo malas opciones nos hacen vivir.

Despotricar y pelear con el Destino, los Hados, deidades, fuerzas universales, o como sea que personifiquemos en un diálogo que es monólogo que se aliena al Agente Perverso de nuestra desventura.

Y después, seguir. En lo posible seguir cuando la derrota es más real que nuestro berrinche de meros mortales.

Cachorros de un azar milenario enfrentando el destete de la buena fortuna.

Por eso la importancia de la manada… de la escucha amiga, el abrazo familiar que acompaña el silencio.

Quizás a veces no es la cura de la palabra y la terapia… quizás a veces es el refugio en la sensibilidad y el cuerpo de unx otrx que entiende y calla.

 

domingo, 20 de diciembre de 2020

Una mariposa en pandemia

Hace unos días se me apareció una mariposa en pandemia.

Salía al balcón, como se volvió costumbre en estos meses, a tomar un poco de aire y sol para descansar del forzado encierro de solo paredes.

Era una tarde agradable, una hora tranquila del barrio… pero la pandemia imprime en todo lo que solía ser disfrutable una pátina opaca.

Destiñe los colores del día.

La pandemia: este tiempo gris.

Y de repente apareció una mariposa y la intensidad de la vida volvió de sorpresa.

Mi balcón tiene un enrejado cuadriculado y por allí encontró el modo de pasar una mariposa.

Tenía sus alas de un color anaranjado, con algunas manchas marrones y las batía con rapidez alegre.

Se posó delante de mí. Sobrevoló unos minutos una planta y luego otra. Y se fue tan de repente como vino, atravesando otro cuadradito de la reja.

Además de regalarme un momento de inesperada belleza, me dejó pensando… pensando en la irrupción, en el contraste del aparecer de una mariposa en una pandemia.

Realizó con su literalidad su metáfora: una transformación, una escansión, una suspensión del tiempo denso del encierro súbitamente desplazado por el liviano transcurrir de un instante ligero.

Pensé en la pandemia y las transformaciones.

Pensé en la metamorfosis.

Pensé en la vida normal que hoy ya no es. En lo cotidiano perdido.

Pensé en las alas arrancadas. Pensé en las pieles arrebatadas.

Los olores, los sabores.

Las texturas clausuradas por plazos indefinidos.

Pensé que éramos mariposas y nos volvimos orugas.

Un retroceso del proceso de la vida.

Una evolución invertida.

Como brazos que se metieran de nuevo en el cuerpo

Y de un momento a otro ser un mero torso inhibido

que recuerda, anhela, alucina los habituales abrazos

como si fueran ahora un miembro fantasma.

Una amputación de las alas del cariño.

Pensé en el reducirse de la vida. Pensé en las rejas del miedo.

Pensé en lo mortífero.

Pero igual a veces, sin esperarlo,

La vida vuelve

Como una mariposa repentina.

Una iluminación en el dolor.

Un retorno de la piel.

Una soga imprevista que nos arranca del pozo oscuro de la soledad enemiga.

Un encuentro. Un descubrimiento.

Una restauración del posible después,

Del horizonte, de la expectativa,

Del proyecto.

Abrazos que nos devuelven las alas.

Miradas que resucitan los colores.

El perfume de un nuevo inicio.

Volver desde un purgatorio inmerecido.

Sentir que se re-anuda la vida:

Se regenera la dermis afectiva.

Nos crecen de nuevo los brazos, las piernas, los labios.

Se desvanecen los restos fantasmas

Y se acallan las voces de los dolores.

Al menos por ese rato

en que nos presta su revitalizante belleza

La visita imprevista

de una mariposa en pandemia.

 

 

 

 

 

martes, 29 de septiembre de 2020

La pulsión conservadora y la gata

Algo que no deja de sorprenderme de la vida, de mi vida, es cómo el fracaso en intentar conducirla, amoldarla a ciertas formas conservadoras de ser ha sido la puerta a mi emancipación. A formas nuevas, inesperadas, de existir y vivir.

Quiero decir: no una emancipación buscada, proclamada, de armas tomar… sino una emancipación por defecto, por falla, porque el camino que me disponía a transitar se coarta, se aborta. Y entonces hay que tomar otro camino. Y con lágrimas, autoreproches, protestas y duelos, ese sendero nuevo que se abre resulta muchas veces ser mejor, más interesante que aquel que obstinadamente me resistía a abandonar.

Es que aunque muchxs de quienes me conocen podrían reírse incrédulxs de lo que voy a decir, yo tengo una terrible pulsión conservadora en mi actuar. No miento: hay una fuerza que me arrastra siempre a desear hacer las cosas “como corresponde”, “como debe ser”, “como Dios -la cultura/la naturaleza- manda”. Una amiga una vez me dijo “vos sos muy normativa”. Otro amigo alguna vez comentó “Pero, ¡qué terrible super yo que tenés!”. Lxs amigxs nos conocen y porque nos conocen, ven más claramente que nosotrxs nuestras propias contradicciones.

Porque esa pulsión conservadora que me constituye también choca con una pulsión de vida, una libido curiosa, exploradora, arriesgada. O ese creo que ha sido mi caso. Y por eso mi biografía está escandida en síntomas: chocan las pulsiones contrarias y el cuerpo estalla, habla.

“La curiosidad mató al gato”, se dice. Mi gata interior es intrépida, nada la para. Pero si es curiosa es porque desea saber en ese doble sentido latino de “conocer” y “degustar”. Y a veces la línea recta de la pulsión conservadora es muy insípida o deliberadamente ignorante: no como adjetivo sino como participio presente: voluntad de ignorar, de no ver, no saber. En general lo que se intenta no ver es o bien la diferencia -por eso el conservadurismo es segregacionista-, o bien, la alternativa -por eso el conservadurismo es discurso único, totalitario.

Lo interesante es que a veces las alternativas me han aparecido menos como alegre, atrevida, curiosa gatita que juega con las formas posibles de ser y más como camino no proyectado que se abre desde una expulsión: mi deseo de hacer que mi vida tenga la forma conservadora que mis expectativas subjetivas iniciales le han ordenado ha sido frustrado, ha sido desoído, no ha sido acompañado.

Porque para los caminos de la vida y las formas de ser que adquiramos siempre necesitamos al otrx, algunx, muchxs o todxs. Nadie hace camino solo aunque hacer camino tenga un lado inevitablemente solitario.

Y entonces, ante la confirmación de la frustración, una llora, y llora, patalea largo rato, o incluso, enloquece… porque lo racional no es lo real sino lo que creíamos que era única realidad posible. Y entonces es un poco como perder la cordura. Estos últimos años lo he llamado “sensación de ciencia ficción”: como una invasión alien pero en realidad es lo “alien” en nosotrxs que se expresa, lo “otro” del destino que se esperaba. Paradoja de que en la propia otredad se pueda encontrar nuestra elegida autenticidad.

Y cuando la niña moldeada al destino y su semejanza deja de renegar (negar mucho) y acepta que la cosa no va por acá… ahí reaparece la pulsión exploradora de vida, la gata que recuerda que puede, de todos modos, caer siempre parada… que se acuerda de ese diseño aerodinámico de su cuerpo que cuando ve que cae se tuerce, se retuerce, gira y afirma en un nuevo suelo las patas.

A veces en la vida te cae una ficha cuando caés como una gata. O quizás primero caíste como pichona y después te metamorfoseás en gata.

Entender y aceptar para retomar el andar, para no ser aplastada por la caída, para ser vos la alien que invade un territorio nuevo, aunque por qué no, en son de (lograr la propia) paz.

 

domingo, 20 de septiembre de 2020

El premio, la risa y Santino

 Para Pablo, Noe y Santinuchi


1.   El premio de Pablo 

Me quedó clavada en la memoria una situación angustiante que pasé cuando era chica con mi hermano Pablo. Estábamos en uno de los festivales de fin de año de mi colegio. Yo estaba en la primaria y Pablo debería estar recién en primer o segundo grado, o quizás todavía en el preescolar.

Los festivales de fin de año tenían actos, buffet, baile, premios. Estábamos en el momento del baile y alguien que animaba el festival dijo por el micrófono que le iban a dar un premio a quienes mejor bailaban. El objetivo era animar a lxs niñxs y padres a divertirse un rato. No recuerdo si mamá me dijo que fuera a bailar con Pablo… probablemente no: no me extrañaría que yo lo agarrara a Pablo entusiasmada con ir a bailar y de paso ganar un premio. Tampoco me extrañaría que no haya tenido que rogarle ni insistirle mucho a Pablo: recuerdo con claridad que de chiquitxs fuimos muy compañerxs. A él y a mi primo Hernán los tenía de actores estables de las obras de teatro que planeábamos y representábamos para nuestros papás los domingos a la noche, por ejemplo.

Así que la escena que recuerdo con claridad total es la de estar con Pablo bailando, contentos, con todas las ganas y claro, esperando que desde el escenario -del que estábamos cerca- la persona que lo anunció por micrófono nos llamara para darnos el premio por ser lxs que mejor bailábamos. Mi recuerdo de estar alegre bailando con Pablo se va tornando traumático cuando recuerdo la angustia que empecé a sentir… recuerdo estar agarrada de las manos de Pablo, recuerdo verlo adelante mío, super contento, sonriendo, sonriéndome, y recuerdo que pasaba el tiempo y no nos llamaban para darnos el premio… sigo viendo la cara de mi hermanito chico que baila que te baila, y revivo ese sentimiento horrible de la disonancia entre su alegría, el pasar del tiempo sin que nadie nos llame, y la angustia que me inundaba mientras trataba de disimularla en mi cara para que Pablo no se desanime… pero pasado otro buen rato, no pude más… la angustia se volvió ataque de llanto y no recuerdo si primero fui a decirle algo a mi mamá… pero sí recuerdo que fui al escenario y protesté llorando que cómo podía ser que hacía un buen rato que nos estábamos matando bailando con mi hermano chiquito y que no nos habían llamado.

Debo haber presentado un argumento muy convincente, o quizás quien daba los premios se conmovió de esa nenita que lloraba reclamando un premio para su hermano -porque recuerdo que mi indignación era respecto de Pablo: bailaba y bailaba con su sonrisa intacta, se merecía un premio: ¡¿por qué mierda no se lo estaban dando?! Como sea, agarré llorando un librito de cuentos que me dieron como premio y se lo llevé todavía llorando pero un poco más tranquila a mi querido hermano. 

2.      La risa de Noelia

Dos cosas me sorprendieron mucho desde el momento en que Noelia dio a luz a Santinuchi. La primera fue apenas dio a luz: le habían hecho una cesárea porque nuestro hermoso Santino andaba apurado -ahora que lo conocemos nos damos cuenta, confirmamos, que este pibe es un adelantado: quiso nacer antes de tiempo, como caminó rápido, habló desde los cinco meses y de repente se le ocurrió madurar y dejar solo la teta, está claro: desde el mismo parto que está apurado por comerse el mundo!

Volvamos a la cesárea: se sabe que las mujeres tienen que permanecer después veinticuatro horas sin hablar para que no les ingrese aire al abdomen que les genere malestares. Muchas mujeres hablan igual y después les duele todo. Pero Noe llegó a la habitación -donde la esperaba toda la tribu expectante del nuevo baby nuestro- y no habló una sola palabra. Estaba totalmente tranquila, con los ojos abiertos muy grandes, completamente consciente de la situación. No era que nos estaba ignorando, de hecho usó una app para escribir cuando quería decir o contestar algo, que reproducía lo que escribía como audio. Pero ella, que es charlatana a más no poder (como somos varixs) no se tentó ni un momento en decir nada. Me sorprendió: había una disciplina total. Es que se le notaba en la cara: lo único que le importaba era hacer todo bien, recuperarse pronto para que la dejaran ver a su bebé, que por su apuro por nacer tenía que pasar unos días en neonatología. Ya sobraría el tiempo para relatarle a lxs demás todo lo que había pasado.

La segunda cosa que me sorprendió sucedió durante las primeras semanas y meses de Santi. Noe inmediata, instantáneamente, fue una mamá feliz con su bebé. Tuvo esa fortuna, que otras mujeres no tienen, de que su ser mamá de Santino fue comprobación total de que ahí estaba su felicidad. Y ahí es donde vino la otra cosa que noté: cuando Noe se ríe de alguna cosita dulce o graciosa que hace Santinuchi, su risa tiene un sonido, una intensidad que yo, que la conozco hace doce años, no se la escuché nunca, pero nunca antes. 

3.      Santinuchi

Entre el premio que Pablo se merecía, se había ganado, que ya tenían que darle pero que hubo un tramo de angustia y temor antes de que finalmente le hubiera llegado; y la risa nueva de Noe, la de una alegría completa, la de una plenitud que sutura la herida profunda que tuvo abierta durante tantos años; entre esas dos anécdotas aparece Santino, mi Santinuchi, como regalo de la vida pero un regalo especial: uno que fue muy buscado por ambos, un regalo que es premio de plenitud pero que “no cayó del cielo” porque requirió no solo mucho deseo, sino también mucho esfuerzo, mucho trabajo, y un tanto de dolor: que lxs hizo atravesar un delay, un retraso que se sintió un poco enloquecedor, porque no “salía”, porque hubo que pasar por médicxs y psicólogxs, y tratamientos, y pérdida, y sensación de fracaso… desear tanto algo y que tarde en llegar… al fin llegó pero todos sabemos que ese “mientras tanto” en que no está llegando nos angustia, nos deshace en nuestras certezas, nos saca de quicio, nos cuestiona la fe en que el plan puesto en marcha vaya a resultar. Ese “mientras tanto” me hizo recordar la angustia del día que con Pablo bailábamos… y él ese día, como durante la búsqueda de Santi, nunca dejó de bailar, nunca dejó de poner su cuerpo para conseguir lo que quería. Pero de grande, no fue esa sonrisa inocente de nene que sigue bailando lo que había en su rostro… también había sonrisa pero como apuesta a que se iba a superar la angustia, el temor, esos sentimientos que una persona tan sensible como Pablo obvio que siente pero que, quizás, él no sabe transformar en palabras para contárselo a otrx y poder desahogarse, llorar y putear un buen rato.

Ese “mientras tanto” me hizo acordar a la Noe antes de Santi, que siempre fue una mina alegre, laburante y pujante como Pablo, pero que en su seguir bailando la vida no tenía la risa que tiene ahora… había sonrisas y alegría, porque Noe es una mina divertida y con pila para llevarse el mundo por delante, pero también aparecía cada tanto una mueca, un fruncimiento de labios, un cruzar apretado de los brazos en el pecho, un enojo profundo que de vez en cuando se escapaba o se escupía, pero que siempre interpreté como un resto de dolor que no pudo perdonar y que por eso, se le volvía a veces volcán en erupción desde adentro. Con Santi, ese volcán se secó. Con Santi, la vieja lava apagada se volvió sonido que sale también por su boca pero ahora como música materna, como canción de amor. Esa risa que le ilumina el rostro a ella equivale a la fortuna total que Santino tiene sin saberlo aún: la de estar formándose como persona con una mamá que antes que él abra los ojos, ya lo espera con una luz de felicidad total también en sus ojos, una risa contagiosa que, junto a la plenitud que se le nota a leguas también a Pablo por ser su papá, explican por qué Santino es la dulzura hecha ser humano, una personita que siente curiosidad por el mundo que lo rodea, un bebé que se adelanta en los tiempos normales porque se nota que no puede esperar a comunicarse, a hablarle a su papá y su mamá, a mostrarles él también que antes de saber del todo quién es y qué hace en este mundo ya sabe algo que será su mejor fuerza para todo lo que haga en la vida: que es un bebé muy deseado, muy amado, el premio de papá y la risa de mamá. 

12 de septiembre de 2020

 


domingo, 9 de agosto de 2020

Las calabazas quemadas

Una mujer dice que no confía en su marido para dejarlo solo con sus hijxs.

No hay nada terrible detrás. Ni violencia, ni locura, ni nada. Solo que no estaría tranquila si lxs chicxs se quedan solxs con él. No lo cree capaz de cuidarlxs.

Una mujer dice que no puede pedirle a su marido que cuide un rato a unx familiar enfermx.

Tampoco hay ningún impedimento real. Solo que teme que se distraiga preocupado por sus cosas y olvide que tenía alguien a su cuidado.

Una mujer dice que su amor la dejó plantada.

Habían soñado pasar juntxs esa noche. Era la celebración de un momento por ellxs esperado que finalmente había llegado luego de muchos obstáculos.

Él dice que se va y ya vuelve. De repente, algo menor lo retrasa. Ella le dice que lo espera. Él no se comunica más y aparece a la madrugada, cuando el momento clave ya había pasado. No tiene una real justificación. Desconoce la legitimidad de su reclamo y se ofusca, amenaza con irse si le sigue pidiendo dar cuenta del momento arruinado.

“Dejar en banda”.

“Dejar plantada”.

Todo sin ningún obstáculo físico, mental, real. Casi que parece a propósito.

Una decepción deliberada. O peor, la repetición de un hábito: no hacerse cargo.

Escenas que me hacen acordar a ese momento de tristeza y furia que sentí ante las calabazas quemadas.

Fue hace diez años.

Vivíamos juntos hacía meses. Las cosas no estaban bien desde antes de mudarnos. Pero le había dado una oportunidad más a ese amor que se supone que todavía estaba.

Él volvía todas las tardes de trabajar en una oficina las normales ocho horas y al cruzar la puerta empezaba el teatro del cansancio.

Era un teatro porque había una escenificación. Yo trabajaba las mismas o más horas que él. Sí, claro, a veces una termina muerta, harta. Claro, hay en la convivencia de una pareja un acompañarse en los malestares cotidianos.

Pero no: a mi departamento llegaba todas las tardes el Alfredo Alcón del cansancio. Él y solo él, aparentemente, sufría la obligación de trabajar. Él y solo él vivían el calvario de la jornada de trabajo diaria.

No era muy demandante su trabajo, para nada. El demandante era él que no podía sentarse a tomar un café y charlar de que estaba harto de esto y aquello… no: era una tragedia que solo él vivía y que las deidades del capital le infligían especialmente (no era para nada zurdo, ni nada por el estilo… es más, era de esa gente que está feliz con el consumismo que el capitalismo habilita y que escucha “patrón” y “clase” y cambia de canal mental).

Era una excelente manera de victimizarse, cosa que le encantaba. Y yo me lo fumaba. Debo haber primero reaccionado con comprensión, escucha y cariño, como suelo hacer. Pero en la repetición sostenida del teatro de víctima excepcional yo, que tengo una paciencia infinita, la estaba perdiendo.

Una de esas tantas tardes en que ya me había acostumbrado a que llegaba la hora del teatro, me encontraba preparando la cena. Como hacía unos meses que hacía dieta porque tenía el colesterol alto, me preparaba unas calabazas al horno. Mientras las hacía, recordé que faltaba comprar algo.

Él estaba acostado en posición de crucifixión, cual prisionero luego del suplicio. Ni se me ocurrió pedirle que bajara al supermercado. Iba a hacerlo yo. Pero estaban las calabazas haciéndose al horno, que sabemos que llevan un rato.

Tendría que haber apagado el horno, hecho las compras y luego seguirlas cocinando.

Pero no. Se me ocurrió confiar en que podía pedirle un mínimo favor: “¿me mirás las calabazas que están al horno que bajo rápido a comprar X cosa que falta para la cena?”

(¡Nuestra cena! ¡La que yo cocinaba mientras él se ganaba el Oscar diario a Mejor Actor de Drama de Ombligo Existencial Exagerado!).

Bajé los seis pisos. Fui al supermercado de la otra cuadra. Compré las cosas. Volví a casa.

Y por supuesto, ahí estaban: él dormido y las calabazas quemadas.

Era cuestión de cuidar la cocción diez, como mucho quince minutos.

Era mi parte de la cena por la dieta médica indicada.

Era una pavada, ningún gran gesto de amor: un mínimo pedido de colaboración.

Pero no: ahí estaban, casi como un momento de descubrimiento luego de años de terapia,

las calabazas quemadas.

Indignación, bronca, tristeza y un símbolo, una condensación de su egoísmo, de su desidia irreflexiva, dedicada como se dedica lo peor de la masculinidad: encarnándola y punto.

¿Qué si me quejé? ¿Qué si le reclamé? ¿Qué si le enrostré su gesto de mierda?

Sí, por supuesto.

¿Qué qué respondió?

Lo mismo que todos: que no fue a propósito, que yo exageraba, que no es para tanto, que él y su gran Yo no tenían que dar explicaciones, que no me jodas, etc., etc.

Ese otro teatro: el del enojo frente a sus cagadas para no hacerse cargo. Ellos se la mandan, vos pedís explicación de por qué (triste, decepcionada o enojada) y ellos sacan ese mecanismo de supervivencia afinado durante cientos de años y se enojan el doble, y gritan el doble, y amenazan con irse, y ponen una cara de orto que es una pared ahora y siempre, porque es efectiva, porque funciona, porque total vos te vas a quedar porque “él te completa” y esa pelotudez cultural que nos metieron a las minas en la cabeza no se la metieron a ellos: ellos están completos, rebosantes, con la barriga del ego llena, con el aura de excepcionalidad radiante, con el “yo puedo solo y no tengo que ceder nada ante nadie” tatuado.

La heterosexualidad para una mujer aún hoy en día implica tener que enfrentarse sola a la repetición de las calabazas quemadas.

“Así son” y te quedás sabiendo que “no hay nada mejor”. La próxima apagás el horno y listo. Vas a seguir bajando vos al supermercado cuando llega cansado, así que la próxima ni se lo pedís y te ahorrás el conflicto. Sabés de la pared que de nuevo te vas a llevar puesta, así que no querés más moretones: “lo resuelvo sola”. Vas a estar más cansada, más sobrecargada, pero bueno: “así son”.

Otras veces las calabazas quemadas serán metáfora, representación, revelación: “¿Qué hago con alguien a quien no le puedo pedir el mínimo favor, un pequeño gesto de cuidado?”

Ahí está más complicada la cosa. El “así son” no te convence. Te resistís a que la pared seguirá ahí y tenés que prepararte con esfuerzos extras para sortearla. O no, y te vas. Y punto.

Hay, claro, grados de calabazas quemadas. Algunas son ocasionales. No necesitás el “así son” ni la huida, porque, bueno, no es costumbre, es error, y todxs nos equivocamos.

Todxs nos equivocamos, claro.

Pero puede ser que, como mi analista dice: “la gente a la larga te decepciona.”

¿Cómo convivir con la decepción ya transitada?

¿Cuándo es ocasión y cuándo revelación?

Parece que esto lo resuelve una mezcla de tripas, azar, hartazgo, reacción, y para mucha gente, cálculo: pro y contra, conveniencia, una balanza que para cada cual es distinta entre comodidad y deseo de cambio.

Lo singular de todxs y cada unx se cifra en esa balanza.

No es la balanza de la Justicia: acá, en estas cosas de la existencia, nadie externo debería ser Juez.

A veces gana una actitud propia para con la vida, que nos es ni buena ni mala, semi-racional, semi-inconsciente, un poco elegida, y bastante de preprogramada, un estilo propio, una estrategia de supervivencia:

hasta cuándo, hasta dónde decidir, creer que nos hablan, nos interpelan

las calabazas quemadas.



domingo, 21 de junio de 2020

La maternidad, la vida y la enredadera


Hace unos días me enteré de que he sido una mala madre.

Mi primera hija-planta, la que lleva más tiempo conmigo, es una enredadera.

Es una dipladenia. Y hace poco me enteré que la llaman también “jazmín” chileno.

Es la primera planta que colgué en el departamento en el que vivo desde 2013 y me ha dado flores rojas de una belleza que me alegra siempre la vida.

Pero además es enredadera, cosa que me enteré bastante tiempo después de tenerla.

Así que la dejé enredarse libre en la reja cuadriculada del balcón, que le permitió trepar con mil y una vueltitas posibles. En septiembre del año pasado, que ya llegaba bien hasta arriba, dio unas flores preciosas que se colgaban hacia el lado exterior de la reja y me alegraban el día mirándolas desde dentro de la casa y llegando desde la estación del tren o de hacer algún mandado.

Pero en ese mismo septiembre de repente se quedó sin flor.

Hubo un episodio climático: una oleada de calor tremendo e inusual para la época. Todas sus flores cayeron y no volvió a dar flor de nuevo. ¡Maldito clima aleatorio que mató mis flores!

Y así siguió la cosa… pasó todo el verano y nada. La dipladenia es una planta que acepta mucho sol, por eso la compré pensando especialmente en mi balcón de primer piso a la calle en la casi esquina de la cuadra que recibe un sol intenso sin descanso desde la mañana a la tarde. Así que mucho sol no podía ser el problema.

Hace unas semanas decidí ir al vivero que tengo cerca de casa que lo atiende Laura, una especialista en plantas que me ha educado generosamente a lo largo de los años. Le conté lo que pasó y cómo estaba la planta… y ahí me enteré de que fui una mala madre.

Laura me explicó que probablemente el tema no fuera esa oleada de calor sino que yo había mantenido la planta en la misma maceta por siete años. Con sus buenas formas de siempre de todos modos me miró con cierto reproche. No se me había ocurrido -porque para esto de ser una vegetal madre nadie me había enseñado e iba aprendiendo con la práctica y los años. Me recomendó que pasara la planta a una maceta con mayor capacidad, porque seguro la planta había dado todo lo que podía dar ya con la maceta anterior. “¡Genial!”, pensé yo, solo era cuestión de transplantarla.

Pero la cosa no era tan fácil porque yo tenía la maceta colgada del balcón con un soporte y las ramas de la planta estaban gruesas y enredadas a la reja… Laura me explicó que iba a tener que desenredarla. Pero seguían los problemas:

-           --  “Es que yo la dejé que se enrede como quiera y está super agarrada a cada lado de los cuadraditos de la reja.”

Segunda mirada de reproche disimulado -pero un poco menos- de Laura:

-          --  “Es que no… a la enredadera no se la deja que se trepe como quiera. Ahora por eso te va a ser muy difícil desenredarla. Tenés que tomar las ramitas, apoyarlas en el lado de la reja y atarlas con hilos de algodón (como los de las cajas de la pizza) así podés, cuando hace falta, desenredarla.”

Reaccioné a la información de dos maneras: primero, reconociendo mi ignorancia. No sabía, nadie me había dicho antes que no había que dejarla enredarse como quisiera… qué cagada. Estaba requete enredada e iba a ser muy difícil sacarla sin lastimarla o cortarla… segundo, caí en la cuenta de que para mi querido Jazmín, mi hija primera y mayor, que tanta alegría me había dado, había sido una mala madre.

Pero también reaccioné como suelo: entendí el error y me dispuse a saber y hacer lo que fuera necesario para solucionarlo.
-        
         --  ¿Dónde consigo hilo de algodón?
-       --   En el chino o en una ferretaría seguro tienen.
-       --   Ok. Entonces la saco de la reja y después la paso de maceta… pero ¿cómo la desplanto?
-       --  Le pasás despacio, con cuidado de no herir las raíces, un cuchillo por el costado… después le das un golpecito en la base de la maceta y seguro sale.
-        -- Ok. Pero con una maceta grande no la voy a poder colgar del balcón de nuevo…
-         - Bueno, la ponés en el piso y le estirás las ramas hasta la reja.
-         -- Ah, ok.
-         -- Si no, podés llevarte una caña, se la ponés como guía, con cuidado de la raíz siempre, y que se enrede primero a la caña y después la pasás.
-         -- Dale, me llevo una.

Así me volví a casa: maceta más grande, caña y conseguí el hilo de algodón al otro día. Pero, como estaba en plan “agrandar la familia del balcón” le pedí a Laura otra dipladenia más, una más chiquita, para poner en la maceta que me quedaba libre y que podía colgar de la reja.

Con mi segunda hija sería mejor madre: desde el primer día ataría con cuidado e hilos de algodón sus ramitas finitas a la reja para poder darle una dirección que pudiera, si fuera necesario, cambiar o moverla a otro lado.

Y así lo hice. La grande, pasó a maceta mayor con caña-guía. La puse arriba de un banquito para que le dé mejor el sol necesario. A la más chica la puse en la maceta de la hermana y la colgué del balcón dándole un diseño especial a la dirección de sus ramitas para que me llene de flores toda la reja.

Sabía que tenía que tener paciencia para que aparezcan las flores nuevas de mi hija más vieja: y el otro día, por casualidad, miré sus ramas, encontré un nuevo brote verde y festejé con un grito y un salto.

Y así fue que me quedé pensando en qué hacer cuando me equivoque como madre, que será parecido a lo que me pasó porque aunque hay cursos de jardinería (que siempre quise hacer pero nunca encontré el tiempo), no hay cursos para ser “buena madre”.

Lo sé por mis mujeres y amigas queridas. Las he visto aprender a ser madres.

Las he visto recibir miradas de reproche por sus errores. Pero peor han sido siempre las miradas con palabras que se han dado sin poder verse cuando se autorreprochan por haberse equivocado. Y casi todas ellas admiten, con dolor y humildad, confusión e inseguridad, pero también un poco de resignación con lo que no se puede cambiar, que a ser madre se aprende en el camino, en la práctica, con los errores.

Todas van tratando de equilibrar la dirección que le van dando a sus hijxs -porque eso es criar- con el cuidado de no atarlxs por donde no quieren ir… tratando de entender qué les gusta, qué les divierte, qué les hace bien, quiénes buscar ser, cómo es ese modo especial, azaroso pero por momentos paradójicamente muy auto-direccionado, de florecer de un nuevo ser.

Quizás sea bueno proponerles pensar a mis madres queridas que quizás nuestrxs niñxs sean como enredaderas… que es un error dejarlxs agarrarse fuerte de cualquier cosa, aunque dejarlxs ser, ser libres, es el deseo más grande que se tenga.

Quizás también sea bueno tener cuidado con la dirección que sí les damos. Qué camino en el mundo les vamos a mostrar… ¡qué tema! Quizás sea bueno tener en cuenta que a ese camino que hay que señalarles, sin duda, habría que atarlxs con hilos de algodón: lo suficientemente fuertes para sostenerlxs… y lo suficientemente flexibles para que se desaten si por ahí no quieren ir. Ir abriéndoles el mundo a nuestrxs hijxs con la fuerza de la madre-guía pero la predisposición de algoldón para soltarlxs si nos muestran, como sea, que su sendero propio es otro. Quizás también para ayudarlxs a desenredarse cuando se hayan atado a algo que lxs hace sufrir, les causa dolor: no lxs permite florecer.

Ser madres como un hilo que sostiene pero no oprime.

Ser amor de algodón que acoge pero no asfixia.

Criar hijxs-enredaderas que no estén solxs ni perdidxs pero que florezcan por los travesías sugeridas o encontradas… que se aten de otro modo, si así lo quieren… que nos sepan a su lado para ayudarlxs a desatarlxs… y florecer, florecer, florecer… que se desarrolle esa semilla de potencia, de necesidad y azar que todxs somos.

Pero también me quedé pensando en nuestro propio ser enredaderas: nuestras propias flores que a veces orgullosas se despliegan y otras, se marchitan.

Me quedé pensando en cuántas veces las macetas nos han quedado chicas. Cuando hay que con cuidado, sin herir nuestras raíces, desplantarnos de los hogares que nos vieron nacer o los que fuimos creando. A veces, en busca de más flores. Otras, porque nos estábamos marchitando.

Pensé en todas esas direcciones a las que me até como mi hija enredadera: me agarré fuerte, por años, volviendo mi fina verde ramita inicial volverse gruesa amarronada rama obstinada que se ata y no se suelta. A veces florecí como nunca. Otras empecé a ser solo una avejentada estéril rama que igual se agarraba… que contra ella misma no se soltaba.

Qué difícil han sido los momentos de la vida en que tuve que cortarme mis propias ramas. Qué difícil desatarse de ese camino en que nos formamos, que pensamos que era ese y listo, ya encontrado… qué difícil soltarse de una dirección cuyo futuro nos parecía dado.

También pensé qué bien hice varias veces en aceptar que me había marchitado. Soltarme, cortarme, dolerme, emanar la sabia triste de las lágrimas inevitables. Y atarme a otro lado, a otro camino… apoyarme primero y dejar que la sabia-lágrima me regenerara… me atara a otra realidad, desconocida… reverdecer hacia otro lado como una apuesta. ¡Y cuántas veces he dado flores mejores que las de antes! ¡Cuántas veces me descubrí en un crecer más auténtica respecto de una semilla de ser que sospechaba, que deseaba, que temía y que cuando se hace flor, cuando me hice flor con ella, cuánto había valido la pena!

Hace poco una mujer me dijo que antes de maternar a otrx hay que saber maternarse a unx mismx.

Quizás nuestro modo de elegir los caminos de la vida sea también un modo de maternarnos a nosotrxs mismxs.

Sabernos atadxs a la dirección que con amor (a veces, no, es cierto) nos dieron otrxs. Pero no por eso, atrapadxs sin salida.

Saber desatarnos aunque duela. Saber buscar el verde de la existencia y dejar que aparezcan las posibles flores que somos.

Y aprender -luego de aprender a destarnxs- a atarnos de nuevo, a apostar otra vez, pero quizás ahora con hilos de algodón… sabiendo que puede llegar a ser necesario, más adelante, volver a desatarnos: corregir la dirección, abandonar un camino, cercenarnos un apego que nos marchita, buscar nuestra flor en otro lado.

O quizás en realidad al final la cosa sea que esta contingencia que somos,
esta dinámica permanente de vida y de muerte,
es un hilo de algodón
que se aferra a este mundo
como un deseo potente
pero precario.
Y que el tiempo que somos
es la chance de ser semilla, que es flor, que madura y crece,
en estaciones de la vida,
a veces con un sol habilitador,
otras en un verano sofocante,
pasando por inviernos decolorantes,
que también pueden ser muerte para regenerarse.
Y la primavera…. Qué hermosa que siempre es la primavera de nuestros deseos,
de nuestros proyectos,
de nuestros amores.
Quizás también haya que saberse atadx a lxs demás,
para bien y para mal,
por un algodón de existencia,
que a veces sostiene,
que otras, aprieta,
que puede reajustarse si mata nuestras flores,
o cortarse, si es necesario.
Saber florecer y saber reconocer
cuando nos estamos marchitando.
Permitirnos ser la verde vida vegetal precaria que somos
y permitírselo a lxs otrxs
que si necesitan, de nosotrxs,
desatarse o acomodarse,
es su derecho
como es el nuestro:
como ya dije y escribí esa vez
que entendí viendo las calles poblarse de cuerpos que reclamaban
existir como querían existir,
esa vez que entendí
que existir no es el mero subsistir
sino que todxs tenemos que poder
elegir cómo queremos ser:
ejercer,
con placer,
el derecho a florecer.

lunes, 27 de abril de 2020

Esperar que vuelva el futuro (escritura en cuarentena)


Como vivo sola mucha gente querida me pregunta, preocupada, cómo estoy respecto de la ausencia de contacto físico que el aislamiento supone para mí, como para toda la gente que vive sola. Hace más de un mes que no abrazo, beso ni toco a nadie de mis seres queridxs. Claramente se extraña muchísimo eso y no hay deseo mayor para mí que volver a verlxs y abrazarlxs.
Pero la verdad es que yo aprendí a vivir sin el contacto físico cotidiano mucho antes de que ocurriera esta pandemia. Exactamente hace dos años y algo, cuando me separé de mi ex pareja, con quien conviví un poco más de dos años. A mí esta pandemia no me hizo sentir de repente y traumáticamente la ausencia del afecto físico: eso ya lo viví al momento de separarme y, de un modo paradójico, el aislamiento me encontró ya “acostumbrada” a esa falta de afecto permanente.
Muchas parejas llegan a las rupturas con gran cansancio mutuo, con el deseo apagado o con una distancia ya instalada, hartxs del otrx o incluso sintiendo rechazo por su contacto. No fue eso lo que nos pasó a nosotrxs. Más aún, durante la elaboración de nuestra ruptura nunca dejamos de tocarnos y abrazarnos. En los últimos días juntxs lo insoportable era no poder dejar de estar llorando y abrazadxs. Hicimos las cosas con tanto amor y cuidado a la hora de procesar nuestra separación que elegimos el camino del mayor dolor: porque en lugar de hacer de lo que nos separaba la útil y fácil ocasión de transmutar la energía del amor aún vivo en grandes odios y furias y “no te quiero ver nunca más”, elegimos el camino más difícil, el de reconocer que nos seguíamos queriendo, que separarnos y romper el hogar construido iba a ser para ambos una pérdida irreparable, el de sentir el dolor inevitable sin negarlo pero igual, en un último abrazo, dejarnos seguir a cada unx la vida que juntxs ya no podíamos hacer más.
Pero de saber intelectualmente que te tenés que separar a vivirlo hay un abismo… no me refiero a la metáfora de la diferencia: me refiero al abismo literal de esa nada que viene cuando te separás de un amor y una vida importantes. Ese abismo para mí fue como perder la piel. De repente las caricias, los mimos, los abrazos que eran cotidianos, dados, que no había que pedirlos porque eran lo más básico de nuestro “ser-con-el-otrx” desaparecieron. La casa vacía dolía pero no era mi primera casa vacía. Pero la piel en coma fue un horror, un dolor incomunicable.
Me acostumbré a esa pérdida como nos acostumbramos a todo lo que no tiene remedio. Pero igual ese vacío del contacto diario me siguió acompañando y quizás no fuera casual que cuando un año después el bruxismo y el estrés me hicieron terminar en la camilla de una necesaria masajista fueran las manos de una dulce y sanadora mujer recorriendo mi cuerpo lo único que calmara mi dolor, mi angustia, que ya habían vuelto a mi cuerpo insoportable.
Esa hermosa mujer que me salvó la vida hace un poco menos de un año me enseñó unas cuantas cosas sobre autocuidarse, sobre escuchar al cuerpo, sobre darle lo que necesita. Entre otras cosas, como en su vocabulario ayurveda mi problema es que tengo “demasiado aire”, me indicó que le de “agua”: que deje mi cuerpo estresado, angustiado y cansado disfrutar de una larga ducha caliente, que trate de darme baños de inmersión o al menos poner un poco los pies en remojo en agua con manzanilla para calmarme. También me enseñó a descontracturar mi espalda con ejercicios que puedo hacer sola. Y sobre todo, me intervino en un diálogo casual, la primera vez que nos vimos, que terminó siendo un modo de estar preparada para la soledad de esta pandemia -que en ese momento ni nos veíamos venir:
En la primera charla nomás, cuando ella estaba buscando en mi cuerpo la raíz de la contractura por la que fui a verla, me preguntó sobre mis hábitos alimenticios y en particular si yo me hacía mi propia comida. Le dije que yo “me resolvía” la comida pero que no sabía cocinar muchas cosas aunque como pensaba tener unx hijx en el futuro cercano tenía planeado que mi vieja me enseñara a cocinar para que mi hijx comiera tan rico y variado como comí yo de chica. Cuando le dije esto, con un tono dulce pero terminante me respondió: “Antes de maternar a otrx tenés que aprender a maternarte a vos misma”.
Esa frase me iluminó, reconocí su verdad al segundo de que la pronunciara, tenía toda la razón del mundo -y si lo pensamos feministamente, mil razones más: ¿qué es esto que siempre hacemos las minas de pensar que las cosas buenas o de placer tenemos que hacerlas cuando “otrx” las requiere y no para nosotras mismas?!!. Siguió diciéndome que me tomara el tiempo de hacer bien las cuatro comidas y que hiciera la comida con mis propias manos, que me maternara, me cuidara cuidando qué como y el tiempo y ánimo con que lo hago.
Entendí profundamente que antes de pensar en maternar a otrx tengo que saber cuidar de mí misma: darme una buena comida, hacer la pequeña aventura de aprender a comer y cocinar cosas nuevas, respetar lo más posible los ritmos y necesidades de mi cuerpo, porque mi cuerpo no es una cosa con la que lidio, algo que llevo a todos lados. Soy yo, soy el yo más real, más íntimo, más precario y potente que tengo.
La soledad del aislamiento me encontró con dos herramientas para sobrellevarla: una, el ya haberme acostumbrado mucho antes a lo difícil que es vivir sin el contacto físico cotidiano; dos, el haber entendido y aceptado que antes de maternar a nadie, tengo que maternarme a mí misma. Nada de esto reemplaza a los amores que extraño. Pero quizás hay un poco más de fuerza para pasar este día a día tomando lo aprendido -no sin dolor- en el pasado como una herramienta para resistir el presente y esperar que vuelva el futuro.

sábado, 11 de abril de 2020

El movimiento carnal-anarquista

Hay que empezar a preparar la resistencia para lo que se venga después de la pandemia.

Declaraba un importante epidemiólogo que asesora a Trump que tendremos que olvidarnos de saludarnos dándonos las manos. Eso lo dice porque habla desde Estados Unidos, donde la gente no se besa, como nosotrxs lxs argentinxs, al saludarnxs. A nosotrxs, entonces, nos prohibirán además de la mano, lxs públicos besos.

No sabemos qué alcance tendrá aún pero se viene post-pandemia un mundo obligado a cambiar en sus hábitos sociales y de afectos. Un nuevo régimen de control del contacto entre las carnes.

Por eso hay que prepararse para resistir, para no entregar nuestro derecho a tocarnos con las manos, con los labios, con las lenguas, con los cuerpos. El derecho a compartir la carne. La reproducción social del erotismo y el afecto.

Propongo que fundemos, que vayamos organizando, el movimiento carnal-anarquista. Una revolución no violenta de la carne. Un pasaje a la clandestinidad de aquellxs que no podemos, que no queremos, vivir en un mundo en el que se restrinja nuestro derecho al contacto, a la contaminación amorosa de nuestro bordes corporales.

Podríamos quizás tener una palabra clave, una contraseña: “En el principio fue la Carne”, diremos al golpear las puertas de nuestros escondites anarcos (“En el principio fue el Verbo”: ¡me da risa! -se nota que escribió un varón la Biblia).

Tendríamos que gestionar nuestros encuentros con mucho cuidado. Cuidado, esa será la palabra que opondremos a la tiranía de la higiene. Cuidado que nos permitirá evitar enfermarnos, nos conducirá a protegernos a nosotrxs y a quienes no se sumen a nuestro movimiento, por supuesto. Nosotrxs no queremos imponerle nada a nadie. Nosotrxs seremos obedientes ciudadanxs del mundo físicamente distanciado de la pública sociedad civil postpandémica. Por supuesto. Colaboraremos en no esparcir contagios, en no exponer a nadie. Incorporaremos nuestros propios modos de protección mutua. Habrá jabones, lavandinas, limpieza recurrente. Por supuesto. Pero lo nuestro será cuidado, no higiene impuesta que extralimita su relevancia hasta transformarnos en lx futurx ciudadanx contacto-fóbico que se viene.

Tendremos que ser muy cuidadosxs también de mantener en un absoluto secreto los movimientos de nuestro movimiento. Además de una contraseña habrá algún guiño en la calle, cuando veamos a otrx de lxs nuestrxs pasar a distancia prudencial obligada. Pero nos guiñaremos el ojo, o nos tiraremos un beso (sin tocar la boca con las manos, por supuesto). Lo haremos para recordarnos nuestra pertenencia profunda a esa comunidad de contacto, de necesidad de afecto, de carnes encontradas en la alegría solidaria del abrazo clandestino.

Celebraremos reuniones. Tendremos que ser cuidadosxs en el modo en que las convocaremos y en el modo de confiar en incorporar compañerxs nuevxs. Tendremos que hacerlas itinerantes: ofrecer nuestras casas o escondites colectivamente. Pondremos horarios convenientes. Llegaremos todxs bien limpitos y desinfectadxs pero igual el primer ritual será el de lavarnos o bañarnos. Puede haber duchas colectivas. Podemos enjabonarnos unxs a otrxs. Hay que pensarlo. Y cuando estemos todxs segurxs de que hemos removido todo infecto virus o bacteria de nuestrxs cuerpos, una campanita sonará y se iniciará la hora de la carne.

Habrá reuniones de besos, abrazos, de mimos entre amigxs.

Habrá reuniones de abuelxs con nietxs jugando y riendo.

Habrá reuniones de sexo entre enamoradxs, metejoneadxs con consentimiento, parejas, novixs, esposxs.

Habrá erotismo aleatorio entre compañerxs.

Habrá labios, habrá lengua, habrá manos, habrá dedos.

Habrá masajes para lxs contracturadxs.

Habrá caricias que sequen lágrimas para quien sea necesario.

Habrá un rincón para abrazar a lxs nuevxs para que de a poco vayan ingresando en las opciones de nuestro mundo de diversos afectos.

Habrá sesiones especiales para compañerxs tristes o angustiadxs: varixs de lxs compañerxs voluntarixs acostarán a lx compañerx en una suave colchoneta perfumada de lavanda o quizás romero. Se ubicarán alrededor de lx futurx mimadx, en los cinco puntos cardinales de la carne: dos a sus pies, dos a sus lados, unx delante de su cabeza. Se empezará la sesión con suaves movimientos de las manos en sus extremidades y leves masajes en su cabello. Se procederá a aumentar la circunferencia del tacto. Se podrá echar un óleo perfumado en su cuerpo. Se le darán besos en mejillas y frente, en la palma de la mano. Se le dirán palabras reconfortantes. Se le permitirá entrar en un apacible sueño. Se podrá terminar la sesión con un fuerte abrazo en silencio de cada unx de lxs voluntarixs a lx compañerx recuperadx.

Tendremos comités. El comité de escondites. El de dinámicas de afectos. El de protección para erotismos seguros. El médico-higiénico. El de organización de bacanales: habrá que preparar ricas comidas, sabrosos postres, bebidas frescas y alcoholes amigxs. El comité de protección mutua. El comité de comunicación clandestina. El comité psico-emocional. El comité económico que organizará la recaudación no compulsiva de donaciones, presupuestos y fondos.

Tendremos delegadxs para las reuniones de comités globales. Tendremos traductores. Tendremos acuerdos comunes y mucho espacio para libertad de acciones. Haremos retiros carnales anuales.

Tendremos el diario anarco-carnal. Será nuestro medio de comunicación con todxs lxs compañerxs nuestrxs que existan sin que lo sepamos. Lo circularemos con prudencia. De mano en mano.

Y cuando nos descubran, tendremos planes de contingencia. Tendremos rutas de huida. Vehículxs esperando en puertas traseras. Quizás entre nuestrxs compañerxs tendramos amables espías: quienes nos cuiden vigilando si alguien que quiera proscribirnos se entera. Resistiremos con creatividad y sin violencia. Mostraremos certificados médicos de que no se ha incurrido en ningún delito higiénico porque entre nosotrxs nos cuidamos mejor que con cualquier aislamiento impuesto.

Escribiremos canciones y relatos. Bailaremos mucho, todo el tiempo. Desnudxs o vestidxs. Disfrazadxs y maquilladxs. Haremos fiestas temáticas. Habrá entre nosotrxs maestrxs de ceremonia, stand-up-erxs, declamadorxs, cómicxs, performers. Bailaremos cumbia, rock, electrónica, tangos, reaggetaon, lo que queramos.

Y cuando las reuniones terminen, un nuevo baño antes de salir al mundo en el que pretenderemos pasar desapercibidxs frente a la nueva policía del afecto, frente a lxs jueces de la carne. Iremos saliendo pausadamente de a unx. Mantendremos la distancia social necesaria. Cumpliremos con reglas y decretos. Volveremos a hogares, escuelas, universidades, teatros, restaurants, empresas, áreas de gobierno, donde sea que trabajemos.

Y secretamente sonreiremos. Clandestinamente estaremos repletxs de afecto en la carne, de libido, energía, alegría.

Hasta el próximo encuentro.


miércoles, 26 de febrero de 2020

Partida


Alguna vez dije que “Escribo entre dos mujeres”
Pero no.
Ahora sé
que estoy partida.
Soy la que racionaliza analíticamente,
la que todo lo comprende y significa,
Tanto como soy la que no puede hablar,
la que no tiene palabra
Y es entonces su cuerpo el que se retuerce,
se tortura, se desangra
Ante el silencio y la censura que la habitan.
Soy la amante,
Y la que materna.
Soy la aventurera, que viaja y escribe,
Y la que añora el hogar, el nido y la compañía.
Soy la que huye y regresa.
Soy la valiente, la que se lleva todo por delante,
La que sigue ante cualquier obstáculo,
La voluntad, la aplanadora,
Y soy la que tiene miedo al castigo, la que sigue tratando de pagar un costo,
La que ofrenda sufrimiento a un altar en el que hace rato ya no reza.
Ahora sé
Que no hay reconciliación conmigo misma.
Creí, como creen las ingenuas, que algún hombre, algún amor saturaría
mi contradicción, mi conflicto, mi escisión.
Una frase dice que un día alguien te abrazará tan fuerte
Que tus partes rotas
volverán a unirse.
Pero no.
¿Cómo?
Si nunca estuvieron unidas.
Nunca fuimos unx. Nunca fui una.
Fui desde siempre esta que está partida.
La que se expresa y la que vomita.
La que se arroja y la que se reprime.
La que vorazmente devora su erotismo
Y la que produce feroces estigmas.
Soy la libre, liberada, superada
Y la prisionera, la moralista, la normativa.
Soy el puto, el promiscuo, la fiesta
Y soy la fiel, la monógama, la univira.
Partida.
Estoy partida.
Quisiera ser solo esta que escribe
Que se sabe abierta al mundo más que escindida
Pero si soy un ser de las profundidades
Es porque una grieta me habita
Que me fragiliza,
Que me quema adentro,
Que sale cual erupción de potencia a la superficie,
Que me incendia, me insomnia, me suicida
Y otra me resucita,
Igual de partida,
Pero más vieja
Y más sabia.
Con el sabor dulce de lo vivido,
Y la amargura de sus ilusiones fallidas.
Socrática respecto de sí misma
Desconocida,
Incierta,
Extática,
Precaria,
En carne viva.
La que te ama y te odia.
La que te desea y no te soporta.
La que se ama y no se soporta.
La orgullosa de sus logros,
La avergonzada de sus fallas.
La castigadora y la todocomprensiva.
la solitaria y la gregaria.
La feminista y la catequista.
La que avasalla y la que aloja.
La que solo busca libertad.
La que solo quiere seguridad.
La que hechiza y decepciona.
La hechizada y decepcionada.
La que quiere seguir,
La que quiere decir basta.
La que se afirma en el ahora,
La que siempre se escapa.
La que desea el deseo,
A la que el deseo siempre engaña.
La excelente en todo lo que se propone ser,
La que siempre se siente de lo que persiguió, esclava.
La prisionera emancipada,
La emancipada que añora sus cadenas.
La que nunca quiso ser niña,
La que su idealizada niñez extraña.
A la que el futuro la arrebata
Y vive temiendo la sombra de su pasado.
La que está siempre apurada
Sin saber a dónde va.
A la que la vida la sopapea
Y le abre caminos más interesantes que los que proyectaba.
No sin dolor. No sin dolor.
La que se ahoga, la que se inmola,
La que en el mar del sentir como pez nada.
La confesora para todos, la estúpidamente confesional.
Partida.
Entre un don irrefrenable de palabra
Y una terrible tendencia a la afasia
Para con todo eso que de mí no reconozco
Eso que también soy
La ceguera de la carne,
La luz cegadora de la mente.
La iluminada, la medieval,
La hija obediente,
La hija rebelde.
La distinta,
La igual que cualquiera.
La cualquiera.
Partida.
Porque no habrá
Reconciliación
conmigo misma.
De erupción en erupción,
piel que se abre pidiendo aire
para avivar el fuego de sus entrañas.
Chispa que enciende el motor de la existencia
Cicatriz de ser que no se cierra.
Fractura paradójica de lo que no es hueso
Pero es columna
Es eje
Que gira, que marea, que revoluciona
Sin sol ni centro,
Pero solo quiere ser tierra,
Ser árbol,
Estirar sus verdes ramas,
Dar fruto
Y arrancarse de sus raíces a la vez.
Entre fresquísimos inviernos y agobiantes veranos,
Quiere ser primavera siempre,
Flor que no muere,
Pétalo que no se cae,
Pero ¿por qué podría ella
-yo-
escapar a su naturaleza,
a su ser conciencia
a un inconsciente adherida
como su sangre a sus venas?