domingo, 9 de agosto de 2020

Las calabazas quemadas

Una mujer dice que no confía en su marido para dejarlo solo con sus hijxs.

No hay nada terrible detrás. Ni violencia, ni locura, ni nada. Solo que no estaría tranquila si lxs chicxs se quedan solxs con él. No lo cree capaz de cuidarlxs.

Una mujer dice que no puede pedirle a su marido que cuide un rato a unx familiar enfermx.

Tampoco hay ningún impedimento real. Solo que teme que se distraiga preocupado por sus cosas y olvide que tenía alguien a su cuidado.

Una mujer dice que su amor la dejó plantada.

Habían soñado pasar juntxs esa noche. Era la celebración de un momento por ellxs esperado que finalmente había llegado luego de muchos obstáculos.

Él dice que se va y ya vuelve. De repente, algo menor lo retrasa. Ella le dice que lo espera. Él no se comunica más y aparece a la madrugada, cuando el momento clave ya había pasado. No tiene una real justificación. Desconoce la legitimidad de su reclamo y se ofusca, amenaza con irse si le sigue pidiendo dar cuenta del momento arruinado.

“Dejar en banda”.

“Dejar plantada”.

Todo sin ningún obstáculo físico, mental, real. Casi que parece a propósito.

Una decepción deliberada. O peor, la repetición de un hábito: no hacerse cargo.

Escenas que me hacen acordar a ese momento de tristeza y furia que sentí ante las calabazas quemadas.

Fue hace diez años.

Vivíamos juntos hacía meses. Las cosas no estaban bien desde antes de mudarnos. Pero le había dado una oportunidad más a ese amor que se supone que todavía estaba.

Él volvía todas las tardes de trabajar en una oficina las normales ocho horas y al cruzar la puerta empezaba el teatro del cansancio.

Era un teatro porque había una escenificación. Yo trabajaba las mismas o más horas que él. Sí, claro, a veces una termina muerta, harta. Claro, hay en la convivencia de una pareja un acompañarse en los malestares cotidianos.

Pero no: a mi departamento llegaba todas las tardes el Alfredo Alcón del cansancio. Él y solo él, aparentemente, sufría la obligación de trabajar. Él y solo él vivían el calvario de la jornada de trabajo diaria.

No era muy demandante su trabajo, para nada. El demandante era él que no podía sentarse a tomar un café y charlar de que estaba harto de esto y aquello… no: era una tragedia que solo él vivía y que las deidades del capital le infligían especialmente (no era para nada zurdo, ni nada por el estilo… es más, era de esa gente que está feliz con el consumismo que el capitalismo habilita y que escucha “patrón” y “clase” y cambia de canal mental).

Era una excelente manera de victimizarse, cosa que le encantaba. Y yo me lo fumaba. Debo haber primero reaccionado con comprensión, escucha y cariño, como suelo hacer. Pero en la repetición sostenida del teatro de víctima excepcional yo, que tengo una paciencia infinita, la estaba perdiendo.

Una de esas tantas tardes en que ya me había acostumbrado a que llegaba la hora del teatro, me encontraba preparando la cena. Como hacía unos meses que hacía dieta porque tenía el colesterol alto, me preparaba unas calabazas al horno. Mientras las hacía, recordé que faltaba comprar algo.

Él estaba acostado en posición de crucifixión, cual prisionero luego del suplicio. Ni se me ocurrió pedirle que bajara al supermercado. Iba a hacerlo yo. Pero estaban las calabazas haciéndose al horno, que sabemos que llevan un rato.

Tendría que haber apagado el horno, hecho las compras y luego seguirlas cocinando.

Pero no. Se me ocurrió confiar en que podía pedirle un mínimo favor: “¿me mirás las calabazas que están al horno que bajo rápido a comprar X cosa que falta para la cena?”

(¡Nuestra cena! ¡La que yo cocinaba mientras él se ganaba el Oscar diario a Mejor Actor de Drama de Ombligo Existencial Exagerado!).

Bajé los seis pisos. Fui al supermercado de la otra cuadra. Compré las cosas. Volví a casa.

Y por supuesto, ahí estaban: él dormido y las calabazas quemadas.

Era cuestión de cuidar la cocción diez, como mucho quince minutos.

Era mi parte de la cena por la dieta médica indicada.

Era una pavada, ningún gran gesto de amor: un mínimo pedido de colaboración.

Pero no: ahí estaban, casi como un momento de descubrimiento luego de años de terapia,

las calabazas quemadas.

Indignación, bronca, tristeza y un símbolo, una condensación de su egoísmo, de su desidia irreflexiva, dedicada como se dedica lo peor de la masculinidad: encarnándola y punto.

¿Qué si me quejé? ¿Qué si le reclamé? ¿Qué si le enrostré su gesto de mierda?

Sí, por supuesto.

¿Qué qué respondió?

Lo mismo que todos: que no fue a propósito, que yo exageraba, que no es para tanto, que él y su gran Yo no tenían que dar explicaciones, que no me jodas, etc., etc.

Ese otro teatro: el del enojo frente a sus cagadas para no hacerse cargo. Ellos se la mandan, vos pedís explicación de por qué (triste, decepcionada o enojada) y ellos sacan ese mecanismo de supervivencia afinado durante cientos de años y se enojan el doble, y gritan el doble, y amenazan con irse, y ponen una cara de orto que es una pared ahora y siempre, porque es efectiva, porque funciona, porque total vos te vas a quedar porque “él te completa” y esa pelotudez cultural que nos metieron a las minas en la cabeza no se la metieron a ellos: ellos están completos, rebosantes, con la barriga del ego llena, con el aura de excepcionalidad radiante, con el “yo puedo solo y no tengo que ceder nada ante nadie” tatuado.

La heterosexualidad para una mujer aún hoy en día implica tener que enfrentarse sola a la repetición de las calabazas quemadas.

“Así son” y te quedás sabiendo que “no hay nada mejor”. La próxima apagás el horno y listo. Vas a seguir bajando vos al supermercado cuando llega cansado, así que la próxima ni se lo pedís y te ahorrás el conflicto. Sabés de la pared que de nuevo te vas a llevar puesta, así que no querés más moretones: “lo resuelvo sola”. Vas a estar más cansada, más sobrecargada, pero bueno: “así son”.

Otras veces las calabazas quemadas serán metáfora, representación, revelación: “¿Qué hago con alguien a quien no le puedo pedir el mínimo favor, un pequeño gesto de cuidado?”

Ahí está más complicada la cosa. El “así son” no te convence. Te resistís a que la pared seguirá ahí y tenés que prepararte con esfuerzos extras para sortearla. O no, y te vas. Y punto.

Hay, claro, grados de calabazas quemadas. Algunas son ocasionales. No necesitás el “así son” ni la huida, porque, bueno, no es costumbre, es error, y todxs nos equivocamos.

Todxs nos equivocamos, claro.

Pero puede ser que, como mi analista dice: “la gente a la larga te decepciona.”

¿Cómo convivir con la decepción ya transitada?

¿Cuándo es ocasión y cuándo revelación?

Parece que esto lo resuelve una mezcla de tripas, azar, hartazgo, reacción, y para mucha gente, cálculo: pro y contra, conveniencia, una balanza que para cada cual es distinta entre comodidad y deseo de cambio.

Lo singular de todxs y cada unx se cifra en esa balanza.

No es la balanza de la Justicia: acá, en estas cosas de la existencia, nadie externo debería ser Juez.

A veces gana una actitud propia para con la vida, que nos es ni buena ni mala, semi-racional, semi-inconsciente, un poco elegida, y bastante de preprogramada, un estilo propio, una estrategia de supervivencia:

hasta cuándo, hasta dónde decidir, creer que nos hablan, nos interpelan

las calabazas quemadas.



domingo, 21 de junio de 2020

La maternidad, la vida y la enredadera


Hace unos días me enteré de que he sido una mala madre.

Mi primera hija-planta, la que lleva más tiempo conmigo, es una enredadera.

Es una dipladenia. Y hace poco me enteré que la llaman también “jazmín” chileno.

Es la primera planta que colgué en el departamento en el que vivo desde 2013 y me ha dado flores rojas de una belleza que me alegra siempre la vida.

Pero además es enredadera, cosa que me enteré bastante tiempo después de tenerla.

Así que la dejé enredarse libre en la reja cuadriculada del balcón, que le permitió trepar con mil y una vueltitas posibles. En septiembre del año pasado, que ya llegaba bien hasta arriba, dio unas flores preciosas que se colgaban hacia el lado exterior de la reja y me alegraban el día mirándolas desde dentro de la casa y llegando desde la estación del tren o de hacer algún mandado.

Pero en ese mismo septiembre de repente se quedó sin flor.

Hubo un episodio climático: una oleada de calor tremendo e inusual para la época. Todas sus flores cayeron y no volvió a dar flor de nuevo. ¡Maldito clima aleatorio que mató mis flores!

Y así siguió la cosa… pasó todo el verano y nada. La dipladenia es una planta que acepta mucho sol, por eso la compré pensando especialmente en mi balcón de primer piso a la calle en la casi esquina de la cuadra que recibe un sol intenso sin descanso desde la mañana a la tarde. Así que mucho sol no podía ser el problema.

Hace unas semanas decidí ir al vivero que tengo cerca de casa que lo atiende Laura, una especialista en plantas que me ha educado generosamente a lo largo de los años. Le conté lo que pasó y cómo estaba la planta… y ahí me enteré de que fui una mala madre.

Laura me explicó que probablemente el tema no fuera esa oleada de calor sino que yo había mantenido la planta en la misma maceta por siete años. Con sus buenas formas de siempre de todos modos me miró con cierto reproche. No se me había ocurrido -porque para esto de ser una vegetal madre nadie me había enseñado e iba aprendiendo con la práctica y los años. Me recomendó que pasara la planta a una maceta con mayor capacidad, porque seguro la planta había dado todo lo que podía dar ya con la maceta anterior. “¡Genial!”, pensé yo, solo era cuestión de transplantarla.

Pero la cosa no era tan fácil porque yo tenía la maceta colgada del balcón con un soporte y las ramas de la planta estaban gruesas y enredadas a la reja… Laura me explicó que iba a tener que desenredarla. Pero seguían los problemas:

-           --  “Es que yo la dejé que se enrede como quiera y está super agarrada a cada lado de los cuadraditos de la reja.”

Segunda mirada de reproche disimulado -pero un poco menos- de Laura:

-          --  “Es que no… a la enredadera no se la deja que se trepe como quiera. Ahora por eso te va a ser muy difícil desenredarla. Tenés que tomar las ramitas, apoyarlas en el lado de la reja y atarlas con hilos de algodón (como los de las cajas de la pizza) así podés, cuando hace falta, desenredarla.”

Reaccioné a la información de dos maneras: primero, reconociendo mi ignorancia. No sabía, nadie me había dicho antes que no había que dejarla enredarse como quisiera… qué cagada. Estaba requete enredada e iba a ser muy difícil sacarla sin lastimarla o cortarla… segundo, caí en la cuenta de que para mi querido Jazmín, mi hija primera y mayor, que tanta alegría me había dado, había sido una mala madre.

Pero también reaccioné como suelo: entendí el error y me dispuse a saber y hacer lo que fuera necesario para solucionarlo.
-        
         --  ¿Dónde consigo hilo de algodón?
-       --   En el chino o en una ferretaría seguro tienen.
-       --   Ok. Entonces la saco de la reja y después la paso de maceta… pero ¿cómo la desplanto?
-       --  Le pasás despacio, con cuidado de no herir las raíces, un cuchillo por el costado… después le das un golpecito en la base de la maceta y seguro sale.
-        -- Ok. Pero con una maceta grande no la voy a poder colgar del balcón de nuevo…
-         - Bueno, la ponés en el piso y le estirás las ramas hasta la reja.
-         -- Ah, ok.
-         -- Si no, podés llevarte una caña, se la ponés como guía, con cuidado de la raíz siempre, y que se enrede primero a la caña y después la pasás.
-         -- Dale, me llevo una.

Así me volví a casa: maceta más grande, caña y conseguí el hilo de algodón al otro día. Pero, como estaba en plan “agrandar la familia del balcón” le pedí a Laura otra dipladenia más, una más chiquita, para poner en la maceta que me quedaba libre y que podía colgar de la reja.

Con mi segunda hija sería mejor madre: desde el primer día ataría con cuidado e hilos de algodón sus ramitas finitas a la reja para poder darle una dirección que pudiera, si fuera necesario, cambiar o moverla a otro lado.

Y así lo hice. La grande, pasó a maceta mayor con caña-guía. La puse arriba de un banquito para que le dé mejor el sol necesario. A la más chica la puse en la maceta de la hermana y la colgué del balcón dándole un diseño especial a la dirección de sus ramitas para que me llene de flores toda la reja.

Sabía que tenía que tener paciencia para que aparezcan las flores nuevas de mi hija más vieja: y el otro día, por casualidad, miré sus ramas, encontré un nuevo brote verde y festejé con un grito y un salto.

Y así fue que me quedé pensando en qué hacer cuando me equivoque como madre, que será parecido a lo que me pasó porque aunque hay cursos de jardinería (que siempre quise hacer pero nunca encontré el tiempo), no hay cursos para ser “buena madre”.

Lo sé por mis mujeres y amigas queridas. Las he visto aprender a ser madres.

Las he visto recibir miradas de reproche por sus errores. Pero peor han sido siempre las miradas con palabras que se han dado sin poder verse cuando se autorreprochan por haberse equivocado. Y casi todas ellas admiten, con dolor y humildad, confusión e inseguridad, pero también un poco de resignación con lo que no se puede cambiar, que a ser madre se aprende en el camino, en la práctica, con los errores.

Todas van tratando de equilibrar la dirección que le van dando a sus hijxs -porque eso es criar- con el cuidado de no atarlxs por donde no quieren ir… tratando de entender qué les gusta, qué les divierte, qué les hace bien, quiénes buscar ser, cómo es ese modo especial, azaroso pero por momentos paradójicamente muy auto-direccionado, de florecer de un nuevo ser.

Quizás sea bueno proponerles pensar a mis madres queridas que quizás nuestrxs niñxs sean como enredaderas… que es un error dejarlxs agarrarse fuerte de cualquier cosa, aunque dejarlxs ser, ser libres, es el deseo más grande que se tenga.

Quizás también sea bueno tener cuidado con la dirección que sí les damos. Qué camino en el mundo les vamos a mostrar… ¡qué tema! Quizás sea bueno tener en cuenta que a ese camino que hay que señalarles, sin duda, habría que atarlxs con hilos de algodón: lo suficientemente fuertes para sostenerlxs… y lo suficientemente flexibles para que se desaten si por ahí no quieren ir. Ir abriéndoles el mundo a nuestrxs hijxs con la fuerza de la madre-guía pero la predisposición de algoldón para soltarlxs si nos muestran, como sea, que su sendero propio es otro. Quizás también para ayudarlxs a desenredarse cuando se hayan atado a algo que lxs hace sufrir, les causa dolor: no lxs permite florecer.

Ser madres como un hilo que sostiene pero no oprime.

Ser amor de algodón que acoge pero no asfixia.

Criar hijxs-enredaderas que no estén solxs ni perdidxs pero que florezcan por los travesías sugeridas o encontradas… que se aten de otro modo, si así lo quieren… que nos sepan a su lado para ayudarlxs a desatarlxs… y florecer, florecer, florecer… que se desarrolle esa semilla de potencia, de necesidad y azar que todxs somos.

Pero también me quedé pensando en nuestro propio ser enredaderas: nuestras propias flores que a veces orgullosas se despliegan y otras, se marchitan.

Me quedé pensando en cuántas veces las macetas nos han quedado chicas. Cuando hay que con cuidado, sin herir nuestras raíces, desplantarnos de los hogares que nos vieron nacer o los que fuimos creando. A veces, en busca de más flores. Otras, porque nos estábamos marchitando.

Pensé en todas esas direcciones a las que me até como mi hija enredadera: me agarré fuerte, por años, volviendo mi fina verde ramita inicial volverse gruesa amarronada rama obstinada que se ata y no se suelta. A veces florecí como nunca. Otras empecé a ser solo una avejentada estéril rama que igual se agarraba… que contra ella misma no se soltaba.

Qué difícil han sido los momentos de la vida en que tuve que cortarme mis propias ramas. Qué difícil desatarse de ese camino en que nos formamos, que pensamos que era ese y listo, ya encontrado… qué difícil soltarse de una dirección cuyo futuro nos parecía dado.

También pensé qué bien hice varias veces en aceptar que me había marchitado. Soltarme, cortarme, dolerme, emanar la sabia triste de las lágrimas inevitables. Y atarme a otro lado, a otro camino… apoyarme primero y dejar que la sabia-lágrima me regenerara… me atara a otra realidad, desconocida… reverdecer hacia otro lado como una apuesta. ¡Y cuántas veces he dado flores mejores que las de antes! ¡Cuántas veces me descubrí en un crecer más auténtica respecto de una semilla de ser que sospechaba, que deseaba, que temía y que cuando se hace flor, cuando me hice flor con ella, cuánto había valido la pena!

Hace poco una mujer me dijo que antes de maternar a otrx hay que saber maternarse a unx mismx.

Quizás nuestro modo de elegir los caminos de la vida sea también un modo de maternarnos a nosotrxs mismxs.

Sabernos atadxs a la dirección que con amor (a veces, no, es cierto) nos dieron otrxs. Pero no por eso, atrapadxs sin salida.

Saber desatarnos aunque duela. Saber buscar el verde de la existencia y dejar que aparezcan las posibles flores que somos.

Y aprender -luego de aprender a destarnxs- a atarnos de nuevo, a apostar otra vez, pero quizás ahora con hilos de algodón… sabiendo que puede llegar a ser necesario, más adelante, volver a desatarnos: corregir la dirección, abandonar un camino, cercenarnos un apego que nos marchita, buscar nuestra flor en otro lado.

O quizás en realidad al final la cosa sea que esta contingencia que somos,
esta dinámica permanente de vida y de muerte,
es un hilo de algodón
que se aferra a este mundo
como un deseo potente
pero precario.
Y que el tiempo que somos
es la chance de ser semilla, que es flor, que madura y crece,
en estaciones de la vida,
a veces con un sol habilitador,
otras en un verano sofocante,
pasando por inviernos decolorantes,
que también pueden ser muerte para regenerarse.
Y la primavera…. Qué hermosa que siempre es la primavera de nuestros deseos,
de nuestros proyectos,
de nuestros amores.
Quizás también haya que saberse atadx a lxs demás,
para bien y para mal,
por un algodón de existencia,
que a veces sostiene,
que otras, aprieta,
que puede reajustarse si mata nuestras flores,
o cortarse, si es necesario.
Saber florecer y saber reconocer
cuando nos estamos marchitando.
Permitirnos ser la verde vida vegetal precaria que somos
y permitírselo a lxs otrxs
que si necesitan, de nosotrxs,
desatarse o acomodarse,
es su derecho
como es el nuestro:
como ya dije y escribí esa vez
que entendí viendo las calles poblarse de cuerpos que reclamaban
existir como querían existir,
esa vez que entendí
que existir no es el mero subsistir
sino que todxs tenemos que poder
elegir cómo queremos ser:
ejercer,
con placer,
el derecho a florecer.

lunes, 27 de abril de 2020

Esperar que vuelva el futuro (escritura en cuarentena)


Como vivo sola mucha gente querida me pregunta, preocupada, cómo estoy respecto de la ausencia de contacto físico que el aislamiento supone para mí, como para toda la gente que vive sola. Hace más de un mes que no abrazo, beso ni toco a nadie de mis seres queridxs. Claramente se extraña muchísimo eso y no hay deseo mayor para mí que volver a verlxs y abrazarlxs.
Pero la verdad es que yo aprendí a vivir sin el contacto físico cotidiano mucho antes de que ocurriera esta pandemia. Exactamente hace dos años y algo, cuando me separé de mi ex pareja, con quien conviví un poco más de dos años. A mí esta pandemia no me hizo sentir de repente y traumáticamente la ausencia del afecto físico: eso ya lo viví al momento de separarme y, de un modo paradójico, el aislamiento me encontró ya “acostumbrada” a esa falta de afecto permanente.
Muchas parejas llegan a las rupturas con gran cansancio mutuo, con el deseo apagado o con una distancia ya instalada, hartxs del otrx o incluso sintiendo rechazo por su contacto. No fue eso lo que nos pasó a nosotrxs. Más aún, durante la elaboración de nuestra ruptura nunca dejamos de tocarnos y abrazarnos. En los últimos días juntxs lo insoportable era no poder dejar de estar llorando y abrazadxs. Hicimos las cosas con tanto amor y cuidado a la hora de procesar nuestra separación que elegimos el camino del mayor dolor: porque en lugar de hacer de lo que nos separaba la útil y fácil ocasión de transmutar la energía del amor aún vivo en grandes odios y furias y “no te quiero ver nunca más”, elegimos el camino más difícil, el de reconocer que nos seguíamos queriendo, que separarnos y romper el hogar construido iba a ser para ambos una pérdida irreparable, el de sentir el dolor inevitable sin negarlo pero igual, en un último abrazo, dejarnos seguir a cada unx la vida que juntxs ya no podíamos hacer más.
Pero de saber intelectualmente que te tenés que separar a vivirlo hay un abismo… no me refiero a la metáfora de la diferencia: me refiero al abismo literal de esa nada que viene cuando te separás de un amor y una vida importantes. Ese abismo para mí fue como perder la piel. De repente las caricias, los mimos, los abrazos que eran cotidianos, dados, que no había que pedirlos porque eran lo más básico de nuestro “ser-con-el-otrx” desaparecieron. La casa vacía dolía pero no era mi primera casa vacía. Pero la piel en coma fue un horror, un dolor incomunicable.
Me acostumbré a esa pérdida como nos acostumbramos a todo lo que no tiene remedio. Pero igual ese vacío del contacto diario me siguió acompañando y quizás no fuera casual que cuando un año después el bruxismo y el estrés me hicieron terminar en la camilla de una necesaria masajista fueran las manos de una dulce y sanadora mujer recorriendo mi cuerpo lo único que calmara mi dolor, mi angustia, que ya habían vuelto a mi cuerpo insoportable.
Esa hermosa mujer que me salvó la vida hace un poco menos de un año me enseñó unas cuantas cosas sobre autocuidarse, sobre escuchar al cuerpo, sobre darle lo que necesita. Entre otras cosas, como en su vocabulario ayurveda mi problema es que tengo “demasiado aire”, me indicó que le de “agua”: que deje mi cuerpo estresado, angustiado y cansado disfrutar de una larga ducha caliente, que trate de darme baños de inmersión o al menos poner un poco los pies en remojo en agua con manzanilla para calmarme. También me enseñó a descontracturar mi espalda con ejercicios que puedo hacer sola. Y sobre todo, me intervino en un diálogo casual, la primera vez que nos vimos, que terminó siendo un modo de estar preparada para la soledad de esta pandemia -que en ese momento ni nos veíamos venir:
En la primera charla nomás, cuando ella estaba buscando en mi cuerpo la raíz de la contractura por la que fui a verla, me preguntó sobre mis hábitos alimenticios y en particular si yo me hacía mi propia comida. Le dije que yo “me resolvía” la comida pero que no sabía cocinar muchas cosas aunque como pensaba tener unx hijx en el futuro cercano tenía planeado que mi vieja me enseñara a cocinar para que mi hijx comiera tan rico y variado como comí yo de chica. Cuando le dije esto, con un tono dulce pero terminante me respondió: “Antes de maternar a otrx tenés que aprender a maternarte a vos misma”.
Esa frase me iluminó, reconocí su verdad al segundo de que la pronunciara, tenía toda la razón del mundo -y si lo pensamos feministamente, mil razones más: ¿qué es esto que siempre hacemos las minas de pensar que las cosas buenas o de placer tenemos que hacerlas cuando “otrx” las requiere y no para nosotras mismas?!!. Siguió diciéndome que me tomara el tiempo de hacer bien las cuatro comidas y que hiciera la comida con mis propias manos, que me maternara, me cuidara cuidando qué como y el tiempo y ánimo con que lo hago.
Entendí profundamente que antes de pensar en maternar a otrx tengo que saber cuidar de mí misma: darme una buena comida, hacer la pequeña aventura de aprender a comer y cocinar cosas nuevas, respetar lo más posible los ritmos y necesidades de mi cuerpo, porque mi cuerpo no es una cosa con la que lidio, algo que llevo a todos lados. Soy yo, soy el yo más real, más íntimo, más precario y potente que tengo.
La soledad del aislamiento me encontró con dos herramientas para sobrellevarla: una, el ya haberme acostumbrado mucho antes a lo difícil que es vivir sin el contacto físico cotidiano; dos, el haber entendido y aceptado que antes de maternar a nadie, tengo que maternarme a mí misma. Nada de esto reemplaza a los amores que extraño. Pero quizás hay un poco más de fuerza para pasar este día a día tomando lo aprendido -no sin dolor- en el pasado como una herramienta para resistir el presente y esperar que vuelva el futuro.

sábado, 11 de abril de 2020

El movimiento carnal-anarquista

Hay que empezar a preparar la resistencia para lo que se venga después de la pandemia.

Declaraba un importante epidemiólogo que asesora a Trump que tendremos que olvidarnos de saludarnos dándonos las manos. Eso lo dice porque habla desde Estados Unidos, donde la gente no se besa, como nosotrxs lxs argentinxs, al saludarnxs. A nosotrxs, entonces, nos prohibirán además de la mano, lxs públicos besos.

No sabemos qué alcance tendrá aún pero se viene post-pandemia un mundo obligado a cambiar en sus hábitos sociales y de afectos. Un nuevo régimen de control del contacto entre las carnes.

Por eso hay que prepararse para resistir, para no entregar nuestro derecho a tocarnos con las manos, con los labios, con las lenguas, con los cuerpos. El derecho a compartir la carne. La reproducción social del erotismo y el afecto.

Propongo que fundemos, que vayamos organizando, el movimiento carnal-anarquista. Una revolución no violenta de la carne. Un pasaje a la clandestinidad de aquellxs que no podemos, que no queremos, vivir en un mundo en el que se restrinja nuestro derecho al contacto, a la contaminación amorosa de nuestro bordes corporales.

Podríamos quizás tener una palabra clave, una contraseña: “En el principio fue la Carne”, diremos al golpear las puertas de nuestros escondites anarcos (“En el principio fue el Verbo”: ¡me da risa! -se nota que escribió un varón la Biblia).

Tendríamos que gestionar nuestros encuentros con mucho cuidado. Cuidado, esa será la palabra que opondremos a la tiranía de la higiene. Cuidado que nos permitirá evitar enfermarnos, nos conducirá a protegernos a nosotrxs y a quienes no se sumen a nuestro movimiento, por supuesto. Nosotrxs no queremos imponerle nada a nadie. Nosotrxs seremos obedientes ciudadanxs del mundo físicamente distanciado de la pública sociedad civil postpandémica. Por supuesto. Colaboraremos en no esparcir contagios, en no exponer a nadie. Incorporaremos nuestros propios modos de protección mutua. Habrá jabones, lavandinas, limpieza recurrente. Por supuesto. Pero lo nuestro será cuidado, no higiene impuesta que extralimita su relevancia hasta transformarnos en lx futurx ciudadanx contacto-fóbico que se viene.

Tendremos que ser muy cuidadosxs también de mantener en un absoluto secreto los movimientos de nuestro movimiento. Además de una contraseña habrá algún guiño en la calle, cuando veamos a otrx de lxs nuestrxs pasar a distancia prudencial obligada. Pero nos guiñaremos el ojo, o nos tiraremos un beso (sin tocar la boca con las manos, por supuesto). Lo haremos para recordarnos nuestra pertenencia profunda a esa comunidad de contacto, de necesidad de afecto, de carnes encontradas en la alegría solidaria del abrazo clandestino.

Celebraremos reuniones. Tendremos que ser cuidadosxs en el modo en que las convocaremos y en el modo de confiar en incorporar compañerxs nuevxs. Tendremos que hacerlas itinerantes: ofrecer nuestras casas o escondites colectivamente. Pondremos horarios convenientes. Llegaremos todxs bien limpitos y desinfectadxs pero igual el primer ritual será el de lavarnos o bañarnos. Puede haber duchas colectivas. Podemos enjabonarnos unxs a otrxs. Hay que pensarlo. Y cuando estemos todxs segurxs de que hemos removido todo infecto virus o bacteria de nuestrxs cuerpos, una campanita sonará y se iniciará la hora de la carne.

Habrá reuniones de besos, abrazos, de mimos entre amigxs.

Habrá reuniones de abuelxs con nietxs jugando y riendo.

Habrá reuniones de sexo entre enamoradxs, metejoneadxs con consentimiento, parejas, novixs, esposxs.

Habrá erotismo aleatorio entre compañerxs.

Habrá labios, habrá lengua, habrá manos, habrá dedos.

Habrá masajes para lxs contracturadxs.

Habrá caricias que sequen lágrimas para quien sea necesario.

Habrá un rincón para abrazar a lxs nuevxs para que de a poco vayan ingresando en las opciones de nuestro mundo de diversos afectos.

Habrá sesiones especiales para compañerxs tristes o angustiadxs: varixs de lxs compañerxs voluntarixs acostarán a lx compañerx en una suave colchoneta perfumada de lavanda o quizás romero. Se ubicarán alrededor de lx futurx mimadx, en los cinco puntos cardinales de la carne: dos a sus pies, dos a sus lados, unx delante de su cabeza. Se empezará la sesión con suaves movimientos de las manos en sus extremidades y leves masajes en su cabello. Se procederá a aumentar la circunferencia del tacto. Se podrá echar un óleo perfumado en su cuerpo. Se le darán besos en mejillas y frente, en la palma de la mano. Se le dirán palabras reconfortantes. Se le permitirá entrar en un apacible sueño. Se podrá terminar la sesión con un fuerte abrazo en silencio de cada unx de lxs voluntarixs a lx compañerx recuperadx.

Tendremos comités. El comité de escondites. El de dinámicas de afectos. El de protección para erotismos seguros. El médico-higiénico. El de organización de bacanales: habrá que preparar ricas comidas, sabrosos postres, bebidas frescas y alcoholes amigxs. El comité de protección mutua. El comité de comunicación clandestina. El comité psico-emocional. El comité económico que organizará la recaudación no compulsiva de donaciones, presupuestos y fondos.

Tendremos delegadxs para las reuniones de comités globales. Tendremos traductores. Tendremos acuerdos comunes y mucho espacio para libertad de acciones. Haremos retiros carnales anuales.

Tendremos el diario anarco-carnal. Será nuestro medio de comunicación con todxs lxs compañerxs nuestrxs que existan sin que lo sepamos. Lo circularemos con prudencia. De mano en mano.

Y cuando nos descubran, tendremos planes de contingencia. Tendremos rutas de huida. Vehículxs esperando en puertas traseras. Quizás entre nuestrxs compañerxs tendramos amables espías: quienes nos cuiden vigilando si alguien que quiera proscribirnos se entera. Resistiremos con creatividad y sin violencia. Mostraremos certificados médicos de que no se ha incurrido en ningún delito higiénico porque entre nosotrxs nos cuidamos mejor que con cualquier aislamiento impuesto.

Escribiremos canciones y relatos. Bailaremos mucho, todo el tiempo. Desnudxs o vestidxs. Disfrazadxs y maquilladxs. Haremos fiestas temáticas. Habrá entre nosotrxs maestrxs de ceremonia, stand-up-erxs, declamadorxs, cómicxs, performers. Bailaremos cumbia, rock, electrónica, tangos, reaggetaon, lo que queramos.

Y cuando las reuniones terminen, un nuevo baño antes de salir al mundo en el que pretenderemos pasar desapercibidxs frente a la nueva policía del afecto, frente a lxs jueces de la carne. Iremos saliendo pausadamente de a unx. Mantendremos la distancia social necesaria. Cumpliremos con reglas y decretos. Volveremos a hogares, escuelas, universidades, teatros, restaurants, empresas, áreas de gobierno, donde sea que trabajemos.

Y secretamente sonreiremos. Clandestinamente estaremos repletxs de afecto en la carne, de libido, energía, alegría.

Hasta el próximo encuentro.


miércoles, 26 de febrero de 2020

Partida


Alguna vez dije que “Escribo entre dos mujeres”
Pero no.
Ahora sé
que estoy partida.
Soy la que racionaliza analíticamente,
la que todo lo comprende y significa,
Tanto como soy la que no puede hablar,
la que no tiene palabra
Y es entonces su cuerpo el que se retuerce,
se tortura, se desangra
Ante el silencio y la censura que la habitan.
Soy la amante,
Y la que materna.
Soy la aventurera, que viaja y escribe,
Y la que añora el hogar, el nido y la compañía.
Soy la que huye y regresa.
Soy la valiente, la que se lleva todo por delante,
La que sigue ante cualquier obstáculo,
La voluntad, la aplanadora,
Y soy la que tiene miedo al castigo, la que sigue tratando de pagar un costo,
La que ofrenda sufrimiento a un altar en el que hace rato ya no reza.
Ahora sé
Que no hay reconciliación conmigo misma.
Creí, como creen las ingenuas, que algún hombre, algún amor saturaría
mi contradicción, mi conflicto, mi escisión.
Una frase dice que un día alguien te abrazará tan fuerte
Que tus partes rotas
volverán a unirse.
Pero no.
¿Cómo?
Si nunca estuvieron unidas.
Nunca fuimos unx. Nunca fui una.
Fui desde siempre esta que está partida.
La que se expresa y la que vomita.
La que se arroja y la que se reprime.
La que vorazmente devora su erotismo
Y la que produce feroces estigmas.
Soy la libre, liberada, superada
Y la prisionera, la moralista, la normativa.
Soy el puto, el promiscuo, la fiesta
Y soy la fiel, la monógama, la univira.
Partida.
Estoy partida.
Quisiera ser solo esta que escribe
Que se sabe abierta al mundo más que escindida
Pero si soy un ser de las profundidades
Es porque una grieta me habita
Que me fragiliza,
Que me quema adentro,
Que sale cual erupción de potencia a la superficie,
Que me incendia, me insomnia, me suicida
Y otra me resucita,
Igual de partida,
Pero más vieja
Y más sabia.
Con el sabor dulce de lo vivido,
Y la amargura de sus ilusiones fallidas.
Socrática respecto de sí misma
Desconocida,
Incierta,
Extática,
Precaria,
En carne viva.
La que te ama y te odia.
La que te desea y no te soporta.
La que se ama y no se soporta.
La orgullosa de sus logros,
La avergonzada de sus fallas.
La castigadora y la todocomprensiva.
la solitaria y la gregaria.
La feminista y la catequista.
La que avasalla y la que aloja.
La que solo busca libertad.
La que solo quiere seguridad.
La que hechiza y decepciona.
La hechizada y decepcionada.
La que quiere seguir,
La que quiere decir basta.
La que se afirma en el ahora,
La que siempre se escapa.
La que desea el deseo,
A la que el deseo siempre engaña.
La excelente en todo lo que se propone ser,
La que siempre se siente de lo que persiguió, esclava.
La prisionera emancipada,
La emancipada que añora sus cadenas.
La que nunca quiso ser niña,
La que su idealizada niñez extraña.
A la que el futuro la arrebata
Y vive temiendo la sombra de su pasado.
La que está siempre apurada
Sin saber a dónde va.
A la que la vida la sopapea
Y le abre caminos más interesantes que los que proyectaba.
No sin dolor. No sin dolor.
La que se ahoga, la que se inmola,
La que en el mar del sentir como pez nada.
La confesora para todos, la estúpidamente confesional.
Partida.
Entre un don irrefrenable de palabra
Y una terrible tendencia a la afasia
Para con todo eso que de mí no reconozco
Eso que también soy
La ceguera de la carne,
La luz cegadora de la mente.
La iluminada, la medieval,
La hija obediente,
La hija rebelde.
La distinta,
La igual que cualquiera.
La cualquiera.
Partida.
Porque no habrá
Reconciliación
conmigo misma.
De erupción en erupción,
piel que se abre pidiendo aire
para avivar el fuego de sus entrañas.
Chispa que enciende el motor de la existencia
Cicatriz de ser que no se cierra.
Fractura paradójica de lo que no es hueso
Pero es columna
Es eje
Que gira, que marea, que revoluciona
Sin sol ni centro,
Pero solo quiere ser tierra,
Ser árbol,
Estirar sus verdes ramas,
Dar fruto
Y arrancarse de sus raíces a la vez.
Entre fresquísimos inviernos y agobiantes veranos,
Quiere ser primavera siempre,
Flor que no muere,
Pétalo que no se cae,
Pero ¿por qué podría ella
-yo-
escapar a su naturaleza,
a su ser conciencia
a un inconsciente adherida
como su sangre a sus venas?

jueves, 26 de diciembre de 2019

Amar como una niña

Hace un tiempo ya largo que vengo pensando en la presencia de la niñez en la vida adulta o, como alguna vez le escuché decir a Butler en una clase sobre psicoanálisis, en que “nunca superamos la niñez”.

Creo que el psicoanálisis tiene razón en eso. Creo que la vida adulta es una imposición y una impostura que fracasa continuamente porque la infancia que somos retorna una y otra vez a bombardear los cimientos de nuestras supuestas seguridades.

Pero aunque tengo varias reflexiones formándose alrededor de estas ideas hace rato, hoy pensaba en particular en que yo, cuando amo, amo como una niña.

Hay una tierna y peligrosa inocencia, credulidad, que se instala en mí cuando amo. Un optimismo de lo que el amor será que solo puede explicarse por lo poco defraudada que fui en mi infancia por aquellxs que me criaron, me formaron, me amaron: heredé de esa época como una estructura de mi mente y de mi carne la expectativa de ser feliz en el amor. O peor aún, se me asoció la idea del amor a la de la plenitud vivida. La idea de que el amor te llena, te abraza, te protege -claro que para la heterosexualidad o el amor romántico podríamos acá linkear con la idea de “media naranja”, el amor que te completa… seguramente eso esté en juego también pero eso es un resto de mi adolescencia y mi autocultivado romanticismo, no de mi infancia.

Me refiero a un amor de niña que no se protege de lxs otrxs, justamente porque no me vi en la necesidad de hacerlo en mis primeros años. Un amor de niña que no tiene que pedir el afecto porque ya está dado, que no tiene que reclamar atención o cuidado, porque son un dato, un  don, casi el paisaje natural en que se ríe, sueña y juega.

Claro que estoy describiendo una infancia que es mía y en la que otrxs probablemente no se reconozcan. Claro que, además, hay que sospechar de las idealizaciones de la infancia y visibilizar cuántas infancias son terribles, solitarias, tortuosas, vividas como abandono o falta. Lo tengo claro. Pero no es mi caso. Yo llevo a mis vínculos el problema contrario: no el de la espontánea autodefensa frente a la vivencia de agresión, la violencia o la desidia de mis cuidadores primarios, sino la desmedida entrega frente a la vivencia de que estaré con lxs otrxs a salvo. Y en ese sentido, aunque suene paradójico, la desprotegida en la adultez soy yo que instalo con/en quienes amo un sentido de mundo que no es necesariamente el de ellxs.

No todxs amamos del mismo modo. Pensar una escala de valor para los modos de amar probablemente sea entre imposible y absurdo. Cada cual ama como puede. “Amar como puedo” no te desresponsabiliza de cómo lastimás con tus límites. Pero es cierto que en el amor nos damos lo que tenemos y lo que nos falta: a la escena del amor llevamos las herramientas y los agujeros, las habilidades y las cegueras, esa combinación de potencia e impotencia que todxs somos.

[Teléfono para mi analista: reviso el texto y donde quise escribir “escena del amor” puse “amo” en vez de “amor”: ¿habrá quienes hemos incorporado la idea de un amoroso amo?]

De hecho, el aprendizaje más interesante filosóficamente y doloroso existencialmente que he hecho en mis historias de amor ha sido el de que con el amor no alcanza, el de que cuando el otro (¿o yo? ¿o lxs dos?) algo no puede -hacer, dar, lo que sea- el vínculo se puede terminar, sin que el amor se haya terminado.

¿Cómo que el amor no lo puede todo? -recuerdo una canción de la iglesia: “El amor todo lo puede, el amor es servicial… si yo, no tengo amor, yo nada soy, Señor.”

No, el amor no lo puede todo porque no hay amor sin nosotrxs, y nosotrxs no lo podemos todo. Fuerte este reconocimiento. Separarse amando pero no poder seguir juntos. Eso no me lo esperaba… quizás porque también en mi infancia quienes me amaron parecían poderlo todo y me estimularon -muy productivamente, hay que decir- a creer que yo lo podía todo.

Pero no. No se puede todo. Y esa es otra cosa que la gente sabe en la vida en distintos momentos. De nuevo, hay quienes fueron criadxs de modo que se les grabara a fuego el límite de lxs otrxs para amarlxs, para cuidarloxs, para protegerlxs. Hay crianzas que hacen del límite una verdadera escena obscena para con sus hijxs. Me refiero al límite que no se sabe manejar pero cuyos estragos son visibles, a veces obvios.

Hay muchos modos de no poder. Hay muchos modos de lidiar con no poder. Como hay muchos modos de amar y de lidiar también.

Miraba ayer unas fotos de mi sobrina Lupe a quien le está tocando también una crianza en la expectativa de la plenitud, la protección, la seguridad, como la mía… recordaba sus ojos llenos de alegría y agradecimiento cuando le regalé hace unos días un hermoso cuadernito y lapicera para que escriba y porque sí, sin motivos para el don/regalo: solo porque la amo. Y recordaba algo que he pensado sobre esa niña en mí que ama al ver las fotos con mis amores pasados en nuestros momentos felices: mi cara de niña feliz, completa, segura, tranquila como aislada de todo posible dolor. Mis ojos, sobre todo: una mirada iluminada como pocas veces he visto… una luz desde el centro de mi cuerpo que se escapa por los ojos iluminándome e iluminando a todo y a todxs. Esos momentos en que soy la mujer más enamorada y la niña más inocente: porque cree, cree profundamente, cree con una fe inquebrantable en que ese amor la hará feliz porque lo siente en ese mismo momento.

Pero la niñez que parece puro suceder en un largo presente sin pasado ni tiempo no te enseña de la contingencia, del cambio que abraza a toda posible sensación de permanencia. Y como para mí el presente de mi infancia era una burbuja donde el mundo giraba alrededor de caras alegres, juegos y regalos, deseos satisfechos, colores y canciones, y mucha gente alrededor custodiando mi vigilia y mi sueño, esos ojos niños enamorados se formaron curiosos, muy capaces de percibir formas, colores, intensidades, pero ciegos al fin de la luz interna o las mareas de oscuridad que también la vida-amando-a-otrxs puede ser.

Mis ojos de niña que ama viven todavía en mi mirada. Se resisten a irse a dormir como lo hacía yo de niña que quería seguir leyendo o jugando. Se resisten a dejar de buscar esos nuevos cuerpos que vengan a poblar la burbuja que se pinchó hace rato. Se resisten a apagarse en la noche del amor esperando que vuelva a ser pronto de día.

Se resisten como la infancia a abandonarnos.

Se vuelven bomba que dinamita la racionalización de lo esperable en el mundo “tal como realmente es”: porque siguen teniendo la fuerza del deseo que se estira hacia el futuro buscando lo que de hecho siempre ha sido su pasado.

viernes, 4 de octubre de 2019

El duelo de los futuros


Cuando una tiene 39 años y es una persona atenta a su existencia, que la observa, la escucha, la goza y la padece además de vivirla, más o menos una ya tiene como una cierta perspectiva sobre la vida.
Como que se mira para atrás y hay un recorrido… uno que ya fue desviándose hacia direcciones inesperadas a la vez que marcó un camino, al menos un cierto sendero con ciertos bordes.
Una ya es alguien en particular, la misma de siempre pero a la vez una inesperada. Sorprendida de lo que vino respecto de lo que pensaba que iba a venir. Ni para bien, ni para mal, necesariamente. Sino lo que fue, como lo que fue -viéndolo venir, a veces. Otras veces no.
Y pensaba como en general cuando se habla de duelos se habla del pasado. Algo que queda atrás. La muerte de alguien que se ama, como la forma más tremenda. Pero también otras muertes con minúscula, fines importantes también.
El duelo parece que fuera una relación con el pasado, y claramente muchas veces lo es. El duelo como elaboración de algo que se tenía y ya no. O de una presencia devenida ausencia. Puede tener, el duelo que elabora algo que se vuelve pasado, muchas formas.
Pero también está el duelo de los futuros: cuando lo que se pierde es una creencia en lo que iba a ser, como esas veces que una se da cuenta que porque vio la posibilidad abrirse, no por eso iba a suceder. Potencia que no pasa al acto, pero que al orientarse, estirarse hacia el delante de la vivencia del tiempo (¿el futuro no está adelante y el pasado, atrás?) al proyectarla, imaginarla venir, se la creyó ahí, a pasos de tomarla, alcanzarla, desplegarla. Ese sentir existencial que es como un florecer, una elongación del deseo y la sensación de certidumbre, uno al lado de la otra, a la vez. Está ahí: a pasos, como si el sendero que se puede ver a mi edad, ahora para atrás, se conectara con otro, ahora para adelante… como si una línea los uniera -nunca recta- pero un trazo, una sensación de continuidad, de que se dan la mano lo que quedó atrás y lo que viene, y una solo tiene que caminar.
El duelo de los futuros es la elaboración de lo que ya no va a venir. Elaboración forzada. O al menos no espontánea: nadie ve borrarse el sendero que se estiraba deseoso hacia un mañana extendido con indiferencia o naturalidad. Hay un momento exacto en el que la continuidad se corta casi como con un ruido, un rasgarse, un anuncio de final. Y entonces hay como una fenomenología de la perplejidad que se demanda, una romperse de la epojé que era el ojo de la expectativa enfocado, concentrado en algo. Se evapora el marco, el encuadre, la perspectiva. Hay como una simultánea experimentación de expansión de la mirada y ceguera… el ojo de la expectativa mira y no encuentra nada claro que mirar. Y después hay un parpadear hasta apagarse de la posibilidad: que sí, que no. Quizás sí. Para mí que no. Creo que no. Me parece que no. Aunque quizás… no, no.
Me acuerdo que una vez el duelo del futuro fue sumamente liberador -luego de que el duelo terminó. Y me acuerdo haberlo descripto como una “crisis de paradigma”, crisis de “mi” paradigma. Ver que un sendero de futuro desaparecía, que el hilo que unía al pasado y quien yo creía ser se cortaba. Sensación de ruptura, de caída de creencia. Y se abría un mundo, claro. Y habité claramente ese mundo que se abrió -que era el de la no certeza y la exploración. Pero se sintió como una falla en el sistema. Un temblor que modificó el paisaje de quien era, quien soy.
Después de ese primer temblor, los demás que vinieron dolieron mucho, más todavía pero… ya nos conocíamos el temblor y yo. Ya vi el humo salir, anunciar la vibración, empezar a modalizar la duda en la predicación. Sendero y temblor. Y a hacer camino de nuevo… pero ya se sabía que se hacía camino de nuevo. O al menos yo, sí.
Obstinada voluntad.
El duelo de los futuros se hace para adelante y sin embargo se deja una idea de futuro atrás. Porque el inicio del duelo coincide con la pregunta de ¿y cómo sigo ahora? Cuando una sabe a donde va y cree que va a seguir yendo hacia allá, no se pregunta de ese modo total “¿y cómo sigo?”. Son preguntas en modo parcial, preguntas dentro del marco: resolución de enigmas con idea de ejemplar, ajuste del marco al mundo, puzzle… la vida como rompecabeza para armar que tiene bordes que prometen que se armará algo al final del proceso: una imagen, una forma, un estilo.
Como si cada vez que cayera el futuro-creído, la pregunta fuera al futuro: ¿qué vas a traer? El fantasma del destino jugando a las escondidas con nuestra conciencia. Porque una aprende que esa amalgama extraña de senderos entrecruzados que es la vida, esa maraña, esa madeja de hilos de existencia que se cruzan, se anudan, se enredan, nadie la tejió -no tiene realmente patrón, diseño, trama- más que el azar tejedor: un anárquico juego de agujas que dan puntada con hilo, pero sin seguir hilera, ni dedo creador.
O quizás esos futuros que se duelan son nudos que se desatan, senderos que se separan, y no lo podés creer. Compañerxs que se pierden en la vida.
Recuerdo postear en Facebook la foto de un amigo y subtitular “A never ending love.” Pero esos senderos se bifucaron, inauditamente. Se cayó el avión y alguien no volvió más. Fue un golpe aprender lo que ya sabía del amor de pareja: que el amor de amistad también se termina. No quedaba refugio para el tiempo de temblor en el amor.
Después también una entiende que la vida es atravesar el temblor en el amor, en todas sus formas. A veces los senderos no se bifurcan, pero se transforman: se acercan, se alejan, se enrejan, se tapian. Y años después un borde del camino y del otro se vuelven a tocar, se acarician, se reconocen de nuevo: vuelven a empezar. Me pasó con amigas… y una vuelve a tejer con relatos y silencios la nueva trama de la continuidad de la misma amistad. Pero ya no somos las mismas nosotras.
Un día una amiga me dijo: “La verdad, la que más cambiaste fuiste vos.” Es verdad, mis cambios son más histriónicos -como yo; más confesionales -como yo; más determinados -como yo. Pero tampoco ellas son en todo las que pensaban que iban a ser: en mucho nos reímos de sentirnos engañadas con falsas promesas de que la vida iba a ser más fácil -pero la buena niñez es eso, lo que dura la promesa de que la vida va a ser fácil.
Jugar. La niñez se termina cuando se deja de jugar.
Déjenme decir algo, sin seguir el hilo del relato: la muerte de quienes se ama también es un duelo de un futuro: ese en el que seguía vivx, con nosotrxs, a mi lado, en mis cumpleaños, en los rituales compartidos, en contacto. Hay que hacer el duelo de los abrazos que ya no vendrán.
Hablé de los senderos que se anudan, enredan en una madeja y parece que estaba hablando de la vida con otrxs, del hilo existencial mío con el de los demás: pero en realidad una es muchos hilos a la vez: una no es una, un sendero hacia un solo lugar. Como ramas florecemos hilos distintos de una identidad que es, a veces, quizás, la fibra orgánica del hilo antes de procesar… fibra-masa que al deshacerse se hilacha (no des-hilacha, sino que de masa se hace hilo, direccionalidad al azar), se despelleja como las potencias de vida distintas que nos habitan y que tienen su común-unidad y su textura particular.
El duelo de un futuro se parece a seguir un hilo a ver dónde nos lleva y tocar en la palma de la mano su final: llegó hasta acá. A veces una seguía el hilo pensando que nos tiraba hacia delante, guiaba a algún lugar… a veces al seguir tirando el hilo se corta y se siente la inercia del detenerse sin aviso, el efecto látigo del abrupto terminar. Y te quedás con el hilo roto en la mano -o no está roto porque no venía nada más.
Hay que reconocerle al futuro su derecho de muerte. Si lo pensamos bien, el futuro no es. Nunca es. Está allí como la paradójica promesa del desenredarse de una madeja que al transformarse en individuales hilos desconectados sería de repente algo más. Decía Hume que somos un haz de impresiones sin sustancia, sin sustrato identitario detrás.
Pero el verdadero ave fénix temporal son los futuros: no muere uno sino para que venga otro futuro detrás. Por necesidad. El futuro está determinado a ser futuridad. A seguir viniendo mientras nosotrxs seguimos yendo hacia adelante, trazando ese sendero que solo queda claro, a veces -con suerte- mirando para atrás.

domingo, 3 de marzo de 2019

Vivimos entre tantos muros imaginarios


Voy al monumento conmemorativo del muro de Berlín.
Es una experiencia rara.
Veo el trozo de muro conservado y junto a lxs demás “turistas” sigo las pistas de la narrativa que quienes idearon el monumento proponen.


Leo sobre el objetivo del gobierno de Alemania del Este de detener la emigración hacia Alemania del Oeste.
Leo sobre los distintos modos de obstaculizar esa salida y cómo evolucionan en el tiempo hasta constituir la versión final del muro.
Leo sobre familias separadas por el muro y la desesperación por cruzarlo.
Leo los asesinatos. Leo los encubrimientos.
Veo los rostros de los muertos expuestos como parte del recorrido.


Veo gente muy joven.
Veo la foto de un bebé, menos de dos años.

Pienso en el amor que se arriesga a cruzar todo muro,
búsquedas de futuro mejor, escape de presentes opresivos o empobrecidos.
Pero pienso más en los amores separados.
Pienso en esa desesperación de que un muro y una posible muerte se interpongan entre quienes se necesitan, se aman.
Pienso en la política y la historia, cercenando vidas,
y cómo hay algunxs a quienes ningún muro lxs separa,
quienes harían cualquier cosa por re-unirse.
Pienso en “El” muro sobre los muros.
En los tiempos de paz y libre tránsito donde ninguna roca, ningún arma nos separan.
Pienso en esa desafortunada habilidad humana de erigir muros de aire,
de neurosis, de miserabilidad, de miedo,
de angustia mal llevada,
de evasión,
de falsa seguridad personal.
Esos muros invisibles del yo,
de algunos nosotrxs,
de ciertas construcciones psíquicas,
de muchas nociones de identidad.
Pienso en la persona dispuesta a trepar y saltar ese muro tan real que fue el de Berlín,
asumiendo que arriesga su vida,
urgida por otrx del otro lado
o por, al menos,
algún otro lado.
Y pienso en todas esas personas no dispuestas a cuestionar los muros inmateriales que se han construido
por temor o por egoísmo,
por comodidad o por costumbre,
por ideología o por ignorancia.
¿Será que los muros tienen que ser plenamente visibles,
concretos, materialmente objetivos,
para que el deseo o la necesidad de superarlos aparezca, sea, ocurra?
Vivimos entre tantos muros imaginarios…
¿qué parte de nosotrxs estamos dispuestxs a fusilar para no pasar del otro lado?
¿Qué otrxs que deseamos que sean un nosotrxs
mantenemos a policial distancia de ese adentro rodeado, protegido,
de paredes de prejuicios,
de cobardía,
de adormecida mismidad de los días?
¿Necesitamos esos muros, esos límites, esas fronteras?
¿Cuánto del diseño de nuestra interioridad tiene la forma de un gobierno fascista,
totalitario,
bajo el disfraz de una autodeterminada soberanía propia?
¿Qué prohibición de migraciones aprueba nuestro yo?
¿Qué amor o deseo somos capaces de dejar,
bajo el título de amenaza exterior,
del otro lado de nuestros muros?
¿Qué torpe presuposición de semejanza
entre una Patria y nuestra existencia
vigila las fronteras que confundimos
con el límite de nuestro cuerpo?
Si lo que nos recorta es piel,
sensación, porosidad, tacto…
¿viste alguna vez un muro permeable
a la caricia que lo conmueve?
¿Tiemblan las paredes como cuando
un travieso dedo anárquico
se burla de toda legislación
y se vuelve en otra piel
con-tacto?
Vivimos -asustadxs, engañadxs-
entre tantos muros imaginarios.

De Berlín a Poznan, 3 de marzo de 2019




miércoles, 16 de enero de 2019

Sexos débiles


No hay sexo fuerte y sexo débil.
Solo hay sexos débiles.
Quizás sí haya sexo que engendre y sexo que mata, como decía Simone.
Pero los genitales y el cuerpo no tienen nada que ver con eso.
Solo hay sexos débiles.
Coger para abrazarse.
Necesitar desesperadamente la ternura, como decía Lemebel.
Que todo esté mal en este mundo porque falta la ternura.
Solo la ternura acompaña la falta.
La abraza. La contiene. La sostiene.
Nos sostiene la ternura porque solo somos, solo hay, sexos débiles.
¿Tiene miedo que se homosexualice la vida?
Y no hablo de meterlo y sacarlo
Y sacarlo y meterlo solamente
Hablo de ternura compañero
Usted no sabe
Cómo cuesta encontrar el amor
En estas condiciones
dice el tierno Pedro chileno.
Cómo cuesta encontrar el amor.
Hablemos de ternura, compañerxs.
¿No es el orgasmo acaso un modo de la entrega?
¿no se entrega unx desde la debilidad,
desde la ceguera que es confianza
en que algunx otrx te ataje,
te agarre,
vele tu éxtasis como unx compañerx de viaje?
Homosexualizar la vida, feminizarse.
No se confundan con la sintaxis,
que no nos engañe la gramática
como una madre que esconde a su hijx el pesar del mundo.
No existe el lugar desde el cual feminizarse es lo otro.
Antes lo entiendas, antes la ternura que añorás sin saberlo
mostrará su cara.
Deponer las armas
(todas las armas son pseudofalos
y no existe el falo, solo sus sucedáneos).
Nos falta una erótica de lo tierno,
de ese beso que se da con deseo
pero que también busca en la boca del otro
saciar una demanda de afecto.
Pedir la ternura con la boca, con la lengua, en silencio.
Que se apague la mente que calcula
o los modos consumistas de los cuerpos.
Besarse para abrazarse las bocas,
para sostenerse en un silencio parlante
que habla la lengua de la ternura,
el idioma de la falta
de los sexos débiles que se sienten solos
pero con ese beso,
menos solos por un rato.
Una comunidad de los sexos débiles,
una política de la ternura,
un programa del abrazo,
una educación en la falta,
una pedagogía de las caricias,
una estrategia de la amistad amorosa.
Ustedes saben
cómo cuesta encontrar
el amor en estas condiciones.
Inventar, entonces,
la posibilidad tierna
de que el amor ya no haya que encontrarlo
porque nunca lo hayamos perdido.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Sumisa


Después de tres años de quererlo y no poderlo
fue una palabra en boca de un extraño la que me permitió separarme.
Una extraña, en realidad.
No tan extraña: una compañera de investigación.
Me dijo “sumisa” y me rebelé.
Se llamaba Mariela.
Ella y yo volvíamos de un congreso en la ciudad de Córdoba.
De mis tiernos primeros congresos como estudiante aún de filosofía.
Como es usual, dos compañeras que se tienen una cierta simpatía
aunque no una amistad,
se sientan en el micro y conversan en esas horas de viaje de regreso.
¡Claro que fue un viaje de regreso!
Al abrigo de la intimidad de la charla femenina
volví a hacer -porque hacía años que estaba en eso-
el relato de mi drama.
Le conté a la compañera, que se interesó dulce y honestamente por cómo andaba
la crisis del noviazgo.
Le conté todo lo que él me hacía y decía que yo ya no soportaba.
El maltrato, la asfixia,
las peleas, las presiones,
los desacuerdos, las decepciones.
Y todo en el modo trágico del “mirá lo que me hace”
y el no saber qué hacer con eso.
No saber cómo salir.
Saber que hay que salir. Sentir que se quiere huir.
Y no saber cómo hacerlo.
Con los años entendí que una se va yéndose.
No hay un algo que hacer antes. No hay un exacto momento.
Es el irse y punto.
Como la puerta de “La ley” de Kafka,
pero saliendo.
(Siempre que se sale por una puerta se entra a otra cosa).
Relaté el drama y sus imposibilidades.
Conté las miserias y el agobio.
Me lamenté, mostré mi sufrimiento.
Y probablemente también algún “yo no me lo merezco”.
Di detalles, describí escenas,
analicé situaciones, señalé conclusiones evidentes,
todo en el modo del “no puedo”.
Y cuando el río de descarga de malestar ya había sido expectorado,
mi compañera de viaje,
que me había escuchado con calma atención
(era una mujer inteligente pero de cierta timidez,
cierta reserva, pocas pero justas palabras)
tomó la palabra
con su atenta y generosa escucha
retomando el hilo de mi reflexión.
Tiró fuerte de lo que en mi relato se mostraba
 y con una certera amable violencia
me dijo:
“Qué raro lo que me contás, porque no parecés sumisa.”
“Sumisa”.
Esa palabra estalló en mi cara.
Sumisa.
“No parecés sumisa”.
Esa era yo en mi relato: sumisa.
Me lo dijo y me psicoanalizó.
(El día que me separé, poco después, llamé a quien sería por años mi analista y pedí mi primera sesión, algo que hacía meses que quería hacer y no lo hacía “porque no tenía plata”: con la misma “no plata” pagué desde el primer día en adelante. Alguna vez comparé mi gasto en terapia con “el alquiler de mi casa”, aunque en ese momento todavía vivía con mis padres: era otro el hogar que estaba construyendo).
Sumisa.
Escuché esa palabra y entendí con vergüenza todo:
yo era cómplice de mi sufrimiento,
me permitía ser la damisela débil en la torre encerrada.
Sumisa y no lo fui más.
Desde ese momento de claridad,
de ese destello que me devolvió los ojos,
supe que iba a separarme.
Recuerdo volver de la estación de Retiro a mi casa,
donde me encontraría a mi novio,
sabiendo que se había terminado.
Llegué tranquila, casi alegre como siempre,
aunque con una verdad, un secreto muy adentro.
Traía de Córdoba el libro en el cual me habían publicado mi primera ponencia académica.
Lo traía contenta, abrazado.
Se lo mostré a él y me dijo cínica, desmerecedoramente:
“¿Cuánto te lo cobraron?”
Treinta y cinco felices pesos recuerdo haberlo pagado.
Como recuerdo el desprecio que sentí por su mierda en ese momento.
No le contesté nada porque entonces lo supe:
“La próxima vez que peleemos me separo”.
Por eso callé, porque postergué el momento por conveniencia.
No era ese el momento.
La pelea siguiente, así fue.
Lo eché de mi casa, de mi vida,
lo desterré de todo lo que tenía que ver conmigo definitivamente.
La historia no terminó en la insumisión de la sumisa.
El maltratador desencajado me reservó el regalo perverso
de amenazas de suicidio, declaraciones policiales,
un fin de semana entero sumida en la angustia y la bronca
de una última extorsión con la que cobrarme caro mi libertad.
“Sumisa”.
Una palabra dicha por una semi-extraña.
Un significante, un regalo de una persona de paso en mi vida
que en un viaje de regreso
me asestó el golpe auditivo que me regresó a la vida.
Un ruido: sumisa y no hubo vuelta atrás.
Es que a veces las palabras nos liberan,
aunque muchas veces no sean las nuestras.
Palabras ajenas que son las más propias,
las que nos captan,
nos abraz/san.
De repente todo fue comprendido
e incinerado.
Un fuego sacrificial
que expió el crimen de la sumisa,
que resucitó a la mujer que yo era y estaba atrapada.
Palabras que incendian la mente,
que liberan el cuerpo,
que cruzan las puertas de los fantasmas carceleros,
que devuelven la vida y el habla.