miércoles, 29 de noviembre de 2017

Juani y la bomba de papel

Hace poco más de un mes visité a mi hermano Juan y su familia en México. Como quienes me conocen saben, mi hermano se mudó hace un tiempo por motivos de trabajo y yo los extraño absolutamente. Pero en esta experiencia inesperada de la vida que es tener a un hermano, una cuñada-hermana y sobrinos viviendo en otro país, también aparece la novedad del reencuentro fraterno y sobrinezco.

Uno de mis días de visita fui con Juani, Lupe y su mamá, Debo, a comprarle un regalo a cada uno al Liverpool de Polanco. Juani aprendió a renunciar a comprarse un juego para la play carísimo, que duplicaba el presupuesto que había establecido la tía y eligió un lego. Lupe, luego de estudiar detenidamente durante cuarenta minutos cada uno de los juguetes que había en las góndolas –sentenciando a la salida del mall que “Vengo al Liverpool y quiero llevarme todo”- se compró una familia de ositos.

Llegados al departamento de nuevo, Juani inmediatamente se puso a armar el lego. Este bombonazo de siete años con total independencia y práctica tomó las instrucciones de armado y empezó a seguirlas religiosamente. Mientras tanto, papá, mamá y la tía se preparaban para una merecida salida sin niños por la noche de restaurants y bares newyorcezcos del barrio. Lupe y Juani hicieron sentir sus quejas de que salíamos sin ellos. Y nosotros seguimos con nuestros planes, con nuestro momento solos que necesitábamos, y educando a los enanos en la libertad, tiempo y espacio propio que se merecen también los mayores.

La noche de cena fue maravillosa: feliz, íntima, a pura charla, reflexión y chiste, con riquísimos vinos y deliciosa comida española… nos quedamos horas disfrutando nuestro reencuentro adulto, como se disfruta a un hermano y una hermana que tanto se aman y tanto se extrañan, y con quienes hemos compartido décadas juntos. Quizás la distancia, en lo que duele, también depare estos hallazgos: tener poco tiempo y entonces disfrutarlo, entregarnos a él al máximo.

Volvimos al departamento a la madrugada, felices y algo borrachos, debo confesar. La tía Mary llegó como pudo con su leve a moderado mareo a la cama y se desmayó.

Me habré quedado dormida entre las dos y tres de la mañana y a las seis y media, Juani me despierta. Como se levanta todos los días a esa hora, el sábado también se despierta temprano. Se acostumbró a hacerse el desayuno y ver la tele, jugar a la play, jugar a los tiros contra enemigos imaginarios y/o, como sucedió cuando lo visité en enero, rapear a solas en el living de la casa para arrancar la mañana. Pero esta vez, la tía estaba de visita y Juani no dudó en cuál era su plan: levantar a la tía para que lo ayude a armar el lego. La tía, despertada pero aún mareada –probablemente deshidratada también-, se debatió entre dos intensas emociones: estar conmovida por el amor del sobrino que no puede esperar a pasar tiempo con ella y estar destruida por la noche de generosos alcoholes. Como pude, atiné a explicarle a Juan que no había dormido mucho, que me dolía la cabeza, que necesitaba dormir un poco más. Juani preguntó: “¿cuánto más?” La tía atinó a decir: “un rato, unas horas”. Juani se indignó. Se tiró arriba mío, mitad abrazándome, mitad aplastándome y presentó su argumento fervoroso y convencido de que yo tenía que levantarme a ayudarlo porque el lego llevaba mucho tiempo armarlo y si no, no iba a poder tenerlo terminado a tiempo para que jugáramos con él (la tía volvía a Argentina el día siguiente). Que no quería estar solito, que quería que lo acompañe.


La tía leía –con sus facultades mentales disminuidas pero su amor por su sobrino nunca más despierto- la demanda amorosa de Juani. Le dije “dame un ratito que ya me levanto”. Se tranquilizó, fue a su placard a buscar la ropa para vestirse y yo entredormida me moría de amor de ver a este bebote hermoso ya con siete años eligiéndose el pantaloncito y vistiéndose solo. Se fue de la habitación y dije “ya voy”.

Me levanté como pude. Un tanto encorvada del sueño y dolor de cabeza llegué a la silla al lado de la de Juani en la mesa del living. Le dije que tenía frío así que me trajo una manta y me tapó para que estuviera más cómoda. Mi cuerpo estallaba de amor mientras intentaba con el estallido sostenerse con el sueño que me invadía. Nos pusimos a armar juntos el lego, no sin cierto conflicto por las partes que iba o no iban, o porque le quise arreglar una parte y se desarmó otra, pero con conflicto y todo, terminamos la isla que estábamos armando. Serían las siete y algo de la mañana y por dentro dije “listo, ahora puedo dormir un poco más”. Ya le había adelantado a Juani que la tía se levantaba un ratito y después volvía a la cama porque tenía que descansar porque le dolía mucho la cabeza. Cuando la isla estuvo lista y festejamos el triunfo, inicié el proceso de transición a la cama con frases como “bueno, Juani, la tía te ayudó, ahora se va a la cama”, proceso que fue respondido por un Juani que se me tira encima de nuevo y me dice: “No tía, no te vayas, haceme compañía, no quiero estar solito.” La tía, conmovida hasta la médula pero mareada hasta el mismo órgano volvió a afirmar su necesidad de descansar en tono firme pero comprensivo, prometiendo seguir jugando cuando hubiera descansado. Juani insistió y arrojó su mejor argumento: “falta la otra parte de la isla, tía!” El lego armado era solo la mitad de todo lo que había que armar. La tía entró en pánico. Pero el sueño fue más fuerte: “Juani, lo armamos después. Empezá y después te ayudo. ¿En qué habíamos quedado? Te dije que te ayudaba un rato pero después tenía que descansar porque no dormí y me siento mal…” Bla bla bla la tía se impuso con tierna firmeza y se fue, convencida, a la cama.

Menos de veinte minutos después, Juani entra en la habitación de nuevo: “Tía, ¿ya dormiste?”. La tía experimenta un torbellino de ternura, amor, risa, furia y cansancio. “No, Juani, recién me vengo a la cama.”

“¿Cuánto más vas a descansar, diez minutos?”, pregunta sin ningún afán de estar preguntando y con toda la decisión de despertarme. “No, Juani, unas horas necesito.” Abrazo-aplastamiento de la tía de nuevo. Juani acostado arriba mío protesta: “Pero tenemos que armar el lego, si no no vamos a poder jugar, que mañana te vas.” La tía, enternecida, comprensiva, muerta de sueño. La negociación siguió hasta que Juani aceptó dejarme dormir un rato más de nuevo.

Menos de media hora después, Juani vuelve a la habitación. Esta vez la demanda es distinta. Trae una tijera y hoja de papel en la que había dibujado con distintos colores una bomba, de la que salían cables verdes, rojos, amarillos, azules. Viene con una tijera y me dice: “Tía, tenés que ayudarme a desarmar la bomba.” La tía, que no lograba cerrar los ojos y ya tenía al enano hincha kinotos de nuevo demandándola, en parte se ríe, en parte se enoja… pero la ternura pudo más y aún debajo del acolchado y con los ojos cerrados juega. Juani pregunta ansioso, actuando la situación “¿Qué cable cortamos, qué cable cortamos?”. Le digo: “El verde”. Lo corta, la bomba no explota y me dice aliviado… “Bien, no explotó”. “Y ahora, ¿qué cable cortamos?” La tía en un tono un tanto más molesto dice: “el azul”. Misma reacción. Por suerte, la bomba no explotó así que la tía pudo volver a decirle a Juani que la deje dormir un rato. Juani se va y al rato vuelve con otra bomba. La tía ya empieza a decirle literalmente al enano –aunque risas de los dos de por medio- que era un hincha pelotas. Pero igual seguimos desactivando las bombas. Creo que tres o cuatro bombas llegaron hasta las ocho y media de la mañana. Al poco rato, se sumó Lupe alrededor de la cama con la tía adentro feliz y sufriendo el sueño al mismo tiempo. Lupe trajo un jueguito de ponerle vestidos con imanes a muñecas y la tía tenía que ayudarle a elegir la combinación mientras Juani al mismo tiempo le traía otra bomba. Al rato, trae Lupe su propia bomba, y cuál cable cortamos, y cortá el rojo, y dejen dormir un poco a la tía, mierda!, dicho todo en un tono tan derrotado por el amor a sus sobrinos que las quejas de la tía solo fueron más motivo de risa hasta que, asumiendo el fracaso absoluto del intento de conciliar el sueño, la tía se levantó finalmente para estar con sus sobrinos.

Con sueño y todo, cansada y demandada, la tía estaba feliz de estar con ellos. Pero a su vez, la tía no pudo dejar de ver en toda esa escena de demanda amorosa una escena tantas veces vividas.


La necesidad de otros para no estar solos. La demanda de atención y amor como imposición. La necesidad de estar acompañados en la vida, en el juego en la niñez, y en tantas otras situaciones a medida que crecemos.

Pensé cuántas veces me han traído mis afectos bombas de papel para desactivar. Cuántas veces he recibido alguna amiga, amigo, compañerx, familiar que me ha demandado amor mostrándome las bombas neuróticas a punto de explotar que estaban viviendo. Cuántas veces he aconsejado qué cable cortar. Cuántas veces he mostrado que la bomba era de papel… bomba imaginaria, peligro fantástico, que no por eso tiene, en nuestras vidas de sujetos-cuerpos-infantes que envejecen, menos sensación de mortalidad, de finitud, de pérdida, de punto sin retorno. Cuánto de la amistad para mí ha sido calmar cual bombera psicoanalítica los fuegos falaces de las crisis explosivas de quienes amo.

¡Y ellos, ellas, ellxs, a mí! ¡Viceversabsolutamente! Tanta bombas de papel, tantos incendios de aire, tanta neurosis asfixiante, tanta desesperación imaginaria que el cuerpo solo no soporta… que por eso necesita el vómito de las palabras, el abrazo que contiene y acompaña… la caricia que calma el temor al desastre… el desvelo de otros que sostiene en las peores noches de la subjetividad que somos.

Como esos niños que necesitan compañía para desactivar bombas inventadas, seguimos siendo todos nosotros, pero reprimidos, silenciados, por la censura de la mostración pública de esa infancia permanente en que vivimos.

Como esos niños que necesitan quien los acompañe y sostenga también en armar el lego de la propia vida. Dónde va esta pieza… dónde pongo esto que soy, esto que me pasa, esto que no entiendo. Cómo seguir las instrucciones para armar el hogar de la interioridad que nos alberga, que de repente es bomba, incendio, amenaza. Cómo no seguir las instrucciones… cómo construir sin reglas, con reglas propias, más allá del temor a las bombas de papel y reales que puedan esperar a la vuelta de la página, de la esquina, de la edad, de los procesos complejos, mareados, intoxicados, que también somos.

El lego de la vida y las bombas imaginarias. Tener compañerxs para saber cuándo realmente una bomba va a explotar. Tener alguien que junto con mi mano corta el cable que creemos desarmará todo. Estar en la infancia que retorna y nos incendia con otros que en su estar, en su poner el cuerpo a nuestro lado –aunque estén cansados, dormidos, agobiados- nos calma. No estar solitos, como no quería Juani, cuando hay una vida para armar y las piezas no se acomodan o las instrucciones recibidas no ayudan. No estar solitos cuando sabemos, también, que el tiempo con el otro siempre es poco, que mañana volveremos a otros países, que no siempre podemos estar en las mismas tierras.

Y reír, con lxs otrxs, de nuestras bombas imaginarias desactivadas.

Y festejar, con lxs otrxs, cuando hemos armado alguna parte, parcial, modesta, pero al fin hecha, de nuestra existencia.


Y abrazarnos en la risa y el festejo de tenernos por un rato, este rato, fuera de todo límite geográfico, fuera de toda soledad falsa del límite de nuestros cuerpos.

martes, 12 de septiembre de 2017

Ustedes me hacen vivir

Para Cristián, Juan Pablo, Rodrigo, Tomás, Marcela,
Sharlene, Carlos, Adrián, María y Melanie

Estábamos en una fiesta en Santiago, bailando todxs, juntxs, felices.

Pasan un tema de Scissors Sisters y me emociono por dentro porque recuerdo haber puesto algunos de sus temas en casa, sola, para acompañar con un poco de baile una lavada de platos o el estar poniendo orden en la casa… poner esos temas que suelo bailar con mis amigxs chilenos –Cristián, Rodrigo, Juan Pablo, la Marce, Tomás, Carlos, Sharlene- para recordarlxs, extrañarlxs, desear pronto verlxs de nuevo.

Y llega agosto y nos vemos… la alegría maravillosa de nuestro reencuentro anual.

Y nos vamos a bailar! Y pasan el tema que bailé sola añorando estar con ellxs… y estoy ahora, con ellxs, bailando.

Me estoy contando a mí misma todo esto mientras bailo y de repente suena ahora nuestro himno: “I want to break free” de Queen. No puedo más de la emoción… le digo a Juan Pablo y a Cristián lo que siento… me miran y me sonríen porque me entienden, entienden todo, mientras también ellos se entregan a la voz de Freddie y la letra de nuestro manifiesto: “I want to break free.”

El mismo Queen de “Friends will be Friends”, como si entre estos dos temas se nombrara todo lo que nos une… una amistad en la libertad… un compañerismo, un acompañarnos… ser compañerxs en la libertad.

Bailo perdida en la noche, disfrutando de mis amigxs, del momento, de este estar fuera de mis espacios normales pero en uno de mis espacios más íntimos. Ese espacio con mis amigxs en el que tiempo nunca alcanza… pero no pienso en eso. Pienso en esa temporalidad deliciosa de la noche entregada a la noche misma con ellxs.

Bailo con los ojos cerrados… disfruto dejar que mi cuerpo elija el movimiento… estiro los brazos, paso las manos por mi pelo, abro despacio los ojos y veo, encuentro, a mi amigo con los ojos cerrados, también perdido en la música y la noche, bailando adelante mío y sonrío… una felicidad me explota por dentro: eso, esto quiero. Bailar con los ojos cerrados y abrirlos para ver a mi amigo disfrutando conmigo. Lo veo y lo adoro. Lo abrazo. Algo nos decimos sin escuchar realmente las palabras porque ya entendimos. Abrazo a mi amigo que baila conmigo. Ese que tanto extraño. Estos que tanto amo.

Queen tiene otro hermoso tema… “You’re my best friend.” Parece un tema dedicado a un amor, unx amante, una pareja.

¿Será que hay un punto en el que el amor, el amor en la libertad, se parece a la amistad?

¿Será que la amistad, la amistad en la libertad, se parece al amor?

Entre otras cosas, el tema repite una y otra vez: “Oh, you make me live…”

Amor, amistad, y “me hacés vivir”… con ese “Oh” delante de celebración, de agradecimiento, de rezo a lxs diosxs del Eros a lxs que nos entregamos…

Esos caminos de la libertad, mejor dicho, esos caminos de la búsqueda de la libertad, que son difíciles y sinuosos, que son desconocidos y que no ofrecen garantías, pero que cuando se transitan con amigxs… con esa experiencia más abierta entre el amor y la amistad… alguna vez dije que una se enamora de sus amigxs… quizás también las mejores formas del amor se viven como modos de la amistad.

“Oh, ustedes me hacen vivir” podría haber cantado también en esa noche plena de reencuentro con mis amigxs. Si estoy con ustedes hay música, hay canto, hay cuerpo entregado a la feliz promiscuidad que juntxs somos.

Como camino al Elqui, seis personas, una arriba de la otra en el auto por seis horas… entre cantar y charlar, entre discutir y reír… camino a un valle maravilloso en el que recibimos el nuevo año entregados a la oscuridad del mundo común y la luz milagrosa de las estrellas… con el río sonando a lo lejos, meciéndonos abrazados, hasta que el ritual de amor, amistad y nueva vida se completa. Un champagne que acompaña nuestra fiesta desde las copas que se chocan y festejan que juntxs terminamos y que juntxs recomenzamos el año.

Entre querer irrumpir en la libertad, ser amigxs que serán amigxs y que ustedes me hagan vivir, me ha colmado la vida, la fortuna, el azar y el encuentro de partes de mi cuerpo que viven a kilómetros de distancia… me siento tironeada hacia el otro lado de los Andes por mis otrxs miembrxs que reclaman unirse a mi cuerpo. Carne de mi carne, amores de mis amores, me tira, me demanda.

Lejos de un cuerpo torturado por su posible mutilación –aunque los extraño y mi carne por momentos se desgarra- me siento un cuerpo estirándose para abarcar todo esto que vivo y siento con ustedes… como en una noche de baile, con los ojos cerrados y los brazos abiertos…

Es que ustedes, ¡oh, amigxs míxs, me hacen vivir!

jueves, 7 de septiembre de 2017

Trabajo intelectual, trabajo doméstico y materialidad económico-afectiva

Tengo en mi escritorio una serie dispersa de objetos de gente que amo que acompañan mi trabajo.

Una plana que me regaló un amigo.
Una postal que me regaló un colega.
Una foto de mi amor.
Otra con amigas, otra con mi sobrina Lupe –de la que también tengo un garabato y su nombre escritos por ella en mi pizarra la última vez que me visitó, que no borro ni loca.
Un portarretrato con un mensaje bordado de una exalumna que se volvió amiga.
Un calendario que me regaló mi vieja.
Una cajita artesanal que me hizo mi hermana.
Dos lapiceros, regalados por mi amor uno y por una amiga, otro.
Los sujeta libros que me traje de mi abuela Susana, luego de que falleció.

Es que un escritorio, para quienes nos dedicamos a la docencia y escritura humanistas, es un lugar ambivalente. Es el cuarto propio pero también por momentos cárcel. Es lugar de iluminación y disfrute, pero también de estrés y angustia. Es el lugar de trabajo en la polisemia feliz y tortuosa de ese término. Pero también es el espacio individual-reflexivo –epojé habitacional- que se recorta como abstracción de un mundo de afectos y amores concretísimo en que se sostiene, potencia, desarrolla, florece.

Porque el trabajo intelectual –y muchos otros modos del trabajo también- se sostiene en una materialidad, que es la materialidad económica de las condiciones de producción, claro, pero también la materialidad afectiva, ese soporte de redes de contención y cariño que mejor funciona cuando más permanece invisible, sosteniendo el quehacer en un silencio que lo potencia.

Recuerdo mis muchos años de estudio –sin contar primaria y secundaria, nueve de carrera de grado- en que mi dedicación exclusiva-compulsiva a preparar exámenes, escritos, monografías funcionó sobre la base de todas las necesidades cotidianas resueltas por mis padres. Además del techo y el alimento, toda una industria del cuidado de lxs hijxs sobre todo por parte de mi madre, que para mí era un dato, es decir, algo dado, no cuestionado. La comida rica, variada y caliente en la mesa. La ropa limpia y planchada doblada en mi cama para que la guarde. Toda necesidad o favor, respondido inmediatamente. Y para mí, en esos años que fui hija de la casa materna, todo eso era un fondo, un escenario, un paisaje ya dado que yo habitaba inconscientemente, con el lujo de no tener que detenerme a pensarlo, ya que estaba resuelto de antemano y entonces podía solo dedicarme a estudiar y estudiar y estudiar.

Cuando me fui de la casa de mi vieja y asumí todas y cada una de esas tareas que antes estaban resueltas para mí, entendí muchas cosas. Primero, el amor de mi madre y su entrega a sus hijxs. Segundo, la invisibilización cultural del trabajo doméstico, que es trabajo pero no se paga. Sí, claro, lxs hijxs pagamos con agradecimiento en algunos casos, y esto no está mal. Pero eso no es salario. Y aunque el amor materno reciba las gracias como satisfacción, no deja de haber una perversa estructura social que hace a las mujeres trabajar sin recibir reconocimiento social –aunque tengan el de sus seres amados- ni económico. Una doble verdad se revelaba: toda la comodidad de mi vida que me permitió hacer una carrera humanista tan demandante como filosofía resultaba posible porque había un hogar que me acogía y que se invisibilizaba para que yo me ocupara solo de lo mío. Pero también, todo un trabajo habilitador de existencias estaba invisibilizado y dejerarquizado respecto de lo que el mundo social nombra y destaca como trabajo que merece remuneración real, no solo afectiva.

Descubrí con lucidez y algo de sana culpa un nuevo respeto por las tareas domésticas –el “ama de casa”, figura que, como obediente hija con la cabeza lavada por el patriarcado, supe despreciar masculinamente proponiéndome ser una profesional económicamente autosuficiente a como diera lugar, en ese momento de mi vida en el que ignoraba y repudiaba el orden simbólico de la madre, tal como lo tematizó Luisa Muraro (lean ese libro: les va a partir la cabeza).

Descubrí el límite de mi propio mérito. Qué fácil es recibirse de licenciada en filosofía con un mundo-hogar-sensible que se corría del protagonismo y la demanda para darme el lujo del mundo-profesional-inteligible. Cuánto rechazo, renegación de la materialidad que somos y que nos permite ser se anida en nuestros discursos moralistas del logro profesional, del título universitario, del esfuercismo negador de la necesidad de un mundo con otrxs que sostenga nuestros proyectos.

Por eso, la moral del logro profesional individual es en parte un lujo de clase, entendí. No desestimo mis esfuerzos y progresos, pero su narración en perspectiva individual es una gran mentira:

Un gran relato individualista, cuando es una posibilidad arraigada en una sociabilidad habilitante –cuánta gente que no tuvo esas condiciones económicas y afectivas logró lo mismo con mayores esfuerzos aún, cuánta tuvo que abandonar su carrera o proyecto por no contar con ellas?

Un gran relato patriarcal, porque se sostiene en la permanente invisibilización o subestimación de las tareas domésticas y cotidianas que nos sostienen, tareas que son culturalmente entendidas como maternas o femeninas, y por eso se refuerza su subordinación y se da el “gracias” y el cariño como moneda de pago siempre insuficiente.

Un gran relato clasista y capitalista, porque son los individuos por sus solos esfuerzos los que logran títulos y éxitos, y son individuos de clase media o alta que se autoperciben como arribando o permaneciendo en sus clases “solo por mis propios méritos”, como si no hubiera una geopolítica entera que se los ha permitido, una distribución de recursos y de oportunidades que los ha beneficiado.

Pero los grandes relatos son tentadores porque si hay algo que Occidente y su modo capitalista han afianzado en nosotrxs como deseo inoculado hasta los huesos es el deseo de heroísmo, que siempre es el del sujeto solo que se destaca, que siempre es una agencia masculina, y que siempre, si conquistó territorios y ganó guerras, es con la pancita llena, la ropa lavada y planchada, que parece que algún Dios que lo eligió para cumplir su destino sirvió en su mesa y dejó en su cama a través de un instrumento invisible, un oikos silenciado.



sábado, 29 de abril de 2017

El nudo de la existencia

Hace unos días me encontré sintiendo el nudo de la existencia.
Es un nudo en el cuerpo. Pero, ¡cómo nos arroja fuera de sus límites!
Quizás porque tiene que ver con su límite: el límite del cuerpo, el límite de la vida, la muerte.
O la mortalidad de la existencia.
O su conciencia, que son lo mismo.
El otro día lo sentí en la garganta. Ese nudo que son ganas contenidas de llorar.
Un nudo, una presión, un agujero que perfora sin materia.
Un nudo en la garganta: el lugar del habla, de la humanidad que se sabe siendo, hablando.
En ese hablar por dentro que discurre sin sonidos, pero con marcas.
Un nudo en la garganta que es también nudo en el estómago.
El lugar de la digestión, del alimento, de la necesidad de comer para vivir,
pero también de la incorporación.
Todo eso que comemos que no es alimento.
Todo eso que deglutimos, que procesamos, con el cuerpo.
Y nudo como proceso interrumpido.
Nudo como piedra, dureza, peso.
Algo me pesa adentro.
Algo difícil de tragar.
La existencia.
Que depende de que sea cuerpo, que se comprende porque es un cuerpo que habla.
Que piensa y siente, y siente el nudo de pensar la existencia.
Me duele un órgano que no existe.
Un músculo que se tensiona, se contrae,
de vez en cuando
se relaja.
Un músculo del cuerpo que se autoasfixia.
Me duele el nudo, su contractura, su indigestión, su no completa comunicabilidad.
Un nudo que por definición tiende a querer expulsar algo
algo imposible de localizar.
Un miembro que no puede extirparse.
Un nudo que fluye desde el centro pero se estira
como la contracapa interna de la piel.
Una dermis existencial ocluida.
Un nudo a desatar sin saber de qué está hecha su cuerda, su hilo, su trama.
Se afirma en su plena materialidad incorpórea: “Soy un nudo. Soy tu nudo.”
Y algo grita adentro, a alguien: “¡Desatame!”
¿Qué podría ser des-atar-me?
¿Dejar de ser? No es una opción.
¿Dejar de pensar? ¡Pero si es un pensamiento que no elijo!
He ahí su modalidad de indigestión.
Un “yo pienso lo que preferiría no pensar” que viene sin que lo llame.
Qué dejar, entonces, para que pierda su presión el nudo.
Que es nudo que tensa pero también nudo que sostiene.
Sostiene, localiza, este cuerpo en sus circunstancias.
Este pensamiento en su contingencia.
No puede dejar de ser, no puede des-atar.
Se pregunta por el modo de la convivencia con ese nudo que se tensa.
Cómo vivimos vos y yo, nudo y cuerpo en este mundo.
Nudo ventana a todo lo que es y podrá dejar de ser en cualquier momento.
Como el cuerpo que tiene el nudo en sus adentros.
Como el modo de la corporalidad en el que se tensiona.
Como es inter-corporalidad que lo atraviesa.
Cuerpo, nudo, finito, incierto.
Y un pensamiento que lo vive, que lo rodea, que le debe su existencia
y por eso de vez en cuando lo detesta.
Escribir para aflojar la garganta con las manos.
Escribir para alivianar el nudo de la existencia.

sábado, 11 de febrero de 2017

“Lo que ustedes quieran traerme”


Es el cumple de mi sobrino Dante. No hacen una fiestita pero igual decido pegarme una vuelta y llevarle un regalo. Pasado un rato de mi visita tengo a Vera, su hermana de casi cuatro años a upa, comiendo una chocotorta que hizo la mamá de ambos para que sople las velitas. Vera cumple cuatro en un par de semanas.

Entonces, en ese momento de charla en común alrededor de la mesa con los abuelos y un par de tíos que también cayeron a saludar, le pregunto a Vera:

-          Verita, ¿vos que querés de regalo de cumpleaños?

Y Vera me responde con una naturalidad conmovedora, sabiendo que en ese momento abuelos y tíos escuchan:

-          Lo que ustedes quieran traerme.

Fue tan espontánea, tan tranquila, tan dulce su respuesta que su mamá, su tía Florencia y yo (mujeres de treinta años) no pudimos sino hacer gestos de emoción y sorpresa… a mí hasta se me empaparon los ojos (y creo que también a ellas un poco). Le dije, aún emocionada:

-          Entendiste todo, Verita hermosa.

La reacción movilizadora de esa respuesta de esta preciosa nena de casi cuatro años me invadió, nos invadió, por un buen rato… la decodificación fue la maravilla de esa humildad, esa consideración por el gesto de los demás como más valioso que lo que sea el objeto-regalo para ella, esa adulta respuesta como si ya tuviera registro del peso económico que puede ser para cualquiera comprar un regalo… esa espontánea decodificación mía (y nuestra) fue la razón de la emoción y la ternura hacia esta mujercita bella.

Y sin embargo, con menos espontaneidad y con algo más de convicción, de pronto fue llegando a mí otra reacción, otro modo de interpretar esa respuesta… la segunda lectura se reforzó cuando llegado el momento de las visitas de retirarse, mientras adultos se levantan de sillas y agarran sus carteras e inician saludos, veo y escucho a Vera dirigirse a su primo más chico que ya se iba, hablándole mientras él le daba la espalda interesado por entrar un rato más al cuarto de sus primos. Vera le dice a su primo:

-          ¿Te gustó jugar conmigo, Joaquín?

Ahí ya no me enternezco de nuevo porque la escena confirma la lectura segunda… sin negar la primera, pero complementándola como su cara negativa, pienso: “Vera ya sabe, como mujer, no decir su deseo.” Siento que ser mujer se define en nuestra cultura por posponer la relevancia del deseo propio al masculino-social-ajeno. ¿Por qué no decir “quiero una muñera”, “quiero un disfraz”, “quiero un autito”, “quiero un juego”? ¿Por qué no nombrar el deseo cuando la pregunta inquirió justa y exactamente eso, cuál era su deseo?

Y yo te dije “entendiste todo” porque sí, entendiste todo lo que ser mujer implica… lástima que no solo como identidad sino también como carga.

“¿Te gustó jugar conmigo?”. Y, ¿a vos, Verita? ¿Te gustó jugar con él? ¿Por qué tu experiencia de juego y disfrute no se verbaliza como “Me gustó jugar con vos, Joaquín”? ¿Por qué en vez de afirmar qué sentiste en esas horas vos redondeás el bienestar de la experiencia con la inquisición de si El Otro disfrutó con vos? ¿Por qué la pregunta por la satisfacción del otro antes de la afirmación de la propia? ¿Por qué mi deseo es “lo que ustedes quieran traerme”? ¿Por qué mi deseo no es “esto” y punto?

Doble cara de la ternura infantil femenina: una apertura al mundo y sus circunstancias desde una posición de cuidado (“Comprendo como niña el costo económico y el esfuerzo de los otros y los relevo de la preocupación en demasía de cómo regalarme/satisfacerme”); pero también una posición de subordinación del propio deseo a un deseo ajeno: “Lo que ustedes puedan traerme, mi deseo es secundario.” Pregunta “¿le gustó jugar conmigo” en vez de afirmación “Me gustó jugar con él” –y no se trata de que la pregunta esté antes de la afirmación: se trata de que la propia afirmación-satisfacción se considera después, bajo condición de la afirmación-satisfacción del otro.

Mis lágrimas de tía emocionada como reacción primera indican la constitución idéntica que como mujeres nos comunica… mi lenta pero segura indignación en una segunda lectura indica el riesgo al que nos expone esa identidad compartida.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Soy un ser de las profundidades


Vivo abismada en un plano de lo real tan profundo como insoportable.
Calles pavimentadas de preguntas. Sin esquinas donde descansar.
Me interpela lo profundo, me llama… me llama adentro mío y adentro tuyo.
Un afán de penetrar siempre más… siempre más.
Mi mente es un falo.
Mi lengua, también.
Me gusta bucear-me.
Me gusta bucear-te.
A veces pido permiso, pero las más, no.
Me sale la penetración en la profundidad como respirar.
Involuntaria. Necesaria.
Honesta, pero violenta.
Molesta, sí. Intensa.
Una posibilidad hecha habilidad, hecha hábito, hecha carne.
Hecha yo y ya no otra cosa.
Me habla antes de que piense si quiero abrir la boca.
Me vuelve toda palabra, cuestión reflexión.
Soy falo que penetra.
Pero también labio hospitalario.
El silencio es un esfuerzo pero no una solución.
Las profundidades y yo hablamos un diálogo permanente,
a puertas cerradas, a bocas cerradas.
A oídos imposibles de ser sordos…
Que escuchan desde adentro el rumiar de mi existencial excavación.
El mundo y la vida se han vuelto un mar.
Profundo, picado, voluminoso, inabarcable.
Me hundo más de lo que nado.
Me ahogo como un modo de la respiración.
Mis pensamientos son branquias.
El peso del cuerpo en suspenso me pesa.
No soy más liviana en este mar.
Y sin embargo es casa. Es hogar.
Un mar de profundidades,
con oleadas de argumentos,
y tormentas de reflexiones,
y una costa salvadora que siempre se busca
en el horizonte interminable de la profundidad que me envuelve.
Una costa que nunca llega.
Una tierra prometida que no aparece.
Mi isla profunda de agua y vida
me ahoga y me deriva.
Me lleva sola y a los otros.
Me llama y los llama como sirena.
Encanta el falo penetrante de la profundidad desconocida.
Puro labio que recibe y da.
Que te besa con las palabras que te hieren.
Creer que es una violencia femenina,
una violencia de transición,
de devenir,
evitable pero irresistible.
No soy su fuente sino su cuerpo.
Me llama en vos lo que de vos me llama.
Y la boca se abre,
Y las olas rompen,
Y el mar te traga.
En esta boca femenina.
de profundidades difíciles,
de caricias cálidas,
de preguntas necesarias,
de cuestiones irresolubles.
Un beso que es palabra y muerte.
Labios que son sed y vida.
Penetrando el mundo de lo profundo.

Donde pocos viven pero todos pertenecen.

Escribo entre dos mujeres

La noche antes de que Lupe se fuera a vivir a México le enseñé a mirar las estrellas. Desde sus primeros meses de vida hasta estos dos años-casi tres que tenía en febrero pasado, Lupe y yo creamos un vínculo íntimo. Este pequeño nuevo ritual –que no llegaría a ser ritual, dado que ahora nos sobrevendría una distancia- fue nuestra despedida momentánea.
La lleve aparte de la reunión familiar de despedida en la que estábamos, le dije “vení, tirate al piso”, el piso del pseudopatio del costado del fondo de la casa. Me tiré al piso, al lado de ella, y empecé a mostrarle, a señalarle las estrellas. Lupe siempre, desde bebé, amó la ostensión: desde ese primer ritual en el que la llevaba a ver los bichitos en el estante de la abuela Ñata y se los mostraba uno a uno, diciéndole qué eran, señalándolos rítmicamente con el dedo. En sus sucesivas repeticiones el ritual comenzó a incorporar la pregunta “¿este qué es?” de la tía antes de dar la respuesta. Respuesta que no llegaría nunca en forma de palabra adecuada, porque Lupe todavía no hablaba. Pero había algo que Lupe disfrutaba igual de que le diera la chance de recordarlo… quizás unos segunditos de intriga para su curiosidad temprana entre mi “qué es” y mi “este es un…”. Con las estrellas ya Lupe hablaba por lo cual el nuevo ritual-que-no-iba-a-ser mezcló ostensiones, relatos sobre estrellas, cavilaciones sobre brillos y distancias, e incluso chistes inconexos sobre quién se había hecho pis o caca. Así pasamos nuestra última noche juntas antes de su viaje: tiradas una al lado de la otra en el piso, disfrutando de estar juntas, mirando las estrellas, riendo de pavadas.
No pude evitar pensar qué recordaría Lupe de mí, de esa noche y de tantas cosas juntas. Cuánto recuerda una niña de su infancia, sabiendo yo del recuerdo difuso que tengo de la mía. Cuánto detalle en realidad es la pregunta… cuánto recordarás Lupe de la tía que en esos primeros años tuyos fui cuando tu conciencia y tu yo se formen, cuando los recuerdos empiecen a cristalizar, solidificar, en la forma de relatos.
Escribo entre dos mujeres porque mi impulso de escritura volvió, retornó, entre dos mujeres importantes de mi vida: Lupe, que nace y trae toda otra experiencia de sororidad asimétrica, de “ti-idad”, de intimidad de traducción entre un lenguaje incorporado-dominado y uno que aún no es. Y la abuela Susana, que empezó a irse y terminó de irse en septiembre de hace un par de años.
Fruto de esas condenas de la vejez a la mente, los últimos años de mi abuela fueron los años en que fue perdiendo su conciencia. Lentos, lentísimos años de irse yendo de a poco. Mi tía Analí decía que quizás era porque ella fue huérfana y padeció tanto que le faltara su madre, que le costaba tanto irse y dejar a sus hijos.
El punto es que los últimos años de la vida de mi querida abuela Susana fueron los años en que se desvaneció de a poco su conciencia. Y fue así que mi escritura retornada se encontró entre mi vivencia alegre de la conciencia en formación de Lupe y mi vivencia triste de la conciencia en deformación de la abuela Susana. Una mujer que nace y otra que muere. Una que todavía no es y otra que va ya no siendo. Reflejo azaroso y necesario de mi yo, siendo… muriendo a una mujer, naciendo a otra, y la escritura en el medio.
Cuánto recordarás de mí, abuela, pensaba yo cada vez que iba a visitarla… besándola, acariciándola, abrazándola como exigiendo que me recuerde, de prepo, demandante, reclamando que el íntimo vínculo nuestro siguiera mostrando su existencia aunque en un lenguaje nuevo, quebrado, adormilado, discontinuo, vacilante, confundido, ahuecado, pero aún ahí, aún vivo, en destellos de “te quiero” y “te extrañé”, y “hace mucho que no venías”, y tantas otras frases que me dijo no sabiendo yo si era realmente a mí que me las decía.
Recuerdo que cuando la abuela aún estaba bien muchas noches dormía con ella. Con la excusa de que no alcanzaban las camas cuando íbamos de visita terminábamos las dos en la suya, charlando horas antes de dormirnos.
Recuerdo una noche en particular, en la cama, juntas, a oscuras. Con el silencio de la casa de San Pedro rodeándonos como un gran abrazo que nos permitía la intimidad. La abuela en la cama con su nieta filósofa. Recuerdo la oscuridad de la noche y esa bella percepción de formas blanco-gris-negras que se tiene cuando se está en la oscuridad no del todo completa con los ojos abiertos. Recuerdo que la abuela, a mi lado, levantó los brazos hacia el techo, movía sus manos y se las miraba, una y otra vez, despacio, delicada, siempre delicada en sus movimientos, movía las manos y se las miraba mientras seguíamos charlando y en un momento, con mis ojos en sus manos danzando en la oscuridad, me pregunta: “¿Vos creés que hay algo después de la muerte?”. Fue una pregunta tranquila, honesta, curiosa, reflexiva. No recuerdo qué le contesté… recuerdo el placer de escucharla hacerme esa pregunta. Recuerdo el goce de escuchar a mi abuela muy religioso-católica enunciarle a su nieta filósofa con auténtica duda esa pregunta… recuerdo que la pregunta fue como el movimiento de sus manos: delicada, juguetona, seria y llena de vida todo a la vez.
Me preguntó eso mientras yo seguía dulcemente hipnotizada por las manos de mi abuela. Las mismas manos con las que escribía. Mi abuela, Susana, que escribía. Mi abuela escritora, escribiente en todas sus formas. Mi abuela con la que nos escribíamos cartas de Santos Lugares a San Pedro… no era que el teléfono no alcanzara ni que la distancia fuera tan enorme. Era un ritual, otro, íntimo, nuestro, de regalarnos una escritura, un trazo de nuestras manos, en un papel que habíamos tocado, un pedazo de nuestro pensamiento y nuestro amor, enviado en un sobre amoroso, con remitente y destinatario, y códigos postales, juguetonamente enviado por correo, por un rítmico envío de afecto epistolar.
La escritura era importante para mi abuela. Escribía por todos los rincones de la casa, entre quehacer y niño, entre tarea y visita. Escribía en unos cuadernos u hojas sueltas y después pasaba todo a un cuaderno más prolijo, con su hermosa letra. De más grande participó de concursos literarios y ganó algunos premios y menciones. Se atuvo al verso como deseo y prisión, pero luego experimentó con cuentos e inventó relatos tan realistas como poéticos.
Entre las anécdotas que fuimos compartiendo al borde de su cama en las distintas visitas a la abuela convaleciente, en que me cruzaba con tíos, tías, primos y primas, otra vez la tía Analí recordaba una decepción escritural de la abuela. Parece que para algún aniversario la abuela le escribió un texto al abuelo –hombre que amó más allá de la vida, último recuerdo del que se despidió su conciencia atada a él como a todo lo que importa-, lo puso en un sobre destinado a él y se lo dejó en algún mueble de la habitación para que se lo encontrara de sorpresa pero inevitablemente. Parece que el abuelo vio el sobre y lo desestimó. Parece que leyó el texto y no hizo comentarios. Parece, como sea, que mi abuelo no recepcionó el íntimo regalo escritural de la abuela. Y parece que para la abuela eso fue una decepción tremenda… que lo relataba como un dolor enorme… parece que al abuelo lo avergonzaba un tanto que su mujer escribiera.
La abuela tiene un cuento que se llama “Desafío”. Es un relato maravilloso. Cuenta la historia de una pareja que se pelea, que están en tensión por un profundo desacuerdo, del cual no se sabe nada hasta el final del cuento. La abuela crea un relato de la pareja en la cama, sin tocarse, cada cual repasando las razones por las cuales es el otro el equivocado. Luego viene el desafío de la mujer que hace a espaldas del marido lo que este no quería. El marido sospechando la persigue y descubre… descubre que actuaba como vedette en una casa de burlesque. El cuento termina ahí: en la concreción del desafío. Siempre me fascinó ese cuento porque mi abuela tradicional, conservadora, aristocrática de provincia de Buenos Aires, la que me retaba si decía una mala palabra y siempre pontificaba sobre moralidad, valores y don de buena gente, secretamente añoraba desafiar a su marido cual vedette escritural… salir ligera de ropas, salir casi desnuda, en esa desnudez de la escritura que por eso siempre es vergonzante y por eso también avergüenza a quien nos descubre desnudas y lo reprueba.
Y ahora la vergonzosa-deseosa-de-ser-vedete soy yo, que retorna a ese impulso que siempre tuvo de escritura, de escribiente, desnuda en el lenguaje, jugando con sus manos en un teclado, lúdico hacer que desafía tanto la moral como la muerte. ¿Habrá algo más allá de la muerte? Quizás sí, pero otra cosa. Dejar una escritura que nos sobreviva. Seguir latiendo en las letras.
En la desnudez moralmente mirada hay vergüenza… como en esa desnudez donde se mira la propia vagina y se entiende que eso que está ahí es algo que me define pero que hay que ocultar. Sin saber bien por qué ese lugar nunca es neutro y su visión incluso por una misma está vedada. Entre la desnudez, lo femenino, la escritura y la vergüenza encuentro, descifro, cómo mi vida ha estado marcada por las mujeres que he amado. No son los hombres, o “el hombre”, ese al que empecé a escribirle poemas románticos desde adolescente. No, son las mujeres, mis mujeres, esas con las que he hablado, esas con las que me he comunicado aún sin compartir la misma lengua, esas que han formado mi conciencia antes de que yo arribara al lenguaje. Mi vida, y por eso ahora mi escritura, ha estado marcada por ellas.
Quizás esa emancipación que con cada una de nosotras empieza siempre de nuevo alcance uno de sus puntos más interesantes cuando ya no se escribe ni para ni sobre algún hombre, sino para y con ellas, las otras como yo, las mujeres que han hecho en el silencio de su estar siempre presentes, las marcas verdaderas de mi existencia.
Nace una mujer, otra se muere, y yo retorno a la escritura. Ahora el género me acosa en la escritura. Redescubro mi escritura porque redescubro mi género, esa vagina simbólica y real con la que a lo largo de los años mi relación ha cambiado… la que ahora miro con tranquilidad, la que ahora disfruto con alegría.
Este texto surgió en la oscuridad. Una noche sola en mi cama se corta la luz. Para variar, yo, sin atisbos de dormirme. La oscuridad que rodeó a mi abuela y su pregunta por la vida más allá de la muerte me rodea ahora a mí, en esa muerte que es no tener luz para hacer y ver. Miro por la ventana de la habitación la tenue luz de la noche que entra y se enamora mi mente de esa oscuridad a medias y empieza a escribirla. Agarro el celular que aún tiene batería y anoto estas notas que surgen como música lejana en mi cabeza para no olvidarlas, para no perderlas, como nunca quise olvidar ni perder a mi abuela.
Escribo notas sobre escribir, y Lupe, y ser mujer, y la abuela… escribo una tras otra. Paro. Otra nota, sigo escribiendo, el conato de un texto que hoy finalmente escribo completo.
Un corte de luz que me ilumina. Una oscuridad en la que vuelve de otro modo la pregunta por el más allá de la muerte. Y la escritura que aparece como respuesta no proposicional, como no-repuesta en el lenguaje: como praxis de escritura, como acción contra el pasar del tiempo que se lleva de mí tanta vida y tanta muerte, tanta mujer envejecida.
¿Será que siempre se escribe a oscuras?

¿Será que escribir es otro modo del danzar de las manos en el aire de una noche en que una mujer se hace preguntas?

miércoles, 27 de abril de 2016

Algo muere dentro mío.

Algo muere dentro mío.
Donde antes había lágrimas y desesperación,
Novela,
Ahora hay nada.
Sensación de nada.
Sensación de lo muerto.
Muere dentro mío un interés,
Algo deja de interpelarme.
Antes había allí una mujer sufriente
dispuesta a la angustia y el llanto.
Ya no está allí. Ha muerto.
Cuando es evocada por un motivo externo,
Algo que antes hubiera atesorado
como preciosa razón de ser de su sufrir,
no hay nadie ya que responda ese llamado.
Hay el registro de una ausencia,
Que no es el registro de una falta.
Hay una desaparición,
Un ya no estar.
Una sensación de ante-tumba.
Y es por eso que ante esa mujer
interna muerta,
Siento la sensación
de que algo muere dentro mío.
Muere la potencia sufriente de ese motivo,
Muere el último estertor de mi habitual reacción.
Muere el impulso a resucitar a la mujer muerta.
Y se siente como una nada,
Como un no tener respuesta,
Un nada que decir.
Un silencio.
Un necesito no hablarte.
Un deseo de interlocución que se deshace.
Ya no soy esa,
Y por eso no tengo más palabras que dar.
Un silencio de lo muerto y la nada,
Un silencio de ya no estar en ese lugar.

Sin embargo, detecto en ese no-lugar un resto,
Algo que permanece como vestigio, huella,
Pero no hay ya potencia sufriente,
No es eso de lo que está hecha.
Es como una pequeña chispa,
Una chispa de vida,
Conato de potencia siempre presente.
Potencia que me une a esa mujer que fue.
Pero por ser potencia es poder ser otra cosa,
Aunque haya estado también antes,
detrás.
Potencia de vida.

Es que yo solo puedo ser vida.
Soy la hija de mi madre.
Madre-vida.
Yo solo puedo ser vida.
Sonrisa.
Alegría.
Vida.
Contra vos y tu muerte.
Vida.
Mientras otros miran todo pudrirse.
Vida.
Y sonrisa.
A pesar tuyo.
De vos y del mundo.
Solo puedo ser vida.
Perdón.
Perdón por mi alegría,
Por la obscenidad de mi entusiasmo.
Perdón por ser vida.
Es que yo,
Yo solo puedo ser energía,
Vida,
Movimiento,
Estirarse libidinalmente en el tiempo.
Fiesta de formas.
Forma festiva.
Cuerpo que baila,
Risa que canta.
Vida,
Siempre vida.
Perdón.
Yo solo puedo ser vida.

martes, 22 de marzo de 2016

Carta a mi analista

Para I. S.
¿Cómo se termina el análisis? ¿Cómo se puede pensar en un final para aquello que mostró ser una búsqueda de un yo, un traer a la palabra, al tiempo del análisis y el espacio de la sesión, algo que no estaba antes si bien tampoco diríamos que no estaba?
Mejor aún, ¿cómo se le escriba a la analista una carta, un texto personal, íntimo, sin poner en riesgo, sin transgredir el límite de la subjetividad de analista frente a mí, aunque también es subjetividad y punto, persona, cuerpo?
¿Cómo te hablo, I., hoy, que performamos –al menos por hoy- un fin de la terapia?
Si hay fin, hay límite. Y si hay límite, hay transgresión posible.
Quiero habitar por este rato, junto a vos, el límite y la transgresión, aquello que pude entender y hacer gracias a la terapia.
Quiero hablarte de las sensaciones en mi cuerpo ante el decir del fin de la terapia. Quiero hablar de mi tierna resistencia. Quiero hablarte de mi angustia fugaz. Quiero mostrarte cómo entendí que el fin que anunciaste había llegado cuando sentí que dijiste algo que las dos veníamos evitando, evadiendo, retrasando.
Quiero describirte la sensación de separarme de algo muy mío, con la simultánea conciencia de que llegó el momento y de que voy a extrañarlo: a extrañar-te. A extrañar-nos.
Quiero disfrutar alegre y casi pícaramente de transgredir el límite de la construcción analista-paciente que consiste en mantener separados y distinguidos dos cuerpos, uno frente al otro, para que la transferencia sea, transgredir para mostrarte cómo esa transferencia me ha enseñado a no temerle a la transgresión, a jugar con los límites, a no temerle al cuerpo, a borrar los límites entre mi cuerpo y todo ese yo que vine acá a buscar y construir.
Querría abrazarte muy fuerte, querida I., y darte la alegría de mi yo encontrada en el deseo de transgredir la separación que tuvimos que construir y que, como toda construcción limitante de los cuerpos, ha perdido ya su vigencia, se ha vuelto ficticia, imposible.
¿O no hemos sido cada vez más, en este lugar y tiempo nuestros, una y la misma mujer que se habla a sí misma?
Es justamente en este falso fin del análisis en el que se devela que lo terminamos una… ya no dos cuerpos distintos en oposición, como los primeros días, sino como un cuerpo doble, producto de haber buceado, con la excusa de que hablábamos de mí, nuestras más íntimas profundidades. Por eso, éste es un falso fin, porque mientras performamos la escena de una despedida más estamos inaugurando una marca permanente para ambas. Hoy algo se termina pero en el terminarse se muestra a las claras el hacerse de un lazo que será permanente: yo no seré más yo, la que vino hace siete años, de ahora en adelante. No hay verdadero fin del análisis porque su potencia poética recién empieza.
Vos me dejás ir sola a una vida que será posible porque estuvimos siete años reconfigurando el relato que la sostiene. Un relato que lo primero que sabe es que no es condena, ni clausura… sabe que es imaginario: hecho de mis palabras más mías y ajenas a la vez. Hecho de hechos revisables, reescribibles, dúctiles, en cierto grado, a la fuerza de mi deseo. Un relato que es menos estructura que parche, sutura imaginaria de una serialidad de los días y, a la vez, soga, cuerda, cuyos nudos hice y deshago gracias al hilo imaginario del que provienen.
Me voy con una concepción nueva del ser y del tiempo. Nueva para mí… distinta de la que traje… transmitida por vos: una luminosa comprensión de la contingencia, del azar y la apertura por definición de cualquier futuro real-posible –frente al futuro expectativa, que tanto puede pecar de temeroso como de ilusoriamente ilusionante. He aquí un verdadero don del análisis: la vivencia de la libertad al nivel del imaginario; la capacidad ejercitada y ahora desarrollada de mirar hacia adelante y verdaderamente ver poco, o casi nada… ver que no veo una imagen clara, sino una mezcla de deseos posibles y circunstancias esperadas, pero sabiendo que no están allí, ya, esperando. Y en ese saber, ser libre. Libre del peso de un ilusorio temor concreto que podría no ser; libre de una ilusión temerosa de fracasar,  cuando toda ilusión no es más que deseo ansioso, pero nunca realidad asegurada.
El don de la ceguera respecto del futuro que es apertura existencial a las múltiples reales posibilidades que puedo tanto desear, querer ver reales, como puedo poner entre paréntesis, sabiendo que para la realidad con mi solo deseo no alcanza. Y sin embargo, es esa deflación del poder ciego del deseo lo que mejor le viene a mi ser deseante. Otra liberación más: la de no culparme ya si con el deseo no alcanza. Ahora sé que como dueña de mi deseo solo soy dueña de la experiencia de mi dirección y mi potencia… pero después viene el mundo, el mundo y su materialidad; el mundo y sus otros-yo que pueden o no acompañar mi deseo… que pueden o no, no por mí, ni por mi culpa, sino por su propio lidiar con el relato que los hace, un relato otro, distinto, y que son el azar y las circunstancias los que los intersectan con el mío.
Por eso no hay lugar real para la tragedia. Porque ya no hay héroes o víctimas, sino un pequeño sabio reconocer que es en un frágil ahora, que se extiende esperanzado en el tiempo, en el que siempre me encuentro.
Hay más lugar para una comedia, que es reír irrespetuosamente frente a lo trágico y no reconciliación para con mis circunstancias. No, no se trata de aceptar que solo hay lo que hay: se trata de mirar detenidamente, estudiar lo que hay, descubrir donde estoy insuflando tragedia a lo que es dificultad o azar, y dejar de soplar para poder actuar.
Otro don del análisis: el de la risa contra uno mismo. La caída de un insufrible género de la seriedad sacra de la vida para encontrar liberadoramente lo menor, lo irrisorio, lo gracioso de todo drama. ¿Se ha tematizado suficientemente el valor curativo de la risa en el análisis? Nosotras, I., nos hemos reído realmente mucho: reírse en el trabajoso deshacer y rehacer de la neurosis. Don poderoso del análisis: faltarle el respeto a la propia neurosis: esa distancia crítica que el análisis permite y que la risa posible señala como distancia-desplazamiento, como distancia ya transitada.
No me alcanza el tiempo para terminar de decir, de escribir, todo lo que el análisis pudo conmigo, todo lo que me pasó en terapia, todo lo que juntas hicimos en mí, en estos siete años.
Y aunque la distancia analista-analizada ha impedido que yo te conozca como vos me conocés a mí, no por eso ha impedido que yo te conozca como desde mi lugar de activa paciente he podido. He recogido en silencio, con esmero pero sin apuro, con cuidado y sin invadirte, pequeños signos de quién sos. Te he escuchado filo-kirchnerista en algún comentario al pasar, entre un abrir y cerrar de puertas, antes siquiera de que “kirchnerismo” fuera para mí algo para tener en cuenta. Fuiste una de las primeras personas a través de las cuales alcancé una precaria conciencia frente a la posibilidad de identificación que en ese comentario al pasar me brindaste. Pude también percibir a través de tus palabras y algunos de tus escritos tu vigente y rabiosa decepción para con un Perón-Padre masacrando a sus hijos.
Pude verte como modelo de una actitud menos inhabilitante frente a las miserias del mundo académico que ahora, por ello, puedo elegir no elegir.
Pude verte padecer la muerte de (…)[1] el día que me pediste disculpas por cancelar una sesión y te sentiste en la necesidad de aclarar la razón tremenda que lo justificaba. Recuerdo que me lo contaste mientras te estabas aun acomodando en la silla para iniciar la sesión… que lo dijiste y te llevaste tu taza de té a la boca para tapar, probablemente, el gesto de dolor indisimulable que se desplazó como invasión incontrolable de lágrimas que controlaste al fin en tus ojos. Recuerdo no saber qué decir: ¿qué se le dice a la propia analista que cuenta que está padeciendo semejante pérdida?
Lo que en ese momento fue sentir que no podía ni decir ni hacer nada para consolarte como a un ser querido o una amiga que pierde a (…), ha esperado al día de hoy para ser un poder hacer: un efectuar esta transgresión de escribirle una íntima carta a mi analista. El abrazo que quise pero no pude darte ese día, I. querida, es hoy abrazo-carta, abrazo-palabra, abrazo-escritura, que elige este momento de interrupción de la terapia para volverse al final de estas líneas abrazo-cuerpo, abrazo-agradecimiento, abrazo-alegría por estos siete años de acompañarnos mutuamente en tu ser analista y mi ser analizada.
Gracias.
María Inés




[1] Preservo la intimidad de mi analista y de nuestro momento no mencionando la persona en cuestión.

viernes, 9 de octubre de 2015

Acompaña nuestra interlocución el crepitar

Acompaña nuestra interlocución el crepitar, la súbita combustión, de tantas teorías sobre la comunicación fallida, imposible.

Absorta escucho tu historia, tu voz en tu rostro hilvanando el relato de quién sos, de lo que has vivido, de una vida que es siempre, en mayor o menor medida, un combate contra la muerte.

Cenizas que se lleva el viento son las tesis y objeciones abstractas a esta vida de sonido y miradas que fluye entre nosotras, que nos recorta del mundo, del bar, del día.

Ese eterno transcurrir de una voz y una escucha en el que las horas no pasan sino que danzan… se olvidan su tarea y se detienen a celebrar este encuentro nuevo, milagro inmanente de la existencia.

Hacen las horas una ronda, juegan al pato-ñato, son horas-niñas que son solo juego, que se distraen, porque papá-Tiempo se ha dormido la siesta de nuestro diálogo.

La palabra es una arteria comunicante por donde me transfundís la sangre de tu pasado… y las horas-niñas juegan ahora a las escondidas porque se las ha relevado de su obligación cotidiana.

Es una escucha alternada pero también desordenada porque queremos contarnos tantos relatos que somos... se abren como flores al sol de esta iluminada interlocución profunda.

Danzan las horas sueltas y danzamos nosotras sin movernos de las sillas… como dos nenas que en el colegio se toman de la mano y corren cantando por el parque… ese horizonte terrenal de todo lo vivido, con toda la diversa vegetación de nuestros días.

Las nenas se cantan sus alegrías y sus tristezas. Todos esos estribillos que acompañan la música de lo que somos.

Y como a las nenas en un recreo infantil nos suena el timbre de lo ordinario, del “se hizo tarde” y “mañana hay que levantarse temprano”.

Caminar al colectivo juntas como última excusa para un rato más juntas, para compartir alguna graciosa complicidad-coincidencia más, hasta despedirnos en un abrazo fogoso, hecho de esas mismas brasas que hicieron crepitar -hasta que solo queden cenizas- tanta teoría que dice que esto, nuestra interlocución, nuestra danza, nuestra transfusión de existencia en palabras, no podía ser.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Por qué escribo en movimiento: breve e incompleto intento de autobiografía escritural


Escribo desde que tengo memoria (y capacidad de escribir).

Algún día escribiré el relato tierno de mis escrituras de infancia vinculadas al mundo escolar (creo que en un diario del colegio, en tercer grado, me publicaron un poema) o de mi adolescencia, relacionadas con el más edulcorado y tragicómico romanticismo de esos años (que debo reconocer que me acompañó hasta hace no muy poco… y debo reconocer que es en parte, inevitablemente, uno conmigo).

Pero después llegó la universidad y algo pasó por lo cual mi escritura existencial se anuló.

No puedo reconstruir si escribí de a poco cada vez menos o dejé de escribir totalmente. Lo más probable es que la tremenda desviación de libido que realicé en mis años de estudiante de filosofía hacia la lectura y la escritura “para la universidad” haya tenido bastante que ver.

Recuperé el impulso de escritura, creo, diez años después. No fue el puro extasiarse placentero el que me llevó a la escritura de nuevo sino todo lo contrario: una tremenda experiencia de frustración, de fracaso amoroso, me arrojó de nuevo a escribir.

Pero en realidad también fueron los veranos hermosos en Chile, en la casa de mis amigos, que fueron contrastantemente simultáneos a la crisis amorosa. Ya saliendo (huyendo) de ella, ruptura dolorosa con el pasado mediante, me surgió en el verano de 2011 el impulso de escribir un blog.[1] Surgió en mi tercer verano chileno, en el contexto de tener un espacio donde comunicar la experiencia de disfrute y reflexión que me generaba el feliz hábito de ir con mis amigos a un festival de teatro internacional en Santiago. Titulé el blog “Hechos consumados”, el título de una obra de Juan Radrigán que me impactó tanto que, luego de verla, corrí por las calles de Santiago a comprarme el texto… aunque debo reconocer que todavía no me senté a escribir al respecto -incluso me crucé años después por feliz suerte a Radrigán en un congreso de filosofía, le conté con lujo de detalles lo que había amado su obra y hasta me traje su email para escribirle… pero tampoco lo hice todavía.

Ese blog fue reuniendo mis reacciones escriturales a las obras que veía, primero. Y luego fue incorporando más de mi escritura o, mejor dicho, más de mi escritura más mías, más personal, más íntima, más desnuda.

“Lo trunco” reflejó el dolor de mi primer verdadero exilio amoroso (http://wwwhechosconsumados-lg.blogspot.com.ar/2011_07_01_archive.html).

“Crisis paradigmáticas”, refleja menos la ruptura con un amor que con una estructura superyoica de vida (http://wwwhechosconsumados-lg.blogspot.com.ar/2011_12_01_archive.html).

Luego vino otra interrupción. La tesis doctoral.

Del 2012 al 2013 la libido fue dirigida forzadamente a escribir un texto que me costó horrores. Todo ese tiempo de escribir esa tesis fue un padecimiento… pero escribiré en otro momento sobre esto. Fue en los últimos estertores de ese padecer la escritura forzada doctoral que me reconecté con mi escritura de nuevo. Varios factores se confabularon felizmente al respecto (aunque no todos ellos felices en sí).

En primer lugar, mi puja angustiada constante con la puta tesis, último tramo de mi análisis mediante, arrojó el nombre de mi angustia: mi temor, mi desconfianza, mi inseguridad ante la pregunta “¿tengo una voz propia?”, “¿tengo algo yo que decir?”.

Empezó  a estar claro que era eso lo que más me jodía -y que no era en esa tesis donde se resolvería… aunque claramente la tesis es esa pregunta: la pregunta por la propia historia, por las figuraciones que nos han hecho pero que podrían ser otras, por la escritura en voz media como modo de la autoconstitución una vez que vemos la duplicidad de ser de un modo pero poder ser de uno distinto. Pero también sobre esto ya escribiré en otro momento.

Dos cosas más sucedieron, eventos que me señalan que hay algo en mi re-construcción de mi identidad femenina íntimamente atado a mi escritura: la abuela Susana empezó a morir y nació Lupe. Sobre esto escribiré pronto un texto que se llamará algo así como “Mi escritura, entre dos mujeres”: una que me iba dejando lentamente (y dejando en mí su pasión escritural como herencia) y otra que me iba invadiendo también lentamente (constituyéndome en su tía de un modo muy peculiar).

Algo más pasó. Tuve la fortuna existencial de conocer personalmente al filósofo de la historia y crítico literario a cuya obra dediqué una década de investigación (y dos tesis): Hayden White. Un historiador devenido teórico de la narración, de la forma que Occidente piensa el conocer la historia, del lenguaje como recurso y sombra, límite, estructura. Nos conocimos en 2011 and it was love at first sight. Y en 2013 nos volvimos a ver. Leí frente a él una ponencia en la que pasaba revista a qué deseo emancipatorio suyo yo creía que había que proseguir y por qué ese deseo para mí conducía a pensar la íntima relación entre narración y género, entre estilo de relato y estilo corporal. Recibí de él lo mismo que hacía dos años venía recibiendo en nuestra comunicación epistolar-virtual: apoyo, entusiasmo, afecto, autorización. Y me traje toda esa habilitación de Brasil a Buenos Aires y el río de escritura que venía goteando junto con las lágrimas finales de la angustia de la escritura doctoral finalmente se abrió paso.

Armé otro blog, continuación con diferencia del primero. A este lo llamé “Barthesiana”. El Barthes que White y yo amamos. El Barthes que amo hace mucho. El que me dona -a través de mi trabajo sobre la obra de White- el conflicto entre la estructura y la escritura en voz media.

Los últimos meses de escritura doctoral y los últimos capítulos de tesis me vieron acompañar los últimos esfuerzos con nuevas primeras escrituras.

Textos sobre mi experiencia de ser tía de Lupe, de recibir a una nueva mujer en este mundo. Textos sobre encontrar la propia voz. Textos sobre eso que tengo con los que más amo y con lo que más amo y mueve toda mi existencia y mi escritura: la interlocución profunda.


Y es ese texto como clave de mi retorno a este impulso escritural permanente en mi vida el que me conduce al motivo por el que escribo este texto.

Este texto lo escribo en un tren desde Roma a Venecia. “La interlocución profunda” lo escribí (como tantos otros textos) entre el subte B y el tren Urquiza, volviendo de un día laboral de Buenos Aires capital a Sáenz Peña, Buenos Aires provincia.

Claramente si la escritura ha de contener claves bio-geo-gráficas, yo soy una escritora que va y viene, que está, entre la capital y la provincia.

Pero el punto al que iba todo este texto y el relato-con-texto en el que espontáneamente hoy lo enmarco, es a que yo me encuentro, en este momento de mi vida, no siempre pero muy frecuentemente como ahora, escribiendo en movimiento.

La frase es más poética que la realidad pedestre que quiero analizar: desde el retorno de mi escritura hasta ahora mismo, constato que mi impulso de escritura se satisface mejor cuando estoy en movimiento: en un tren (como ahora) o en un subte –en colectivo también pero menos: una herencia familiar de débil equilibrio me produce mareos en los colectivos y me dificulta escribir del mismo modo.

Ahora bien: no es el estar en movimiento en el tren lo que me permite tomar este cuaderno y escribir –este cuaderno bello pero algo caro que compré en otro viaje, en el gift shop de la catedral de Notre Dame, como un auto-regalo… un autoregalo que no me falló porque desde entonces he llenado sus páginas de esta nueva escritura. Lo que me permite tomar el cuaderno y escribir es que en realidad mientras viajo, mientras estoy en el tren en movimiento, estoy realmente quieta.

Las claves interpretativas están en el interjuego de “estar en movimiento” y “estar quieta” con el “me permite”.

Yo creo que lo que a mí me pasa es que no me termino de permitir escribir cuándo y dónde sea que lo desee, porque sigo siempre privilegiando –cual cobarde esclava- lo que “tengo que hacer”, las obligaciones, las tareas, el trabajo. Por eso, pudiendo elegir escribir todos los días o frecuentemente al menos, no lo hago porque pongo la cadena, el yugo, primero. “Me gustaría ahora escribir sobre X pero no puedo porque tengo que Y”.

Pero cuando estoy en movimiento como ahora, o como cuando frecuentemente estoy yendo a alguno de mis trabajos en subte y tren, ahí sí “se me permite” escribir: porque mientras estoy en tránsito ese tiempo está vedado a las obligaciones. Es un tiempo muerto para el trabajo y el deber. Y por eso se me vuelve un tiempo vivo para escribir.

Dice White, inspirado en Barthes, Lacan, el estructuralismo y demás, que el relato, la narración, escenifica el drama del conflicto entre el deseo y la ley. Nunca nada más cierto sobre la escritura (más o menos narrativa) de esta que desea temerosa-cobardemente ser escritora.

No puedo aún escapar a la ley, al super yo profesional-laboral que todo el tiempo me señala que le debo todo mi tiempo. Y por eso no “me doy” el tiempo deseado para mi escritura. Y por eso cuando el tiempo-para-el-trabajo está suspendido porque estoy-en-movimiento, en-tránsito, de casa al trabajo o viceversa, el tiempo “se me da”, el estar en movimiento “me permite” tomar cuaderno, lapicera y vivir ese orgásmico suspenderse del tiempo-lineal para escribir.

Escribir “me suspende”. Escribir deshace mi angustia… del tipo que sea. A veces incluso se siente la excitación de la transgresión, del pecado para un cuerpo cristiano.

Cuando escribo ya no voy a ningún lado. Se suspende la demanda teleológica y yo soy sola, ahora, esta actividad.

Un “escribo, luego existo”.

Elegí este viaje a Europa que me permitió una obligación laboral (viajar a Atenas a un congreso) con la fantasía de que fuera un viaje para escribir. Recién ahora, tres semanas después, lo es. Y las semanas anteriores estuve entre el trabajo del viaje, el trabajo que me traje al viaje, el conocer bellos lugares añorados y una angustia-gris-tristeza de fondo que hasta ahora me ha acompañado.

Creo que es la gris-tristeza de aún solo animarme a, poder, escribir cuando un juego de factores externos “me lo permite”. Ese resto de obediencia neurótico-masoquista a la ley en mí del que siento que una total emancipación no llegará jamás.

El apego a las cadenas que son las aprobaciones en los rostros de los demás.

Ahora, en este tren, en este momento de feliz suspenso de líneas de tiempo, de leyes, de destinos y estructuras pienso que quizás eso sea el tipo de escritura del que seré capaz –y de ahí mi continua fascinación con el carácter condicionante-habilitante, sujetante-subjetivante, de la narración.

Quizás yo solo pueda dar en la escritura distintas y variadas formas de la escenificación de mi conflicto, mi drama, entre mi deseo y mi ley.

Quizás mi arrojo, mi valentía, mi voz, solo pueda ser la de escribir y exhibir el vergonzoso núcleo (¿cobarde?) con el que lucha siempre mi potencia de ser… y de escribir.





[1] Anterior a este y linkeado en el primer posteo del actual: http://barthesiana.blogspot.com.ar/2013/11/como-quiero-escribir.html