miércoles, 20 de junio de 2018

El hogar enemigo

Cuando me separé de mi segunda pareja fue la primera vez que me separé de una convivencia.

Esa primera convivencia en un departamento alquilado también había sido el primer lugar en el que viví luego de vivir toda la vida en la casa de mis padres. De hecho, el proyecto original mío había sido irme a vivir sola, algo que siempre había deseado siendo yo alguien que tiene un particular romance con su deseo de libertad, emancipación, cuarto propio, desde que tengo memoria. Pero en el medio de ese proyecto apareció el amor, el amor propuso irnos a vivir juntos y yo al amor le hago caso bastante seguido.

Un año después de vivir juntos, dos después de habernos enamorado, nos separamos. La decisión fue que él se fuera a vivir de nuevo con su madre, a unas cuadras del departamento y que yo me quedara. Yo quería quedarme porque ese lugar había sido para mí el lugar de mi independencia, más allá de la convivencia con mi ex pareja. Había yo desarrollado, cultivado una relación amorosa con mi departamento: era un dos ambientes amplio, con un living que terminaba en un balcón a la calle (cosa que siempre había deseado), hermosamente luminoso, en el cual tenía mi escritorio, mi primer escritorio de emancipada-filósofa-investigadora-por-momentos-tímida-escritora. Como mi ex tenía horario de oficina, desde la mañana hasta las seis de la tarde, el espacio del departamento era todo mío. Así nos enamoramos, el departamento, el balcón, mi soledad feliz y yo. Por eso, porque yo había hecho un vínculo precioso con ese lugar, mis espacios, mis tiempos, mi barrio y mis rutinas, quedarme en el departamento que habíamos alquilado juntos era para mí lo mejor.

Él se fue y con su irse se terminó (aunque en cuotas) la relación. Pero antes que la relación, se terminó el malestar, ese tremendo malestar de una pareja que se rompe pero sigue conviviendo. Por eso en el primer tiempo llegó la tranquilidad, la calma, el fin de la angustia de la indecisión del nos-separamos-sí/nos-separamos-no. Hay un modo de la angustia que se termina cuando algo se decidió, aunque la decisión sea la más difícil, la más terminante, la del fin al final.

Yo me quedé en el departamento de la ilusión de la vida feliz juntos con la ilusión quebrada. Pero, nuevamente, al principio era liberador, era “ya está”. Y como mi primer cuarto propio y yo no solo no habíamos disminuido nuestro romance sino que claramente nos habíamos comprometido, nos habíamos casado, celebrado nuestras bodas de esposo-hogar-propio y esposa-mujer-emancipada, en ese principio de la calma de la decisión por fin tomada, nuestro affair fue total.

De hecho, cuando mi pareja me había propuesto que lo espere un par de meses y en vez de irme a vivir sola nos fuéramos juntos, yo dudé porque siempre había soñado con vivir sola un tiempo. Igual opté por probar la vida con él teniendo en mente un sabio consejo: “Mirá, después si te separás, vas a poder vivir sola. Si sale bien, salió bien. Si no, podrás tener tu experiencia sola. Así que no te preocupes.” Y así fue: no me fui a vivir sola pero me quedé viviendo sola y, optimismo de acero característico mío mediante, lo viví así, “ahora, sí, esto también es algo que yo quería.”

El affair con mi cuarto propio y mi barrio por elección continuó… acompañó muy bien los primeros tiempos de llanto y dolor que aún quedaban, claro está. Pero mi departamento me acompañaba como proponiéndome una nueva aventura, un nuevo proyecto, una nueva experiencia que se paría de una cierta muerte. El cuarto propio que te vuelve Ave Fénix: resurgida de las cenizas de la crisis, empoderada, heroína de la soledad elegida. Mis rutinas, mis horarios, mis tareas, mis momentos, mis visitas, todo era parte de este mi amor-refugio, mi affair-departamento, mi compañero-hogar.

Pero un día me desperté y mi hogar se había vuelto enemigo. Recuerdo vívidamente la sensación: estaba en la cama, abrí los ojos, miré la habitación, la puerta que daba al living y de pronto se alteró mi percepción… el departamento me miraba con otra cara, o me daba vuelta la cara… algo había cambiado y estaba sin embargo todo igual, tal cual.

Una angustia tremenda se apoderó a través de esa percepción de mi cuerpo… no sé si me entró por los ojos o me salió de adentro… como sea, me invadió. Una sensación de extrañamiento… una insoportable tristeza-soledad.

“¿Por qué me hacés esto?” me hubiera gustado preguntarle a mi hogar-ahora-enemigo… pero creo que estuve lejos de poder formular preguntas, en silencio, obturada en toda comunicación, en todo posible monólogo por ese invierno que me invadió por dentro.

El hogar se volvía desierto.

Arrasado, todas sus flores muertas, seca la tierra del paisaje… las paredes blancas que eran espejos alegres de luz se volvían fríos azulejos de morgue.

Y nada había cambiado. Nada nuevo había pasado. Veníamos de meses de optimista-heroico affair… “vivo sola, me encanta mi departamento, me enamora e inspira la luz del balcón, qué lindo mi barrio, yo quería esto…” y ahora, la traición. Y ahora, me abandonaba. Ahora que tanto lo necesitaba.

Ese día entendí –y lamentablemente hace poco reviví ese pesado ciclo- que la liberación de la angustia ante la crisis sostenida, la concreción del final que venía a terminar con tanta desesperación por la duda y la indecisión, que toda esa radiante calma de la decisión difícil tomada, era solo una pequeña paz después de una tormenta, que me había dado un breve tiempo de navegación plácida, para dar paso a una nueva… más que una tormenta, una lluvia copiosa, sostenida, insistente, monótona, interminable: la lluvia de la tristeza, el líquido asfixiante del duelo. Hogar enemigo que me hiciste creer que nuestro romance no sufriría crisis, que la felicidad fantasma del amor trunco que te habitaba iba a ser reemplazada por otra, la nuestra y propia, la felicidad de una soledad elegida que ahora entendía que no era tan voluntaria, que no era tan opción, que también era destierro, invierno de los recuerdos que se marchitan quemando tus ojos, tu carne en el deshidratarse, oxidarse a tu alrededor sin descanso.

Recuerdo que trabajaba en mi escritorio celebrando los momentos de concentración, de inspiración, de disfrute, porque era oasis profesional, remanso en la alienación laboral. Pero también recuerdo esas horas en que nada pasaba, ninguna libido escritural podía sacarme del pozo de la nihilidad del mundo hogareño y recuerdo haber descubierto un truco contra el duelo: salir a caminar. Cuando la tristeza me desesperaba –¡qué tremendamente inútil que es el sentimiento de tristeza… no sirve para nada de nada!- de pronto venía a mí la estrategia corporal a salvarme: me ponía las zapatillas, agarraba solo el mp3 y las llaves, y me iba a caminar por horas… recorría el barrio buscando llegar a sus plazas, siguiendo el sendero de endorfinas que se despiertan y alborotan hasta llegar al lago que está al fondo de Olleros y Libertador… y recuerdo también que a los quince-veinte minutos ya había funcionado el truco: los oídos acallados por la música que los distraía, la mirada exploradora-perdida en caras, lugares, esquinas, calles, las piernas internamente cálidas, el corazón palpitante, los pulmones que bailaban la rítmica danza del sostenido paso y entonces yo, si no rescatada del secuestro del duelo, al menos semirecuperada, pudiendo respirar de nuevo un aire de afuera del hogar enemigo, de un mundo más grande que el de mi propia angustia, de una vida que continúa para todos y entonces, quizás, para mí también… muchas caminatas más mediante.

Así fue la pelea que dí al 2010-año-gris… y eventualmente, entre el tiempo, la caminata, el optimismo obstinado, el deseo de vida, la escritura y mi cuerpo, salimos adelante.

El hogar enemigo se reconcilió conmigo… quizás se asustó de tanto que me iba y lo dejaba con la discusión a medio terminar, con el reproche al que ya no prestaba oídos, con sus fantasmas acosadores ninguneados, con sus rincones traicioneros de pasado desestimados. En algún punto nos enamoramos de nuevo. De algún modo reconstruimos el amor que nos teníamos, ahora sobre bases menos ilusoriamente firmes pero deseantes.

Pero nunca más fuimos los mismos: ni él, hogar propio, devenido enemigo y luego propio-herido-retornado, ni yo, la que no puede vivir sin caminar, sin escribir, sin huir cada tanto de la tristeza inútil de los amores pasados y las ilusiones muertas que la habitan vaya a donde vaya.

jueves, 14 de junio de 2018

Optimismo Feminista


Luis Zamora decía hoy en c5n que “Si el pueblo hiciera lo que hicieron con esta lucha las mujeres, podríamos cambiar el mundo.”
Yo con dar pelea en la situación argentina actual de retorno de políticas de ajuste, me conformo –aunque a América Latina la quiero toda feminista, claro!!
Esto me hizo pensar en que en el año 2015 me invitaron a participar de un libro-homenaje a “Los cuatro peronismos” de Alejandro Horowicz, a 30 años de su publicación. Escribí un texto que se llama “¿Qué se le puede pedir a un relato histórico?” y concluí de mi lectura de su obra que la aparición de “Ni una menos” daba la chance de renarrarnos, de reimaginar nuestra subjetividad política. Aún no había ganado Macri las elecciones cuando el texto fue a imprenta y luego, con lo que se vino, me sentí un poco estúpida con mi optimismo feminista de ese texto.
Sin embargo hoy, siento que ese optimismo era acertado. No será casual que haya aparecido en ese texto “La colonia penitenciaria” de Kafka y no parece casual que hoy sea el día en que empezamos a dejar de aceptar que se inscriba el control de poder en nuestros cuerpos gracias a la media sanción del Aborto Legal, Seguro y Gratuito en Diputados.
Les comparto el análisis final que hice de ese relato en potencia que quizás hoy más que nunca sea un relato posible:

“Si propongo rechazar nuestra auto-percepción como sociedad trágica no quiero con esto recaer en una romanticización absurda o peor, peligrosa, sino recuperar la esperanza en un futuro mejor como herramienta para la orientación de un proyecto político desde una mirada del pasado que lo resignifique a la luz de las nuevas posibilidades enunciativas (aunque se trate de una tarea atravesada por la complejidad de la producción y circulación de toda enunciación en nuestro momento presente). Pero quizás lo que presenté como un gesto de despedida sería mejor entendido como un gesto de relevo: Horowicz, el gran narrador crítico del peronismo, nos dona en ese epílogo de hace diez años las tareas que la producción intelectual-humanista de mi generación podría elegir asumir: reconfigurar un nuevo relato que desplace nuestra autopercepción histórica en el modo de la tragedia sin negar ni desconocer el pasado, sino recontextualizándolo a la luz de las posibilidades presentes. Tarea que se enfrenta con el desafío de una nueva posibilidad de transformación –no necesariamente positiva- del peronismo en tanto este año se plantea la posibilidad de que el ciclo kirchnerista llegue a su fin.
Mi homenaje a los treinta años de Los cuatro peronismos es entonces identificar en este aniversario la posibilidad de tomar la posta de la generación devastada de la que su autor proviene. Por eso considero que podemos apostar a que nuestra tarea no sea ya la del registro de la impotencia sino la de imaginar nuevas potencialidades –por ejemplo, la potencia de des-inscribir de nuestros cuerpos el relato del terror, posibilidad que nos es dada por el carácter literalmente distinto de nuestros cuerpos nacidos en democracia.
Para comenzar a pensar cómo podríamos asumir como nueva generación esta tarea que se nos lega quisiera retomar la cita de Alejandro de “En la colonia penitenciaria”. Ese genial relato kafkiano se adelanta figurativamente a un tópico ineludible de las humanidades del siglo XX: la relación entre discurso, poder, disciplinamiento, cuerpo y subjetividad. Ese “aparato muy peculiar” que inscribe en el cuerpo de los condenados la norma transgredida hasta matarlos es una metáfora demasiado realista del modo en que se ejerce el poder disciplinador. Y más dolorosamente realista aún cuando vemos lo acertado del recurso a Kafka por parte de Alejandro para graficar las nefastas consecuencias de nuestro terrorismo de estado. Ahora bien, Alejandro recurre a la imagen de la maquinaria pero la metáfora kafkiana se inserta en un relato: el de un viajero que es convocado como veedor de ese método de castigo en el momento en que la autoridad responsable de crearlo, “el anterior comandante”, ha muerto y la nueva autoridad que lo reemplaza cuestiona su legitimidad. El oficial que le muestra y describe orgullosamente la maquinaria condenatoria que él administra comunica al viajero su temor de que, muerto el anterior comandante, el nuevo comandante parece determinado a deshacerse del aparato y su modo de castigar. Por eso Kafka deja la descripción de la maquinaria en boca del oficial que no solo ensalza el castigo que permite sino que argumenta en su favor frente al viajero-veedor para convencerlo de que defienda su continuidad frente al nuevo comandante, que tiene distintas ideas sobre cómo impartir justicia y está particularmente “mal influenciado”, como veremos. Vale la pena citar un breve momento del monólogo del oficial en defensa de su tarea:

Este procedimiento y esta ejecución que ahora tiene usted ocasión de admirar no cuentan actualmente en nuestra colonia con ningún partidario declarado. Yo soy su único defensor, y al mismo tiempo, el único defensor de la herencia del antiguo comandante. Ya no puedo pensar en una ulterior ampliación del procedimiento, y consumo todas mis fuerzas en conservar lo existente. Cuando vivía el antiguo comandante, la colonia estaba llena de seguidores suyos; la fuerza persuasiva del antiguo comandante la poseo yo en parte, pero carezco totalmente de su poder; por eso se han ocultado los seguidores: aún quedan muchos, pero ninguno lo admite. Si hoy, día de ejecución, entra usted en la casa de té con el oído atento, quizá solo escuche declaraciones ambiguas. Son todos partidarios, pero no me sirven absolutamente de nada con los puntos de vista del actual comandante. Y ahora le pregunto: ¿es dable que la obra de toda una vida” –y señaló la máquina- “se pierda por culpa de este comandante y de las mujeres por las que se deja influir?”[1]

El oficial teme la influencia de esas mujeres que rodean al nuevo comandante porque sabe que intentan convencerlo de lo inhumano del procedimiento –así como las critica con rabia por darles dulces en la cena previa a su ejecución a los condenados. Pero, ¿para qué recuerdo el contexto narrativo del texto de Kafka al que aludía Alejandro? Porque considero que ilustra muy bien los efectos de la distancia temporal transcurrida entre 1985 y 2015. Los viejos comandantes van muriendo y con ellos la legitimidad de sus métodos, aun cuando tengan secretos partidarios, ha quedado en el pasado tras treinta años de vida democrática. Esta distancia temporal es hoy la que reclama un relato que haga de la derrota del pasado lo que no estamos dispuestos a volver a aceptar. Ese consenso social ganado es un precioso piso donde sostener toda construcción de subjetividad.
Pero en realidad lo que también me parece crucial del relato kafkiano es el rol de las mujeres cuya “mala” influencia socava la continuidad de la maquinaria condenatoria. Si hemos de producir un nuevo relato que re-trame desde el 2015 el horizonte de posibilidades de la subjetividad que buscamos constituir el eje de lo femenino debe adquirir un protagonismo claro. No se trata solo de que el relato reconozca el rol ineludible de las mujeres en estos treinta años de democracia (y antes, también). Se trata de una tarea reflexiva aún más profunda y por eso re-constituyente de la idea misma de subjetividad que informa nuestros modos familiares de tramar. No es lo femenino en tanto “mujer” como distinto de “hombre” sino en el sentido en que se ha relegado bajo tal designación todo lo repudiado como diferente-inferior. Demasiada deuda hay en el romance y la tragedia con la figura del héroe como modelo de agente histórico, con su vocabulario machistamente cargado de luchas, batallas, triunfos y derrotas. Si hemos de alumbrar un nuevo relato y un nuevo proyecto el modo de lo femenino puede ser una buena lámpara. Después de todo, la década pasada ha sido la de la presidencia en manos de una mujer y la del festival obsceno de la misoginia disfrazada de supuesto debate político. Ha sido a la vez la década de la Ley de Matrimonio Igualitario y de Identidad de Género. ¿Qué hechos históricos más necesitamos para asumir en serio una reconceptualización de nosotr@s mismos?
En un evento dedicado a pensar la experiencia de la guerra de Malvinas escuché a Carlos Gamerro reflexionar críticamente sobre el común vocabulario heroico que derecha e izquierda, militares y civiles comparten y sostienen en muchos modos de relatar la guerra. Comentaba cómo el coraje físico ensalzado por una ética exclusivamente viril iba muy bien con la cultura machista, misógina y homofóbica y su desprecio de los débiles –en lugar de la preocupación por su protección. Y finalmente Gamerro sostenía que era tan anacrónico como injusto en nuestra sociedad seguir reduciendo el heroísmo al valor en combate ya que “el paradigma de la valentía ha pasado de militares a civiles y de hombres a mujeres y reside hoy, sin duda alguna, en las Madres de Plaza de Mayo” (y creo que sin problemas podríamos agregar, y en las Abuelas).[2]
Si a las figuras femeninas mencionadas sumamos el recuerdo de la fuerte, amplia y contundente movilización que logró la convocatoria del colectivo de periodistas, artistas y activistas “Ni una menos” en junio pasado, entonces quizás podamos ir direccionando el tipo de reelaboración reflexiva que requiere la construcción de un nuevo relato. En su página web, el colectivo se autodefine del siguiente modo:

“Ni una menos es un grito colectivo contra la violencia machista. Surgió de la necesidad de decir “basta de femicidios”, porque en Argentina cada 30 horas asesinan a una mujer sólo por ser mujer. La convocatoria nació de un grupo de periodistas, activistas, artistas, pero creció cuando la sociedad la hizo suya y la convirtió en una campaña colectiva. A Ni Una Menos se sumaron a miles de personas, cientos de organizaciones en todo el país, escuelas, militantes de todos los partidos políticos. Porque el pedido es urgente y el cambio es posible, Ni Una Menos se instaló en la agenda pública y política. El 3 de junio de 2015, en la Plaza del Congreso, en Buenos Aires y en cientos de plazas de toda Argentina una multitud de voces, identidades y banderas demostraron que Ni Una Menos no es el fin de nada sino el comienzo de un camino nuevo.”[3]

Alejandro señalaba, reflexionando sobre la crisis del 2001, la necesidad de nuevas consignas y nuevo valores. Ni Una Menos nos ofrece un caso reciente en el que se alumbra un camino nuevo, pero que tiene en los últimos diez años otros aconteceres con los que ser incorporado a un mismo relato: ¿qué mejor oportunidad para abandonar la derrota y la mudez en busca de construir una nueva subjetividad que la que se abre con un grito colectivo contra la violencia machista?
Para un camino nuevo necesitamos un nuevo mapa, uno en el que las líneas que tracemos de pasado a futuro atraviesen este presente de oportunidad para re-narrarnos, para metabolizar el miedo, para auto-constituir nuestros cuerpos con el horizonte de expectativas iluminado no por el registro de la impotencia y la derrota –aunque sean parte innegable de lo que fue- sino por las potencialidades invisibilizadas que todo lo marginado y repudiado contiene y que parecen hoy señalar el rumbo de una subjetividad que vale la pena intentar construir."




[1] Kafka, Franz, Ante la ley, Debolsillo, Buenos Aires, 2014, p. 146.
[2] Quiero agradecer a Carlos Gamerro que me haya permitido leer la versión inédita del texto “Héroes de Malvinas” que presentó en el evento “Historia, arte, política y memoria, a 30 años de la Guerra de Malvinas” organizado por la Universidad Nacional de Tres de Febrero los días 18 a 20 de abril de 2012 en el Palais de Glace, evento del que participaron investigadores del campo de la historia, la antropología y la filosofía, junto con excombatientes, artistas, periodistas y militantes de derechos humanos.  Este texto será parte próximamente de una publicación que reúne los trabajos presentados en el evento bajo la compilación de Verónica Tozzi y Gustavo Castagnola. 
[3] El texto puede leerse en la pestaña “Qué es Ni Una Menos” en la página web: http://niunamenos.com.ar/

miércoles, 28 de febrero de 2018

La comunidad de lxs que bailan

Estoy en la mitad de mi jornada laboral docente-investigadora-coordinadora-académica y como suele sucederme se contractura mi espalda… es una contractura conocida, un retorcimiento de ansiedad por las tareas pendientes, por las cuestiones hogareñas por resolver, etc, etc. Descanso en el sillón un poco, pero no me calma. Entonces decido retomar un ritual nuevo de este año: poner música y ducharme para bajar un poco, calmar el cuerpo, cortar para seguir laburando.

Me ducho tranquila, me lavo el pelo despacio, salgo de la ducha, me seco y seco mi pelo… y de repente, aún felizmente desnuda, suena “Lose yourself to dance” de Daft Punk y decido, elijo de nuevo, otro ritual reciente: bailar en mi casa.

Voy a la habitación contenta, sonriendo por dentro y por fuera por darme esta simple rebeldía: bailar sola, desnuda, en casa… si alguien me viera qué pensaría, no me importa. Muevo la cabeza, la cadera, estiro mis brazos al techo-cielo y me conecto con aquellxs a quienes pertenezco: la comunidad de lxs que bailan, esa tribu de lxs que no podemos vivir la vida sin danzarla, sin mover el cuerpo al ritmo que se ofrece, a la música que nos abraza.

Rezo el rezo de la comunidad de lxs que bailan, que no tiene versos, no tiene estrofas necesarias… se mueve el cuerpo y canta siendo toda una boca que me atrapa. Recuerdo bailar esta canción con las personas que amo, recuerdo moverme sola y acompañada, individualizada y nihilizada en tantos rituales de la comunidad que baila… esa que he formado con amores y amigxs, esa que me conecta con conocidxs y desconocidxs, esa en que te cruzás miradas, te sonreís y seguís bailando, que es todo lo que importa, que no requiere palabra, pero comunica los cuerpos profundamente, comunica esta carne que se reclama en la danza, el ritual, el erotismo, la alegría, la entrega, la musicalidad corpórea de los momentos suspendidos, del tiempo que no pasa porque baila con vos… sí, el tiempo a veces también descansa y baila.

Y mientras bailo se enciende la escritura en mi cuerpo. Los brazos que se estiran terminan en dedos que reclaman un teclado… para hablar de esta experiencia comunitaria… de esta vivencia que a tantxs nos atraviesa, tengamos o no las palabras para nombrarla, culminar el gesto corporal con el gesto significante (como decía mi querido Merleau Ponty).

Y pienso que hace rato que no escribía… pienso que escribo cuando mi cuerpo se enciende: descansa, se desnuda de todo lo denso de lo laboral-cotidiano, respira y baila.

Aristóteles hablaba de la conexión a un intelecto agente… yo, en cambio, me conecto a un intelecto danzante. No es una entidad suprasensible ni formal: es esa energía erótica que recorre tantos cuerpos que en algún lado, conmigo, como yo, en el mundo, ahora están bailando.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Juani y la bomba de papel

Hace poco más de un mes visité a mi hermano Juan y su familia en México. Como quienes me conocen saben, mi hermano se mudó hace un tiempo por motivos de trabajo y yo los extraño absolutamente. Pero en esta experiencia inesperada de la vida que es tener a un hermano, una cuñada-hermana y sobrinos viviendo en otro país, también aparece la novedad del reencuentro fraterno y sobrinezco.

Uno de mis días de visita fui con Juani, Lupe y su mamá, Debo, a comprarle un regalo a cada uno al Liverpool de Polanco. Juani aprendió a renunciar a comprarse un juego para la play carísimo, que duplicaba el presupuesto que había establecido la tía y eligió un lego. Lupe, luego de estudiar detenidamente durante cuarenta minutos cada uno de los juguetes que había en las góndolas –sentenciando a la salida del mall que “Vengo al Liverpool y quiero llevarme todo”- se compró una familia de ositos.

Llegados al departamento de nuevo, Juani inmediatamente se puso a armar el lego. Este bombonazo de siete años con total independencia y práctica tomó las instrucciones de armado y empezó a seguirlas religiosamente. Mientras tanto, papá, mamá y la tía se preparaban para una merecida salida sin niños por la noche de restaurants y bares newyorcezcos del barrio. Lupe y Juani hicieron sentir sus quejas de que salíamos sin ellos. Y nosotros seguimos con nuestros planes, con nuestro momento solos que necesitábamos, y educando a los enanos en la libertad, tiempo y espacio propio que se merecen también los mayores.

La noche de cena fue maravillosa: feliz, íntima, a pura charla, reflexión y chiste, con riquísimos vinos y deliciosa comida española… nos quedamos horas disfrutando nuestro reencuentro adulto, como se disfruta a un hermano y una hermana que tanto se aman y tanto se extrañan, y con quienes hemos compartido décadas juntos. Quizás la distancia, en lo que duele, también depare estos hallazgos: tener poco tiempo y entonces disfrutarlo, entregarnos a él al máximo.

Volvimos al departamento a la madrugada, felices y algo borrachos, debo confesar. La tía Mary llegó como pudo con su leve a moderado mareo a la cama y se desmayó.

Me habré quedado dormida entre las dos y tres de la mañana y a las seis y media, Juani me despierta. Como se levanta todos los días a esa hora, el sábado también se despierta temprano. Se acostumbró a hacerse el desayuno y ver la tele, jugar a la play, jugar a los tiros contra enemigos imaginarios y/o, como sucedió cuando lo visité en enero, rapear a solas en el living de la casa para arrancar la mañana. Pero esta vez, la tía estaba de visita y Juani no dudó en cuál era su plan: levantar a la tía para que lo ayude a armar el lego. La tía, despertada pero aún mareada –probablemente deshidratada también-, se debatió entre dos intensas emociones: estar conmovida por el amor del sobrino que no puede esperar a pasar tiempo con ella y estar destruida por la noche de generosos alcoholes. Como pude, atiné a explicarle a Juan que no había dormido mucho, que me dolía la cabeza, que necesitaba dormir un poco más. Juani preguntó: “¿cuánto más?” La tía atinó a decir: “un rato, unas horas”. Juani se indignó. Se tiró arriba mío, mitad abrazándome, mitad aplastándome y presentó su argumento fervoroso y convencido de que yo tenía que levantarme a ayudarlo porque el lego llevaba mucho tiempo armarlo y si no, no iba a poder tenerlo terminado a tiempo para que jugáramos con él (la tía volvía a Argentina el día siguiente). Que no quería estar solito, que quería que lo acompañe.


La tía leía –con sus facultades mentales disminuidas pero su amor por su sobrino nunca más despierto- la demanda amorosa de Juani. Le dije “dame un ratito que ya me levanto”. Se tranquilizó, fue a su placard a buscar la ropa para vestirse y yo entredormida me moría de amor de ver a este bebote hermoso ya con siete años eligiéndose el pantaloncito y vistiéndose solo. Se fue de la habitación y dije “ya voy”.

Me levanté como pude. Un tanto encorvada del sueño y dolor de cabeza llegué a la silla al lado de la de Juani en la mesa del living. Le dije que tenía frío así que me trajo una manta y me tapó para que estuviera más cómoda. Mi cuerpo estallaba de amor mientras intentaba con el estallido sostenerse con el sueño que me invadía. Nos pusimos a armar juntos el lego, no sin cierto conflicto por las partes que iba o no iban, o porque le quise arreglar una parte y se desarmó otra, pero con conflicto y todo, terminamos la isla que estábamos armando. Serían las siete y algo de la mañana y por dentro dije “listo, ahora puedo dormir un poco más”. Ya le había adelantado a Juani que la tía se levantaba un ratito y después volvía a la cama porque tenía que descansar porque le dolía mucho la cabeza. Cuando la isla estuvo lista y festejamos el triunfo, inicié el proceso de transición a la cama con frases como “bueno, Juani, la tía te ayudó, ahora se va a la cama”, proceso que fue respondido por un Juani que se me tira encima de nuevo y me dice: “No tía, no te vayas, haceme compañía, no quiero estar solito.” La tía, conmovida hasta la médula pero mareada hasta el mismo órgano volvió a afirmar su necesidad de descansar en tono firme pero comprensivo, prometiendo seguir jugando cuando hubiera descansado. Juani insistió y arrojó su mejor argumento: “falta la otra parte de la isla, tía!” El lego armado era solo la mitad de todo lo que había que armar. La tía entró en pánico. Pero el sueño fue más fuerte: “Juani, lo armamos después. Empezá y después te ayudo. ¿En qué habíamos quedado? Te dije que te ayudaba un rato pero después tenía que descansar porque no dormí y me siento mal…” Bla bla bla la tía se impuso con tierna firmeza y se fue, convencida, a la cama.

Menos de veinte minutos después, Juani entra en la habitación de nuevo: “Tía, ¿ya dormiste?”. La tía experimenta un torbellino de ternura, amor, risa, furia y cansancio. “No, Juani, recién me vengo a la cama.”

“¿Cuánto más vas a descansar, diez minutos?”, pregunta sin ningún afán de estar preguntando y con toda la decisión de despertarme. “No, Juani, unas horas necesito.” Abrazo-aplastamiento de la tía de nuevo. Juani acostado arriba mío protesta: “Pero tenemos que armar el lego, si no no vamos a poder jugar, que mañana te vas.” La tía, enternecida, comprensiva, muerta de sueño. La negociación siguió hasta que Juani aceptó dejarme dormir un rato más de nuevo.

Menos de media hora después, Juani vuelve a la habitación. Esta vez la demanda es distinta. Trae una tijera y hoja de papel en la que había dibujado con distintos colores una bomba, de la que salían cables verdes, rojos, amarillos, azules. Viene con una tijera y me dice: “Tía, tenés que ayudarme a desarmar la bomba.” La tía, que no lograba cerrar los ojos y ya tenía al enano hincha kinotos de nuevo demandándola, en parte se ríe, en parte se enoja… pero la ternura pudo más y aún debajo del acolchado y con los ojos cerrados juega. Juani pregunta ansioso, actuando la situación “¿Qué cable cortamos, qué cable cortamos?”. Le digo: “El verde”. Lo corta, la bomba no explota y me dice aliviado… “Bien, no explotó”. “Y ahora, ¿qué cable cortamos?” La tía en un tono un tanto más molesto dice: “el azul”. Misma reacción. Por suerte, la bomba no explotó así que la tía pudo volver a decirle a Juani que la deje dormir un rato. Juani se va y al rato vuelve con otra bomba. La tía ya empieza a decirle literalmente al enano –aunque risas de los dos de por medio- que era un hincha pelotas. Pero igual seguimos desactivando las bombas. Creo que tres o cuatro bombas llegaron hasta las ocho y media de la mañana. Al poco rato, se sumó Lupe alrededor de la cama con la tía adentro feliz y sufriendo el sueño al mismo tiempo. Lupe trajo un jueguito de ponerle vestidos con imanes a muñecas y la tía tenía que ayudarle a elegir la combinación mientras Juani al mismo tiempo le traía otra bomba. Al rato, trae Lupe su propia bomba, y cuál cable cortamos, y cortá el rojo, y dejen dormir un poco a la tía, mierda!, dicho todo en un tono tan derrotado por el amor a sus sobrinos que las quejas de la tía solo fueron más motivo de risa hasta que, asumiendo el fracaso absoluto del intento de conciliar el sueño, la tía se levantó finalmente para estar con sus sobrinos.

Con sueño y todo, cansada y demandada, la tía estaba feliz de estar con ellos. Pero a su vez, la tía no pudo dejar de ver en toda esa escena de demanda amorosa una escena tantas veces vividas.


La necesidad de otros para no estar solos. La demanda de atención y amor como imposición. La necesidad de estar acompañados en la vida, en el juego en la niñez, y en tantas otras situaciones a medida que crecemos.

Pensé cuántas veces me han traído mis afectos bombas de papel para desactivar. Cuántas veces he recibido alguna amiga, amigo, compañerx, familiar que me ha demandado amor mostrándome las bombas neuróticas a punto de explotar que estaban viviendo. Cuántas veces he aconsejado qué cable cortar. Cuántas veces he mostrado que la bomba era de papel… bomba imaginaria, peligro fantástico, que no por eso tiene, en nuestras vidas de sujetos-cuerpos-infantes que envejecen, menos sensación de mortalidad, de finitud, de pérdida, de punto sin retorno. Cuánto de la amistad para mí ha sido calmar cual bombera psicoanalítica los fuegos falaces de las crisis explosivas de quienes amo.

¡Y ellos, ellas, ellxs, a mí! ¡Viceversabsolutamente! Tanta bombas de papel, tantos incendios de aire, tanta neurosis asfixiante, tanta desesperación imaginaria que el cuerpo solo no soporta… que por eso necesita el vómito de las palabras, el abrazo que contiene y acompaña… la caricia que calma el temor al desastre… el desvelo de otros que sostiene en las peores noches de la subjetividad que somos.

Como esos niños que necesitan compañía para desactivar bombas inventadas, seguimos siendo todos nosotros, pero reprimidos, silenciados, por la censura de la mostración pública de esa infancia permanente en que vivimos.

Como esos niños que necesitan quien los acompañe y sostenga también en armar el lego de la propia vida. Dónde va esta pieza… dónde pongo esto que soy, esto que me pasa, esto que no entiendo. Cómo seguir las instrucciones para armar el hogar de la interioridad que nos alberga, que de repente es bomba, incendio, amenaza. Cómo no seguir las instrucciones… cómo construir sin reglas, con reglas propias, más allá del temor a las bombas de papel y reales que puedan esperar a la vuelta de la página, de la esquina, de la edad, de los procesos complejos, mareados, intoxicados, que también somos.

El lego de la vida y las bombas imaginarias. Tener compañerxs para saber cuándo realmente una bomba va a explotar. Tener alguien que junto con mi mano corta el cable que creemos desarmará todo. Estar en la infancia que retorna y nos incendia con otros que en su estar, en su poner el cuerpo a nuestro lado –aunque estén cansados, dormidos, agobiados- nos calma. No estar solitos, como no quería Juani, cuando hay una vida para armar y las piezas no se acomodan o las instrucciones recibidas no ayudan. No estar solitos cuando sabemos, también, que el tiempo con el otro siempre es poco, que mañana volveremos a otros países, que no siempre podemos estar en las mismas tierras.

Y reír, con lxs otrxs, de nuestras bombas imaginarias desactivadas.

Y festejar, con lxs otrxs, cuando hemos armado alguna parte, parcial, modesta, pero al fin hecha, de nuestra existencia.


Y abrazarnos en la risa y el festejo de tenernos por un rato, este rato, fuera de todo límite geográfico, fuera de toda soledad falsa del límite de nuestros cuerpos.

martes, 12 de septiembre de 2017

Ustedes me hacen vivir

Para Cristián, Juan Pablo, Rodrigo, Tomás, Marcela,
Sharlene, Carlos, Adrián, María y Melanie

Estábamos en una fiesta en Santiago, bailando todxs, juntxs, felices.

Pasan un tema de Scissors Sisters y me emociono por dentro porque recuerdo haber puesto algunos de sus temas en casa, sola, para acompañar con un poco de baile una lavada de platos o el estar poniendo orden en la casa… poner esos temas que suelo bailar con mis amigxs chilenos –Cristián, Rodrigo, Juan Pablo, la Marce, Tomás, Carlos, Sharlene- para recordarlxs, extrañarlxs, desear pronto verlxs de nuevo.

Y llega agosto y nos vemos… la alegría maravillosa de nuestro reencuentro anual.

Y nos vamos a bailar! Y pasan el tema que bailé sola añorando estar con ellxs… y estoy ahora, con ellxs, bailando.

Me estoy contando a mí misma todo esto mientras bailo y de repente suena ahora nuestro himno: “I want to break free” de Queen. No puedo más de la emoción… le digo a Juan Pablo y a Cristián lo que siento… me miran y me sonríen porque me entienden, entienden todo, mientras también ellos se entregan a la voz de Freddie y la letra de nuestro manifiesto: “I want to break free.”

El mismo Queen de “Friends will be Friends”, como si entre estos dos temas se nombrara todo lo que nos une… una amistad en la libertad… un compañerismo, un acompañarnos… ser compañerxs en la libertad.

Bailo perdida en la noche, disfrutando de mis amigxs, del momento, de este estar fuera de mis espacios normales pero en uno de mis espacios más íntimos. Ese espacio con mis amigxs en el que tiempo nunca alcanza… pero no pienso en eso. Pienso en esa temporalidad deliciosa de la noche entregada a la noche misma con ellxs.

Bailo con los ojos cerrados… disfruto dejar que mi cuerpo elija el movimiento… estiro los brazos, paso las manos por mi pelo, abro despacio los ojos y veo, encuentro, a mi amigo con los ojos cerrados, también perdido en la música y la noche, bailando adelante mío y sonrío… una felicidad me explota por dentro: eso, esto quiero. Bailar con los ojos cerrados y abrirlos para ver a mi amigo disfrutando conmigo. Lo veo y lo adoro. Lo abrazo. Algo nos decimos sin escuchar realmente las palabras porque ya entendimos. Abrazo a mi amigo que baila conmigo. Ese que tanto extraño. Estos que tanto amo.

Queen tiene otro hermoso tema… “You’re my best friend.” Parece un tema dedicado a un amor, unx amante, una pareja.

¿Será que hay un punto en el que el amor, el amor en la libertad, se parece a la amistad?

¿Será que la amistad, la amistad en la libertad, se parece al amor?

Entre otras cosas, el tema repite una y otra vez: “Oh, you make me live…”

Amor, amistad, y “me hacés vivir”… con ese “Oh” delante de celebración, de agradecimiento, de rezo a lxs diosxs del Eros a lxs que nos entregamos…

Esos caminos de la libertad, mejor dicho, esos caminos de la búsqueda de la libertad, que son difíciles y sinuosos, que son desconocidos y que no ofrecen garantías, pero que cuando se transitan con amigxs… con esa experiencia más abierta entre el amor y la amistad… alguna vez dije que una se enamora de sus amigxs… quizás también las mejores formas del amor se viven como modos de la amistad.

“Oh, ustedes me hacen vivir” podría haber cantado también en esa noche plena de reencuentro con mis amigxs. Si estoy con ustedes hay música, hay canto, hay cuerpo entregado a la feliz promiscuidad que juntxs somos.

Como camino al Elqui, seis personas, una arriba de la otra en el auto por seis horas… entre cantar y charlar, entre discutir y reír… camino a un valle maravilloso en el que recibimos el nuevo año entregados a la oscuridad del mundo común y la luz milagrosa de las estrellas… con el río sonando a lo lejos, meciéndonos abrazados, hasta que el ritual de amor, amistad y nueva vida se completa. Un champagne que acompaña nuestra fiesta desde las copas que se chocan y festejan que juntxs terminamos y que juntxs recomenzamos el año.

Entre querer irrumpir en la libertad, ser amigxs que serán amigxs y que ustedes me hagan vivir, me ha colmado la vida, la fortuna, el azar y el encuentro de partes de mi cuerpo que viven a kilómetros de distancia… me siento tironeada hacia el otro lado de los Andes por mis otrxs miembrxs que reclaman unirse a mi cuerpo. Carne de mi carne, amores de mis amores, me tira, me demanda.

Lejos de un cuerpo torturado por su posible mutilación –aunque los extraño y mi carne por momentos se desgarra- me siento un cuerpo estirándose para abarcar todo esto que vivo y siento con ustedes… como en una noche de baile, con los ojos cerrados y los brazos abiertos…

Es que ustedes, ¡oh, amigxs míxs, me hacen vivir!

jueves, 7 de septiembre de 2017

Trabajo intelectual, trabajo doméstico y materialidad económico-afectiva

Tengo en mi escritorio una serie dispersa de objetos de gente que amo que acompañan mi trabajo.

Una plana que me regaló un amigo.
Una postal que me regaló un colega.
Una foto de mi amor.
Otra con amigas, otra con mi sobrina Lupe –de la que también tengo un garabato y su nombre escritos por ella en mi pizarra la última vez que me visitó, que no borro ni loca.
Un portarretrato con un mensaje bordado de una exalumna que se volvió amiga.
Un calendario que me regaló mi vieja.
Una cajita artesanal que me hizo mi hermana.
Dos lapiceros, regalados por mi amor uno y por una amiga, otro.
Los sujeta libros que me traje de mi abuela Susana, luego de que falleció.

Es que un escritorio, para quienes nos dedicamos a la docencia y escritura humanistas, es un lugar ambivalente. Es el cuarto propio pero también por momentos cárcel. Es lugar de iluminación y disfrute, pero también de estrés y angustia. Es el lugar de trabajo en la polisemia feliz y tortuosa de ese término. Pero también es el espacio individual-reflexivo –epojé habitacional- que se recorta como abstracción de un mundo de afectos y amores concretísimo en que se sostiene, potencia, desarrolla, florece.

Porque el trabajo intelectual –y muchos otros modos del trabajo también- se sostiene en una materialidad, que es la materialidad económica de las condiciones de producción, claro, pero también la materialidad afectiva, ese soporte de redes de contención y cariño que mejor funciona cuando más permanece invisible, sosteniendo el quehacer en un silencio que lo potencia.

Recuerdo mis muchos años de estudio –sin contar primaria y secundaria, nueve de carrera de grado- en que mi dedicación exclusiva-compulsiva a preparar exámenes, escritos, monografías funcionó sobre la base de todas las necesidades cotidianas resueltas por mis padres. Además del techo y el alimento, toda una industria del cuidado de lxs hijxs sobre todo por parte de mi madre, que para mí era un dato, es decir, algo dado, no cuestionado. La comida rica, variada y caliente en la mesa. La ropa limpia y planchada doblada en mi cama para que la guarde. Toda necesidad o favor, respondido inmediatamente. Y para mí, en esos años que fui hija de la casa materna, todo eso era un fondo, un escenario, un paisaje ya dado que yo habitaba inconscientemente, con el lujo de no tener que detenerme a pensarlo, ya que estaba resuelto de antemano y entonces podía solo dedicarme a estudiar y estudiar y estudiar.

Cuando me fui de la casa de mi vieja y asumí todas y cada una de esas tareas que antes estaban resueltas para mí, entendí muchas cosas. Primero, el amor de mi madre y su entrega a sus hijxs. Segundo, la invisibilización cultural del trabajo doméstico, que es trabajo pero no se paga. Sí, claro, lxs hijxs pagamos con agradecimiento en algunos casos, y esto no está mal. Pero eso no es salario. Y aunque el amor materno reciba las gracias como satisfacción, no deja de haber una perversa estructura social que hace a las mujeres trabajar sin recibir reconocimiento social –aunque tengan el de sus seres amados- ni económico. Una doble verdad se revelaba: toda la comodidad de mi vida que me permitió hacer una carrera humanista tan demandante como filosofía resultaba posible porque había un hogar que me acogía y que se invisibilizaba para que yo me ocupara solo de lo mío. Pero también, todo un trabajo habilitador de existencias estaba invisibilizado y dejerarquizado respecto de lo que el mundo social nombra y destaca como trabajo que merece remuneración real, no solo afectiva.

Descubrí con lucidez y algo de sana culpa un nuevo respeto por las tareas domésticas –el “ama de casa”, figura que, como obediente hija con la cabeza lavada por el patriarcado, supe despreciar masculinamente proponiéndome ser una profesional económicamente autosuficiente a como diera lugar, en ese momento de mi vida en el que ignoraba y repudiaba el orden simbólico de la madre, tal como lo tematizó Luisa Muraro (lean ese libro: les va a partir la cabeza).

Descubrí el límite de mi propio mérito. Qué fácil es recibirse de licenciada en filosofía con un mundo-hogar-sensible que se corría del protagonismo y la demanda para darme el lujo del mundo-profesional-inteligible. Cuánto rechazo, renegación de la materialidad que somos y que nos permite ser se anida en nuestros discursos moralistas del logro profesional, del título universitario, del esfuercismo negador de la necesidad de un mundo con otrxs que sostenga nuestros proyectos.

Por eso, la moral del logro profesional individual es en parte un lujo de clase, entendí. No desestimo mis esfuerzos y progresos, pero su narración en perspectiva individual es una gran mentira:

Un gran relato individualista, cuando es una posibilidad arraigada en una sociabilidad habilitante –cuánta gente que no tuvo esas condiciones económicas y afectivas logró lo mismo con mayores esfuerzos aún, cuánta tuvo que abandonar su carrera o proyecto por no contar con ellas?

Un gran relato patriarcal, porque se sostiene en la permanente invisibilización o subestimación de las tareas domésticas y cotidianas que nos sostienen, tareas que son culturalmente entendidas como maternas o femeninas, y por eso se refuerza su subordinación y se da el “gracias” y el cariño como moneda de pago siempre insuficiente.

Un gran relato clasista y capitalista, porque son los individuos por sus solos esfuerzos los que logran títulos y éxitos, y son individuos de clase media o alta que se autoperciben como arribando o permaneciendo en sus clases “solo por mis propios méritos”, como si no hubiera una geopolítica entera que se los ha permitido, una distribución de recursos y de oportunidades que los ha beneficiado.

Pero los grandes relatos son tentadores porque si hay algo que Occidente y su modo capitalista han afianzado en nosotrxs como deseo inoculado hasta los huesos es el deseo de heroísmo, que siempre es el del sujeto solo que se destaca, que siempre es una agencia masculina, y que siempre, si conquistó territorios y ganó guerras, es con la pancita llena, la ropa lavada y planchada, que parece que algún Dios que lo eligió para cumplir su destino sirvió en su mesa y dejó en su cama a través de un instrumento invisible, un oikos silenciado.



sábado, 29 de abril de 2017

El nudo de la existencia

Hace unos días me encontré sintiendo el nudo de la existencia.
Es un nudo en el cuerpo. Pero, ¡cómo nos arroja fuera de sus límites!
Quizás porque tiene que ver con su límite: el límite del cuerpo, el límite de la vida, la muerte.
O la mortalidad de la existencia.
O su conciencia, que son lo mismo.
El otro día lo sentí en la garganta. Ese nudo que son ganas contenidas de llorar.
Un nudo, una presión, un agujero que perfora sin materia.
Un nudo en la garganta: el lugar del habla, de la humanidad que se sabe siendo, hablando.
En ese hablar por dentro que discurre sin sonidos, pero con marcas.
Un nudo en la garganta que es también nudo en el estómago.
El lugar de la digestión, del alimento, de la necesidad de comer para vivir,
pero también de la incorporación.
Todo eso que comemos que no es alimento.
Todo eso que deglutimos, que procesamos, con el cuerpo.
Y nudo como proceso interrumpido.
Nudo como piedra, dureza, peso.
Algo me pesa adentro.
Algo difícil de tragar.
La existencia.
Que depende de que sea cuerpo, que se comprende porque es un cuerpo que habla.
Que piensa y siente, y siente el nudo de pensar la existencia.
Me duele un órgano que no existe.
Un músculo que se tensiona, se contrae,
de vez en cuando
se relaja.
Un músculo del cuerpo que se autoasfixia.
Me duele el nudo, su contractura, su indigestión, su no completa comunicabilidad.
Un nudo que por definición tiende a querer expulsar algo
algo imposible de localizar.
Un miembro que no puede extirparse.
Un nudo que fluye desde el centro pero se estira
como la contracapa interna de la piel.
Una dermis existencial ocluida.
Un nudo a desatar sin saber de qué está hecha su cuerda, su hilo, su trama.
Se afirma en su plena materialidad incorpórea: “Soy un nudo. Soy tu nudo.”
Y algo grita adentro, a alguien: “¡Desatame!”
¿Qué podría ser des-atar-me?
¿Dejar de ser? No es una opción.
¿Dejar de pensar? ¡Pero si es un pensamiento que no elijo!
He ahí su modalidad de indigestión.
Un “yo pienso lo que preferiría no pensar” que viene sin que lo llame.
Qué dejar, entonces, para que pierda su presión el nudo.
Que es nudo que tensa pero también nudo que sostiene.
Sostiene, localiza, este cuerpo en sus circunstancias.
Este pensamiento en su contingencia.
No puede dejar de ser, no puede des-atar.
Se pregunta por el modo de la convivencia con ese nudo que se tensa.
Cómo vivimos vos y yo, nudo y cuerpo en este mundo.
Nudo ventana a todo lo que es y podrá dejar de ser en cualquier momento.
Como el cuerpo que tiene el nudo en sus adentros.
Como el modo de la corporalidad en el que se tensiona.
Como es inter-corporalidad que lo atraviesa.
Cuerpo, nudo, finito, incierto.
Y un pensamiento que lo vive, que lo rodea, que le debe su existencia
y por eso de vez en cuando lo detesta.
Escribir para aflojar la garganta con las manos.
Escribir para alivianar el nudo de la existencia.

sábado, 11 de febrero de 2017

“Lo que ustedes quieran traerme”


Es el cumple de mi sobrino Dante. No hacen una fiestita pero igual decido pegarme una vuelta y llevarle un regalo. Pasado un rato de mi visita tengo a Vera, su hermana de casi cuatro años a upa, comiendo una chocotorta que hizo la mamá de ambos para que sople las velitas. Vera cumple cuatro en un par de semanas.

Entonces, en ese momento de charla en común alrededor de la mesa con los abuelos y un par de tíos que también cayeron a saludar, le pregunto a Vera:

-          Verita, ¿vos que querés de regalo de cumpleaños?

Y Vera me responde con una naturalidad conmovedora, sabiendo que en ese momento abuelos y tíos escuchan:

-          Lo que ustedes quieran traerme.

Fue tan espontánea, tan tranquila, tan dulce su respuesta que su mamá, su tía Florencia y yo (mujeres de treinta años) no pudimos sino hacer gestos de emoción y sorpresa… a mí hasta se me empaparon los ojos (y creo que también a ellas un poco). Le dije, aún emocionada:

-          Entendiste todo, Verita hermosa.

La reacción movilizadora de esa respuesta de esta preciosa nena de casi cuatro años me invadió, nos invadió, por un buen rato… la decodificación fue la maravilla de esa humildad, esa consideración por el gesto de los demás como más valioso que lo que sea el objeto-regalo para ella, esa adulta respuesta como si ya tuviera registro del peso económico que puede ser para cualquiera comprar un regalo… esa espontánea decodificación mía (y nuestra) fue la razón de la emoción y la ternura hacia esta mujercita bella.

Y sin embargo, con menos espontaneidad y con algo más de convicción, de pronto fue llegando a mí otra reacción, otro modo de interpretar esa respuesta… la segunda lectura se reforzó cuando llegado el momento de las visitas de retirarse, mientras adultos se levantan de sillas y agarran sus carteras e inician saludos, veo y escucho a Vera dirigirse a su primo más chico que ya se iba, hablándole mientras él le daba la espalda interesado por entrar un rato más al cuarto de sus primos. Vera le dice a su primo:

-          ¿Te gustó jugar conmigo, Joaquín?

Ahí ya no me enternezco de nuevo porque la escena confirma la lectura segunda… sin negar la primera, pero complementándola como su cara negativa, pienso: “Vera ya sabe, como mujer, no decir su deseo.” Siento que ser mujer se define en nuestra cultura por posponer la relevancia del deseo propio al masculino-social-ajeno. ¿Por qué no decir “quiero una muñera”, “quiero un disfraz”, “quiero un autito”, “quiero un juego”? ¿Por qué no nombrar el deseo cuando la pregunta inquirió justa y exactamente eso, cuál era su deseo?

Y yo te dije “entendiste todo” porque sí, entendiste todo lo que ser mujer implica… lástima que no solo como identidad sino también como carga.

“¿Te gustó jugar conmigo?”. Y, ¿a vos, Verita? ¿Te gustó jugar con él? ¿Por qué tu experiencia de juego y disfrute no se verbaliza como “Me gustó jugar con vos, Joaquín”? ¿Por qué en vez de afirmar qué sentiste en esas horas vos redondeás el bienestar de la experiencia con la inquisición de si El Otro disfrutó con vos? ¿Por qué la pregunta por la satisfacción del otro antes de la afirmación de la propia? ¿Por qué mi deseo es “lo que ustedes quieran traerme”? ¿Por qué mi deseo no es “esto” y punto?

Doble cara de la ternura infantil femenina: una apertura al mundo y sus circunstancias desde una posición de cuidado (“Comprendo como niña el costo económico y el esfuerzo de los otros y los relevo de la preocupación en demasía de cómo regalarme/satisfacerme”); pero también una posición de subordinación del propio deseo a un deseo ajeno: “Lo que ustedes puedan traerme, mi deseo es secundario.” Pregunta “¿le gustó jugar conmigo” en vez de afirmación “Me gustó jugar con él” –y no se trata de que la pregunta esté antes de la afirmación: se trata de que la propia afirmación-satisfacción se considera después, bajo condición de la afirmación-satisfacción del otro.

Mis lágrimas de tía emocionada como reacción primera indican la constitución idéntica que como mujeres nos comunica… mi lenta pero segura indignación en una segunda lectura indica el riesgo al que nos expone esa identidad compartida.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Soy un ser de las profundidades


Vivo abismada en un plano de lo real tan profundo como insoportable.
Calles pavimentadas de preguntas. Sin esquinas donde descansar.
Me interpela lo profundo, me llama… me llama adentro mío y adentro tuyo.
Un afán de penetrar siempre más… siempre más.
Mi mente es un falo.
Mi lengua, también.
Me gusta bucear-me.
Me gusta bucear-te.
A veces pido permiso, pero las más, no.
Me sale la penetración en la profundidad como respirar.
Involuntaria. Necesaria.
Honesta, pero violenta.
Molesta, sí. Intensa.
Una posibilidad hecha habilidad, hecha hábito, hecha carne.
Hecha yo y ya no otra cosa.
Me habla antes de que piense si quiero abrir la boca.
Me vuelve toda palabra, cuestión reflexión.
Soy falo que penetra.
Pero también labio hospitalario.
El silencio es un esfuerzo pero no una solución.
Las profundidades y yo hablamos un diálogo permanente,
a puertas cerradas, a bocas cerradas.
A oídos imposibles de ser sordos…
Que escuchan desde adentro el rumiar de mi existencial excavación.
El mundo y la vida se han vuelto un mar.
Profundo, picado, voluminoso, inabarcable.
Me hundo más de lo que nado.
Me ahogo como un modo de la respiración.
Mis pensamientos son branquias.
El peso del cuerpo en suspenso me pesa.
No soy más liviana en este mar.
Y sin embargo es casa. Es hogar.
Un mar de profundidades,
con oleadas de argumentos,
y tormentas de reflexiones,
y una costa salvadora que siempre se busca
en el horizonte interminable de la profundidad que me envuelve.
Una costa que nunca llega.
Una tierra prometida que no aparece.
Mi isla profunda de agua y vida
me ahoga y me deriva.
Me lleva sola y a los otros.
Me llama y los llama como sirena.
Encanta el falo penetrante de la profundidad desconocida.
Puro labio que recibe y da.
Que te besa con las palabras que te hieren.
Creer que es una violencia femenina,
una violencia de transición,
de devenir,
evitable pero irresistible.
No soy su fuente sino su cuerpo.
Me llama en vos lo que de vos me llama.
Y la boca se abre,
Y las olas rompen,
Y el mar te traga.
En esta boca femenina.
de profundidades difíciles,
de caricias cálidas,
de preguntas necesarias,
de cuestiones irresolubles.
Un beso que es palabra y muerte.
Labios que son sed y vida.
Penetrando el mundo de lo profundo.

Donde pocos viven pero todos pertenecen.

Escribo entre dos mujeres

La noche antes de que Lupe se fuera a vivir a México le enseñé a mirar las estrellas. Desde sus primeros meses de vida hasta estos dos años-casi tres que tenía en febrero pasado, Lupe y yo creamos un vínculo íntimo. Este pequeño nuevo ritual –que no llegaría a ser ritual, dado que ahora nos sobrevendría una distancia- fue nuestra despedida momentánea.
La lleve aparte de la reunión familiar de despedida en la que estábamos, le dije “vení, tirate al piso”, el piso del pseudopatio del costado del fondo de la casa. Me tiré al piso, al lado de ella, y empecé a mostrarle, a señalarle las estrellas. Lupe siempre, desde bebé, amó la ostensión: desde ese primer ritual en el que la llevaba a ver los bichitos en el estante de la abuela Ñata y se los mostraba uno a uno, diciéndole qué eran, señalándolos rítmicamente con el dedo. En sus sucesivas repeticiones el ritual comenzó a incorporar la pregunta “¿este qué es?” de la tía antes de dar la respuesta. Respuesta que no llegaría nunca en forma de palabra adecuada, porque Lupe todavía no hablaba. Pero había algo que Lupe disfrutaba igual de que le diera la chance de recordarlo… quizás unos segunditos de intriga para su curiosidad temprana entre mi “qué es” y mi “este es un…”. Con las estrellas ya Lupe hablaba por lo cual el nuevo ritual-que-no-iba-a-ser mezcló ostensiones, relatos sobre estrellas, cavilaciones sobre brillos y distancias, e incluso chistes inconexos sobre quién se había hecho pis o caca. Así pasamos nuestra última noche juntas antes de su viaje: tiradas una al lado de la otra en el piso, disfrutando de estar juntas, mirando las estrellas, riendo de pavadas.
No pude evitar pensar qué recordaría Lupe de mí, de esa noche y de tantas cosas juntas. Cuánto recuerda una niña de su infancia, sabiendo yo del recuerdo difuso que tengo de la mía. Cuánto detalle en realidad es la pregunta… cuánto recordarás Lupe de la tía que en esos primeros años tuyos fui cuando tu conciencia y tu yo se formen, cuando los recuerdos empiecen a cristalizar, solidificar, en la forma de relatos.
Escribo entre dos mujeres porque mi impulso de escritura volvió, retornó, entre dos mujeres importantes de mi vida: Lupe, que nace y trae toda otra experiencia de sororidad asimétrica, de “ti-idad”, de intimidad de traducción entre un lenguaje incorporado-dominado y uno que aún no es. Y la abuela Susana, que empezó a irse y terminó de irse en septiembre de hace un par de años.
Fruto de esas condenas de la vejez a la mente, los últimos años de mi abuela fueron los años en que fue perdiendo su conciencia. Lentos, lentísimos años de irse yendo de a poco. Mi tía Analí decía que quizás era porque ella fue huérfana y padeció tanto que le faltara su madre, que le costaba tanto irse y dejar a sus hijos.
El punto es que los últimos años de la vida de mi querida abuela Susana fueron los años en que se desvaneció de a poco su conciencia. Y fue así que mi escritura retornada se encontró entre mi vivencia alegre de la conciencia en formación de Lupe y mi vivencia triste de la conciencia en deformación de la abuela Susana. Una mujer que nace y otra que muere. Una que todavía no es y otra que va ya no siendo. Reflejo azaroso y necesario de mi yo, siendo… muriendo a una mujer, naciendo a otra, y la escritura en el medio.
Cuánto recordarás de mí, abuela, pensaba yo cada vez que iba a visitarla… besándola, acariciándola, abrazándola como exigiendo que me recuerde, de prepo, demandante, reclamando que el íntimo vínculo nuestro siguiera mostrando su existencia aunque en un lenguaje nuevo, quebrado, adormilado, discontinuo, vacilante, confundido, ahuecado, pero aún ahí, aún vivo, en destellos de “te quiero” y “te extrañé”, y “hace mucho que no venías”, y tantas otras frases que me dijo no sabiendo yo si era realmente a mí que me las decía.
Recuerdo que cuando la abuela aún estaba bien muchas noches dormía con ella. Con la excusa de que no alcanzaban las camas cuando íbamos de visita terminábamos las dos en la suya, charlando horas antes de dormirnos.
Recuerdo una noche en particular, en la cama, juntas, a oscuras. Con el silencio de la casa de San Pedro rodeándonos como un gran abrazo que nos permitía la intimidad. La abuela en la cama con su nieta filósofa. Recuerdo la oscuridad de la noche y esa bella percepción de formas blanco-gris-negras que se tiene cuando se está en la oscuridad no del todo completa con los ojos abiertos. Recuerdo que la abuela, a mi lado, levantó los brazos hacia el techo, movía sus manos y se las miraba, una y otra vez, despacio, delicada, siempre delicada en sus movimientos, movía las manos y se las miraba mientras seguíamos charlando y en un momento, con mis ojos en sus manos danzando en la oscuridad, me pregunta: “¿Vos creés que hay algo después de la muerte?”. Fue una pregunta tranquila, honesta, curiosa, reflexiva. No recuerdo qué le contesté… recuerdo el placer de escucharla hacerme esa pregunta. Recuerdo el goce de escuchar a mi abuela muy religioso-católica enunciarle a su nieta filósofa con auténtica duda esa pregunta… recuerdo que la pregunta fue como el movimiento de sus manos: delicada, juguetona, seria y llena de vida todo a la vez.
Me preguntó eso mientras yo seguía dulcemente hipnotizada por las manos de mi abuela. Las mismas manos con las que escribía. Mi abuela, Susana, que escribía. Mi abuela escritora, escribiente en todas sus formas. Mi abuela con la que nos escribíamos cartas de Santos Lugares a San Pedro… no era que el teléfono no alcanzara ni que la distancia fuera tan enorme. Era un ritual, otro, íntimo, nuestro, de regalarnos una escritura, un trazo de nuestras manos, en un papel que habíamos tocado, un pedazo de nuestro pensamiento y nuestro amor, enviado en un sobre amoroso, con remitente y destinatario, y códigos postales, juguetonamente enviado por correo, por un rítmico envío de afecto epistolar.
La escritura era importante para mi abuela. Escribía por todos los rincones de la casa, entre quehacer y niño, entre tarea y visita. Escribía en unos cuadernos u hojas sueltas y después pasaba todo a un cuaderno más prolijo, con su hermosa letra. De más grande participó de concursos literarios y ganó algunos premios y menciones. Se atuvo al verso como deseo y prisión, pero luego experimentó con cuentos e inventó relatos tan realistas como poéticos.
Entre las anécdotas que fuimos compartiendo al borde de su cama en las distintas visitas a la abuela convaleciente, en que me cruzaba con tíos, tías, primos y primas, otra vez la tía Analí recordaba una decepción escritural de la abuela. Parece que para algún aniversario la abuela le escribió un texto al abuelo –hombre que amó más allá de la vida, último recuerdo del que se despidió su conciencia atada a él como a todo lo que importa-, lo puso en un sobre destinado a él y se lo dejó en algún mueble de la habitación para que se lo encontrara de sorpresa pero inevitablemente. Parece que el abuelo vio el sobre y lo desestimó. Parece que leyó el texto y no hizo comentarios. Parece, como sea, que mi abuelo no recepcionó el íntimo regalo escritural de la abuela. Y parece que para la abuela eso fue una decepción tremenda… que lo relataba como un dolor enorme… parece que al abuelo lo avergonzaba un tanto que su mujer escribiera.
La abuela tiene un cuento que se llama “Desafío”. Es un relato maravilloso. Cuenta la historia de una pareja que se pelea, que están en tensión por un profundo desacuerdo, del cual no se sabe nada hasta el final del cuento. La abuela crea un relato de la pareja en la cama, sin tocarse, cada cual repasando las razones por las cuales es el otro el equivocado. Luego viene el desafío de la mujer que hace a espaldas del marido lo que este no quería. El marido sospechando la persigue y descubre… descubre que actuaba como vedette en una casa de burlesque. El cuento termina ahí: en la concreción del desafío. Siempre me fascinó ese cuento porque mi abuela tradicional, conservadora, aristocrática de provincia de Buenos Aires, la que me retaba si decía una mala palabra y siempre pontificaba sobre moralidad, valores y don de buena gente, secretamente añoraba desafiar a su marido cual vedette escritural… salir ligera de ropas, salir casi desnuda, en esa desnudez de la escritura que por eso siempre es vergonzante y por eso también avergüenza a quien nos descubre desnudas y lo reprueba.
Y ahora la vergonzosa-deseosa-de-ser-vedete soy yo, que retorna a ese impulso que siempre tuvo de escritura, de escribiente, desnuda en el lenguaje, jugando con sus manos en un teclado, lúdico hacer que desafía tanto la moral como la muerte. ¿Habrá algo más allá de la muerte? Quizás sí, pero otra cosa. Dejar una escritura que nos sobreviva. Seguir latiendo en las letras.
En la desnudez moralmente mirada hay vergüenza… como en esa desnudez donde se mira la propia vagina y se entiende que eso que está ahí es algo que me define pero que hay que ocultar. Sin saber bien por qué ese lugar nunca es neutro y su visión incluso por una misma está vedada. Entre la desnudez, lo femenino, la escritura y la vergüenza encuentro, descifro, cómo mi vida ha estado marcada por las mujeres que he amado. No son los hombres, o “el hombre”, ese al que empecé a escribirle poemas románticos desde adolescente. No, son las mujeres, mis mujeres, esas con las que he hablado, esas con las que me he comunicado aún sin compartir la misma lengua, esas que han formado mi conciencia antes de que yo arribara al lenguaje. Mi vida, y por eso ahora mi escritura, ha estado marcada por ellas.
Quizás esa emancipación que con cada una de nosotras empieza siempre de nuevo alcance uno de sus puntos más interesantes cuando ya no se escribe ni para ni sobre algún hombre, sino para y con ellas, las otras como yo, las mujeres que han hecho en el silencio de su estar siempre presentes, las marcas verdaderas de mi existencia.
Nace una mujer, otra se muere, y yo retorno a la escritura. Ahora el género me acosa en la escritura. Redescubro mi escritura porque redescubro mi género, esa vagina simbólica y real con la que a lo largo de los años mi relación ha cambiado… la que ahora miro con tranquilidad, la que ahora disfruto con alegría.
Este texto surgió en la oscuridad. Una noche sola en mi cama se corta la luz. Para variar, yo, sin atisbos de dormirme. La oscuridad que rodeó a mi abuela y su pregunta por la vida más allá de la muerte me rodea ahora a mí, en esa muerte que es no tener luz para hacer y ver. Miro por la ventana de la habitación la tenue luz de la noche que entra y se enamora mi mente de esa oscuridad a medias y empieza a escribirla. Agarro el celular que aún tiene batería y anoto estas notas que surgen como música lejana en mi cabeza para no olvidarlas, para no perderlas, como nunca quise olvidar ni perder a mi abuela.
Escribo notas sobre escribir, y Lupe, y ser mujer, y la abuela… escribo una tras otra. Paro. Otra nota, sigo escribiendo, el conato de un texto que hoy finalmente escribo completo.
Un corte de luz que me ilumina. Una oscuridad en la que vuelve de otro modo la pregunta por el más allá de la muerte. Y la escritura que aparece como respuesta no proposicional, como no-repuesta en el lenguaje: como praxis de escritura, como acción contra el pasar del tiempo que se lleva de mí tanta vida y tanta muerte, tanta mujer envejecida.
¿Será que siempre se escribe a oscuras?

¿Será que escribir es otro modo del danzar de las manos en el aire de una noche en que una mujer se hace preguntas?