martes, 4 de septiembre de 2018

Les deux magots, o por qué no soy Simone de Beauvoir


Empecé a leerte, Simone, en mis vacaciones del año 2017. La noche del primero de enero hablábamos con amigxs de qué resolución teníamos para ese año: yo dije que quería volver a análisis. Lo que no dije fue que allí tenía que enfrentar sola la relación con mi posible maternidad. Había cumplido 36, se venían los últimos años de posible fertilidad y el reloj biológico ni se inmutaba respecto de mi deseo de tener más tiempo para no ser madre todavía. En ese sentido, tengo un realismo de acero: acepto los límites materiales, no los niego, aunque desearía poder torcerlos a mi favor.
Pero cierta duda persistía. Me gustó tanto ser la mujer de mis treinta años… querría quedarme en esta época. A mis treinta años conquisté mi libertad, mi independencia, mi erotismo, mi tardío hedonismo, mis viajes y amigxs por el mundo, mi soledad preciosa, el disfrute de mi cuerpo y mi saber escucharlo, vivirlo, explorarlo. Y entre todo lo que viví en esos años, justo el año que terminaba había sido aquél que había arrancado con el proyecto de publicar mi primer libro y que se había cerrado con la confirmación de la editorial de que así sería. Es que cada año desde hacía un par yo iniciaba el nuevo ciclo preguntándome: “¿Quiero tener un hijx este año?” y seguía respondiendo: “Aún no.” Por eso el 2016 fue el año en que quise tener otra clase de hijx: parir mi escritura como pública, como interlocución, como ofrecida a un mundo que ojalá la acogiera.
El 2017 se iniciaba sabiendo que tenía que darle una respuesta a esa pregunta y por eso debía formulármela hasta sus últimas consecuencias. Primer paso, volver a análisis. Recuerdo decirle a Isabel: “quiero que pensemos la posibilidad de que sea madre pero también la posibilidad de no serlo.” Y para esa segunda alternativa decidí leerte, Simone.
Hacía tiempo que quería leerte. Sabía que íbamos a enamorarnos. Sospechaba nuestra profunda afinidad o quizás tu propia circulación como ícono feminista, filósofa, escritora, mujer apasionada y política del siglo XX me rondaba, me buscaba para producir una identificación. Antes de empezar a leerte hubo un signo: leyendo un tomo muy largo de  historia de las mujeres encontré una referencia al primer volumen de tus memorias (“Memorias de una joven formal”). Esa cita hacía referencia a tu crianza como niña católica que luego abandonaba la fe. ¡Cuánta identificación! Lo tomé como un signo de que “tenía” que leerte y compré el libro.
Es interesante cómo funciona lo que una toma o no como signo de algo. Hay una cierta apertura o disponibilidad a que algo haga signo de alguna cuestión, inquietud, deseo, preocupación: pero solo es en el momento en el que el signo aparece -en tanto externo, aparición, irrupción, sorpresa- que somos capaces de dar nombre a eso que ya vivía en nosotrxs, que ya recorría subterráneamente nuestro cuerpo.
El signo fue la mutua experiencia de ser católicas y luego dejar de serlo -nunca se deja de serlo del todo (ya escribiré sobre esto pero quien ha tenido alguna vez religión sabe de qué hablo). Sin embargo, cuando finalmente compré tu libro y me lo llevé a mis vacaciones de verano en México, me dije otra cosa: que te leía para tratar de entender qué podía ser una vida dedicada a la escritura, al desarrollo intelectual sin tener hijxs. ¿Podría ser yo como vos, Simone? ¿Podría dedicarme a vivir entregada a esto que amo que es pensar, escribir, producir y enseñar filosofía, teoría, a esto y solo a esto, eligiendo no sumar a los tiempos y energías limitados de mi vida una vida para cuidar y criar? Dije que me había propuesto hacerme la pregunta profundamente, hasta sus últimas consecuencias. Mi relación con vos, Simone, fue en parte hacer esto.
Te disfruté totalmente. Me leí el primer tomo de tus memorias con un placer que hacía rato no sentía, totalmente involucrada en esa interlocución profunda tuya, descarnada, crítica, apasionada. Podría adjetivarla de muchos modos pero hay una característica de tu escritura que sentí patentemente, con la que me identifiqué de modo completo, que elegí heredar y continuar: la honestidad. Escritura honesta. Parece algo tan simple, mundano. No lo es. Nunca la honestidad es sencilla. La honestidad requiere simultáneamente valor y el reconocimiento de la propia fragilidad. Combinar coraje y saber de la propia precariedad no es fácil. Tampoco es del todo una decisión: la escritura honesta “es”, “sale”, “emana”. Escritura intransitiva o en voz media porque se abandona la pura actividad del supuesto ser sujeto, se vivencia la sujeción que somos y a la vez se intenta evadir el extremo de la pasividad: la escritura honesta nos autoconstituye en el proceso de escritura, hacemos y nos hace, nos revela al concluirse pero ya no somos la misma persona que empezó a escribir. Como mi querido Benveniste decía, somos un yo que asume en la instancia de discurso la totalidad de la lengua. Pero no es previo el yo, aunque sí algo así como “la lengua”: el yo aparece como resultado, como producto, como hacer que está siempre en construcción sin ser el hacedor fundante detrás de su hacer.
Escritura honesta tuya, Simone querida. ¡Cómo la disfruté! Rápidamente compre el volumen dos y el tres. El dos lo devoré: el relato de la experiencia de la guerra me atrapó totalmente. El tercero lo estoy leyendo y el cuarto no lo conseguía en Buenos Aires pero acabo de comprarlo en París hace un rato, en mi último día de este viaje por tu continente y tu país.
Descubrí al leerte que además de vivir para pensar y escribir, viviste para viajar todo lo que podías aún con el mínimo dinero disponible. Viajar pero también caminar: te acompañé en todas esas caminatas que hiciste por tantos lugares pensando qué parecidas que somos que yo también amo viajar y caminar. Me pregunté también si al caminar tanto estabas escapando de algo, huyendo de algo o alguien… yo sé muy bien que mis caminatas muchas veces son de lo más placenteras, pero he tenido también que caminar para huir de la angustia, del dolor, de la soledad que se vuelve desesperación y sensación de nada. Y siempre me han ayudado mis caminatas para darle al cuerpo una pausa de la tortura de la interioridad, de la mente que no para, de la filósofa que no descansa, del ser de las profundidades que soy que se ahoga para respirar.
Es gracioso que te leí para pensar si podía ser como vos, una mujer que no tuvo hijxs y que se expresó públicamente contra la maternidad obligatoria, pero luego me enteré por mi analista que habías adoptado una hija. Busco ahora en internet información sobre esto y encuentro dos cosas: primero, que sin saberlo acabo de comprar el libro en el que relatás tu relación con tu hija adoptiva, Sylvie Le Bon-de Beauvoir (“Tout compte fait”, libro que además le dedicás); segundo, que la adoptaste el año en que yo nací, 1980. Signos, signos y más signos: están por todos lados. De hecho, me han dicho más de una vez que yo sobreinterpreto mi realidad. Que veo metáforas, símbolos de lo que me pasa donde, quizás, no están. Puede ser… pero, ¿quién decide cuándo algo hace o no signo? ¿Quién decide cuándo algo es o no metáfora? No es tan sencillo. De todos modos, el registro de cómo soy es claro: lo que me pasa me invade, me rodea, por dentro y por fuera. Las preguntas son internas pero la realidad me habla. ¿Me engaña, también? ¿Es la profundidad y persistencia de mi auto-re-flexión una genia maligna que me hace creer que lo que es -el signo, la metáfora que capto o que me capta- no es? ¿Será que estoy demasiado abierta a la significación y entonces todo me penetra? Pero, ¿por qué no dejarse penetrar así? He hablado de la interlocución profunda como “yo” y “tú” que se requieren corporalmente, como modo del diálogo anterior a todo monólogo. Sin embargo parece que además yo padezco, experimento, una interlocución profunda con lo que es: ya no un “yo” y un “tú” humanos, sino un “yo” humano y un “tú”-realidad, “tú”-totalidad de lo que es, “tú”-existencia/significatividad/mundaneidad del mundo/exposición/apertura.
Riesgos de la escritura honesta. Riesgos de la vida que se sabe, se piensa, se busca y se pregunta porque sabe de su finitud y su ambivalente relación con el sentido. Por momentos, signo que te abraza y te completa. Por momentos, signo que te incendia.
La cuestión, Simone, es que te leí para buscar una respuesta pero no fue en tu escritura en donde la encontré. Tampoco creo que la búsqueda haya sido pura acción, pura dirección. La finitud me horadó en uno de sus modos para un cuerpo gestante: el del posible fin de la posibilidad de gestar y maternar.
El 2017 fue un año intenso, difícil, tremendo. Pero me obligué una y otra vez a enfrentar en mi análisis la cuestión de la maternidad, del ser madre, de elegir entre dos opciones que se me presentaron como absolutas: o “sí” para toda la vida, o “no” para toda la vida. Otro de mis problemas: la dicotomía, la oposición, la distinción como única opción, el binarismo existencial. “Vos sabés distinguir, separar pero no sabés intersectar”, me dice mi analista. Tiene razón. Ojalá aprenda con el tiempo. Pero esta vez se me apareció el todo o nada. Elegir ser madre o elegir no serlo. Me costó muchísimo decidir. No solo me costó en términos de esfuerzo. Me costó en términos de pérdida. Probablemente por eso fue tan difícil la decisión: elegir un trayecto existencial iba a implicar perder una vida y perder un hogar. ¿Quién puede elegir perder un hogar? Nadie. Y sin embargo, a veces hay que hacerlo. Poder lo imposible. Paradoja de la existencia: la finitud es saber que no podemos todo y a veces ser proyecto no es sino poder lo que parecía imposible. Elegir la pérdida. No se lo deseo a nadie y sin embargo vos que me estás leyendo sabés bien de qué te hablo. Todos hemos en algún momento elegido perder. En ese modo de la elección que, de nuevo, no es heroica, no es romántica, no es hazaña de la que estemos orgullosxs. Pero es supervivencia: poder sobrevivir a la pérdida para vivir la vida que ahora se ha elegido.
Y yo finalmente elegí. Con mucha dificultad. Las formulaciones primero eran por la negativa y modalizadas: “creo que no quiero perderme esto.” Me llevó mucho tiempo y mucha pérdida enunciar en positivo y sin modalizar: “quiero ser madre.” Vueltas del destino que la claridad del deseo se enuncie cuando las condiciones para realizarlo se hayan vuelto las menos favorables. Pero eso es lo que pasa con el deseo: no entiende de condiciones. No piensa. No calcula. No tiene estrategia. El deseo desea. Si para Heidegger el tiempo temporacía y eso es el fundamento sin fundamento de la existencia, para mí el deseo desea y eso es el fundamento precario, inmaterial, energético, libidinal de nuestro hacer hogar, como podemos, en esta tierra que habitamos. Lo más terrenal del deseo es su ciega obstinación. Y ahí está también su potencia: a veces no es la vista la mejor consejera. A veces hay que cerrar los ojos para llegar a donde el cuerpo desea.
Y así llegué yo a reencontrarme conmigo, Simone. Una yo que soy otra. Una yo que no será como vos porque quiere ser madre y no hay nada que hacer al respecto. Habló el deseo que soy y finalmente pude escucharlo. Ayer cumplí 38 años y ahora sé lo que quiero. Cómo lograrlo es la nueva pregunta. Nada sencillo de responder pero siempre el “cómo” es un avance frente a la parálisis del no saber “qué” se quiere.
Cumplí 38 años y es hora de inventar el cómo de mi deseo de maternidad. Una y otra vez la vida me presenta con el desafío y el riesgo, con la voluntad y sus límites, con el proyecto y sus circunstancias. El signo del existencialismo aggiornado a un siglo XXI que ya no cree en relatos heroicos aparece como imagen de mi presente. Proyectar sin confianza en la teleología. Seguir el deseo sin ser del todo yo la que elige o, mejor dicho, no ser yo ya la misma por seguirlo. Se muere y se nace, se muere y se resucita una y otra vez a la vida reflexionada, a la identidad como carga, como límite, como invención y descubrimiento. Ser la misma ya no siendo quien era. Reencontrarse en las memorias de otra mujer para saber que se es otra de ella y otra de mí misma. Ni la María Inés que era al leer tu primer texto, ni la Simone que encontré leyendo.
Y por eso escritura (“Escribo entre dos mujeres” se llamó el libro que publiqué en mayo de este año).
Y por eso el reencuentro del final de un texto que es principio de un camino que no busqué pero me encontró en tanto me dejé ser ciego, obstinado, destructor y vivificador deseo.


Café Le deux magots, París

4 de septiembre de 2018

viernes, 10 de agosto de 2018

“Vos me iniciaste en el feminismo”

Ayer hablábamos a la madrugada con una amiga luego del rechazo del Senado a la media sanción de la ley de IVE... nos acompañábamos en un momento de bronca, de decepción... ustedes entienden. En un momento mi amiga me dice que me agradece haberse iniciado en el feminismo a través mío porque le regalé un libro que a mí también me terminó de cambiar la cabeza, abrir los ojos y reclamar mi cuerpo: me refiero a "Historia de una desobediencia. Aborto y feminismo" de Mabela Bellucci. Recuerdo haber visto que el libro se había publicado por Capital Intelectual y ya el título me interpeló. Me lo compré y me lo llevé a mis vacaciones de verano de 2015 en Chile, vacaciones con mis amigxs en las que tuve varios momentos elegidos de soledad, de irme a Lastarria a elegir un cafecito y llevarme ese libro que leí con mucho interés pero también con cierto temblor de manos: ¿terminaría de asumirme feminista y a favor del aborto, yo que estuve toda la vida personalmente en contra? (No en contra de que otrxs lo hagan porque siempre entendí que las leyes deben ser laicas, separando creencias religiosas de normas comunes a una sociedad de creencias diversas... pero mi crianza católica me lo prohibía terminantemente como decisión propia, fuera o no legal). Ese verano fue una vacación mía, en compañía, con mis amigxs, pero con una lectura elegida para testear hasta dónde podía transformarme, hasta dónde me podía llevar el feminismo en el que estaba entrando tímidamente desde hacía un par de años antes de ese verano.
Recuerdo que el libro me sirvió tanto... no solo para entender por qué el derecho a decidir sobre el propio cuerpo culmina el proceso de asumirse feminista, sino porque además era una lectura que hablaba de la tradición del feminismo en Argentina, recorrido reconstruido por una compatriota para que alguien que como yo quería iniciarse en esa tradición en su forma nacional-internacional y en la cuestión del aborto tuviera una herramienta introductoria no por general sino por generosa, porque aunaba recorrido histórico con lucha teórica y política hasta nuestros días. Por eso, cuando terminé de leer el libro, se lo recomendé/regalé a mi querida Claudita Camporini -que por más que sea muy lindo lo que me dijiste, sos feminista y luchadora política en general desde la cuna; yque cada marcha que hubo nos encontramos, nos abrazamos y la terminamos casi siempre cenando juntas, eso de lo mejor del amor feminista <3
Pensé entonces cómo mi feminismo también llegó de la mano de amigas y de libros. Desde que nos hicimos amigas en 2011 con Elsa Drucaroff tuve una educación feminista invaluable que se daba en el conocernos, en el conocerla, en nuestras charlas íntimas, teóricas y políticas, en cada cena a solas, con cada copa de vino y reflexión sobre nuestras vidas privadas, nuestros amores, nuestras búsquedas, nuestras escrituras, nuestro ser mujeres y feministas (primero ella, que ya lo era y luego yo, que me convertí gracias a ella). Elsa Drucaroff no solo me recomendó un libro que me cambió la cabeza -"El orden simbólico de la madre", de Luisa Muraro: lo que Luisa te dijo, Elsa, se cumple siempre: las mujeres se vuelven un poco más inteligentes luego de reconocer que nuestra cultura patriarcal borra de nuestras memorias que fueron nuestras madres -hoy diríamos "cuidadorxs primarixs" (es un libro que está "fuera de moda", pero hay que leer "madre" y entender que se habla de una función y de su historia asociada al cuerpo femenino) las que primero pegaron las palabras a las cosas cuando nos dieron a conocer el mundo pero el patriarcado luego pone en el orden simbólico del padre el prestigio del conocimiento y desprecia ese primer orden que nos habían dado (léanlo... se pueden pelear con mucho pero no tiene desperdicio la tesis central). Pero Elsa no solo pasaba un libro importante para ella a mí, también escribió su propia teoría feminista, su "Otro logos" y así me dio también el antecedente de que se puede escribir teoría y literatura y que ambas son tareas políticas y feministas (no por nada le pedí que prologara mi propio libro-asunción-de-feminismo).
Pero también el feminismo me llegó de una educadora más silenciosa, más de a cuenta-gotas, alguien que nunca será un perfil alto porque no lo necesita: tiene en la fuerza de su posición política y feminista una seguridad que no requiere espectáculo: mi querida Mariela Solana, mi hermosa amiga y una mujer un poco más joven que yo pero mucho más madura en su feminismo. También fue la amistad con ella la que me trajo más influencia feminista a la vida, en cada pequeño gesto y acción, en cada viaje y charla, en libros que van y vienen -te acordás esa hermosa noche con vinito en mi casa empezando a leer "Living a Feminist Life" de Sara Ahmed? No pudimos seguir el impulso y el deseo de "leer textos feministas porque se nos canta, con vino y sin deadlines, sin academia que pida papers" porque la vida y el trabajo nos pasó por arriba... pero retomamos cuando quieras!! Marie me transmitió el feminismo en cada respuesta inesperada a problemas que pensamos juntas, en cada thinking outside de box que le escuché y que me dio la clave de que esta mina brillante no solo es una amiga amada sino también alguien a quien hay que seguirle el train of thought (el uso del inglés es un chiste interno, sepan disculpar), la evolución de su pensamiento porque tiene mucho propio, diferente, potente para dar (y recién empieza!!).
Entonces, a qué va todo esto: a que el feminismo te llega y te abraza como te llegan y te abrazan muchas de las mejores mujeres y amigas de tu vida... también te abraza en mujeres que no se dirían feministas -cómo cuesta decirse "feminista"... será porque se sabe que habrá un costo social? será que se tiene introyectado desde chicas que eso es cosa de brujas, putas, conchudas, locas?- pero aunque no se denominen así te muestran en sus actos y su fuerza que "femenino" no tiene nada que ver con lo peyorativo, lo inferior, lo subordinado. El feminismo llegó y nos abrazó a muchas en muchas formas... en Argentina existía desde hacía mucho tiempo (como reseña el libro de Mabela) pero se recreó a sí mismo, uniendo anteriores y nuevas generaciones en el Ni una menos que devino marea latinoamericana y global y luego marea verde que nos ha abrazado a todas, a todes e incluso a todOs, así, en masculino. La vida te sorprende en mareas que te abrazan y te lanzan a otras orillas... cuesta, duele, no siempre se vive como victoria, pero hay nuevos territorios para poblar ya no como conquistadores genocidas sino como precarixs cultivadorxs en plural, como colectivo, en esa dependencia primaria de lxs otrxs -que tiene que ver con la maternidad y la crianza en nuestra cultura porque tiene que ver con como se ha entendido ancestralmente la generación de la vida- cultivadorxs de una Tierra que sea más libre, más justa, más igualitaria sin hambre ni muerte por abortos clandestinos.

10 de agosto de 2018

pd: ahora que terminé de escribirlo, voy a llamar a este texto "Vos me iniciaste en el feminismo"... porque para esto, como para el lenguaje, no hay "yo" sin "vos".

miércoles, 20 de junio de 2018

El hogar enemigo

Cuando me separé de mi segunda pareja fue la primera vez que me separé de una convivencia.

Esa primera convivencia en un departamento alquilado también había sido el primer lugar en el que viví luego de vivir toda la vida en la casa de mis padres. De hecho, el proyecto original mío había sido irme a vivir sola, algo que siempre había deseado siendo yo alguien que tiene un particular romance con su deseo de libertad, emancipación, cuarto propio, desde que tengo memoria. Pero en el medio de ese proyecto apareció el amor, el amor propuso irnos a vivir juntos y yo al amor le hago caso bastante seguido.

Un año después de vivir juntos, dos después de habernos enamorado, nos separamos. La decisión fue que él se fuera a vivir de nuevo con su madre, a unas cuadras del departamento y que yo me quedara. Yo quería quedarme porque ese lugar había sido para mí el lugar de mi independencia, más allá de la convivencia con mi ex pareja. Había yo desarrollado, cultivado una relación amorosa con mi departamento: era un dos ambientes amplio, con un living que terminaba en un balcón a la calle (cosa que siempre había deseado), hermosamente luminoso, en el cual tenía mi escritorio, mi primer escritorio de emancipada-filósofa-investigadora-por-momentos-tímida-escritora. Como mi ex tenía horario de oficina, desde la mañana hasta las seis de la tarde, el espacio del departamento era todo mío. Así nos enamoramos, el departamento, el balcón, mi soledad feliz y yo. Por eso, porque yo había hecho un vínculo precioso con ese lugar, mis espacios, mis tiempos, mi barrio y mis rutinas, quedarme en el departamento que habíamos alquilado juntos era para mí lo mejor.

Él se fue y con su irse se terminó (aunque en cuotas) la relación. Pero antes que la relación, se terminó el malestar, ese tremendo malestar de una pareja que se rompe pero sigue conviviendo. Por eso en el primer tiempo llegó la tranquilidad, la calma, el fin de la angustia de la indecisión del nos-separamos-sí/nos-separamos-no. Hay un modo de la angustia que se termina cuando algo se decidió, aunque la decisión sea la más difícil, la más terminante, la del fin al final.

Yo me quedé en el departamento de la ilusión de la vida feliz juntos con la ilusión quebrada. Pero, nuevamente, al principio era liberador, era “ya está”. Y como mi primer cuarto propio y yo no solo no habíamos disminuido nuestro romance sino que claramente nos habíamos comprometido, nos habíamos casado, celebrado nuestras bodas de esposo-hogar-propio y esposa-mujer-emancipada, en ese principio de la calma de la decisión por fin tomada, nuestro affair fue total.

De hecho, cuando mi pareja me había propuesto que lo espere un par de meses y en vez de irme a vivir sola nos fuéramos juntos, yo dudé porque siempre había soñado con vivir sola un tiempo. Igual opté por probar la vida con él teniendo en mente un sabio consejo: “Mirá, después si te separás, vas a poder vivir sola. Si sale bien, salió bien. Si no, podrás tener tu experiencia sola. Así que no te preocupes.” Y así fue: no me fui a vivir sola pero me quedé viviendo sola y, optimismo de acero característico mío mediante, lo viví así, “ahora, sí, esto también es algo que yo quería.”

El affair con mi cuarto propio y mi barrio por elección continuó… acompañó muy bien los primeros tiempos de llanto y dolor que aún quedaban, claro está. Pero mi departamento me acompañaba como proponiéndome una nueva aventura, un nuevo proyecto, una nueva experiencia que se paría de una cierta muerte. El cuarto propio que te vuelve Ave Fénix: resurgida de las cenizas de la crisis, empoderada, heroína de la soledad elegida. Mis rutinas, mis horarios, mis tareas, mis momentos, mis visitas, todo era parte de este mi amor-refugio, mi affair-departamento, mi compañero-hogar.

Pero un día me desperté y mi hogar se había vuelto enemigo. Recuerdo vívidamente la sensación: estaba en la cama, abrí los ojos, miré la habitación, la puerta que daba al living y de pronto se alteró mi percepción… el departamento me miraba con otra cara, o me daba vuelta la cara… algo había cambiado y estaba sin embargo todo igual, tal cual.

Una angustia tremenda se apoderó a través de esa percepción de mi cuerpo… no sé si me entró por los ojos o me salió de adentro… como sea, me invadió. Una sensación de extrañamiento… una insoportable tristeza-soledad.

“¿Por qué me hacés esto?” me hubiera gustado preguntarle a mi hogar-ahora-enemigo… pero creo que estuve lejos de poder formular preguntas, en silencio, obturada en toda comunicación, en todo posible monólogo por ese invierno que me invadió por dentro.

El hogar se volvía desierto.

Arrasado, todas sus flores muertas, seca la tierra del paisaje… las paredes blancas que eran espejos alegres de luz se volvían fríos azulejos de morgue.

Y nada había cambiado. Nada nuevo había pasado. Veníamos de meses de optimista-heroico affair… “vivo sola, me encanta mi departamento, me enamora e inspira la luz del balcón, qué lindo mi barrio, yo quería esto…” y ahora, la traición. Y ahora, me abandonaba. Ahora que tanto lo necesitaba.

Ese día entendí –y lamentablemente hace poco reviví ese pesado ciclo- que la liberación de la angustia ante la crisis sostenida, la concreción del final que venía a terminar con tanta desesperación por la duda y la indecisión, que toda esa radiante calma de la decisión difícil tomada, era solo una pequeña paz después de una tormenta, que me había dado un breve tiempo de navegación plácida, para dar paso a una nueva… más que una tormenta, una lluvia copiosa, sostenida, insistente, monótona, interminable: la lluvia de la tristeza, el líquido asfixiante del duelo. Hogar enemigo que me hiciste creer que nuestro romance no sufriría crisis, que la felicidad fantasma del amor trunco que te habitaba iba a ser reemplazada por otra, la nuestra y propia, la felicidad de una soledad elegida que ahora entendía que no era tan voluntaria, que no era tan opción, que también era destierro, invierno de los recuerdos que se marchitan quemando tus ojos, tu carne en el deshidratarse, oxidarse a tu alrededor sin descanso.

Recuerdo que trabajaba en mi escritorio celebrando los momentos de concentración, de inspiración, de disfrute, porque era oasis profesional, remanso en la alienación laboral. Pero también recuerdo esas horas en que nada pasaba, ninguna libido escritural podía sacarme del pozo de la nihilidad del mundo hogareño y recuerdo haber descubierto un truco contra el duelo: salir a caminar. Cuando la tristeza me desesperaba –¡qué tremendamente inútil que es el sentimiento de tristeza… no sirve para nada de nada!- de pronto venía a mí la estrategia corporal a salvarme: me ponía las zapatillas, agarraba solo el mp3 y las llaves, y me iba a caminar por horas… recorría el barrio buscando llegar a sus plazas, siguiendo el sendero de endorfinas que se despiertan y alborotan hasta llegar al lago que está al fondo de Olleros y Libertador… y recuerdo también que a los quince-veinte minutos ya había funcionado el truco: los oídos acallados por la música que los distraía, la mirada exploradora-perdida en caras, lugares, esquinas, calles, las piernas internamente cálidas, el corazón palpitante, los pulmones que bailaban la rítmica danza del sostenido paso y entonces yo, si no rescatada del secuestro del duelo, al menos semirecuperada, pudiendo respirar de nuevo un aire de afuera del hogar enemigo, de un mundo más grande que el de mi propia angustia, de una vida que continúa para todos y entonces, quizás, para mí también… muchas caminatas más mediante.

Así fue la pelea que dí al 2010-año-gris… y eventualmente, entre el tiempo, la caminata, el optimismo obstinado, el deseo de vida, la escritura y mi cuerpo, salimos adelante.

El hogar enemigo se reconcilió conmigo… quizás se asustó de tanto que me iba y lo dejaba con la discusión a medio terminar, con el reproche al que ya no prestaba oídos, con sus fantasmas acosadores ninguneados, con sus rincones traicioneros de pasado desestimados. En algún punto nos enamoramos de nuevo. De algún modo reconstruimos el amor que nos teníamos, ahora sobre bases menos ilusoriamente firmes pero deseantes.

Pero nunca más fuimos los mismos: ni él, hogar propio, devenido enemigo y luego propio-herido-retornado, ni yo, la que no puede vivir sin caminar, sin escribir, sin huir cada tanto de la tristeza inútil de los amores pasados y las ilusiones muertas que la habitan vaya a donde vaya.

jueves, 14 de junio de 2018

Optimismo Feminista


Luis Zamora decía hoy en c5n que “Si el pueblo hiciera lo que hicieron con esta lucha las mujeres, podríamos cambiar el mundo.”
Yo con dar pelea en la situación argentina actual de retorno de políticas de ajuste, me conformo –aunque a América Latina la quiero toda feminista, claro!!
Esto me hizo pensar en que en el año 2015 me invitaron a participar de un libro-homenaje a “Los cuatro peronismos” de Alejandro Horowicz, a 30 años de su publicación. Escribí un texto que se llama “¿Qué se le puede pedir a un relato histórico?” y concluí de mi lectura de su obra que la aparición de “Ni una menos” daba la chance de renarrarnos, de reimaginar nuestra subjetividad política. Aún no había ganado Macri las elecciones cuando el texto fue a imprenta y luego, con lo que se vino, me sentí un poco estúpida con mi optimismo feminista de ese texto.
Sin embargo hoy, siento que ese optimismo era acertado. No será casual que haya aparecido en ese texto “La colonia penitenciaria” de Kafka y no parece casual que hoy sea el día en que empezamos a dejar de aceptar que se inscriba el control de poder en nuestros cuerpos gracias a la media sanción del Aborto Legal, Seguro y Gratuito en Diputados.
Les comparto el análisis final que hice de ese relato en potencia que quizás hoy más que nunca sea un relato posible:

“Si propongo rechazar nuestra auto-percepción como sociedad trágica no quiero con esto recaer en una romanticización absurda o peor, peligrosa, sino recuperar la esperanza en un futuro mejor como herramienta para la orientación de un proyecto político desde una mirada del pasado que lo resignifique a la luz de las nuevas posibilidades enunciativas (aunque se trate de una tarea atravesada por la complejidad de la producción y circulación de toda enunciación en nuestro momento presente). Pero quizás lo que presenté como un gesto de despedida sería mejor entendido como un gesto de relevo: Horowicz, el gran narrador crítico del peronismo, nos dona en ese epílogo de hace diez años las tareas que la producción intelectual-humanista de mi generación podría elegir asumir: reconfigurar un nuevo relato que desplace nuestra autopercepción histórica en el modo de la tragedia sin negar ni desconocer el pasado, sino recontextualizándolo a la luz de las posibilidades presentes. Tarea que se enfrenta con el desafío de una nueva posibilidad de transformación –no necesariamente positiva- del peronismo en tanto este año se plantea la posibilidad de que el ciclo kirchnerista llegue a su fin.
Mi homenaje a los treinta años de Los cuatro peronismos es entonces identificar en este aniversario la posibilidad de tomar la posta de la generación devastada de la que su autor proviene. Por eso considero que podemos apostar a que nuestra tarea no sea ya la del registro de la impotencia sino la de imaginar nuevas potencialidades –por ejemplo, la potencia de des-inscribir de nuestros cuerpos el relato del terror, posibilidad que nos es dada por el carácter literalmente distinto de nuestros cuerpos nacidos en democracia.
Para comenzar a pensar cómo podríamos asumir como nueva generación esta tarea que se nos lega quisiera retomar la cita de Alejandro de “En la colonia penitenciaria”. Ese genial relato kafkiano se adelanta figurativamente a un tópico ineludible de las humanidades del siglo XX: la relación entre discurso, poder, disciplinamiento, cuerpo y subjetividad. Ese “aparato muy peculiar” que inscribe en el cuerpo de los condenados la norma transgredida hasta matarlos es una metáfora demasiado realista del modo en que se ejerce el poder disciplinador. Y más dolorosamente realista aún cuando vemos lo acertado del recurso a Kafka por parte de Alejandro para graficar las nefastas consecuencias de nuestro terrorismo de estado. Ahora bien, Alejandro recurre a la imagen de la maquinaria pero la metáfora kafkiana se inserta en un relato: el de un viajero que es convocado como veedor de ese método de castigo en el momento en que la autoridad responsable de crearlo, “el anterior comandante”, ha muerto y la nueva autoridad que lo reemplaza cuestiona su legitimidad. El oficial que le muestra y describe orgullosamente la maquinaria condenatoria que él administra comunica al viajero su temor de que, muerto el anterior comandante, el nuevo comandante parece determinado a deshacerse del aparato y su modo de castigar. Por eso Kafka deja la descripción de la maquinaria en boca del oficial que no solo ensalza el castigo que permite sino que argumenta en su favor frente al viajero-veedor para convencerlo de que defienda su continuidad frente al nuevo comandante, que tiene distintas ideas sobre cómo impartir justicia y está particularmente “mal influenciado”, como veremos. Vale la pena citar un breve momento del monólogo del oficial en defensa de su tarea:

Este procedimiento y esta ejecución que ahora tiene usted ocasión de admirar no cuentan actualmente en nuestra colonia con ningún partidario declarado. Yo soy su único defensor, y al mismo tiempo, el único defensor de la herencia del antiguo comandante. Ya no puedo pensar en una ulterior ampliación del procedimiento, y consumo todas mis fuerzas en conservar lo existente. Cuando vivía el antiguo comandante, la colonia estaba llena de seguidores suyos; la fuerza persuasiva del antiguo comandante la poseo yo en parte, pero carezco totalmente de su poder; por eso se han ocultado los seguidores: aún quedan muchos, pero ninguno lo admite. Si hoy, día de ejecución, entra usted en la casa de té con el oído atento, quizá solo escuche declaraciones ambiguas. Son todos partidarios, pero no me sirven absolutamente de nada con los puntos de vista del actual comandante. Y ahora le pregunto: ¿es dable que la obra de toda una vida” –y señaló la máquina- “se pierda por culpa de este comandante y de las mujeres por las que se deja influir?”[1]

El oficial teme la influencia de esas mujeres que rodean al nuevo comandante porque sabe que intentan convencerlo de lo inhumano del procedimiento –así como las critica con rabia por darles dulces en la cena previa a su ejecución a los condenados. Pero, ¿para qué recuerdo el contexto narrativo del texto de Kafka al que aludía Alejandro? Porque considero que ilustra muy bien los efectos de la distancia temporal transcurrida entre 1985 y 2015. Los viejos comandantes van muriendo y con ellos la legitimidad de sus métodos, aun cuando tengan secretos partidarios, ha quedado en el pasado tras treinta años de vida democrática. Esta distancia temporal es hoy la que reclama un relato que haga de la derrota del pasado lo que no estamos dispuestos a volver a aceptar. Ese consenso social ganado es un precioso piso donde sostener toda construcción de subjetividad.
Pero en realidad lo que también me parece crucial del relato kafkiano es el rol de las mujeres cuya “mala” influencia socava la continuidad de la maquinaria condenatoria. Si hemos de producir un nuevo relato que re-trame desde el 2015 el horizonte de posibilidades de la subjetividad que buscamos constituir el eje de lo femenino debe adquirir un protagonismo claro. No se trata solo de que el relato reconozca el rol ineludible de las mujeres en estos treinta años de democracia (y antes, también). Se trata de una tarea reflexiva aún más profunda y por eso re-constituyente de la idea misma de subjetividad que informa nuestros modos familiares de tramar. No es lo femenino en tanto “mujer” como distinto de “hombre” sino en el sentido en que se ha relegado bajo tal designación todo lo repudiado como diferente-inferior. Demasiada deuda hay en el romance y la tragedia con la figura del héroe como modelo de agente histórico, con su vocabulario machistamente cargado de luchas, batallas, triunfos y derrotas. Si hemos de alumbrar un nuevo relato y un nuevo proyecto el modo de lo femenino puede ser una buena lámpara. Después de todo, la década pasada ha sido la de la presidencia en manos de una mujer y la del festival obsceno de la misoginia disfrazada de supuesto debate político. Ha sido a la vez la década de la Ley de Matrimonio Igualitario y de Identidad de Género. ¿Qué hechos históricos más necesitamos para asumir en serio una reconceptualización de nosotr@s mismos?
En un evento dedicado a pensar la experiencia de la guerra de Malvinas escuché a Carlos Gamerro reflexionar críticamente sobre el común vocabulario heroico que derecha e izquierda, militares y civiles comparten y sostienen en muchos modos de relatar la guerra. Comentaba cómo el coraje físico ensalzado por una ética exclusivamente viril iba muy bien con la cultura machista, misógina y homofóbica y su desprecio de los débiles –en lugar de la preocupación por su protección. Y finalmente Gamerro sostenía que era tan anacrónico como injusto en nuestra sociedad seguir reduciendo el heroísmo al valor en combate ya que “el paradigma de la valentía ha pasado de militares a civiles y de hombres a mujeres y reside hoy, sin duda alguna, en las Madres de Plaza de Mayo” (y creo que sin problemas podríamos agregar, y en las Abuelas).[2]
Si a las figuras femeninas mencionadas sumamos el recuerdo de la fuerte, amplia y contundente movilización que logró la convocatoria del colectivo de periodistas, artistas y activistas “Ni una menos” en junio pasado, entonces quizás podamos ir direccionando el tipo de reelaboración reflexiva que requiere la construcción de un nuevo relato. En su página web, el colectivo se autodefine del siguiente modo:

“Ni una menos es un grito colectivo contra la violencia machista. Surgió de la necesidad de decir “basta de femicidios”, porque en Argentina cada 30 horas asesinan a una mujer sólo por ser mujer. La convocatoria nació de un grupo de periodistas, activistas, artistas, pero creció cuando la sociedad la hizo suya y la convirtió en una campaña colectiva. A Ni Una Menos se sumaron a miles de personas, cientos de organizaciones en todo el país, escuelas, militantes de todos los partidos políticos. Porque el pedido es urgente y el cambio es posible, Ni Una Menos se instaló en la agenda pública y política. El 3 de junio de 2015, en la Plaza del Congreso, en Buenos Aires y en cientos de plazas de toda Argentina una multitud de voces, identidades y banderas demostraron que Ni Una Menos no es el fin de nada sino el comienzo de un camino nuevo.”[3]

Alejandro señalaba, reflexionando sobre la crisis del 2001, la necesidad de nuevas consignas y nuevo valores. Ni Una Menos nos ofrece un caso reciente en el que se alumbra un camino nuevo, pero que tiene en los últimos diez años otros aconteceres con los que ser incorporado a un mismo relato: ¿qué mejor oportunidad para abandonar la derrota y la mudez en busca de construir una nueva subjetividad que la que se abre con un grito colectivo contra la violencia machista?
Para un camino nuevo necesitamos un nuevo mapa, uno en el que las líneas que tracemos de pasado a futuro atraviesen este presente de oportunidad para re-narrarnos, para metabolizar el miedo, para auto-constituir nuestros cuerpos con el horizonte de expectativas iluminado no por el registro de la impotencia y la derrota –aunque sean parte innegable de lo que fue- sino por las potencialidades invisibilizadas que todo lo marginado y repudiado contiene y que parecen hoy señalar el rumbo de una subjetividad que vale la pena intentar construir."




[1] Kafka, Franz, Ante la ley, Debolsillo, Buenos Aires, 2014, p. 146.
[2] Quiero agradecer a Carlos Gamerro que me haya permitido leer la versión inédita del texto “Héroes de Malvinas” que presentó en el evento “Historia, arte, política y memoria, a 30 años de la Guerra de Malvinas” organizado por la Universidad Nacional de Tres de Febrero los días 18 a 20 de abril de 2012 en el Palais de Glace, evento del que participaron investigadores del campo de la historia, la antropología y la filosofía, junto con excombatientes, artistas, periodistas y militantes de derechos humanos.  Este texto será parte próximamente de una publicación que reúne los trabajos presentados en el evento bajo la compilación de Verónica Tozzi y Gustavo Castagnola. 
[3] El texto puede leerse en la pestaña “Qué es Ni Una Menos” en la página web: http://niunamenos.com.ar/

miércoles, 28 de febrero de 2018

La comunidad de lxs que bailan

Estoy en la mitad de mi jornada laboral docente-investigadora-coordinadora-académica y como suele sucederme se contractura mi espalda… es una contractura conocida, un retorcimiento de ansiedad por las tareas pendientes, por las cuestiones hogareñas por resolver, etc, etc. Descanso en el sillón un poco, pero no me calma. Entonces decido retomar un ritual nuevo de este año: poner música y ducharme para bajar un poco, calmar el cuerpo, cortar para seguir laburando.

Me ducho tranquila, me lavo el pelo despacio, salgo de la ducha, me seco y seco mi pelo… y de repente, aún felizmente desnuda, suena “Lose yourself to dance” de Daft Punk y decido, elijo de nuevo, otro ritual reciente: bailar en mi casa.

Voy a la habitación contenta, sonriendo por dentro y por fuera por darme esta simple rebeldía: bailar sola, desnuda, en casa… si alguien me viera qué pensaría, no me importa. Muevo la cabeza, la cadera, estiro mis brazos al techo-cielo y me conecto con aquellxs a quienes pertenezco: la comunidad de lxs que bailan, esa tribu de lxs que no podemos vivir la vida sin danzarla, sin mover el cuerpo al ritmo que se ofrece, a la música que nos abraza.

Rezo el rezo de la comunidad de lxs que bailan, que no tiene versos, no tiene estrofas necesarias… se mueve el cuerpo y canta siendo toda una boca que me atrapa. Recuerdo bailar esta canción con las personas que amo, recuerdo moverme sola y acompañada, individualizada y nihilizada en tantos rituales de la comunidad que baila… esa que he formado con amores y amigxs, esa que me conecta con conocidxs y desconocidxs, esa en que te cruzás miradas, te sonreís y seguís bailando, que es todo lo que importa, que no requiere palabra, pero comunica los cuerpos profundamente, comunica esta carne que se reclama en la danza, el ritual, el erotismo, la alegría, la entrega, la musicalidad corpórea de los momentos suspendidos, del tiempo que no pasa porque baila con vos… sí, el tiempo a veces también descansa y baila.

Y mientras bailo se enciende la escritura en mi cuerpo. Los brazos que se estiran terminan en dedos que reclaman un teclado… para hablar de esta experiencia comunitaria… de esta vivencia que a tantxs nos atraviesa, tengamos o no las palabras para nombrarla, culminar el gesto corporal con el gesto significante (como decía mi querido Merleau Ponty).

Y pienso que hace rato que no escribía… pienso que escribo cuando mi cuerpo se enciende: descansa, se desnuda de todo lo denso de lo laboral-cotidiano, respira y baila.

Aristóteles hablaba de la conexión a un intelecto agente… yo, en cambio, me conecto a un intelecto danzante. No es una entidad suprasensible ni formal: es esa energía erótica que recorre tantos cuerpos que en algún lado, conmigo, como yo, en el mundo, ahora están bailando.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Juani y la bomba de papel

Hace poco más de un mes visité a mi hermano Juan y su familia en México. Como quienes me conocen saben, mi hermano se mudó hace un tiempo por motivos de trabajo y yo los extraño absolutamente. Pero en esta experiencia inesperada de la vida que es tener a un hermano, una cuñada-hermana y sobrinos viviendo en otro país, también aparece la novedad del reencuentro fraterno y sobrinezco.

Uno de mis días de visita fui con Juani, Lupe y su mamá, Debo, a comprarle un regalo a cada uno al Liverpool de Polanco. Juani aprendió a renunciar a comprarse un juego para la play carísimo, que duplicaba el presupuesto que había establecido la tía y eligió un lego. Lupe, luego de estudiar detenidamente durante cuarenta minutos cada uno de los juguetes que había en las góndolas –sentenciando a la salida del mall que “Vengo al Liverpool y quiero llevarme todo”- se compró una familia de ositos.

Llegados al departamento de nuevo, Juani inmediatamente se puso a armar el lego. Este bombonazo de siete años con total independencia y práctica tomó las instrucciones de armado y empezó a seguirlas religiosamente. Mientras tanto, papá, mamá y la tía se preparaban para una merecida salida sin niños por la noche de restaurants y bares newyorcezcos del barrio. Lupe y Juani hicieron sentir sus quejas de que salíamos sin ellos. Y nosotros seguimos con nuestros planes, con nuestro momento solos que necesitábamos, y educando a los enanos en la libertad, tiempo y espacio propio que se merecen también los mayores.

La noche de cena fue maravillosa: feliz, íntima, a pura charla, reflexión y chiste, con riquísimos vinos y deliciosa comida española… nos quedamos horas disfrutando nuestro reencuentro adulto, como se disfruta a un hermano y una hermana que tanto se aman y tanto se extrañan, y con quienes hemos compartido décadas juntos. Quizás la distancia, en lo que duele, también depare estos hallazgos: tener poco tiempo y entonces disfrutarlo, entregarnos a él al máximo.

Volvimos al departamento a la madrugada, felices y algo borrachos, debo confesar. La tía Mary llegó como pudo con su leve a moderado mareo a la cama y se desmayó.

Me habré quedado dormida entre las dos y tres de la mañana y a las seis y media, Juani me despierta. Como se levanta todos los días a esa hora, el sábado también se despierta temprano. Se acostumbró a hacerse el desayuno y ver la tele, jugar a la play, jugar a los tiros contra enemigos imaginarios y/o, como sucedió cuando lo visité en enero, rapear a solas en el living de la casa para arrancar la mañana. Pero esta vez, la tía estaba de visita y Juani no dudó en cuál era su plan: levantar a la tía para que lo ayude a armar el lego. La tía, despertada pero aún mareada –probablemente deshidratada también-, se debatió entre dos intensas emociones: estar conmovida por el amor del sobrino que no puede esperar a pasar tiempo con ella y estar destruida por la noche de generosos alcoholes. Como pude, atiné a explicarle a Juan que no había dormido mucho, que me dolía la cabeza, que necesitaba dormir un poco más. Juani preguntó: “¿cuánto más?” La tía atinó a decir: “un rato, unas horas”. Juani se indignó. Se tiró arriba mío, mitad abrazándome, mitad aplastándome y presentó su argumento fervoroso y convencido de que yo tenía que levantarme a ayudarlo porque el lego llevaba mucho tiempo armarlo y si no, no iba a poder tenerlo terminado a tiempo para que jugáramos con él (la tía volvía a Argentina el día siguiente). Que no quería estar solito, que quería que lo acompañe.


La tía leía –con sus facultades mentales disminuidas pero su amor por su sobrino nunca más despierto- la demanda amorosa de Juani. Le dije “dame un ratito que ya me levanto”. Se tranquilizó, fue a su placard a buscar la ropa para vestirse y yo entredormida me moría de amor de ver a este bebote hermoso ya con siete años eligiéndose el pantaloncito y vistiéndose solo. Se fue de la habitación y dije “ya voy”.

Me levanté como pude. Un tanto encorvada del sueño y dolor de cabeza llegué a la silla al lado de la de Juani en la mesa del living. Le dije que tenía frío así que me trajo una manta y me tapó para que estuviera más cómoda. Mi cuerpo estallaba de amor mientras intentaba con el estallido sostenerse con el sueño que me invadía. Nos pusimos a armar juntos el lego, no sin cierto conflicto por las partes que iba o no iban, o porque le quise arreglar una parte y se desarmó otra, pero con conflicto y todo, terminamos la isla que estábamos armando. Serían las siete y algo de la mañana y por dentro dije “listo, ahora puedo dormir un poco más”. Ya le había adelantado a Juani que la tía se levantaba un ratito y después volvía a la cama porque tenía que descansar porque le dolía mucho la cabeza. Cuando la isla estuvo lista y festejamos el triunfo, inicié el proceso de transición a la cama con frases como “bueno, Juani, la tía te ayudó, ahora se va a la cama”, proceso que fue respondido por un Juani que se me tira encima de nuevo y me dice: “No tía, no te vayas, haceme compañía, no quiero estar solito.” La tía, conmovida hasta la médula pero mareada hasta el mismo órgano volvió a afirmar su necesidad de descansar en tono firme pero comprensivo, prometiendo seguir jugando cuando hubiera descansado. Juani insistió y arrojó su mejor argumento: “falta la otra parte de la isla, tía!” El lego armado era solo la mitad de todo lo que había que armar. La tía entró en pánico. Pero el sueño fue más fuerte: “Juani, lo armamos después. Empezá y después te ayudo. ¿En qué habíamos quedado? Te dije que te ayudaba un rato pero después tenía que descansar porque no dormí y me siento mal…” Bla bla bla la tía se impuso con tierna firmeza y se fue, convencida, a la cama.

Menos de veinte minutos después, Juani entra en la habitación de nuevo: “Tía, ¿ya dormiste?”. La tía experimenta un torbellino de ternura, amor, risa, furia y cansancio. “No, Juani, recién me vengo a la cama.”

“¿Cuánto más vas a descansar, diez minutos?”, pregunta sin ningún afán de estar preguntando y con toda la decisión de despertarme. “No, Juani, unas horas necesito.” Abrazo-aplastamiento de la tía de nuevo. Juani acostado arriba mío protesta: “Pero tenemos que armar el lego, si no no vamos a poder jugar, que mañana te vas.” La tía, enternecida, comprensiva, muerta de sueño. La negociación siguió hasta que Juani aceptó dejarme dormir un rato más de nuevo.

Menos de media hora después, Juani vuelve a la habitación. Esta vez la demanda es distinta. Trae una tijera y hoja de papel en la que había dibujado con distintos colores una bomba, de la que salían cables verdes, rojos, amarillos, azules. Viene con una tijera y me dice: “Tía, tenés que ayudarme a desarmar la bomba.” La tía, que no lograba cerrar los ojos y ya tenía al enano hincha kinotos de nuevo demandándola, en parte se ríe, en parte se enoja… pero la ternura pudo más y aún debajo del acolchado y con los ojos cerrados juega. Juani pregunta ansioso, actuando la situación “¿Qué cable cortamos, qué cable cortamos?”. Le digo: “El verde”. Lo corta, la bomba no explota y me dice aliviado… “Bien, no explotó”. “Y ahora, ¿qué cable cortamos?” La tía en un tono un tanto más molesto dice: “el azul”. Misma reacción. Por suerte, la bomba no explotó así que la tía pudo volver a decirle a Juani que la deje dormir un rato. Juani se va y al rato vuelve con otra bomba. La tía ya empieza a decirle literalmente al enano –aunque risas de los dos de por medio- que era un hincha pelotas. Pero igual seguimos desactivando las bombas. Creo que tres o cuatro bombas llegaron hasta las ocho y media de la mañana. Al poco rato, se sumó Lupe alrededor de la cama con la tía adentro feliz y sufriendo el sueño al mismo tiempo. Lupe trajo un jueguito de ponerle vestidos con imanes a muñecas y la tía tenía que ayudarle a elegir la combinación mientras Juani al mismo tiempo le traía otra bomba. Al rato, trae Lupe su propia bomba, y cuál cable cortamos, y cortá el rojo, y dejen dormir un poco a la tía, mierda!, dicho todo en un tono tan derrotado por el amor a sus sobrinos que las quejas de la tía solo fueron más motivo de risa hasta que, asumiendo el fracaso absoluto del intento de conciliar el sueño, la tía se levantó finalmente para estar con sus sobrinos.

Con sueño y todo, cansada y demandada, la tía estaba feliz de estar con ellos. Pero a su vez, la tía no pudo dejar de ver en toda esa escena de demanda amorosa una escena tantas veces vividas.


La necesidad de otros para no estar solos. La demanda de atención y amor como imposición. La necesidad de estar acompañados en la vida, en el juego en la niñez, y en tantas otras situaciones a medida que crecemos.

Pensé cuántas veces me han traído mis afectos bombas de papel para desactivar. Cuántas veces he recibido alguna amiga, amigo, compañerx, familiar que me ha demandado amor mostrándome las bombas neuróticas a punto de explotar que estaban viviendo. Cuántas veces he aconsejado qué cable cortar. Cuántas veces he mostrado que la bomba era de papel… bomba imaginaria, peligro fantástico, que no por eso tiene, en nuestras vidas de sujetos-cuerpos-infantes que envejecen, menos sensación de mortalidad, de finitud, de pérdida, de punto sin retorno. Cuánto de la amistad para mí ha sido calmar cual bombera psicoanalítica los fuegos falaces de las crisis explosivas de quienes amo.

¡Y ellos, ellas, ellxs, a mí! ¡Viceversabsolutamente! Tanta bombas de papel, tantos incendios de aire, tanta neurosis asfixiante, tanta desesperación imaginaria que el cuerpo solo no soporta… que por eso necesita el vómito de las palabras, el abrazo que contiene y acompaña… la caricia que calma el temor al desastre… el desvelo de otros que sostiene en las peores noches de la subjetividad que somos.

Como esos niños que necesitan compañía para desactivar bombas inventadas, seguimos siendo todos nosotros, pero reprimidos, silenciados, por la censura de la mostración pública de esa infancia permanente en que vivimos.

Como esos niños que necesitan quien los acompañe y sostenga también en armar el lego de la propia vida. Dónde va esta pieza… dónde pongo esto que soy, esto que me pasa, esto que no entiendo. Cómo seguir las instrucciones para armar el hogar de la interioridad que nos alberga, que de repente es bomba, incendio, amenaza. Cómo no seguir las instrucciones… cómo construir sin reglas, con reglas propias, más allá del temor a las bombas de papel y reales que puedan esperar a la vuelta de la página, de la esquina, de la edad, de los procesos complejos, mareados, intoxicados, que también somos.

El lego de la vida y las bombas imaginarias. Tener compañerxs para saber cuándo realmente una bomba va a explotar. Tener alguien que junto con mi mano corta el cable que creemos desarmará todo. Estar en la infancia que retorna y nos incendia con otros que en su estar, en su poner el cuerpo a nuestro lado –aunque estén cansados, dormidos, agobiados- nos calma. No estar solitos, como no quería Juani, cuando hay una vida para armar y las piezas no se acomodan o las instrucciones recibidas no ayudan. No estar solitos cuando sabemos, también, que el tiempo con el otro siempre es poco, que mañana volveremos a otros países, que no siempre podemos estar en las mismas tierras.

Y reír, con lxs otrxs, de nuestras bombas imaginarias desactivadas.

Y festejar, con lxs otrxs, cuando hemos armado alguna parte, parcial, modesta, pero al fin hecha, de nuestra existencia.


Y abrazarnos en la risa y el festejo de tenernos por un rato, este rato, fuera de todo límite geográfico, fuera de toda soledad falsa del límite de nuestros cuerpos.

martes, 12 de septiembre de 2017

Ustedes me hacen vivir

Para Cristián, Juan Pablo, Rodrigo, Tomás, Marcela,
Sharlene, Carlos, Adrián, María y Melanie

Estábamos en una fiesta en Santiago, bailando todxs, juntxs, felices.

Pasan un tema de Scissors Sisters y me emociono por dentro porque recuerdo haber puesto algunos de sus temas en casa, sola, para acompañar con un poco de baile una lavada de platos o el estar poniendo orden en la casa… poner esos temas que suelo bailar con mis amigxs chilenos –Cristián, Rodrigo, Juan Pablo, la Marce, Tomás, Carlos, Sharlene- para recordarlxs, extrañarlxs, desear pronto verlxs de nuevo.

Y llega agosto y nos vemos… la alegría maravillosa de nuestro reencuentro anual.

Y nos vamos a bailar! Y pasan el tema que bailé sola añorando estar con ellxs… y estoy ahora, con ellxs, bailando.

Me estoy contando a mí misma todo esto mientras bailo y de repente suena ahora nuestro himno: “I want to break free” de Queen. No puedo más de la emoción… le digo a Juan Pablo y a Cristián lo que siento… me miran y me sonríen porque me entienden, entienden todo, mientras también ellos se entregan a la voz de Freddie y la letra de nuestro manifiesto: “I want to break free.”

El mismo Queen de “Friends will be Friends”, como si entre estos dos temas se nombrara todo lo que nos une… una amistad en la libertad… un compañerismo, un acompañarnos… ser compañerxs en la libertad.

Bailo perdida en la noche, disfrutando de mis amigxs, del momento, de este estar fuera de mis espacios normales pero en uno de mis espacios más íntimos. Ese espacio con mis amigxs en el que tiempo nunca alcanza… pero no pienso en eso. Pienso en esa temporalidad deliciosa de la noche entregada a la noche misma con ellxs.

Bailo con los ojos cerrados… disfruto dejar que mi cuerpo elija el movimiento… estiro los brazos, paso las manos por mi pelo, abro despacio los ojos y veo, encuentro, a mi amigo con los ojos cerrados, también perdido en la música y la noche, bailando adelante mío y sonrío… una felicidad me explota por dentro: eso, esto quiero. Bailar con los ojos cerrados y abrirlos para ver a mi amigo disfrutando conmigo. Lo veo y lo adoro. Lo abrazo. Algo nos decimos sin escuchar realmente las palabras porque ya entendimos. Abrazo a mi amigo que baila conmigo. Ese que tanto extraño. Estos que tanto amo.

Queen tiene otro hermoso tema… “You’re my best friend.” Parece un tema dedicado a un amor, unx amante, una pareja.

¿Será que hay un punto en el que el amor, el amor en la libertad, se parece a la amistad?

¿Será que la amistad, la amistad en la libertad, se parece al amor?

Entre otras cosas, el tema repite una y otra vez: “Oh, you make me live…”

Amor, amistad, y “me hacés vivir”… con ese “Oh” delante de celebración, de agradecimiento, de rezo a lxs diosxs del Eros a lxs que nos entregamos…

Esos caminos de la libertad, mejor dicho, esos caminos de la búsqueda de la libertad, que son difíciles y sinuosos, que son desconocidos y que no ofrecen garantías, pero que cuando se transitan con amigxs… con esa experiencia más abierta entre el amor y la amistad… alguna vez dije que una se enamora de sus amigxs… quizás también las mejores formas del amor se viven como modos de la amistad.

“Oh, ustedes me hacen vivir” podría haber cantado también en esa noche plena de reencuentro con mis amigxs. Si estoy con ustedes hay música, hay canto, hay cuerpo entregado a la feliz promiscuidad que juntxs somos.

Como camino al Elqui, seis personas, una arriba de la otra en el auto por seis horas… entre cantar y charlar, entre discutir y reír… camino a un valle maravilloso en el que recibimos el nuevo año entregados a la oscuridad del mundo común y la luz milagrosa de las estrellas… con el río sonando a lo lejos, meciéndonos abrazados, hasta que el ritual de amor, amistad y nueva vida se completa. Un champagne que acompaña nuestra fiesta desde las copas que se chocan y festejan que juntxs terminamos y que juntxs recomenzamos el año.

Entre querer irrumpir en la libertad, ser amigxs que serán amigxs y que ustedes me hagan vivir, me ha colmado la vida, la fortuna, el azar y el encuentro de partes de mi cuerpo que viven a kilómetros de distancia… me siento tironeada hacia el otro lado de los Andes por mis otrxs miembrxs que reclaman unirse a mi cuerpo. Carne de mi carne, amores de mis amores, me tira, me demanda.

Lejos de un cuerpo torturado por su posible mutilación –aunque los extraño y mi carne por momentos se desgarra- me siento un cuerpo estirándose para abarcar todo esto que vivo y siento con ustedes… como en una noche de baile, con los ojos cerrados y los brazos abiertos…

Es que ustedes, ¡oh, amigxs míxs, me hacen vivir!

jueves, 7 de septiembre de 2017

Trabajo intelectual, trabajo doméstico y materialidad económico-afectiva

Tengo en mi escritorio una serie dispersa de objetos de gente que amo que acompañan mi trabajo.

Una plana que me regaló un amigo.
Una postal que me regaló un colega.
Una foto de mi amor.
Otra con amigas, otra con mi sobrina Lupe –de la que también tengo un garabato y su nombre escritos por ella en mi pizarra la última vez que me visitó, que no borro ni loca.
Un portarretrato con un mensaje bordado de una exalumna que se volvió amiga.
Un calendario que me regaló mi vieja.
Una cajita artesanal que me hizo mi hermana.
Dos lapiceros, regalados por mi amor uno y por una amiga, otro.
Los sujeta libros que me traje de mi abuela Susana, luego de que falleció.

Es que un escritorio, para quienes nos dedicamos a la docencia y escritura humanistas, es un lugar ambivalente. Es el cuarto propio pero también por momentos cárcel. Es lugar de iluminación y disfrute, pero también de estrés y angustia. Es el lugar de trabajo en la polisemia feliz y tortuosa de ese término. Pero también es el espacio individual-reflexivo –epojé habitacional- que se recorta como abstracción de un mundo de afectos y amores concretísimo en que se sostiene, potencia, desarrolla, florece.

Porque el trabajo intelectual –y muchos otros modos del trabajo también- se sostiene en una materialidad, que es la materialidad económica de las condiciones de producción, claro, pero también la materialidad afectiva, ese soporte de redes de contención y cariño que mejor funciona cuando más permanece invisible, sosteniendo el quehacer en un silencio que lo potencia.

Recuerdo mis muchos años de estudio –sin contar primaria y secundaria, nueve de carrera de grado- en que mi dedicación exclusiva-compulsiva a preparar exámenes, escritos, monografías funcionó sobre la base de todas las necesidades cotidianas resueltas por mis padres. Además del techo y el alimento, toda una industria del cuidado de lxs hijxs sobre todo por parte de mi madre, que para mí era un dato, es decir, algo dado, no cuestionado. La comida rica, variada y caliente en la mesa. La ropa limpia y planchada doblada en mi cama para que la guarde. Toda necesidad o favor, respondido inmediatamente. Y para mí, en esos años que fui hija de la casa materna, todo eso era un fondo, un escenario, un paisaje ya dado que yo habitaba inconscientemente, con el lujo de no tener que detenerme a pensarlo, ya que estaba resuelto de antemano y entonces podía solo dedicarme a estudiar y estudiar y estudiar.

Cuando me fui de la casa de mi vieja y asumí todas y cada una de esas tareas que antes estaban resueltas para mí, entendí muchas cosas. Primero, el amor de mi madre y su entrega a sus hijxs. Segundo, la invisibilización cultural del trabajo doméstico, que es trabajo pero no se paga. Sí, claro, lxs hijxs pagamos con agradecimiento en algunos casos, y esto no está mal. Pero eso no es salario. Y aunque el amor materno reciba las gracias como satisfacción, no deja de haber una perversa estructura social que hace a las mujeres trabajar sin recibir reconocimiento social –aunque tengan el de sus seres amados- ni económico. Una doble verdad se revelaba: toda la comodidad de mi vida que me permitió hacer una carrera humanista tan demandante como filosofía resultaba posible porque había un hogar que me acogía y que se invisibilizaba para que yo me ocupara solo de lo mío. Pero también, todo un trabajo habilitador de existencias estaba invisibilizado y dejerarquizado respecto de lo que el mundo social nombra y destaca como trabajo que merece remuneración real, no solo afectiva.

Descubrí con lucidez y algo de sana culpa un nuevo respeto por las tareas domésticas –el “ama de casa”, figura que, como obediente hija con la cabeza lavada por el patriarcado, supe despreciar masculinamente proponiéndome ser una profesional económicamente autosuficiente a como diera lugar, en ese momento de mi vida en el que ignoraba y repudiaba el orden simbólico de la madre, tal como lo tematizó Luisa Muraro (lean ese libro: les va a partir la cabeza).

Descubrí el límite de mi propio mérito. Qué fácil es recibirse de licenciada en filosofía con un mundo-hogar-sensible que se corría del protagonismo y la demanda para darme el lujo del mundo-profesional-inteligible. Cuánto rechazo, renegación de la materialidad que somos y que nos permite ser se anida en nuestros discursos moralistas del logro profesional, del título universitario, del esfuercismo negador de la necesidad de un mundo con otrxs que sostenga nuestros proyectos.

Por eso, la moral del logro profesional individual es en parte un lujo de clase, entendí. No desestimo mis esfuerzos y progresos, pero su narración en perspectiva individual es una gran mentira:

Un gran relato individualista, cuando es una posibilidad arraigada en una sociabilidad habilitante –cuánta gente que no tuvo esas condiciones económicas y afectivas logró lo mismo con mayores esfuerzos aún, cuánta tuvo que abandonar su carrera o proyecto por no contar con ellas?

Un gran relato patriarcal, porque se sostiene en la permanente invisibilización o subestimación de las tareas domésticas y cotidianas que nos sostienen, tareas que son culturalmente entendidas como maternas o femeninas, y por eso se refuerza su subordinación y se da el “gracias” y el cariño como moneda de pago siempre insuficiente.

Un gran relato clasista y capitalista, porque son los individuos por sus solos esfuerzos los que logran títulos y éxitos, y son individuos de clase media o alta que se autoperciben como arribando o permaneciendo en sus clases “solo por mis propios méritos”, como si no hubiera una geopolítica entera que se los ha permitido, una distribución de recursos y de oportunidades que los ha beneficiado.

Pero los grandes relatos son tentadores porque si hay algo que Occidente y su modo capitalista han afianzado en nosotrxs como deseo inoculado hasta los huesos es el deseo de heroísmo, que siempre es el del sujeto solo que se destaca, que siempre es una agencia masculina, y que siempre, si conquistó territorios y ganó guerras, es con la pancita llena, la ropa lavada y planchada, que parece que algún Dios que lo eligió para cumplir su destino sirvió en su mesa y dejó en su cama a través de un instrumento invisible, un oikos silenciado.



sábado, 29 de abril de 2017

El nudo de la existencia

Hace unos días me encontré sintiendo el nudo de la existencia.
Es un nudo en el cuerpo. Pero, ¡cómo nos arroja fuera de sus límites!
Quizás porque tiene que ver con su límite: el límite del cuerpo, el límite de la vida, la muerte.
O la mortalidad de la existencia.
O su conciencia, que son lo mismo.
El otro día lo sentí en la garganta. Ese nudo que son ganas contenidas de llorar.
Un nudo, una presión, un agujero que perfora sin materia.
Un nudo en la garganta: el lugar del habla, de la humanidad que se sabe siendo, hablando.
En ese hablar por dentro que discurre sin sonidos, pero con marcas.
Un nudo en la garganta que es también nudo en el estómago.
El lugar de la digestión, del alimento, de la necesidad de comer para vivir,
pero también de la incorporación.
Todo eso que comemos que no es alimento.
Todo eso que deglutimos, que procesamos, con el cuerpo.
Y nudo como proceso interrumpido.
Nudo como piedra, dureza, peso.
Algo me pesa adentro.
Algo difícil de tragar.
La existencia.
Que depende de que sea cuerpo, que se comprende porque es un cuerpo que habla.
Que piensa y siente, y siente el nudo de pensar la existencia.
Me duele un órgano que no existe.
Un músculo que se tensiona, se contrae,
de vez en cuando
se relaja.
Un músculo del cuerpo que se autoasfixia.
Me duele el nudo, su contractura, su indigestión, su no completa comunicabilidad.
Un nudo que por definición tiende a querer expulsar algo
algo imposible de localizar.
Un miembro que no puede extirparse.
Un nudo que fluye desde el centro pero se estira
como la contracapa interna de la piel.
Una dermis existencial ocluida.
Un nudo a desatar sin saber de qué está hecha su cuerda, su hilo, su trama.
Se afirma en su plena materialidad incorpórea: “Soy un nudo. Soy tu nudo.”
Y algo grita adentro, a alguien: “¡Desatame!”
¿Qué podría ser des-atar-me?
¿Dejar de ser? No es una opción.
¿Dejar de pensar? ¡Pero si es un pensamiento que no elijo!
He ahí su modalidad de indigestión.
Un “yo pienso lo que preferiría no pensar” que viene sin que lo llame.
Qué dejar, entonces, para que pierda su presión el nudo.
Que es nudo que tensa pero también nudo que sostiene.
Sostiene, localiza, este cuerpo en sus circunstancias.
Este pensamiento en su contingencia.
No puede dejar de ser, no puede des-atar.
Se pregunta por el modo de la convivencia con ese nudo que se tensa.
Cómo vivimos vos y yo, nudo y cuerpo en este mundo.
Nudo ventana a todo lo que es y podrá dejar de ser en cualquier momento.
Como el cuerpo que tiene el nudo en sus adentros.
Como el modo de la corporalidad en el que se tensiona.
Como es inter-corporalidad que lo atraviesa.
Cuerpo, nudo, finito, incierto.
Y un pensamiento que lo vive, que lo rodea, que le debe su existencia
y por eso de vez en cuando lo detesta.
Escribir para aflojar la garganta con las manos.
Escribir para alivianar el nudo de la existencia.