viernes, 1 de agosto de 2014

Café de la calle Amsterdam

En Manhattan, sobre la calle Amsterdam, casi llegando a la calle 111, hay un adorable café. Además de ricas infusiones hacen toda una serie de delicias de pastelería cuyo disfrute se volvió un pequeño feliz ritual de mi vida en esos meses.
Era un domingo por la tarde y el día era espléndido. Tomé mi libro y caminé las siete cuadras desde el departamento al café con la esperanza de encontrar una de las mesitas de afuera libre para acompañar mi momento de lectura placentera con el sol y la suave brisa del abril newyorkino. Era tan importante leer como vivir intensamente el afuera de un día tan precioso.
Me llevé “Allegories of Reading” de de Man y una pequeña carterita que incluía la billetera, el celular, el lápiz y la goma para los apuntes y un pequeñísimo anotador. Ligera, caminando sin apuro, con el sol besándome la cara, llegué al café y a la mesita al aire libre que me esperaba.
Me senté luego de pedirme un té y un par de esas alucinantes galletas recién horneadas que siempre tenían. Acomodé el libro en la mesa, con su infaltable compañerísimo lápiz al lado. Miré a mi alrededor y disfruté de la imponente Catedral de San Juan El Divino que se erguía soberbia a mi lado, en la cuadra de enfrente. Recorrí la completa perspectiva de la avenida y sus calles frente a mí, una visión de mi barrio… en unos meses ya era “mi” barrio. Lo disfruté mío, solo mío, todo para mí, en esa tarde de primavera mía.
También miré a mi alrededor, con mis ojos de exploradora antropólo-filóso-psico-analista… pero más ganas tenía de perderme en el momento que de dejar a mi mal acostumbrada mente indagar profundidades humanas a mi alrededor. Esta profundidad primaveral era mía. Era un momento, para mí.
De todos modos, llegué a identificar levemente algunos humanos a mis alrededores. Mi mesa estaba ubicada en paralelo a la calle, con lo cual tenía que mirar hacia mi izquierda para ver las demás mesas habitadas. Alguna parejita por allí, unos franceses hablando de Seinfeld detrás de mí, y en perpendicular a mí había una mujer de unos sesenta años, sentada en una mesa que miraba hacia la calle. Sin elegirlo, entre la calle y ella estábamos yo y mi mesa, ofreciéndole el lateral de nuestra escena a sus ojos. La mujer también estaba sola y leyendo, pero parecía estar trabajando: sostenía seriamente un pesado apunte sostenido por un gancho grueso.

Mi deseo pudo más y en pocos minutos evadí la mirada de reconocimiento, tomé mi libro y comencé a disfrutar. Leía plenamente, con calma, sin exigirme un estudio exhaustivo del texto pero sin abandonar esa feliz costumbre de leer pensando. No había apuro para fijar contenidos: había calma para incorporarlos lentamente. Como la mirada de reconocimiento hacia mi entorno, pero explorando el libro y sus adentros.
Unos minutos después, suelto el libro y me recojo el pelo porque un viento suave, juguetón, me despeina. Aunque obligada por su juego, disfruto de llevar mi cabeza hacia atrás y meter los dedos en mi pelo con el viento pasando también entre ellos. Pierdo mi mirada hacia adelante, perdida en un momento de placer y viento… sonrío sin pensarlo y cierro los ojos en un instante estirado del pelo aún entre las manos. Soy solo eso: el momento, el viento, mis dedos, mi pelo, el sol, sonriendo… y cuando pasa el momento pleno en suspenso, como que vuelvo… y sin razón alguna miro hacia mi izquierda y veo a la mujer mayor mirarme con un gesto adusto, con el ceño fruncido, con su mirada reprobadora clavada en mí.
De repente me siento algo intimidada, desprevenidamente juzgada por esa mirada severa inesperada. Como si yo estuviera haciendo algo malo. Como si hubiera transgredido algún mandato al perderme en el disfrute del pelo y el viento en un espacio público. Quizás por haber hecho de ese espacio público un tiempo privado… una zona de intimidad… casi como si me estuviera tocando a la vista de todos. Como si hubiera sido obscena en esos segundos de pelo, viento, sonrisa, dedos.
Y de repente, unos segundos después, toda la escena me parece una puesta en yuxtaposición de una misma mujer en dos tiempos, en dos puntos de la cronología, en dos momentos de la vida. Como si la mujer que a los treinta leía placenteramente con el viento jugando con su pelo, la mujer que se roza el pelo suave y perfumado con la piel joven de sus dedos erotizados se mirara a sí misma treinta años después con recelo.

¿Seré yo, alguna vez, esa mujer que ve su juventud ida con una mirada censuradora? 

¿Será que ser esa mujer, treinta años después, no puede sino ser el sitio desde el cual lo joven se mira con disgusto?

¿Podré ser, en cualquier punto del hilo de la vida que tejeré, siempre un poco ésta,
que en lugar de mirar acusadoramente es mirada,
que deja su mirada perderse en la nada de un viento que la atraviesa,
que atravesada sonríe a la nada de ese tiempo que no pasa,
que no es visto,
que es roce,
que es dedo en la seda posible del propio cuerpo,
que es viento contra el viento pero que lo sabe sin recelo,
sin ceños ni fruncimientos,
sino en la fresca conciencia del roce,
del eros inasible de ser toda ella, 
por un momento,
la simple conciencia sedosa de la punta de sus dedos?

Quizás, ojalá, ser algo así, como ahora
que escribo
y soy,
escribiendo,
solo el roce de mis dedos.

miércoles, 11 de junio de 2014

La búsqueda de la verdad como sadismo


Sadismo (R.A.E.): 1. m. Perversión sexual de quien provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona. 2. m. Crueldad refinada, con placer de quien la ejecuta.
---------------------------------
Hoy volvió a mi mente un pensamiento, un cuestionamiento más bien, que hace unos pocos meses me merodea. Pensé de nuevo en qué está detrás de mi afán de “buscar la verdad”, mi impulso por ir a ver, a bucear, a hurgar, a retorcer, por detrás o debajo o en el adentro más profundo, de las palabras, las acciones, los modos de ser/hacer/pensar de los otros. Pero no vino este pensamiento como mera pregunta, me vino como auto-crítica, me merodea como cuestión, problema, porque viene con la sensación de saber la respuesta: quizás se trate simple y llanamente de un cierto placer en esa búsqueda-violencia. Cierta “crueldad refinada”. Cierta “excitación en ser cruel” con otro. Cierto placer en “ejecutar” ese procedimiento quirúrgico de escuchar a otro atentamente, analizarlo, sospechar de la conformidad de sus palabras y su pensamiento o acciones, y mostrarle la sospecha: tomarlo de la mano y conducirlo involuntariamente -con la sutileza de mi cara de nena inocente y de mi facultad discursivo-argumentativa perfeccionada en catorce años de práctica filosófica- a donde claramente no quiere ir, al frondoso, espeso bosque de sus propias vueltas neuróticas, de sus laberintos sin salida de lo negado-enceguecido, de la discordancia arrojadora de luz entre sus dichos y sus hechos, entre su discurso y su oscura profundidad. ¡Y vaya que soy hábil para pasearte de ese modo! Tan hábil como admirada, felicitada, incluso agradecida, por mi capacidad analítica (“vos deberías ser psicoanalista”, me han dicho más de una vez), por mi sagacidad, mi destacada a-gu-de-za: ¿no son agudos los sonidos que ensordecen?

[Sinónimos de agudo: puntiagudo, punzante, afilado; dicho de un dolor: vivo y penetrante]
---------------------------------
En una de mis primeras entradas de este blog, publiqué lo siguiente reflexionado acerca de “cómo quiero escribir”:

“Quiero abrazarte de manos y piernas, que se abra el suelo a tus pies y hundirte conmigo hacia un mundo subterráneo, oscuro, confuso, angustiante, hacia todo aquello que está bajo la superficie de lo que ves y pensás… hundirte como una profunda penetración hacia vos mismo, arrastrado por una mujer para ver lo que está ahí, lo quieras ver o no. Ejercer una violencia, una violación de la negación, pero sin dejar de abrazarte, sin soltarte,  sin dejar de hacerte compañía. Y que vos así, aunque no lo hayas elegido del todo, también me acompañes a mí, me hagas un poco de compañía en ese submundo al que no dejo de volver una y otra vez, cuando voluntariamente me abismo, pienso y escribo.”

Pienso en la imagen erótica de ese fragmento y en la “perversión sexual de quien provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona.”

¿Será esa la excitación de mi escritura? ¿La “propia” excitación de mi cruelescritura?
---------------------------------
Verdad (R.A.E.) (Del lat. verĭtas, -ātis). 1. f. Conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente. 2. f. Conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa. 3. f. Propiedad que tiene una cosa de mantenerse siempre la misma sin mutación alguna. 4. f. Juicio o proposición que no se puede negar racionalmente. 5. f. Cualidad de veraz. Hombre de verdad 6. f. Expresión clara, sin rebozo ni lisonja, con que a alguien se le corrige o reprende. U. m. en pl. Cayetano le dijo dos verdades 7. f. realidad ( existencia real de algo).

Si detrás de tomarte la mano con mi agudeza disfrazada de niña hay un impulso por “La Verdad”, entonces con veintiséis siglos de respaldo de tradición filosófica occidental detrás de mí solo estaría haciendo algo fundamental para la humanidad: buscar La Verdad. Pero no es “La” es “tu”, es “tu-verdad”: ¿me dan derecho siglos de práctica a hacer-te eso? ¿Quién dijo que era yo la que podía/debía buscar “tu” verdad? ¿Es sentarse a charlar conmigo, vos que me conocés y conocés mi “agudeza”, pacto tácito suficiente para que mi perversión sexual-escritural te tome como su objeto?

Objeto de estudio. Objeto de análisis. Objeto de crueldad. Objeto erótico.

Saber de vos como “saborearte”. Como morderte. Como hacerte sangrar. Con un “juicio o proposición que no se puede negar racionalmente” acerca de vos mismo. Con la inocencia de quien simplemente emite una “expresión clara, sin rebozo ni lisonja, con que a alguien se le corrige o reprende.” Reprenderte por ser humano.
---------------------------------
búsqueda. 1. f. busca (acción de buscar).
buscar. (Quizá voz de or. celta, y esta del indoeuropeo *bhudh-skō 'conquistar, ganar'; cf. celta*boudi- 'ganancia, victoria', irl. ant. búaid 'victoria' y galés budd 'ganancia'): 1. tr. Hacer algo para hallar a alguien o algo. Estoy buscando un libro. 2. tr. Hacer lo necesario para conseguir algo. Busca trabajo. U. t. c. prnl. 3. tr. Ir por alguien o recogerlo para llevarlo o acompañarlo a alguna parte. Fueron a buscarla a su casa. 4. tr. provocar (hacer que una cosa produzca otra). U. t. c. prnl. Tú te lo has buscado. 5. tr. germ. Hurtar rateramente o con mañas. 6. intr. Ven. Dirigirse hacia un lugar. 

Todos los sentidos que puede tener una búsqueda. Puedo buscar a alguien o algo… puedo buscarte como humano, vida, precario; puedo buscarte como cosa, objeto. Puedo hacer lo que sea para conseguir lo que quiero: extraerte tu verdad. Dar rienda suelta a mi impulso cruel. Excitarme en mi crueldad realizada, refinada, placentera. Puedo recogerte, re-cogerte, llevarte, acompañarte. ¿Te re-cojo porque te deseo? ¿Te brindo un placer correlativo? ¿Te ofrezco la oportunidad masoquista de un placer conmigo? ¿O te hago, mejor, compañía?

[sin dejar de abrazarte, sin soltarte,  sin dejar de hacerte compañía. Y que vos así, aunque no lo hayas elegido del todo, también me acompañes a mí, me hagas un poco de compañía en ese submundo al que no dejo de volver una y otra vez, cuando voluntariamente me abismo, pienso y escribo…]

¿Sos el compañero de mi inevitable masoquismo reflexivo, un compañero fiel al que le cobro sádicamente el precio de que “me quiera” (hacer compañía)?
Te provoco. “Tú te lo has buscado”. Produzco efectos. Uso el poder que tengo. El poder de la agudeza. El poder de las palabras. El poder de las preguntas. El poder de la sospecha. El poder de la trampa de la dicotomía realidad/apariencia. El poder de la inocencia (una vez un hombre que adoro dijo de mí hablando a otros, riéndose de mí, encontrándome inofensiva: “Tiene la arrogancia de la niñez.”) El poder de la mano extendida y “vamos a dar un paseo”. Te hurto una verdad que no sabías que era tuya (¿lo es?) con mis mañas, rateramente. Una ratera que te saca palabras que no querés dar, contradicciones que tenías guardadas, miedos de tu caja de ahorros. Ratera de lo no-dicho (hoy mi amor me decía: “Si hubiera falta, ¿sería decible?”).
Tanta excitación, crueldad, placer de ejecución… y el dirigirse a “algún” lugar. La búsqueda como dirigirse a “algún” lugar.
¿Y si no hay ningún lugar? ¿Y si no hay ninguna verdad? ¿Y si toda búsqueda es fútil? ¿Y si sobre todo la de “La Verdad”?
Entonces quizás queden solo dos cosas: el silencio o la escritura como frustración (si su raíz indoeuropea hace de "buscar" lo relativo a la "conquista", "victoria", "ganancia" pero al final no lo es, ergo, frustración -i.e., simple, divino modus tollens: si p entonces q; no q / no p). 
Quizás todo el que escribe desde la frustración, en el fondo, no se banca el silencio y solo quiere ser cruel con los otros.


lunes, 26 de mayo de 2014

En carne viva

C. trataba por todos los medios de refrescar a la abuela. El calor era soporífero, agobiante, extenuante, y ya la abuela –que jamás en la vida padeció el calor- estaba claramente afectada por la maldita altísima temperatura. Yo, tratando de hacer algo –principalmente estar a su lado, estar con ella, hacerle compañía- apantallaba a la abuela con una abanico barato que compré a un vendedor del tren por quince pesos. También le leía en voz alta algunos de sus poemas, intentando como sea estar con ella.

La habitación solo tiene un ventilador de techo. La casa de la abuela no tiene aire acondicionado. De todos modos, la situación delicada de salud de la abuela hace difícil decidir hasta qué punto refrescarla porque si llegara a tomar algo de frío sería mucho peor. C. entonces sugiere que le corramos la cama a la abuela para que quede ubicada más directamente debajo del ventilador de techo. Un poco duda, si conviene o no. Me pregunta a mí qué me parece. Yo creo que es buena idea. C. teme que le de frío. Yo le digo que es difícil que con el calor tremendo que hace la abuela tenga frío por acercar la cama al ventilador.

Todo movimiento brusco afecta terriblemente a mi abuela… por eso C. decide correr con mucho cuidado la cama en la que ella está recostada, adormilada por la pesadez del calor, y me pide que la ayude. Le digo que por supuesto. Me indica que seamos cuidadosas. Sigo sus instrucciones al pie de la letra. La cama es una pesada cama de hospital, de esas que permiten subir y bajar la cabecera con una manija al frente, para mover cuidadosamente al convaleciente. Hacemos un primer movimiento coordinado para arrastrar despacio la cama y ubicarla más al medio de la habitación y la abuela se queja del movimiento… el mínimo movimiento de ese tipo no lo soporta. C. me indica que no arrastremos la cama, que la levantemos mejor, porque si no la abuela lo sufre.  Me dice que tenga cuidado, que la cama es pesada. Nos ponemos de acuerdo y con esfuerzo levantamos la cama y la corremos unos centímetros más. La abuela igual se queja: tan débil está por su delicada salud y su precaria conciencia de todo lo que le pasa.

Al levantar la cama, en el último movimiento, yo, que estoy a los pies de la abuela, me golpeo rápida pero certeramente el frente de mi tobillo con la palanca que la cama tiene a la altura del piso, la que sirve para subir y bajar el respaldo.

Primero no digo nada, porque lo relevante y urgente es acomodar mejor a la abuela para que se refresque, que se le pase un poco esa pesadez poco común que está padeciendo por este maldito calor. C. la acomoda bien, le cubre los pies para que no se le enfríen (porque si fuera así, sería tremendo) y algo mejor parecería estar. Pero un par de minutos después, a la llegada de mi tía S., decidimos todos, mi papá incluido, que en la habitación hace un calor insoportable y que mejor será levantar a la abuela y llevarla al living, donde estaría más fresca.

Una vez modificada la situación de la abuela de nuevo, pero ahora con más éxito, mientras nos sentamos todos en el living y aprovechamos que la abuela está mejor y puede charlar, salvada la prioridad de mi abuela, puedo prestar atención al golpe que me di en el tobillo. No solo se me está formando un doloroso chichón, además la superficie de piel en que ocurrió el golpe se lastimó: está en carne viva. Me duele la inflamación producto del golpe y me duele tener una capa de carne, que no debería estarlo, completamente expuesta.

Le pido a C. un poco de algodón y alcohol para desinfectar previsoramente la herida. Aplico el alcohol que duele y pica. Me putéo internamente por ser tan torpe, tan pelotuda.

Rápido se pasa la hora y tenemos que irnos con papá a tomar el Chevallier de vuelta a Buenos Aires. Me jode que justo la abuela hace media hora está más despierta, charlatana, recompuesta. Me acerco a despedirme y besarla. La abuela hace más de una década viene perdiendo progresiva y lentamente sus facultades cognitivas. Hace años que a mí no me reconoce. Cada vez que la veo alguien me compele a reactualizar la situación tragicómica en la que me presento a mi abuela:

-          “Susana” –(o “mami”, depende de que hable C., la amorosa señora que la cuida, o mis tíos S. o S.)- “¿sabés quién es ella?”
-          ¿Quién sos?
-          María Inés.
-          ¿Sabés quién es María Inés?
-          ¿Quién es?
-          Es tu nieta.
-          Soy tu nieta.
-          La hija de R.
-          Soy la hija de R.

A mi papá tampoco lo reconoce todo el tiempo, pero lo reconoce cada tanto: “R., el regalón, el más bueno, tan tan bueno.” Aún le recita su madre a mi padre, de memoria, el poema que le escribió a los ocho años, apenas uno le recuerda la primer línea:

“Manojito de cariño,
cascabelito de miel,
tienes la gracia y la dulzura
del niñito de Belén.

Son tus ojitos cartilla
donde se puede leer
la blancura de tu almita
la pureza de tu ser.

Generoso, bueno, dócil,
donde fueres, eres rey;
tu majestad, el encanto,
tu simpatía, el poder.

Cierto es que a este mundo,
como madre te hice ver,
mas tú el cielo me has mostrado
con tu caricia y querer.

Ocho años has cumplido,
si pareciera que ayer
llegaste, hijo bendito,
en un claro amanecer.

Un rayo de esa alborada,
al brillar sobre tu sien,
derramó su mejor gracia
y eres diáfano como él.”

-----------------------------------------------

Ahora la abuela no puede sostener conversaciones que hagan referencia a ella, a sus hijos y nietos. Del abuelo conviene no mencionar una palabra, ni siquiera o menos aún, leerle alguno de los poemas que le escribió, porque rompe inmediatamente en un llanto inconsolable: la abuela no recuerda quién es ella, pero recuerda quién fue él, quiénes fueron ese nosotros.

El golpe en el tobillo es el souvenir de mi última visita a la abuela hace unos pocos días. Las visitas a mi abuela son terribles porque necesito ir a verla, hacerle compañía, acariciarla, besarla, hacer algo… pero también es cada vez más tristemente claro que no hay nada para hacer. Mi abuela ya no sabe que es mi abuela.

Hace unos meses, cuando sufrió un derrame del que –es increíble la resistencia vital-corporal de mi abuela de noventa y tres años- se recuperó bastante, hace unos meses estaba a su lado, haciéndole compañía y la abuela estaba ahí, acostada, con la mirada perdida, haciendo movimientos extraños con una mano, y con la otra intentando rascarse una herida o escama de estar acostada. C. me decía: “No la dejes rascarse que se lastima.” Y cada cinco minutos C. con cariño pero firmeza tenía que sacarle la mano de la herida a mi abuela que no podía dejar de rascarse. Y yo la veía rascarse con la mirada perdida y me preguntaba qué queda del vínculo de mi abuela con su cuerpo que, por un lado, le pica desesperadamente, y por otro lado, no sé si sabe que el cuerpo le pica.

Y pienso qué es esa que es hoy mi abuela: ese cuerpo sin identidad, ese cuerpo sin recuerdos claros, ese cuerpo que sigue funcionando, que no la deja irse o quizás que es ella no queriendo irse aún… sin saber de dónde irse o no… sin saber ni fantasear –como cuando podía, de noche, conmigo en la cama, charlando, filosofando, mirándose las manos en la oscuridad- en el posible dónde de ese irse.

Estando cerca de una muerte que no sabe que se acerca, ¿qué es esta vida de mi abuela? ¿Qué es esta muerte en vida de mi abuela? Y, ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué? Absurdo, cruel absurdo.

-----------------------------------------------

Cuando me despedía de la abuela, la besaba, la acariciaba, mi abuela me dice, cuando le informo que me tengo que ir:

-          Pero volvé pronto, que si no es como si ya no existiéramos.

Yo sonrío, le sonrío a mi abuela, que solo dice eso por decir y que, sin embargo, no puede haber dicho algo más cierto. Yo le digo que “claro, que vuelvo”. La abuela agrega:

-          Porque… ¿quién nos quita lo bailado?
-          Claro, abuela, ¿quién nos quita lo bailado?

Y le doy otro beso, y otro abrazo, y la abuela toma la palabra otra vez (esto, algo parecido, ya pasó otra vez) y me dice:

-          Bueno, te quiero mucho, siempre pienso en vos y volvé pronto que te extraño.

-----------------------------------------------

Cuando estoy volviendo en el remis a la terminal, miro la herida de mi tobillo y me digo en mis adentros:

-          Esto es lo que es mi abuela, esto es: estar en carne viva.

Mi abuela me duele como me duele una herida que queda en carne viva… un herida cuyo dolor activa al mero contacto con el aire, un simple viento.
Estar en carne viva.
Mi abuela está en carne viva… en ese cuerpo que sigue viviendo cuando ella, mi abuela, ya no, o casi no, o no del todo, o no sé cómo mierda decirlo, pensarlo.
Estar en carne viva.
Ella está en carne viva.
Yo estoy en carne viva.
En carne viva.




domingo, 23 de marzo de 2014

Narrarse-el-ser

Hace unos días que vengo pensando, teórica y existencialmente, en el valor de la narratividad para la vida. Y la vida implica, en su ser vivida por uno, alguna representación de la propia realidad. Alguna descripción de qué es lo que uno hace y por qué. Eso es narrarse: decirse a uno mismo cuál ha sido el sentido de lo que uno (el sí mismo propio) ha hecho, está haciendo, continuará haciendo, dejará de hacer, hará.
Judith Butler escribe, en “Dar cuenta de sí mismo”, que dar cuenta de uno mismo (“to give an account of oneself”) no puede ser narrarse (“to narrate oneself”). Las razones son, entre otras, estas dos: lo que nos ha enseñado el psicoanálisis, por un lado; y lo que nos ha enseñado la crítica al sujeto moderno en la línea de Foucault, por el otro. Este sujeto que es producido histórico-discursivamente es un sujeto sin fundamento, histórico como temporalmente constituido, enajenado de sí mismo por su facticidad tanto como por su necesario asumir el yo (el “I”) a través de algún discurso que lo precede y excede. Un sujeto fragmentado en la multiplicidad de las categorías, denominaciones y nombres que recibe-usa, elige-se-le-imponen, en la vida social. Pero también es el sujeto escindido del psicoanálisis, de Freud y el descubrimiento del inconsciente, de Lacan, el discurso y la inter-locución/subjetividad. Butler lo dice claramente: exigir una narración coherente de lo que uno mismo es es violento, es tanto la base de lo que entendemos como “ética” (¿moderna, quizás?)–i.e., poder dar razones de lo que uno hace- como la base de la violencia que subyace a esa ética: demandar me a mí misma y a los otros una coherencia que no podemos ser. Porque hemos sido forjados de un modo nunca disponible para su recuperación-representación en el magma hirviendo de las primeras impresiones de nuestro cuerpo infante con el mundo de sus relaciones primarias. Forjados en el trauma de las primeras impresiones de los otros/Otros. Maleables a las palabras, gestos, afectos, desprecios, ansiedades, expectativas, deseos, frustraciones ajenas/os. Y es el carácter aún líquido, por siempre líquido, de ese horno primordial en el que nos hemos hecho los falsos cuerpos sólidos que nos creemos (de nuevo, ¿modernamente?) ser, el que sigue derramando en todo relato de solidificación-coherentizante su agua bendita, su agua maldita, su acuosidad desestructurante: las interrupciones de nuestros síntomas, los quiebres de la seriedad de nuestro narrar por el chistoso fallido, el no poder oírse a sí mismo o a otros en algunas particulares palabras de un cuerpo supuestamente abierto a todo sonido, el no poder hacer, el no poder mover para algunas posibilidades, las extremidades en su más óptimo desarrollo físico.
Se cuela el líquido de nuestro centro corporal-terrenal por entre las grietas que su calor abre en las capas más potentemente sedimentadas de los relatos que hemos creído ser, incendiando el paisaje de nuestra vulnerable, sin saberlo, conciencia.
Y sin embargo, no se puede vivir en el centro de la Tierra.
Y sin embargo, no se puede edificar sobre el líquido.
Y sin embargo, no se puede morar sin algún precario hogar, alguna estructura protectora, algún paisaje fértil.
Arquitectos de narraciones propias que construyen contra el viento de la temporalidad y el continuamente amenzante sismo-cisma de lo que creemos ser un terreno firme, un paisaje delineado, un suelo, un campo, un “aquí” en el que descanse un poco el cuerpo de su propia infancia.
Ser o no ser, decía Hamlet. Narrar-se o no narrar-se… narrarse-el-ser.

Esa es la cuestión.

martes, 11 de marzo de 2014

“Todo lo que se sufre por una situación que no se habla”

Hace unos días, pasando por las actualizaciones de mi página de facebook, me encuentro posteada en una página grupal que suele subir cosas graciosas o subir cosas para reírse de ellas, una noticia de un muchacho que iba a casarse y desapareció (http://tn.com.ar/policiales/se-iba-a-casar-y-desaparecio_456295) Quien subía la nota con fin cómico comentaba el posteo con la simple frase “Un capo”, como indicando que el “desaparecido” en realidad había querido desaparecer para no casarse (dejo para otro texto la reflexión sobre esta figura graciosa para el sentido común del festejo de la huida de un hombre de su seguro matrimonio).

Como era esperable, cuando accedo al link de la nota que pertenecía a una página de noticias, no había nada de gracioso, en realidad. La madre y la novia del muchacho desaparecido lloraban mientras relataban todo lo “normal” que sucedió hasta que desapareciera. Comentaban que no lo podían ubicar de ningún modo, que su celular estaba apagado, que estaban desesperadas, que solo querían que volviera. La desesperación se debía a no saber qué había sucedido, si estaba bien o no, si se había ido o si algo le había sucedido –y, en ese sentido, el pedido era al público, que si lo veía o sabía algo, se comunicara con la familia. Pero de todos modos, de una manera brutalmente obvia, el pedido de que volviera incluía un claro subtexto de “volvé aunque te hayas ido porque quisiste irte”. Las dos mujeres lloraban desesperadas, sin saber qué había pasado, temiendo, por un lado, que le hubiera sucedido algo, y prefiriendo, por el otro, que no le hubiera sucedido nada, que se supiera perdonado de antemano y volviera.

Hace unas horas se anunció la noticia de que el muchacho fue encontrado en un hotel de una ciudad cercana. El padre del novio aparece en el mismo canal-página de noticias explicando que está bien, sano, y que desapareció porque había calculado mal el gasto de la fiesta de casamiento, no supo qué hacer para solventarlo y por eso huyó. El padre muestra en su modo de hablar que es consciente de la artificialidad de la razón que se da al público, es consciente de que de algún modo es raro que eso fuera causa suficiente para el accionar de su hijo. Pero sostiene igual la versión, aunque llora por momentos.

El periodista le pregunta: “¿Habló usted con él?”

El padre responde: “No, no, habló la mamá… nosotros solo lloramos, lloramos.”

Dejo para otro momento la reflexión sobre la posibilidad de hablar de las mujeres, o de los hombres con las mujeres, frente a la dificultad (¿imposibilidad?) de hablar de los hombres, o de los hombres con los hombres.

Al iniciar su relato al periodista, el padre decía que era lo que él sospechaba, que él sospechaba que algo así era lo que le había pasado a su hijo… intenta dar un mensaje de aprendizaje “para que nadie más pase por esto” y expresa y sentencia, a la vez:

“Todo lo que se sufre por una situación que no se habla.”

Es interesante la ambigüedad del “esto”, en el que “nadie pase más por esto”: ¿se refiere a lo que pasó su hijo, que no pudiendo hablar algo, solo pudo actuar, de un modo desesperado? ¿O se refiere a la desesperación que ellos pasaron porque su hijo en vez de hablar, huyó? Quizás sean ambas cosas.

Toda la situación de la nota periodística me había dejado ya reflexionando sobre este muchacho que claramente no pudo decir, no pudo decir “algo”, y solo pudo hacer algo… huir. Como si no fuera solo imposible decir, sino además estar. O como si hubiera necesitado decir huyendo, decir desapareciendo. Me quedé pensando en lo frecuentísimo que es esto. Cuán a menudo sucede en la vida cotidiana de cualquiera. A veces con más o menos dramatismo, más o menos sufrimiento, pero siempre con el sufrimiento mínimo garantizado de ese momento en que un cuerpo no puede decir y debe huir o explotar para que se diga por su hacer o su cuerpo, lo que no puede decir la articulación de una garganta… lo que no pueden escuchar los propios oídos de la boca propia.

Y hoy, habiendo anotado que quería escribir sobre esto, al ver la segunda nota, en la que el padre cuenta que lo encontraron, cuando lo escucho decir: “Todo lo que se sufre por una situación que no se habla” siento que me da el título para el texto que mi cuerpo estaba engendrando.

Claro que es frecuente, claro que es cotidiano, claro que es humano, demasiado humano, esta situación reiterada como tantos cuerpos haya, de no poder decir algo. De todo lo que se sufre por no poder decir algo. De todo el sufrimiento que se causa por no decir algo.

Y entonces habla algo otro, si no soy yo el que puedo hablarlo. “Una situación que no se habla”, un silencio, una sensación estremeciendo un cuerpo, una idea, provoca su propia realidad por medio del cuerpo que la pare. El cuerpo que huye. El cuerpo que explota. El cuerpo que al ausentarse se hace presentísimo como cuerpo parlante, como cuerpo que habla, como acción que conjuga, estructura, enuncia, comunica, hiere.

Una situación que no se habla es una explosión contenida, una angustia que rasga las paredes internas de la piel pidiendo a gritos mudos salir a ser palabra en el mundo. Y una situación que no se habla porque es silenciada, porque no puede ser dicha por la propia boca que la vive, en su retener, en su reprimir, en su suprimirse como aullido desesperado, hace de la implosión incontenible una explosión inesperada: la muda situación que no se habla se vuelve plena palabra como situación que no se habla, pero se hace, se actúa. Sigue siendo una situación que no se habla, pero ahora se vuelve comunicante, expresiva, sonora, verborrágica, obvia. Tan fértil es la enunciación no verbal de lo no hablado que se vuelve hecho, realidad, suceso, y deviene verdad manifiesta sin necesidad de palabras. Aún cuando fuera en la forma de la duda, la verdad de la situación no hablada ya era escuchada ante la huida. Por eso el perdón adelantado. Por eso la garantía de absolución.

El caso dramático del muchacho que habla desapareciendo porque no puede hablar apareciendo no es para mí más que una manifestación más violenta de una violencia por todos vivida. Cotidianamente vivida. La violencia de una situación que no se habla… violencia interna del no poder decir, violencia externa del decir explotado, regurgitado en la cara del otro al que no puede hablarse.

La violencia, el silencio y el lenguaje. La violencia y lo que no se habla. Todo lo que se sufre por lo que no se habla. Todo lo que no se habla porque no se lo puede hablar. Todo lo que se hace porque no se puede decir. Todo lo que se dice cuando se hace. La violencia de hacer lo que no puedo hablar. La violencia de ser hecha por la huida de lo que no puedo decirme.

Sin poder optar por la palabra, aparece la huida a la acción como gesto significante, como vómito violento de verdades. Tan no decidido como el vómito, tan enfermo como lo que me hace vomitar, tan liberador como haber vomitado lo enfermo.

Todos vomitan de un modo u otro a través de sus cuerpos las situaciones que no se hablan, que “los” hablan a través de la violencia de una expulsión no voluntaria. Divina violencia que libera al cuerpo de la prisión de su voz acallada.

Como vomito yo este texto que tenía pensado escribir alguna vez, pero que escribo ahora como exteriorización de la violencia interna que crece en mí hace horas por el hastío de un día de trabajo auto-forzado… corriendo los libros y apuntes obligados para escribir la situación que no se habla en mi interior: que estoy cansada de trabajar, que ya no tengo ganas, que quiero huir a mis textos inútiles, a mis reflexiones profundas sobre pavadas.


Vomitar el hastío de pensamiento en una liberación de palabras para evitar seguir sintiendo todo lo que se sufre cuando no se habla.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Teoría, masturbación y…

Hoy estaba en una clase de un seminario sobre Freud y notaba, como lo hice también las dos clases anteriores, el entusiasmo, la pasión, el placer que tiene el profesor en dar esa clase. Lo entiendo perfectamente, porque a mí me pasa lo mismo. La excitación que se siente al comunicar aquello a lo que una le ha dedicado horas y horas y horas de trabajo, estudio, esfuerzo, cuidado, es claramente una de las más potentes sensaciones que se tiene en esto de ser docente, docente-investigador, docente “barra” investigador. En la medida en que una habla de aquello sobre lo cual se ha hablado a sí misma, encerrada en los libros, horas y horas, pero ahora a otros, la oportunidad de exteriorizar, transmitir, contagiar todo ese interés, curiosidad, apasionamiento que despierta el tema al que una tanto se ha dedicado, es maravillosa. Me siento identificada con ese hombre que festeja cada cita, cada idea, que se mueve histriónico por el aula, que toma agua porque se queda con la boca seca, que se encuentra a sí mismo a veces más entusiasmado que su audiencia, pero que no pierde la fe en que vean lo que él ve en Freud, en sus textos.

Este hombre tiene al menos veinticinco años más que yo… y sin embargo yo, en este momento, me siento más vieja. Yo me siento, respecto de toda la escena, desencantada.

El desencanto es un sentimiento que aparece cuando algo que parecía ser prometedor, el ideal a alcanzar, “el” objetivo, se devela menos luminoso, menos radiante, menos brillante que en su versión deseante-romantizada. Se revela el romanticismo padecido. Se muestra el carácter menor, gris, puntual, uno-entre-otros, de aquello a lo que se apuntaba.

La filosofía, trabajar haciendo filosofía, enseñando filosofía, pensando, leyendo y escribiendo filosofía, en mi novela, era un modo de cambiar el mundo, un modo de hacer “algo”, de intervenir, de hacer diferencia, marca… de hacer “algo”, “algo” y “útil”… y ahora, no sé. Ahora, dudo. Dudo de la filosofía. Dudo de los modos en que se hace filosofía hoy y ahora. Dudo de sus efectos. Dudo de que tenga alguno. ¿Para qué tantas horas de lectura y escritura? ¿Quién lee? ¿A quién le escribo? ¿Hay alguien que leerá lo que escribo? ¿Hay “algo”, “algo” y “útil”, en lo que escribo?

Dudar de la filosofía es dudar de su carácter de práctica… pensé que se abría a un mundo, pero ¿será solo una práctica más, endógena, ensimismada, monologante, entre otras? ¿Será el momento de admitir que esta es mi práctica y punto, un pertenecer a alguno de los cerrados círculos de expertos, especialistas, en los que se encierra todo el mundo? ¿Cómo puede sostenerse que nosotros, los de este círculo, queremos pensar el mundo, criticar productivamente el mundo, si somos un círculo entre otros? ¿Qué nos daría el privilegio de ser “la” práctica, que piensa el mundo? Incluso si extendiéramos la definición para incluir todas las prácticas intelectuales, todas las prácticas teóricas, humanistas, culturales, que desean pensar el mundo… ¿no se trataría, otra vez, de un solo círculo –con un circunferencia más grande-, uno que, por más que más grande, no es sino, de nuevo, uno entre otros? ¿Cómo pensar que es en este círculo, mayor o menor, en el que “algo” y algo “útil”, se habrá de decir, pensar, escribir?

Y entonces ahí viene todo el tema de la práctica… y la práctica contra la teoría… la práctica como distinta de la teoría… y entonces, ¿qué hacemos los que estamos en la práctica de la teoría?

Y ahí viene también el argumento hiperrealista (e hipermoralista también, tal vez) de la piedra lanzada a la cara del teórico: “Si querés cambiar algo, tenés que hacer, no pensar, ni escribir, sino hacer”.

¿Y pensar no es hacer algo?

Y entonces viene también el argumento hipermoralista de “la teoría es masturbación”, lo que los intelectuales hacen es masturbatorio… todo eso del sujeto y el discurso, es masturbación y punto.

Este argumento me interpela… o mejor dicho, me interesa. No, claro que no, yo no concibo lo que hago como masturbatorio. Y sin embargo, vuelvo a la imagen del profesor rebosante de placer en el seminario y pienso que quizás sí, es masturbatorio, es autoerótico… tranquilamente podría pensar toda la clase como un frotarse gozoso del profesor con sus textos… con un ingrediente agregado de voyerismo solicitado a sus alumnos, pero no en el modo de la exposición sino en el modo de la invitación: “Lean Freud conmigo”, “Vengan a tocarse conmigo, ¡les va a encantar!”

Sí, todo docente entusiasmado con la teoría que enseña invita a los alumnos a tocarse un poco a través de los textos… a sentir ese placer en recorrer las ideas de otro… a tocarse con los dedos del cerebro, con la avidez de los ojos sobre las hojas, de la mano que trémula señala las ideas falo-principales.

Es que la acusación de que el pensamiento per se es masturbatorio es una acusación extraña: ¿quién que se masturbe señalaría como negativo lo masturbatorio? ¿A quién que le gusta tocarse le parecería moralmente reprochable descubrir que a otro le gusta tocarse? ¿O no les pasó a ustedes también que cuando descubrieron el inmenso placer que les producía tocarse se sintieron moralmente demandados a difundir la palabra, anunciar la buena noticia?

Entonces, hay algo mal en los supuestos de la acusación: o quien nos acusa no se masturba o no lo disfruta –ergo, le parece “malo” masturbarse; o quien nos acusa utiliza un extraño modo de invertir su propia experiencia masturbatoria para volverla moralmente reprochable al acusarnos.

Como sea, no me interesa continuar por ahora el análisis del reproche del pensamiento como masturbatorio. Creo que de todos modos entiendo… creo que hay una cierta asimilación de “pensamiento filosófico” con “masturbación” por vía de la imagen de algo inútil, que solo busca el propio placer –aunque de nuevo, ¿por qué la búsqueda del propio placer es autorizadamente asociada a lo masturbatorio como algo negativo? Pero creo que falta aclarar algo más: la acusación de que el pensamiento filosófico es masturbatorio parece venir a señalar que, mientras los wanna-be-intelectuales nos presentamos con el afán de pensar el mundo, la vida, la humanidad y sus circunstancias, con el declarado fin de contribuir en algo a ellos, en realidad nos estamos haciendo la paja… “decimos” que pensamos para hacer algo, para cambiar algo, para dar algo, pero en el fondo o nos autoengañamos o no nos bancamos reconocer que nos estamos tocando, nos estamos concediendo un autoerotismo que se frota contra la idea de “pensar la existencia” para acabar, para tener lisa y llanamente el propio e inútil orgasmo.

Algo de este modo de comprender la acusación me interpela. No puedo negar el autoerotismo de mi propio trabajo, de mis horas de investigación que transcurren bajo una sensación de suspenso del tiempo cuando más las disfruto (como en el orgasmo). No puedo negar que disfruto lo que hago. Que hay algo masturbatorio en la búsqueda del conocimiento “por el conocimiento mismo”, por el saber lo que se sabe y por saber más, y cada más, y en más detalle… como perfeccionando el método para llegar al orgasmo autogestionado. Y como buena hija de una cultura cristiana, algo de eso me da culpa. Algo de que mi búsqueda no sea auténticamente una búsqueda útil sino una masturbación que no quiere reconocerse como exclusivo autoplacer, me da culpa. Pero también, en parte, me desencanta el mundo del círculo al que pertenezco, el de los intelectualmente autoerotizados.

Y sin embargo, todo este texto empezó con mi pensar en la imagen del profesor entusiasmado, asociándolo a la acusación ya muchas veces escuchada de que lo que hago –porque es lo que hacen los que hacen teoría, los que piensan, los que hablan de eso del sujeto, y el discurso, y el poder, y eso- es masturbatorio… y cuando pensaba en el excitación del profesor frente a su Gran Freud, y en la teoría y la masturbación, también pensaba que lo que deseamos nosotros, los pensantes-masturbandos, cuando pensamos, cuando estudiamos, cuando volvemos una y mil veces sobre una teoría y sus problemas y sus detalles y sus preguntas y sus frases brillantes e ideas geniales y defecto mortales, lo que deseamos, lo que esperamos, es que un día de tanto tocarnos, un día luego de tanto frotarnos deliciosa pero tortuosamente también contra los textos, no se produzca solo un orgasmo, sino que emerja “algo”… que un día nos descubramos preñados… que un día emerja un hijo, un fruto, un algo innegable, algo nuevo para dejar en el mundo… un hijo del pensamiento, un orgasmo de idea que se vuelva parto: dejar algo, decir algo… y que sean otros los que se toquen tortuosamente, se froten irresistiblemente, otros que no puedan dejar de pensar-lo.

lunes, 10 de febrero de 2014

Duplicidad del yo

Hace unos días conversábamos con mi querido amigo J.P. sobre esos teóricamente fascinantes –aunque existencialmente insoportables- momentos de duplicidad del yo. Esos momentos donde lo que suele entenderse como un monólogo interior en realidad es un debate interior, un angustiante tironeo interno entre dos voces que a los gritos intentan hegemonizar aquello que sea que entendemos como una conciencia. No lo califico como “diálogo” porque la marca no es la del ir y venir de las opiniones, afirmaciones, posiciones, apreciaciones alternativas, en el modo de la educada y amable conversación entre pares. Es un debate como un debatir-se, un agresivo espetarse de un yo al otro una sarta de imprecaciones, de juzgamientos, de revelaciones dolorosas, de amonestamientos… aunque en realidad quizás sea más exacto decir que hay un yo que hace eso, que sermonea, que advierte pretendiendo atemorizar, que mira con desprecio e impaciencia a otro yo que recibe tímidamente el maltrato, que duda de lo que creía sentir o sentía creer, que se asusta frente al posible castigo, que se cubre, aún cuando intenta resistirse, con la capa de vergüenza, duda, temor y culpa que el yo-agresivo le presiona sobre los hombros debilitados, sobre la espalda contracturada, sobre el cuello duro de los nervios que la completa situación de verse atacado le hace crecer por dentro como una infección, una inundación putrefacta, una hemorragia de toda sensación de decisión certera alguna vez vivida.
Se me podrá decir que algo de esto ya fue tematizado por el psicoanálisis y que esa punga entre un yo-agresivo y un yo-temeroso, o mejor dicho, entre un yo-atemorizante que parece superar a un yo-victimizado, fue ya afirmada en términos de la dinámica entre un Yo y un Superyo. Puede ser que haya aquí una deuda, no lo niego. Pero a mí me interesa señalar algo en particular (sea esto o no un reiteración pedestre de teoría psicoanalítica naturalizada). Me interesa señalar la vivencia de ese debatir-se como vivencia de dos yoes, como viviencia de yo-doble, de una duplicidad del yo. Porque no intento transmitir la idea de que el yo original o auténtico es el victimizado o agobiado… intento transmitir la experiencia de que una se siente esos dos yoes a la vez… la experiencia –más o menos momentánea, o hecha carne más claramente en un momento de patente angustia- es la experiencia de no saber cuál de las dos soy. No saber cuál de esos dos egos en pugna soy… o quizás no saber cuál de los dos yo prefiero ser. O incluso mejor aún, saberme en ese momento los dos a la vez: saberme en ese momento tomada por una necesaria auto-crítica que me transforma en crítica y criticada a la vez. Como si una tuviera simultáneamente la capacidad de representarse a sí misma como la todopoderosa castigadora de los propios desaciertos o dudas en el mismísimo momento en que asume el rol de la víctima más desesperada y desagenciada. Como si una pudiera personificar simultáneamente el poder orgásmico del verdugo, en masculino y con falo, y el éxtasis nihilizado de la víctima más femenina posible. Algo del orden del suspenso de la temporalidad o de su temporaciar más rabioso parece ser parte de esa duplicidad del yo que delinea el escenario de una angustia, de una duda asfixiante, de un abismo tan inútil como real: es como estar viviendo en un momento woolfiano, en un suceder de las cosas –y sobre todo de esa pugna del debatir-se- donde qué es lo real y qué lo imaginario no puede ser claramente identificado.
Y a la vez, el yo-menor también duda en ese exacto suceso woolfiano del debatir-se, de la autenticidad de lo experimentado. El yo-menor, víctima, cubierto de esa capa vergonzante y atemorizante, duda de la tela de la capa… duda de que la acusación sea cierta… duda de que el peso imposible de soportar de ese material moral que lo cubre sea en realidad aire, espuma, nube, nada. En el momento más arrodillado, más genuflexo, más disminuido de ese teatro del yo sometido frente al yo-sometedor, el sometido se sabe actor, se sabe actuando, en el doble sentido de personaje, desempeñando el rol teatral del débil, y agente, eligiendo desempeñar ese rol, cediendo a la sujeción, dejándose cubrir de esa capa de utilería, en ese escenario de su propio drama interior. Es porque el yo-sometido desconfía de su verdadero ser débil -porque sabe que puede ser que se haya olvidado momentáneamente de su ser-sujeto, su ser-agente- que la duda tiene en realidad lugar… que el drama de la duplicidad del yo es posible.
La condición del debatirse en la duplicidad del yo es el sincero olvido momentáneo del yo de su ser-sujeto. Es un olvido honesto porque en el transcurrir con apariencia de infinitud de ese momento-acontecer woolfiano, la duda es real. Es la duda real frente al olvidar-se de esa tercera forma del yo que no es ni yo-sometedor de sí mismo, ni yo-sometido a sí mismo: es el yo-sabiéndose-agente, el yo-portador de capas y capaz de desnudos, el yo-frente a la duplicidad como otro de la duplicidad, como ni uno ni el otro.
Y aquí la fenomenología se vuelve absolutamente singular, particular, personal… porque para mí la aparición del tercer yo se da frente a un verdadero : es menos la autodeterminación delirante de la propia libertad/identidad la que hace emerger el yo tercero, que un tú que en el diálogo, en la interlocución profunda, me recuerda lo olvidado, me sostiene como protagonista de mi propia vida, me vuelve narradora de mi relato, me hace –con sus preguntas, sus comentarios, su mirada, su escucha- otra de mi sí mismo doble, otra de esa pugna entre dos yo que ya no soy porque los vuelvo el tema de mi relato. Y es en ese diálogo verdadero con un-yo-que-no-soy-yo -porque su diferencia corporal me lo hace evidente- es en ese verdadero no-monólogo en el que encuentro la oportunidad de reconocerme otra de mis demonios, otra de mis inmolaciones, ajena a ambos extremos de la duda fantástica de mis momentos woolfianos.

Vos me recordás que yo era yo antes como después del ahogo en el mar de aire.

Vos me sacás con tu cuerpo, que habla, escucha, abraza, sonríe, y mira con amor, del pozo incorpóreo de mis falaces duplicidades.

Vos me hacés responsable de decir lo que me pasa y en el abrir la boca con vos enfrente, antes de que la primera letra se dibuje en el aire de mi ficticiamente asfixiada garganta,  yo ya me acuerdo que soy yo, tercero, sujeto, agente, narrante, de eso verdaderamente otro, de mis yo en pugna, de mi duplicidad woolfiana, de mi temporaciar hacia ningún lado, de la inmovilidad de mi interno teatro.

Probablemente el reconocimiento de que hubo olvido se haga patente luego, con varios sonidos emitidos, con varios segundos recorridos, en ese estar con vos, en el diálogo, en el relato compartido… pero ese momento llega, por fin, ese instante fecundo, en el que recuerdo que era yo, otra, desde siempre… que mi bifronte angustia era tan monstruosa como fantástica… que soy yo la que dice ante vos cuál es el fin del relato… que sos vos, frente a mí, el que me vuelve una en la palabra… que es en la com-plicidad con los que más amamos y más nos aman –y no en la duplicidad de nuestro auto-atacarnos- como vuelve la certeza de ser quienes somos, un yo que no es sin un tú, un cuerpo que no es sino con otros… en la poderosísima posibilidad auténtica del diálogo.

lunes, 13 de enero de 2014

El arte de deshacer las falsas angustias

Hace tiempo que vengo pensando en escribir este texto. El título me vino de golpe, luego de alguna situación que ahora no recuerdo en detalle… creo que fue luego del diálogo con una querida amiga, no estoy segura… creo que el golpe del título ocurrió en esa situación tan frecuente para mí que es escuchar muy atentamente a alguien que quiero, alguien por quien me preocupo, alguien cuyo malestar se vuelve, en mi quererla, un malestar indirectamente mío, pero sucediéndome a la vez –suceder que también me es frecuente- que me salgo de la escena, la situación de interlocución cariñosa, afectiva, y veo, se me hace visible, el globo neurótico en el que vive el otro. Ese globo neurótico en el que todos vivimos. En el que cada uno vive. Esa burbuja de aire ansioso, nervioso, viciado de imaginación, fantasmas, sobresignificación, ultradeterminación de lo que nos acontece.

Hay una variedad fascinante de los distintos tipos de aire que inflan esa burbuja imaginaria en la que nos movemos. Hoy me convoca en particular analizar químico-psico-existencialmente el aire de las falsas angustias. Se trata de uno de los aires más densos, más espesos, más pesados. Es un aire que vuelve a la burbuja compacta como una piedra, una roca atada al cuello, un calzado de cemento en el que se envuelve el pie, lo suficientemente pesado y liviano a la vez como para que uno pueda simultáneamente correr detrás de algo –la falsa angustia- y sentir que cada esforzado paso acelerado es un hundirse, un agobiarse, un feroz pesar de las piernas, y los brazos, y el torso que intenta erigirse mientras el aire-piedra lo empuja hacia adelante y hacia abajo. Y a la vez, la densidad autocontaminada de este aire vuelve ciego al que corre… ciego a que la meta-objeto es falsa, es no-siendo, está constituida por la nada porosa del aire mismo que ahoga el cuerpo que corre… y sigue corriendo… ¿a dónde?: En la dirección sin horizonte de la falsa angustia.

Pero entonces volvamos a la cosa, el objeto. ¿Qué es la falsa angustia? ¿Qué son las falsas angustias? Contra todo pronóstico de filosofía occidentalista, empecemos por el accidente: la falsa angustia es falsa. Es falsa porque no es. Es falsa porque es, como dije, no-siendo. Porque si ha de haber alguna angustia que merezca la jerarquía ontológica de “verdadera”, solo tiene sentido calificar de ese modo a la angustia por la propia muerte. Solo puede tener sentido angustiarse por la falta de todo sentido: que al único lugar al que realmente vamos es la muerte. Que lo único urgente es lo relativo a la muerte. La muerte propia y la muerte de quienes amamos. Nada más, lo repito –por favor, prestemos atención-: nada más merece el nombre verdadero de verdadera angustia. Solo nuestro certero morir sin saber cuándo amerita la pesadez, la sensación de roca al cuello, los pies cementados, el torso imposible de erguirse, el aire sofocante en los pulmones. Solo el morir propio, en sus formas “mías” y “de los míos”, puede realmente reclamar para sí ese correr, ese acelerarse, ese precipitarse de la angustia ante lo más irrefrenable, la posibilidad más propia, la que nadie desea, la que nos iguala a todos, la que es verdadero límite, verdadero fin. Si recordamos esto, esto que todos sabemos y que por eso se piensa en el modo del recuerdo –se recuerda lo que siempre puede volver desde el rincón más oculto de la memoria, que por más escondido que esté sigue ahí, para volver, al recordarlo-, si lo recordamos, toda angustia que no sea angustia de la muerte propia, en sus dos modalidades, es falsa: si no está en juego el dejar de ser, la angustia es falsa. Porque si lo que angustia no es el riesgo de ya no ser o de perder la parte de ser que somos en los que amamos, entonces se puede seguir siendo, se puede ser otra cosa, se puede hacer otra cosa, se puede ver la burbuja como burbuja, el aire como aire, la nada como ficticia coseidad.

Busco en un diccionario la palabra angustia y ofrece como acepción segunda “Temor opresivo sin causa precisa”. Maravilloso: ¡en el diccionario mismo aparece la falsa angustia como angustia! ¿Cómo temer, como vivir el temor como opresión, “sin causa precisa”? La angustia verdadera tiene una precisísima causa, de una precisión cronometrable, de una certidumbre envidiable: la muerte. La causa más precisa, imposible, de la verdadera angustia es que vamos a morir, es que aquellos a quienes amamos van a morir. Toda otra angustia, por más literalizada en el Diccionario de la Real Academia que esté, es falsa: y por eso es “sin causa precisa”. Esa es la densidad química del aire de la burbuja neurótica de las falsas angustias: una densidad sin causa… pero es menos la falta de “precisión” de esa no-causa, que su ser causa irreal, su ser causa imaginaria, su ser causa ficción, sobretramada, hiperinflada, superimaginada.

Porque pensémoslo así: si aquello que me angustia no es mi propia desaparición, ni el desaparecer de la extensión de mi cuerpo que son mis afectos, entonces la continuidad en mi ser no afectada es garantía suficiente de que hay acción posible, hay camino alternativo, hay chance posible, hay aún tiempo para aquello que necesito hacer, ser, resolver. Si no hay desaparición, aún hay cuerpo. Si no hay desaparición, aún hay tiempo. Cuerpo y tiempo aún a la mano mía, empuñables, son armas suficientes para cualquier amenaza de las falsas angustias. Porque además la falsa angustia viene con la marca de la urgencia, de la amenaza de algún fin inminente, de una disyunción exclusivísima entre un todo y una nada. Pero no: si permanece la continuidad de mi ser no afectada, hay ser-cuerpo y hay continuidad-tiempo. Decidir no es desaparecer… al menos no realmente, mortalmente. Elegir no es mera pérdida… al menos no pérdida absoluta, definitiva. Ser en el cuerpo y en el tiempo es decidir y elegir y seguir siendo, con el cuerpo afectado, sí; con el tiempo alterado, claro. Pero no es muerte. Y si no hay muerte, hay acción posible porque hay aún posibilidad de seguir siendo.

El arte de deshacer las falsas angustias y sus falsas urgencias implicaría entonces evocar vitalmente el recuerdo de la única verdadera inminencia posible: la propia muerte. Frente al recuerdo de aquello que el salto de una a otra burbuja de falsa urgencia pretende ocultar –que moriremos, que moriré, que morirás, que te me morirás en algún momento- se nos ofrece la verdad en la modalidad de la Angustia (con mayúscula), claro, pero simultáneamente, en ese mismo momento de parálisis neurótica completa, también la verdad en la modalidad de la Vida, de la posibilidad, de la garantía de un cuerpo y un tiempo para seguir siendo. El globo neurótico se desinfla. La burbuja imaginaria se pincha. Y uno al fin respira.

Inhalar con el cuerpo la posibilidad de aún un tiempo en el que un hacer, un torcer, un cambiar, un poético destruir es aún vigente. Exhalar con el cuerpo el resto imaginario de una falsa muerte frente a una falsa angustia que imponía en su falsa urgencia un matar la vida aún posible en el encierro de una cárcel monóxidocarbonada de la propia neurosis hecha cemento, cadena y reja. Respirar el aire del recuerdo de la vida aún en un cuerpo que proyecta en el tiempo un deshacer lo falso y vivir intensamente contra la verdad más cierta, profunda y precisa de una muerte que llegará, sí, pero no aún, en un poderoso aún-no. Abrazar con ese mismo cuerpo a todo lo que se ama aún ahí, aún en esos cuerpos externos-propios de los amores más íntimos, de los más felices tiempos con mi tiempo intersectados. Y respirar el aroma de esos cuerpo aún vivos, en un abrazo extendido que detiene el tiempo de la muerte por venir en el ahora verdadero de un saborear el calor del perfume de los que amo aún conmigo.

Respirar contra todo lo falso, el aire verdadero de un aún-tiempo, en este cuerpo nuestro, en el que aún somos.