Hace poco más de
un mes visité a mi hermano Juan y su familia en México. Como quienes me conocen
saben, mi hermano se mudó hace un tiempo por motivos de trabajo y yo los
extraño absolutamente. Pero en esta experiencia inesperada de la vida que es
tener a un hermano, una cuñada-hermana y sobrinos viviendo en otro país,
también aparece la novedad del reencuentro fraterno y sobrinezco.
Uno de mis días de
visita fui con Juani, Lupe y su mamá, Debo, a comprarle un regalo a cada uno al
Liverpool de Polanco. Juani aprendió a renunciar a comprarse un juego para la
play carísimo, que duplicaba el presupuesto que había establecido la tía y
eligió un lego. Lupe, luego de estudiar detenidamente durante cuarenta minutos
cada uno de los juguetes que había en las góndolas –sentenciando a la salida
del mall que “Vengo al Liverpool y quiero llevarme todo”- se compró una familia
de ositos.
Llegados al departamento
de nuevo, Juani inmediatamente se puso a armar el lego. Este bombonazo de siete
años con total independencia y práctica tomó las instrucciones de armado y
empezó a seguirlas religiosamente. Mientras tanto, papá, mamá y la tía se
preparaban para una merecida salida sin niños por la noche de restaurants y
bares newyorcezcos del barrio. Lupe y Juani hicieron sentir sus quejas de que
salíamos sin ellos. Y nosotros seguimos con nuestros planes, con nuestro
momento solos que necesitábamos, y educando a los enanos en la libertad, tiempo
y espacio propio que se merecen también los mayores.
La noche de cena
fue maravillosa: feliz, íntima, a pura charla, reflexión y chiste, con
riquísimos vinos y deliciosa comida española… nos quedamos horas disfrutando
nuestro reencuentro adulto, como se disfruta a un hermano y una hermana que
tanto se aman y tanto se extrañan, y con quienes hemos compartido décadas
juntos. Quizás la distancia, en lo que duele, también depare estos hallazgos:
tener poco tiempo y entonces disfrutarlo, entregarnos a él al máximo.
Volvimos al
departamento a la madrugada, felices y algo borrachos, debo confesar. La tía
Mary llegó como pudo con su leve a moderado mareo a la cama y se desmayó.
Me habré quedado
dormida entre las dos y tres de la mañana y a las seis y media, Juani me
despierta. Como se levanta todos los días a esa hora, el sábado también se
despierta temprano. Se acostumbró a hacerse el desayuno y ver la tele, jugar a
la play, jugar a los tiros contra enemigos imaginarios y/o, como sucedió cuando
lo visité en enero, rapear a solas en el living de la casa para arrancar la
mañana. Pero esta vez, la tía estaba de visita y Juani no dudó en cuál era su
plan: levantar a la tía para que lo ayude a armar el lego. La tía, despertada
pero aún mareada –probablemente deshidratada también-, se debatió entre dos
intensas emociones: estar conmovida por el amor del sobrino que no puede
esperar a pasar tiempo con ella y estar destruida por la noche de generosos
alcoholes. Como pude, atiné a explicarle a Juan que no había dormido mucho, que
me dolía la cabeza, que necesitaba dormir un poco más. Juani preguntó: “¿cuánto
más?” La tía atinó a decir: “un rato, unas horas”. Juani se indignó. Se tiró
arriba mío, mitad abrazándome, mitad aplastándome y presentó su argumento
fervoroso y convencido de que yo tenía que levantarme a ayudarlo porque el lego
llevaba mucho tiempo armarlo y si no, no iba a poder tenerlo terminado a tiempo
para que jugáramos con él (la tía volvía a Argentina el día siguiente). Que no
quería estar solito, que quería que lo acompañe.
La tía leía –con sus
facultades mentales disminuidas pero su amor por su sobrino nunca más
despierto- la demanda amorosa de Juani. Le dije “dame un ratito que ya me
levanto”. Se tranquilizó, fue a su placard a buscar la ropa para vestirse y yo
entredormida me moría de amor de ver a este bebote hermoso ya con siete años
eligiéndose el pantaloncito y vistiéndose solo. Se fue de la habitación y dije “ya
voy”.
Me levanté como
pude. Un tanto encorvada del sueño y dolor de cabeza llegué a la silla al lado
de la de Juani en la mesa del living. Le dije que tenía frío así que me trajo
una manta y me tapó para que estuviera más cómoda. Mi cuerpo estallaba de amor
mientras intentaba con el estallido sostenerse con el sueño que me invadía. Nos
pusimos a armar juntos el lego, no sin cierto conflicto por las partes que iba
o no iban, o porque le quise arreglar una parte y se desarmó otra, pero con
conflicto y todo, terminamos la isla que estábamos armando. Serían las siete y
algo de la mañana y por dentro dije “listo, ahora puedo dormir un poco más”. Ya
le había adelantado a Juani que la tía se levantaba un ratito y después volvía
a la cama porque tenía que descansar porque le dolía mucho la cabeza. Cuando la
isla estuvo lista y festejamos el triunfo, inicié el proceso de transición a la
cama con frases como “bueno, Juani, la tía te ayudó, ahora se va a la cama”,
proceso que fue respondido por un Juani que se me tira encima de nuevo y me
dice: “No tía, no te vayas, haceme compañía, no quiero estar solito.” La tía,
conmovida hasta la médula pero mareada hasta el mismo órgano volvió a afirmar
su necesidad de descansar en tono firme pero comprensivo, prometiendo seguir
jugando cuando hubiera descansado. Juani insistió y arrojó su mejor argumento: “falta
la otra parte de la isla, tía!” El lego armado era solo la mitad de todo lo que
había que armar. La tía entró en pánico. Pero el sueño fue más fuerte: “Juani,
lo armamos después. Empezá y después te ayudo. ¿En qué habíamos quedado? Te
dije que te ayudaba un rato pero después tenía que descansar porque no dormí y
me siento mal…” Bla bla bla la tía se impuso con tierna firmeza y se fue,
convencida, a la cama.
Menos de veinte
minutos después, Juani entra en la habitación de nuevo: “Tía, ¿ya dormiste?”.
La tía experimenta un torbellino de ternura, amor, risa, furia y cansancio. “No,
Juani, recién me vengo a la cama.”
“¿Cuánto más vas a
descansar, diez minutos?”, pregunta sin ningún afán de estar preguntando y con
toda la decisión de despertarme. “No, Juani, unas horas necesito.”
Abrazo-aplastamiento de la tía de nuevo. Juani acostado arriba mío protesta: “Pero
tenemos que armar el lego, si no no vamos a poder jugar, que mañana te vas.” La
tía, enternecida, comprensiva, muerta de sueño. La negociación siguió hasta que
Juani aceptó dejarme dormir un rato más de nuevo.
Menos de media
hora después, Juani vuelve a la habitación. Esta vez la demanda es distinta.
Trae una tijera y hoja de papel en la que había dibujado con distintos colores
una bomba, de la que salían cables verdes, rojos, amarillos, azules. Viene con
una tijera y me dice: “Tía, tenés que ayudarme a desarmar la bomba.” La tía,
que no lograba cerrar los ojos y ya tenía al enano hincha kinotos de nuevo
demandándola, en parte se ríe, en parte se enoja… pero la ternura pudo más y
aún debajo del acolchado y con los ojos cerrados juega. Juani pregunta ansioso,
actuando la situación “¿Qué cable cortamos, qué cable cortamos?”. Le digo: “El
verde”. Lo corta, la bomba no explota y me dice aliviado… “Bien, no explotó”. “Y
ahora, ¿qué cable cortamos?” La tía en un tono un tanto más molesto dice: “el
azul”. Misma reacción. Por suerte, la bomba no explotó así que la tía pudo
volver a decirle a Juani que la deje dormir un rato. Juani se va y al rato
vuelve con otra bomba. La tía ya empieza a decirle literalmente al enano –aunque
risas de los dos de por medio- que era un hincha pelotas. Pero igual seguimos
desactivando las bombas. Creo que tres o cuatro bombas llegaron hasta las ocho
y media de la mañana. Al poco rato, se sumó Lupe alrededor de la cama con la
tía adentro feliz y sufriendo el sueño al mismo tiempo. Lupe trajo un jueguito
de ponerle vestidos con imanes a muñecas y la tía tenía que ayudarle a elegir
la combinación mientras Juani al mismo tiempo le traía otra bomba. Al rato, trae
Lupe su propia bomba, y cuál cable cortamos, y cortá el rojo, y dejen dormir un
poco a la tía, mierda!, dicho todo en un tono tan derrotado por el amor a sus
sobrinos que las quejas de la tía solo fueron más motivo de risa hasta que,
asumiendo el fracaso absoluto del intento de conciliar el sueño, la tía se
levantó finalmente para estar con sus sobrinos.
Con sueño y todo,
cansada y demandada, la tía estaba feliz de estar con ellos. Pero a su vez, la
tía no pudo dejar de ver en toda esa escena de demanda amorosa una escena
tantas veces vividas.
La necesidad de
otros para no estar solos. La demanda de atención y amor como imposición. La
necesidad de estar acompañados en la vida, en el juego en la niñez, y en tantas
otras situaciones a medida que crecemos.
Pensé cuántas
veces me han traído mis afectos bombas de papel para desactivar. Cuántas veces
he recibido alguna amiga, amigo, compañerx, familiar que me ha demandado amor
mostrándome las bombas neuróticas a punto de explotar que estaban viviendo.
Cuántas veces he aconsejado qué cable cortar. Cuántas veces he mostrado que la
bomba era de papel… bomba imaginaria, peligro fantástico, que no por eso tiene,
en nuestras vidas de sujetos-cuerpos-infantes que envejecen, menos sensación de
mortalidad, de finitud, de pérdida, de punto sin retorno. Cuánto de la amistad para
mí ha sido calmar cual bombera psicoanalítica los fuegos falaces de las crisis
explosivas de quienes amo.
¡Y ellos, ellas, ellxs, a mí! ¡Viceversabsolutamente! Tanta bombas de papel, tantos incendios de aire,
tanta neurosis asfixiante, tanta desesperación imaginaria que el cuerpo solo no
soporta… que por eso necesita el vómito de las palabras, el abrazo que contiene
y acompaña… la caricia que calma el temor al desastre… el desvelo de otros que
sostiene en las peores noches de la subjetividad que somos.
Como esos niños
que necesitan compañía para desactivar bombas inventadas, seguimos siendo todos
nosotros, pero reprimidos, silenciados, por la censura de la mostración pública
de esa infancia permanente en que vivimos.
Como esos niños
que necesitan quien los acompañe y sostenga también en armar el lego de la
propia vida. Dónde va esta pieza… dónde pongo esto que soy, esto que me pasa,
esto que no entiendo. Cómo seguir las instrucciones para armar el hogar de la
interioridad que nos alberga, que de repente es bomba, incendio, amenaza. Cómo
no seguir las instrucciones… cómo construir sin reglas, con reglas propias, más
allá del temor a las bombas de papel y reales que puedan esperar a la vuelta de
la página, de la esquina, de la edad, de los procesos complejos, mareados,
intoxicados, que también somos.
El lego de la vida
y las bombas imaginarias. Tener compañerxs para saber cuándo realmente una
bomba va a explotar. Tener alguien que junto con mi mano corta el cable que
creemos desarmará todo. Estar en la infancia que retorna y nos incendia con
otros que en su estar, en su poner el cuerpo a nuestro lado –aunque estén
cansados, dormidos, agobiados- nos calma. No estar solitos, como no quería
Juani, cuando hay una vida para armar y las piezas no se acomodan o las
instrucciones recibidas no ayudan. No estar solitos cuando sabemos, también,
que el tiempo con el otro siempre es poco, que mañana volveremos a otros
países, que no siempre podemos estar en las mismas tierras.
Y reír, con lxs
otrxs, de nuestras bombas imaginarias desactivadas.
Y festejar, con
lxs otrxs, cuando hemos armado alguna parte, parcial, modesta, pero al fin
hecha, de nuestra existencia.
Y abrazarnos en la
risa y el festejo de tenernos por un rato, este rato, fuera de todo límite
geográfico, fuera de toda soledad falsa del límite de nuestros cuerpos.