lunes, 22 de septiembre de 2014

Tristeza profunda

Para E. Susana Rego de La Greca
25/05/1920 – 16/09/2014

Esta semana, hace unos días, murió mi abuela paterna. Se llamaba Susana.
Es la primera vez que pierdo a alguien importante de mi vida. Alguien con quien tuve un vínculo íntimo. Una figura central de esas que forman la oscuridad de mi memoria niña y la luz de mi conciencia progresivamente lograda.
Alguien que me hará falta.
Imagino que más que un texto escribiré sobre ella, porque fue justamente de ella de quien heredé la pasión por la escritura. Me la pasó a través de la sangre ciegamente envenenada de ganas de decir, de pensar, de comunicar. Me la pasó a través de su propio testimonio de una vida que eligió escribirse a sí misma en cada rincón cotidiano que encontró papel y lápiz y el deseo imperioso de escribir algo.
Mi abuela se fue porque tenía que irse. 94 años y varios de sufrir una progresiva extinción de su mente y de su cuerpo. La muerte llegó para liberarla del yugo de los años. Pero se resistió increíblemente hasta el último segundo, hasta el último combate de respiros y cansancios.
Mi abuela no quiso morir, no tengo dudas. Mi abuela amaba estar viva. Mi abuela me dejó, me alimentó, otra herencia potente, abrazada a la potencia de escritura: la pasión por vivir, la insaciabilidad por la vida, las ganas de todo, la explosión de ex-sistencia.
Siento hoy su pérdida –que aún no es ausencia porque todavía no puedo creerlo- como un tristeza profunda.
Una profunda tristeza.
El suelo de mi existencia permanece igual. La vida sigue para los aún jóvenes. La vida, me han dicho mucho sobre todo estos últimos días, así es. Muerte natural, lo llaman. Como si alguna vez la muerte pudiera ser naturalizable.
La tierra de mi existencia sigue siendo la misma. La superficie de lo que es y lo que soy aparece inalterada. Las tareas cotidianas, las preocupaciones diarias, las actividades recurrentes se suceden sin fuertes sobresaltos.
Pero yo siento que en las napas más profundas de mi tierra, varias decenas de metros por debajo de mi suelo, en esas capas íntimas de mi existencia, circula mi tristeza profunda.
Es un río caudaloso de lágrimas que corre como si se precipitara desde una catarata. Es una continua agua de dolor que atraviesa violentamente mis raíces. Es una tristeza profunda.
Aflora por momentos, entre un hacer normal y otro, una liberación de su potencia a través de los deltas de mis ojos. Emerge y estalla, con mayor o menor violencia, ante el recuerdo de los últimos días, ante la memoria imborrable de lo que ella fue en lo que yo fui y soy, ante un futuro en el cual ella no estará para ver tantas cosas que desearía mostrarle.
Esa tristeza profunda es un río en mis adentros. Caudaloso, violento, denso, rabioso. Un río que tiene la intensidad de la vida que ella tuvo. La intensidad del amor que nos tuvimos.
Me recorre un río por dentro, aún cuando todos me ven y quizás no lo noten. Es un río enojado porque la vida tenga término. Es un río revuelto por la confusión de la pérdida. Es una pasión de agua que amó la vida y ahora se siente interrumpida, contenida contra su voluntad, frente al dique irrebasable de la muerte.
Todo sigue igual. Las superficies parecen inalteradas. La primavera sigue su curso.
Pero mi furioso río interior corre a los gritos por dentro, pidiendo salir de su encierro, queriendo arrojarse a un afuera para inundar todo y que todo se empape… que todo se cubra de esa agua sedienta que fue la energía de vida de mi abuela.
El río que soy tiene adentro un río, que siempre ahí estuvo pero que ahora más que nunca, se vuelve corriente interna que lo atraviesa.
La abuela y yo somos ahora una sola masa de sed por la vida. Una masa que es río y lágrima, que es caudal y ausencia.
El río que me hiciste ser se volverá río de tinta, abuela querida. Mojaré la tierra seca de la existencia común con el líquido fértil de nuestra pasión por la escritura.
Yo también, como vos, escribiré mi vida. Haré de rincones y excusas, oraciones y figuras. Haré de preguntas y dilemas internos, jirones de marcas que dancen como niñas pidiendo que las miren, las lean.
La escritura no es la vida. La vida se termina. La escritura prosigue, en el hilo hecho de papel y tinta, de teclados y pantallas, de lo que fuimos y lo que imaginamos, de lo que hablamos y lo que aún hablaremos… ese hilo que se recoge al abrir las páginas de tu libro y convertirme a la religión de creer que detrás de esas letras estás vos hablando, una inquietud dibujándose, un deseo expresado, una comunicación verdadera ahí en tu letra, en cada palabra que tus manos eligieron.
Leer tu escritura como resto viviente de la potencia de vida que fuiste, de tu autoría, de tu abrirte un camino pensando tu existencia, amando cada menor maravilloso detalle de ella.
Corre el río caudaloso de mi profunda tristeza y aflora como dedos que lloran letras en un teclado.
Corre el agua vivificante de lo que fuiste en mi existencia regando todos mis rincones sedientos de conservarte.
Empapa mis raíces tristes el líquido escritural de lo que nos unía.
Hacer de todo, como se pueda, vida.
Escribir una vida entera, la propia vida.
Dejarte seguir siendo en la herencia de un deseo: el de escribirlo todo, todo lo abarcable en los años que quedan antes que mi agua sea el río caudaloso interno de los amores que dejaré empapados de esa pasión por arrasarlo todo, viviendo y escribiendo.
Un manantial que seguirá siendo. Manantial efervescente.
Como alguna vez me dijiste.
Como elegiste titular tu libro.
Manantial que fuiste. Maná sabroso.
Mamá y abuela.
Susana.
Sana la tristeza profunda el manantial que corre y nos arrastra como aguas una.

Una. Susana. Manantial. Mi abuela.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Juani y el mimo milagroso

Hoy jugamos a las escondidas con Juani. Yo le enseñé a jugar a las escondidas y quedé, por suerte, maravillosamente asociada para él con ese juego. Contó él y me escondí yo. Me escondí yo y contó él. A veces me descubrió… otras me dejé descubrir. Algunas lo descubrí… otras lo dejé cantar “pica”. Sobre todo porque a Juani no le gusta perder nunca, pero acepta perder de vez en cuando si algunas las viene ganando.
Después jugamos a “los tiros”. Ese juego lo inventó él. Juani tiene una pistola que calza en el elástico de sus joggings con la exactitud de un experimentado espectador de películas de acción… que solo tiene cuatro años. No había otra pistola así que me quejé a mi compañero porque me faltaba el implemento fundamental del juego. Juani vio una botella de coca cola vacía tirada en el pasto y me dijo, feliz: “Tomá, Mary, acá tenés una bazuca”. Riendo a carcajadas por dentro, pero mostrando un leve brillo en mis ojos, acepté la bazuca y me dispuse a jugar. Torpemente creía yo que la idea del juego era tratar de matarnos mutuamente a tiros. No. Juani me explicó enseguida que “nosotros peleábamos juntos contra los malos.”
Jugamos un buen rato. La alegría de Juani de estar jugando acompañado lo hacía pelear y matarse de risa simultáneamente. Matamos muchos malos que nos atacaban. Cuando yo le decía a Juani que ya habíamos matados a todos, Juani me indicaba rápidamente: “no, Mari, ahí vienen más”. Y seguimos disparando entre gritos teatrales de combate y risas, muchas.
Varias veces fingí mi muerte, con visos dramático-cómicos en mi ser herida. Juani mitad se reía, mitad me convencía de que estaba bien para que siguiéramos jugando. En un momento en que me distraje, Juani fingió su muerte. Yo fingí la desesperación y corrí a verlo al grito de “No!! Hirieron a mi compañero!! Compañero!!” Y Juani algo se rió, aún en el piso, y luego revivió para seguir jugando y riendo.
Juani es un nene feliz. Diríamos que todos los nenes son felices, en tanto nenes. Pero sabemos que eso no es cierto.
Juani es un nene dulce y amoroso. Es inteligente… a veces brillante. Juani te sorprende. Juani sabe más de lo que vos creés que sabe.
Juani es mimoso y sabe mimar… sabe amar con tan solo cuatro años.

Siempre recuerdo y siempre cuento el día en que Juani me regaló un mimo milagroso. En una de mis tantas visitas de tía que viene a jugar estábamos con Juani en el fondo. A Juani le encanta el fondo: con su tierra, su espacio amplio, todo un mundo para explorar. Y ese día Juani era un pirata. Estaba buscando un tesoro. La tía lo miraba sonriente, como siempre, y sin jugar con él, lo acompañaba en su juego. De pronto Juani notó que la tía tenía su celular en la mano y se lo pidió prestado. Se lo di con una condición: “No lo pongas en la tierra que se rompe”. La tía adivinaba que el pirata querría esconder el celular como un tesoro. Pero lo que Juani no sabía es que la tía también estaba pensando que era tarde y que ya era hora de entrar a casa porque empezaba a hacer frío. Y la tía sabía muy bien que la relación entre “jugar al pirata” y “pedir prestado el celular de la tía” no podía sino triangular con “enterrar el celular como tesoro”. Así que tramposamente, haciéndose la copada, la tía le prestó el celular al sobrino con el macabro plan de advertirle la reprimenda si no hacía buen uso del susodicho objeto: “Mirá que si te veo enterrarlo vamos para adentro.” Planeando que Juani aprovecharía cualquier distracción para transgredir la prohibición y esconder el tesoro, yo, la tía-calculadora, encontraría en su desobedecerme la justa razón para hacer lo que de todos modos había que hacer: llevarlo adentro. Y todo el engaño de la tía se sostenía en la conciencia clara de que no iba a haber modo de informarle a Juani el fin de la diversión en el fondo sin su lamento.
El plan funcionó a la perfección. Ni cinco minutos transcurrieron para que Juani transgrediera la norma y mi celular estuviera cubierto de tierra de piratas. Entonces asumí el personaje de “tía-que-avisa-no-traiciona” y procedí a agarrar al sobrino desobediente, que mitad se reía de ser descubierto en su ofensa, mitad argumentaba que no lo hacía más, y tomando al sujetillo a upa, me encaminé en dirección hacia el interior de la casa, por el largo pasillo, repitiendo simplemente, con toda la Ley de mi parte: “¿Qué te había dicho la tía? Si enterrabas el celular entrábamos, así que: ¡adentro!”.
Durante el inicio del recorrido Juani se reía creyendo que la tía lo estaba amenazando pero que sería convencida de volver al fondo. Sobre todo porque la tía un poco se reía y otro poco lo estaba llevando agarrado de las patas, boca para abajo, con un paso un tanto divertido. Pero en cuanto vio que en realidad se trataba de un paso decidido hacia la casa, el tono de voz de Juani y su cara se fueron transformando ante la patente confirmación de que el juego en el fondo se había terminado.
Cuando entramos, proseguí mi teatro diciéndole a mamá, la abuela de Juani, que lo entraba porque no me había hecho caso y Juani miró a la abuela con un dejo de esperanza en sus ojos de que fuera tribunal de apelaciones favorable a su reclamo. Pero como tía y abuela estaban en complot para que a esa hora entrara, cuando el tribunal falló en su contra, Juani estaba desconsolado. Mamá le agarró la mano y con la tranquilidad de una decisión irrevocable le dijo a Juani, llevándolo claramente hacia el baño: “No, Juani, ya no hay más fondo. Vamos a limpiarte que ya te viene a buscar mamá”.
El rostro de Juani se transfiguró en una dulce e infantil tristeza. Estaba todo perdido. No había más fondo ni retorno posible. Primero se quejó un poco, pero inmediatamente aceptó resignado. Su desconsuelo fue materializado en las silenciosas lágrimas que inundaron sus ojos camino al baño.
La tía, yo, sentí empáticamente su angustia y decepción. Hasta me sentí culpable. Un sentimiento desagradable se me hundió en el pecho un momento. Pero no había otra: ya era tarde y de todos modos había que entrar del fondo.
Unos momentos después, Juani estaba limpito y sentado en el sillón tranquilo, viendo la tele. La angustia de tía-Ley me continuaba y decidí ir a ver cómo estaba. Me acerqué desde atrás del sillón y me asomé a verlo: Juani miraba sus dibujitos calmo. Se dio cuenta de mi presencia. Giró la cabeza. Me miró, y sin ninguna reacción en su rostro, ni bronca, ni tristeza, ni nada, volvió a mirar la tele.
Le dije a Juani: - “Juani, ¿nos reconciliamos?” – y me acerqué como para abrazarlo.
Juani, sin decir palabra, ni moverse más que un milímetro hacia adelante, aceptó mi abrazo. No se abrazó a mí, probablemente por estar más preocupado por seguir mirando lo que estaba mirando. Pero tampoco me rechazó ni se desprendió de mi abrazo. Se quedó ahí… y de a poco fue apoyando suave y dulcemente su cabeza en el hueco entre mi cuello y mi brazo.
Y ahí fue el milagro. Algo de otro mundo sucedió.

En el momento en que Juani terminó de descansar su cabecita en el hueco amoroso que le ofrecía la tía, ella que se creía la que consolaba, cerró los ojos frente a la ternura infinita del sobrino y fue literalmente succionada hacia otro mundo, hacia otra dimensión. Por unos segundos de contacto que parecieron eternos, la tía fue desprevenidamente abrazada de amor y enviada hacia una sensación desconocida. Algo terriblemente fuerte, terriblemente poderoso, terriblemente temible inundó cada célula de su cuerpo.
Fue ella, yo, la tía, la que entonces se separó rápida, repentinamente, de su sobrino que simplemente siguió mirando la tele.
Solo pude sentir temor y decirle que no, que todavía no. Todavía no, nene.
En un gesto amoroso, en unos segundos de parecer sucumbir él a mi abrazo, sucumbí en realidad yo al poder oscuro y desconocido de ese amor de niño. Con pavor creí prever, adivinar, echar un ciego vistazo a algo… eso se debe sentir… eso debe ser…

Pero no… no. Todavía no, nene.

lunes, 25 de agosto de 2014

Revolución de la carne


¿Y si no es ni el sujeto ni el cuerpo? ¿Y si es la carne?

¿Y si el inconsciente es absoluta materia? ¿Y si el inconsciente es la carne?

El inconsciente es la carne equivocadamente descripta.

La carne es el verdadero hacedor detrás del hacer… un hacedor sintiente, reaccionante, movilizante.

Primero fue la carne.

La carne es una. No una y trina.

Una.

Todos venimos de la misma carne.

Pero la carne que es pura vida que desea ser no pudo sino ser al desmembrarse. Se extiende, se expande, se hace otra y se corta.

Como si fuéramos todos una misma ameba que se parte y se duplica. Y se vuelve a partir y se vuelve a duplicar. Pero a partir de una y la misma carne-ameba. Una ameba inquieta, explosiva, extasiada… como en el ex-sistir del Dasein, pero no del todo del mismo modo.

Y porque somos todos una misma carne, la carne se llama, se reclama.

El erotismo es la carne llamándose. Por eso el sexo siempre tiene algo de involuntario. No elijo yo a quien me cojo. Elige la carne.

Las carnes hijas de la Carne Una se reclaman entre sí.

El amor es la búsqueda de la carne de sí misma, extraviada y perdida en su multiplicarse imposible de detener por esa fuerza de vida que la hace carne y viva.

La cópula es el horror al vacío de la carne. Nuestros orificios, todos, piden a gritos la carne.

Dar vida no es depositar en un receptáculo células que se combinan bajo mandatos genético-naturales: es la carne que odia el vacío, la carne que se desespera por volver a unirse, la carne que clama a gritos volver a ser una y en su esquizofrénico deseo de lo imposible crea una carne nueva, una vida otra, en el momento mismo en que la carne se agita, llora de sus propios poros lágrimas de la alegría de la fantasía de fundirse ella con ella misma y se funde, imperfectamente, vicariamente, en un volver a ser una y otra, otra vez.

La carne lleva su principio de vida y aniquilación en su mismo modo de ser ella misma. Las famosas pulsiones de muerte y de vida. Eros y Tanatos son el modo mismo de ser de la carne, que se quiere nueva, más, diseminada… y se busca una, reunida, retornada.

La carne se busca en el amor y el erotismo… perder al ser amado es una mutilación.

Nuestros amores fallidos son las cicatrices incurables de nuestra carne herida, desgarrada.

La carne también se pudre, se infecta, se corroe, muere. La carne es infinita en su movimiento pero finita en su ser.

Nuestros muertos son nuestros miembros fantasma.

Y el alejarse de los que hemos querido tanto semeja el romperse de un tendón, un nervio. Un padecimiento que vibra en su dolor de nuevo los días de humedad de la vida.

La carne no es el cuerpo. No tiene límites, contornos. Está diseminada en su unidad en múltiples topoi.

La carne no solo es la vida y la vigilia. Es la carne la que sueña. Es la carne la que sigue despierta cuando el cuerpo descansa y obsesivamente elabora, teme, desea, y se marea con las imágenes que alucina, se confunde con su Eros y Tanatos.

La carne está siempre despierta y siempre inquieta.

La carne desea la Revolución de la carne: el retorno a ese origen cuya distancia emana mitos.

Volver a ser una con ella misma. Replegarse sin aniquilarse. Conectar simultáneamente todos los orificios, todas las heridas de carne faltante, en una orgía revolucionaria, emanando los mil y un fluidos de que es capaz –lágrimas, saliva, sudor, sangre, semen… - y volverse de nuevo una sola Carne Madre, Hija, Hermana.


La carne delira, despierta o dormida, la orgiástica muerte imposible de la revolución de la carne.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Amor es que vos seas más real que mis fantasmas

Amor es que vos seas más real que mis fantasmas.
Amor es que tu mirada desarme la pared de elucubraciones que cien invisibles albañiles neuróticos de la noche a la mañana levantan.
Amor es ver en tu sonrisa más verdad que en cualquier río tormentoso de inobjetables argumentos.
Amor es que mis palabras enojadas a tus oídos entren pero retornen mareadas, vuelvan aturdidas, reculen dudosas.
Es que el amor como interlocución pone a prueba el carácter venenoso del monólogo interior.
Es que hablar es entre dos. Son dos cuerpos vibrando alternadamente. Soy yo tocándote con mi aire interior modelado en el horno de mi pensar, temer, proyectar, soñar y dudar, todo eso junto, en ese cálido hálito de precariedad deseante. Sos vos abrazado por mi fuego interno que soplás y volvés viento de verano la ráfaga innecesaria. Y al entregarme también un poco de tu aire vulnerablemente articulado me permitís ser la suave verde hoja que se estira lejos de su tallo raciocinante para cerrar los ojos y ser acariciada en el rostro por la gratuita alegría ondulante del ser sin interpretación pétrea que se interponga entre vos, yo, y este genuino ahora que es amor y aire.
Amor es tocarte con las manos asustadas que cuando encuentran tu cuerpo dan sus preguntas por contestadas.
Amor es no tener razón, o no saber si la tengo, pero tenerte a vos y saberlo.
Amor es que el diálogo no vaya a ningún lado, que no haya destino ni consenso. Y que la arbitrariedad patentizada de la tesis y su contrario sea evidencia de que el tiempo de palabras, gestos, síes y noés, esto y aquello, no es sino otro modo de nuestra interlocución que es distendido deseo, don de aire, tacto, mirada, otra forma de estar juntos, surfeando las olas de un malestar que es movimiento superficial en el calmo inmenso mar de este amor nuestro.
Es el elemento i-rracional, anterior a nuestras razones, el que se une al oxígeno e hidrógeno de la química de nuestros cuerpos.
Es el salto de fe… la frase afirmada. Es el sí de verte siempre tan hermoso. Es la aprobación a gritos de cada célula de mi cuerpo.
Más real que mis fantasmas, que se disfrazan de razones para simular ser entidad al menos abstracta, formal, ideal, mental.
Más real que las i-rrazones i-rreales que se maquillan, se adornan, se entrelazan y exclaman ser testigos denunciantes de la trama descubierta, la regularidad identificada, la trampa inminente, la cárcel preparada.
Pero la real carne de nuestro cuerpo uno en su interlocución vibrante emana el perfume de la verdad de nuestro distendido instante y arrasa como un mar henchido, electrificado, con todo obstáculo incorpóreo, con todo putrefacto compuesto de nada razonada, de idea intoxicada.
Ser dos en un silencio compartido de un abrazo a ojos cerrados, como si en el interior de los párpados y en el aquietarse del tímpano se pudiera a la vez ver y escuchar el “Sí” que todo lo decide.
El “Sí” a vos, amor… más real que mis fantasmas.


viernes, 1 de agosto de 2014

Café de la calle Amsterdam

En Manhattan, sobre la calle Amsterdam, casi llegando a la calle 111, hay un adorable café. Además de ricas infusiones hacen toda una serie de delicias de pastelería cuyo disfrute se volvió un pequeño feliz ritual de mi vida en esos meses.
Era un domingo por la tarde y el día era espléndido. Tomé mi libro y caminé las siete cuadras desde el departamento al café con la esperanza de encontrar una de las mesitas de afuera libre para acompañar mi momento de lectura placentera con el sol y la suave brisa del abril newyorkino. Era tan importante leer como vivir intensamente el afuera de un día tan precioso.
Me llevé “Allegories of Reading” de de Man y una pequeña carterita que incluía la billetera, el celular, el lápiz y la goma para los apuntes y un pequeñísimo anotador. Ligera, caminando sin apuro, con el sol besándome la cara, llegué al café y a la mesita al aire libre que me esperaba.
Me senté luego de pedirme un té y un par de esas alucinantes galletas recién horneadas que siempre tenían. Acomodé el libro en la mesa, con su infaltable compañerísimo lápiz al lado. Miré a mi alrededor y disfruté de la imponente Catedral de San Juan El Divino que se erguía soberbia a mi lado, en la cuadra de enfrente. Recorrí la completa perspectiva de la avenida y sus calles frente a mí, una visión de mi barrio… en unos meses ya era “mi” barrio. Lo disfruté mío, solo mío, todo para mí, en esa tarde de primavera mía.
También miré a mi alrededor, con mis ojos de exploradora antropólo-filóso-psico-analista… pero más ganas tenía de perderme en el momento que de dejar a mi mal acostumbrada mente indagar profundidades humanas a mi alrededor. Esta profundidad primaveral era mía. Era un momento, para mí.
De todos modos, llegué a identificar levemente algunos humanos a mis alrededores. Mi mesa estaba ubicada en paralelo a la calle, con lo cual tenía que mirar hacia mi izquierda para ver las demás mesas habitadas. Alguna parejita por allí, unos franceses hablando de Seinfeld detrás de mí, y en perpendicular a mí había una mujer de unos sesenta años, sentada en una mesa que miraba hacia la calle. Sin elegirlo, entre la calle y ella estábamos yo y mi mesa, ofreciéndole el lateral de nuestra escena a sus ojos. La mujer también estaba sola y leyendo, pero parecía estar trabajando: sostenía seriamente un pesado apunte sostenido por un gancho grueso.

Mi deseo pudo más y en pocos minutos evadí la mirada de reconocimiento, tomé mi libro y comencé a disfrutar. Leía plenamente, con calma, sin exigirme un estudio exhaustivo del texto pero sin abandonar esa feliz costumbre de leer pensando. No había apuro para fijar contenidos: había calma para incorporarlos lentamente. Como la mirada de reconocimiento hacia mi entorno, pero explorando el libro y sus adentros.
Unos minutos después, suelto el libro y me recojo el pelo porque un viento suave, juguetón, me despeina. Aunque obligada por su juego, disfruto de llevar mi cabeza hacia atrás y meter los dedos en mi pelo con el viento pasando también entre ellos. Pierdo mi mirada hacia adelante, perdida en un momento de placer y viento… sonrío sin pensarlo y cierro los ojos en un instante estirado del pelo aún entre las manos. Soy solo eso: el momento, el viento, mis dedos, mi pelo, el sol, sonriendo… y cuando pasa el momento pleno en suspenso, como que vuelvo… y sin razón alguna miro hacia mi izquierda y veo a la mujer mayor mirarme con un gesto adusto, con el ceño fruncido, con su mirada reprobadora clavada en mí.
De repente me siento algo intimidada, desprevenidamente juzgada por esa mirada severa inesperada. Como si yo estuviera haciendo algo malo. Como si hubiera transgredido algún mandato al perderme en el disfrute del pelo y el viento en un espacio público. Quizás por haber hecho de ese espacio público un tiempo privado… una zona de intimidad… casi como si me estuviera tocando a la vista de todos. Como si hubiera sido obscena en esos segundos de pelo, viento, sonrisa, dedos.
Y de repente, unos segundos después, toda la escena me parece una puesta en yuxtaposición de una misma mujer en dos tiempos, en dos puntos de la cronología, en dos momentos de la vida. Como si la mujer que a los treinta leía placenteramente con el viento jugando con su pelo, la mujer que se roza el pelo suave y perfumado con la piel joven de sus dedos erotizados se mirara a sí misma treinta años después con recelo.

¿Seré yo, alguna vez, esa mujer que ve su juventud ida con una mirada censuradora? 

¿Será que ser esa mujer, treinta años después, no puede sino ser el sitio desde el cual lo joven se mira con disgusto?

¿Podré ser, en cualquier punto del hilo de la vida que tejeré, siempre un poco ésta,
que en lugar de mirar acusadoramente es mirada,
que deja su mirada perderse en la nada de un viento que la atraviesa,
que atravesada sonríe a la nada de ese tiempo que no pasa,
que no es visto,
que es roce,
que es dedo en la seda posible del propio cuerpo,
que es viento contra el viento pero que lo sabe sin recelo,
sin ceños ni fruncimientos,
sino en la fresca conciencia del roce,
del eros inasible de ser toda ella, 
por un momento,
la simple conciencia sedosa de la punta de sus dedos?

Quizás, ojalá, ser algo así, como ahora
que escribo
y soy,
escribiendo,
solo el roce de mis dedos.

miércoles, 11 de junio de 2014

La búsqueda de la verdad como sadismo


Sadismo (R.A.E.): 1. m. Perversión sexual de quien provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona. 2. m. Crueldad refinada, con placer de quien la ejecuta.
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Hoy volvió a mi mente un pensamiento, un cuestionamiento más bien, que hace unos pocos meses me merodea. Pensé de nuevo en qué está detrás de mi afán de “buscar la verdad”, mi impulso por ir a ver, a bucear, a hurgar, a retorcer, por detrás o debajo o en el adentro más profundo, de las palabras, las acciones, los modos de ser/hacer/pensar de los otros. Pero no vino este pensamiento como mera pregunta, me vino como auto-crítica, me merodea como cuestión, problema, porque viene con la sensación de saber la respuesta: quizás se trate simple y llanamente de un cierto placer en esa búsqueda-violencia. Cierta “crueldad refinada”. Cierta “excitación en ser cruel” con otro. Cierto placer en “ejecutar” ese procedimiento quirúrgico de escuchar a otro atentamente, analizarlo, sospechar de la conformidad de sus palabras y su pensamiento o acciones, y mostrarle la sospecha: tomarlo de la mano y conducirlo involuntariamente -con la sutileza de mi cara de nena inocente y de mi facultad discursivo-argumentativa perfeccionada en catorce años de práctica filosófica- a donde claramente no quiere ir, al frondoso, espeso bosque de sus propias vueltas neuróticas, de sus laberintos sin salida de lo negado-enceguecido, de la discordancia arrojadora de luz entre sus dichos y sus hechos, entre su discurso y su oscura profundidad. ¡Y vaya que soy hábil para pasearte de ese modo! Tan hábil como admirada, felicitada, incluso agradecida, por mi capacidad analítica (“vos deberías ser psicoanalista”, me han dicho más de una vez), por mi sagacidad, mi destacada a-gu-de-za: ¿no son agudos los sonidos que ensordecen?

[Sinónimos de agudo: puntiagudo, punzante, afilado; dicho de un dolor: vivo y penetrante]
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En una de mis primeras entradas de este blog, publiqué lo siguiente reflexionado acerca de “cómo quiero escribir”:

“Quiero abrazarte de manos y piernas, que se abra el suelo a tus pies y hundirte conmigo hacia un mundo subterráneo, oscuro, confuso, angustiante, hacia todo aquello que está bajo la superficie de lo que ves y pensás… hundirte como una profunda penetración hacia vos mismo, arrastrado por una mujer para ver lo que está ahí, lo quieras ver o no. Ejercer una violencia, una violación de la negación, pero sin dejar de abrazarte, sin soltarte,  sin dejar de hacerte compañía. Y que vos así, aunque no lo hayas elegido del todo, también me acompañes a mí, me hagas un poco de compañía en ese submundo al que no dejo de volver una y otra vez, cuando voluntariamente me abismo, pienso y escribo.”

Pienso en la imagen erótica de ese fragmento y en la “perversión sexual de quien provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona.”

¿Será esa la excitación de mi escritura? ¿La “propia” excitación de mi cruelescritura?
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Verdad (R.A.E.) (Del lat. verĭtas, -ātis). 1. f. Conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente. 2. f. Conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa. 3. f. Propiedad que tiene una cosa de mantenerse siempre la misma sin mutación alguna. 4. f. Juicio o proposición que no se puede negar racionalmente. 5. f. Cualidad de veraz. Hombre de verdad 6. f. Expresión clara, sin rebozo ni lisonja, con que a alguien se le corrige o reprende. U. m. en pl. Cayetano le dijo dos verdades 7. f. realidad (‖ existencia real de algo).

Si detrás de tomarte la mano con mi agudeza disfrazada de niña hay un impulso por “La Verdad”, entonces con veintiséis siglos de respaldo de tradición filosófica occidental detrás de mí solo estaría haciendo algo fundamental para la humanidad: buscar La Verdad. Pero no es “La” es “tu”, es “tu-verdad”: ¿me dan derecho siglos de práctica a hacer-te eso? ¿Quién dijo que era yo la que podía/debía buscar “tu” verdad? ¿Es sentarse a charlar conmigo, vos que me conocés y conocés mi “agudeza”, pacto tácito suficiente para que mi perversión sexual-escritural te tome como su objeto?

Objeto de estudio. Objeto de análisis. Objeto de crueldad. Objeto erótico.

Saber de vos como “saborearte”. Como morderte. Como hacerte sangrar. Con un “juicio o proposición que no se puede negar racionalmente” acerca de vos mismo. Con la inocencia de quien simplemente emite una “expresión clara, sin rebozo ni lisonja, con que a alguien se le corrige o reprende.” Reprenderte por ser humano.
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búsqueda. 1. f. busca (acción de buscar).
buscar. (Quizá voz de or. celta, y esta del indoeuropeo *bhudh-skō 'conquistar, ganar'; cf. celta*boudi- 'ganancia, victoria', irl. ant. búaid 'victoria' y galés budd 'ganancia'): 1. tr. Hacer algo para hallar a alguien o algo. Estoy buscando un libro. 2. tr. Hacer lo necesario para conseguir algo. Busca trabajo. U. t. c. prnl. 3. tr. Ir por alguien o recogerlo para llevarlo o acompañarlo a alguna parte. Fueron a buscarla a su casa. 4. tr. provocar (hacer que una cosa produzca otra). U. t. c. prnl. Tú te lo has buscado. 5. tr. germ. Hurtar rateramente o con mañas. 6. intr. Ven. Dirigirse hacia un lugar. 

Todos los sentidos que puede tener una búsqueda. Puedo buscar a alguien o algo… puedo buscarte como humano, vida, precario; puedo buscarte como cosa, objeto. Puedo hacer lo que sea para conseguir lo que quiero: extraerte tu verdad. Dar rienda suelta a mi impulso cruel. Excitarme en mi crueldad realizada, refinada, placentera. Puedo recogerte, re-cogerte, llevarte, acompañarte. ¿Te re-cojo porque te deseo? ¿Te brindo un placer correlativo? ¿Te ofrezco la oportunidad masoquista de un placer conmigo? ¿O te hago, mejor, compañía?

[… sin dejar de abrazarte, sin soltarte,  sin dejar de hacerte compañía. Y que vos así, aunque no lo hayas elegido del todo, también me acompañes a mí, me hagas un poco de compañía en ese submundo al que no dejo de volver una y otra vez, cuando voluntariamente me abismo, pienso y escribo…]

¿Sos el compañero de mi inevitable masoquismo reflexivo, un compañero fiel al que le cobro sádicamente el precio de que “me quiera” (hacer compañía)?
Te provoco. “Tú te lo has buscado”. Produzco efectos. Uso el poder que tengo. El poder de la agudeza. El poder de las palabras. El poder de las preguntas. El poder de la sospecha. El poder de la trampa de la dicotomía realidad/apariencia. El poder de la inocencia (una vez un hombre que adoro dijo de mí hablando a otros, riéndose de mí, encontrándome inofensiva: “Tiene la arrogancia de la niñez.”) El poder de la mano extendida y “vamos a dar un paseo”. Te hurto una verdad que no sabías que era tuya (¿lo es?) con mis mañas, rateramente. Una ratera que te saca palabras que no querés dar, contradicciones que tenías guardadas, miedos de tu caja de ahorros. Ratera de lo no-dicho (hoy mi amor me decía: “Si hubiera falta, ¿sería decible?”).
Tanta excitación, crueldad, placer de ejecución… y el dirigirse a “algún” lugar. La búsqueda como dirigirse a “algún” lugar.
¿Y si no hay ningún lugar? ¿Y si no hay ninguna verdad? ¿Y si toda búsqueda es fútil? ¿Y si sobre todo la de “La Verdad”?
Entonces quizás queden solo dos cosas: el silencio o la escritura como frustración (si su raíz indoeuropea hace de "buscar" lo relativo a la "conquista", "victoria", "ganancia" pero al final no lo es, ergo, frustración -i.e., simple, divino modus tollens: si p entonces q; no q / no p). 
Quizás todo el que escribe desde la frustración, en el fondo, no se banca el silencio y solo quiere ser cruel con los otros.


lunes, 26 de mayo de 2014

En carne viva

C. trataba por todos los medios de refrescar a la abuela. El calor era soporífero, agobiante, extenuante, y ya la abuela –que jamás en la vida padeció el calor- estaba claramente afectada por la maldita altísima temperatura. Yo, tratando de hacer algo –principalmente estar a su lado, estar con ella, hacerle compañía- apantallaba a la abuela con una abanico barato que compré a un vendedor del tren por quince pesos. También le leía en voz alta algunos de sus poemas, intentando como sea estar con ella.

La habitación solo tiene un ventilador de techo. La casa de la abuela no tiene aire acondicionado. De todos modos, la situación delicada de salud de la abuela hace difícil decidir hasta qué punto refrescarla porque si llegara a tomar algo de frío sería mucho peor. C. entonces sugiere que le corramos la cama a la abuela para que quede ubicada más directamente debajo del ventilador de techo. Un poco duda, si conviene o no. Me pregunta a mí qué me parece. Yo creo que es buena idea. C. teme que le de frío. Yo le digo que es difícil que con el calor tremendo que hace la abuela tenga frío por acercar la cama al ventilador.

Todo movimiento brusco afecta terriblemente a mi abuela… por eso C. decide correr con mucho cuidado la cama en la que ella está recostada, adormilada por la pesadez del calor, y me pide que la ayude. Le digo que por supuesto. Me indica que seamos cuidadosas. Sigo sus instrucciones al pie de la letra. La cama es una pesada cama de hospital, de esas que permiten subir y bajar la cabecera con una manija al frente, para mover cuidadosamente al convaleciente. Hacemos un primer movimiento coordinado para arrastrar despacio la cama y ubicarla más al medio de la habitación y la abuela se queja del movimiento… el mínimo movimiento de ese tipo no lo soporta. C. me indica que no arrastremos la cama, que la levantemos mejor, porque si no la abuela lo sufre.  Me dice que tenga cuidado, que la cama es pesada. Nos ponemos de acuerdo y con esfuerzo levantamos la cama y la corremos unos centímetros más. La abuela igual se queja: tan débil está por su delicada salud y su precaria conciencia de todo lo que le pasa.

Al levantar la cama, en el último movimiento, yo, que estoy a los pies de la abuela, me golpeo rápida pero certeramente el frente de mi tobillo con la palanca que la cama tiene a la altura del piso, la que sirve para subir y bajar el respaldo.

Primero no digo nada, porque lo relevante y urgente es acomodar mejor a la abuela para que se refresque, que se le pase un poco esa pesadez poco común que está padeciendo por este maldito calor. C. la acomoda bien, le cubre los pies para que no se le enfríen (porque si fuera así, sería tremendo) y algo mejor parecería estar. Pero un par de minutos después, a la llegada de mi tía S., decidimos todos, mi papá incluido, que en la habitación hace un calor insoportable y que mejor será levantar a la abuela y llevarla al living, donde estaría más fresca.

Una vez modificada la situación de la abuela de nuevo, pero ahora con más éxito, mientras nos sentamos todos en el living y aprovechamos que la abuela está mejor y puede charlar, salvada la prioridad de mi abuela, puedo prestar atención al golpe que me di en el tobillo. No solo se me está formando un doloroso chichón, además la superficie de piel en que ocurrió el golpe se lastimó: está en carne viva. Me duele la inflamación producto del golpe y me duele tener una capa de carne, que no debería estarlo, completamente expuesta.

Le pido a C. un poco de algodón y alcohol para desinfectar previsoramente la herida. Aplico el alcohol que duele y pica. Me putéo internamente por ser tan torpe, tan pelotuda.

Rápido se pasa la hora y tenemos que irnos con papá a tomar el Chevallier de vuelta a Buenos Aires. Me jode que justo la abuela hace media hora está más despierta, charlatana, recompuesta. Me acerco a despedirme y besarla. La abuela hace más de una década viene perdiendo progresiva y lentamente sus facultades cognitivas. Hace años que a mí no me reconoce. Cada vez que la veo alguien me compele a reactualizar la situación tragicómica en la que me presento a mi abuela:

-          “Susana” –(o “mami”, depende de que hable C., la amorosa señora que la cuida, o mis tíos S. o S.)- “¿sabés quién es ella?”
-          ¿Quién sos?
-          María Inés.
-          ¿Sabés quién es María Inés?
-          ¿Quién es?
-          Es tu nieta.
-          Soy tu nieta.
-          La hija de R.
-          Soy la hija de R.

A mi papá tampoco lo reconoce todo el tiempo, pero lo reconoce cada tanto: “R., el regalón, el más bueno, tan tan bueno.” Aún le recita su madre a mi padre, de memoria, el poema que le escribió a los ocho años, apenas uno le recuerda la primer línea:

“Manojito de cariño,
cascabelito de miel,
tienes la gracia y la dulzura
del niñito de Belén.

Son tus ojitos cartilla
donde se puede leer
la blancura de tu almita
la pureza de tu ser.

Generoso, bueno, dócil,
donde fueres, eres rey;
tu majestad, el encanto,
tu simpatía, el poder.

Cierto es que a este mundo,
como madre te hice ver,
mas tú el cielo me has mostrado
con tu caricia y querer.

Ocho años has cumplido,
si pareciera que ayer
llegaste, hijo bendito,
en un claro amanecer.

Un rayo de esa alborada,
al brillar sobre tu sien,
derramó su mejor gracia
y eres diáfano como él.”

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Ahora la abuela no puede sostener conversaciones que hagan referencia a ella, a sus hijos y nietos. Del abuelo conviene no mencionar una palabra, ni siquiera o menos aún, leerle alguno de los poemas que le escribió, porque rompe inmediatamente en un llanto inconsolable: la abuela no recuerda quién es ella, pero recuerda quién fue él, quiénes fueron ese nosotros.

El golpe en el tobillo es el souvenir de mi última visita a la abuela hace unos pocos días. Las visitas a mi abuela son terribles porque necesito ir a verla, hacerle compañía, acariciarla, besarla, hacer algo… pero también es cada vez más tristemente claro que no hay nada para hacer. Mi abuela ya no sabe que es mi abuela.

Hace unos meses, cuando sufrió un derrame del que –es increíble la resistencia vital-corporal de mi abuela de noventa y tres años- se recuperó bastante, hace unos meses estaba a su lado, haciéndole compañía y la abuela estaba ahí, acostada, con la mirada perdida, haciendo movimientos extraños con una mano, y con la otra intentando rascarse una herida o escama de estar acostada. C. me decía: “No la dejes rascarse que se lastima.” Y cada cinco minutos C. con cariño pero firmeza tenía que sacarle la mano de la herida a mi abuela que no podía dejar de rascarse. Y yo la veía rascarse con la mirada perdida y me preguntaba qué queda del vínculo de mi abuela con su cuerpo que, por un lado, le pica desesperadamente, y por otro lado, no sé si sabe que el cuerpo le pica.

Y pienso qué es esa que es hoy mi abuela: ese cuerpo sin identidad, ese cuerpo sin recuerdos claros, ese cuerpo que sigue funcionando, que no la deja irse o quizás que es ella no queriendo irse aún… sin saber de dónde irse o no… sin saber ni fantasear –como cuando podía, de noche, conmigo en la cama, charlando, filosofando, mirándose las manos en la oscuridad- en el posible dónde de ese irse.

Estando cerca de una muerte que no sabe que se acerca, ¿qué es esta vida de mi abuela? ¿Qué es esta muerte en vida de mi abuela? Y, ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué? Absurdo, cruel absurdo.

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Cuando me despedía de la abuela, la besaba, la acariciaba, mi abuela me dice, cuando le informo que me tengo que ir:

-          Pero volvé pronto, que si no es como si ya no existiéramos.

Yo sonrío, le sonrío a mi abuela, que solo dice eso por decir y que, sin embargo, no puede haber dicho algo más cierto. Yo le digo que “claro, que vuelvo”. La abuela agrega:

-          Porque… ¿quién nos quita lo bailado?
-          Claro, abuela, ¿quién nos quita lo bailado?

Y le doy otro beso, y otro abrazo, y la abuela toma la palabra otra vez (esto, algo parecido, ya pasó otra vez) y me dice:

-          Bueno, te quiero mucho, siempre pienso en vos y volvé pronto que te extraño.

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Cuando estoy volviendo en el remis a la terminal, miro la herida de mi tobillo y me digo en mis adentros:

-          Esto es lo que es mi abuela, esto es: estar en carne viva.

Mi abuela me duele como me duele una herida que queda en carne viva… un herida cuyo dolor activa al mero contacto con el aire, un simple viento.
Estar en carne viva.
Mi abuela está en carne viva… en ese cuerpo que sigue viviendo cuando ella, mi abuela, ya no, o casi no, o no del todo, o no sé cómo mierda decirlo, pensarlo.
Estar en carne viva.
Ella está en carne viva.
Yo estoy en carne viva.
En carne viva.




domingo, 23 de marzo de 2014

Narrarse-el-ser

Hace unos días que vengo pensando, teórica y existencialmente, en el valor de la narratividad para la vida. Y la vida implica, en su ser vivida por uno, alguna representación de la propia realidad. Alguna descripción de qué es lo que uno hace y por qué. Eso es narrarse: decirse a uno mismo cuál ha sido el sentido de lo que uno (el sí mismo propio) ha hecho, está haciendo, continuará haciendo, dejará de hacer, hará.
Judith Butler escribe, en “Dar cuenta de sí mismo”, que dar cuenta de uno mismo (“to give an account of oneself”) no puede ser narrarse (“to narrate oneself”). Las razones son, entre otras, estas dos: lo que nos ha enseñado el psicoanálisis, por un lado; y lo que nos ha enseñado la crítica al sujeto moderno en la línea de Foucault, por el otro. Este sujeto que es producido histórico-discursivamente es un sujeto sin fundamento, histórico como temporalmente constituido, enajenado de sí mismo por su facticidad tanto como por su necesario asumir el yo (el “I”) a través de algún discurso que lo precede y excede. Un sujeto fragmentado en la multiplicidad de las categorías, denominaciones y nombres que recibe-usa, elige-se-le-imponen, en la vida social. Pero también es el sujeto escindido del psicoanálisis, de Freud y el descubrimiento del inconsciente, de Lacan, el discurso y la inter-locución/subjetividad. Butler lo dice claramente: exigir una narración coherente de lo que uno mismo es es violento, es tanto la base de lo que entendemos como “ética” (¿moderna, quizás?)–i.e., poder dar razones de lo que uno hace- como la base de la violencia que subyace a esa ética: demandar me a mí misma y a los otros una coherencia que no podemos ser. Porque hemos sido forjados de un modo nunca disponible para su recuperación-representación en el magma hirviendo de las primeras impresiones de nuestro cuerpo infante con el mundo de sus relaciones primarias. Forjados en el trauma de las primeras impresiones de los otros/Otros. Maleables a las palabras, gestos, afectos, desprecios, ansiedades, expectativas, deseos, frustraciones ajenas/os. Y es el carácter aún líquido, por siempre líquido, de ese horno primordial en el que nos hemos hecho los falsos cuerpos sólidos que nos creemos (de nuevo, ¿modernamente?) ser, el que sigue derramando en todo relato de solidificación-coherentizante su agua bendita, su agua maldita, su acuosidad desestructurante: las interrupciones de nuestros síntomas, los quiebres de la seriedad de nuestro narrar por el chistoso fallido, el no poder oírse a sí mismo o a otros en algunas particulares palabras de un cuerpo supuestamente abierto a todo sonido, el no poder hacer, el no poder mover para algunas posibilidades, las extremidades en su más óptimo desarrollo físico.
Se cuela el líquido de nuestro centro corporal-terrenal por entre las grietas que su calor abre en las capas más potentemente sedimentadas de los relatos que hemos creído ser, incendiando el paisaje de nuestra vulnerable, sin saberlo, conciencia.
Y sin embargo, no se puede vivir en el centro de la Tierra.
Y sin embargo, no se puede edificar sobre el líquido.
Y sin embargo, no se puede morar sin algún precario hogar, alguna estructura protectora, algún paisaje fértil.
Arquitectos de narraciones propias que construyen contra el viento de la temporalidad y el continuamente amenzante sismo-cisma de lo que creemos ser un terreno firme, un paisaje delineado, un suelo, un campo, un “aquí” en el que descanse un poco el cuerpo de su propia infancia.
Ser o no ser, decía Hamlet. Narrar-se o no narrar-se… narrarse-el-ser.

Esa es la cuestión.

martes, 11 de marzo de 2014

“Todo lo que se sufre por una situación que no se habla”

Hace unos días, pasando por las actualizaciones de mi página de facebook, me encuentro posteada en una página grupal que suele subir cosas graciosas o subir cosas para reírse de ellas, una noticia de un muchacho que iba a casarse y desapareció (http://tn.com.ar/policiales/se-iba-a-casar-y-desaparecio_456295) Quien subía la nota con fin cómico comentaba el posteo con la simple frase “Un capo”, como indicando que el “desaparecido” en realidad había querido desaparecer para no casarse (dejo para otro texto la reflexión sobre esta figura graciosa para el sentido común del festejo de la huida de un hombre de su seguro matrimonio).

Como era esperable, cuando accedo al link de la nota que pertenecía a una página de noticias, no había nada de gracioso, en realidad. La madre y la novia del muchacho desaparecido lloraban mientras relataban todo lo “normal” que sucedió hasta que desapareciera. Comentaban que no lo podían ubicar de ningún modo, que su celular estaba apagado, que estaban desesperadas, que solo querían que volviera. La desesperación se debía a no saber qué había sucedido, si estaba bien o no, si se había ido o si algo le había sucedido –y, en ese sentido, el pedido era al público, que si lo veía o sabía algo, se comunicara con la familia. Pero de todos modos, de una manera brutalmente obvia, el pedido de que volviera incluía un claro subtexto de “volvé aunque te hayas ido porque quisiste irte”. Las dos mujeres lloraban desesperadas, sin saber qué había pasado, temiendo, por un lado, que le hubiera sucedido algo, y prefiriendo, por el otro, que no le hubiera sucedido nada, que se supiera perdonado de antemano y volviera.

Hace unas horas se anunció la noticia de que el muchacho fue encontrado en un hotel de una ciudad cercana. El padre del novio aparece en el mismo canal-página de noticias explicando que está bien, sano, y que desapareció porque había calculado mal el gasto de la fiesta de casamiento, no supo qué hacer para solventarlo y por eso huyó. El padre muestra en su modo de hablar que es consciente de la artificialidad de la razón que se da al público, es consciente de que de algún modo es raro que eso fuera causa suficiente para el accionar de su hijo. Pero sostiene igual la versión, aunque llora por momentos.

El periodista le pregunta: “¿Habló usted con él?”

El padre responde: “No, no, habló la mamá… nosotros solo lloramos, lloramos.”

Dejo para otro momento la reflexión sobre la posibilidad de hablar de las mujeres, o de los hombres con las mujeres, frente a la dificultad (¿imposibilidad?) de hablar de los hombres, o de los hombres con los hombres.

Al iniciar su relato al periodista, el padre decía que era lo que él sospechaba, que él sospechaba que algo así era lo que le había pasado a su hijo… intenta dar un mensaje de aprendizaje “para que nadie más pase por esto” y expresa y sentencia, a la vez:

“Todo lo que se sufre por una situación que no se habla.”

Es interesante la ambigüedad del “esto”, en el que “nadie pase más por esto”: ¿se refiere a lo que pasó su hijo, que no pudiendo hablar algo, solo pudo actuar, de un modo desesperado? ¿O se refiere a la desesperación que ellos pasaron porque su hijo en vez de hablar, huyó? Quizás sean ambas cosas.

Toda la situación de la nota periodística me había dejado ya reflexionando sobre este muchacho que claramente no pudo decir, no pudo decir “algo”, y solo pudo hacer algo… huir. Como si no fuera solo imposible decir, sino además estar. O como si hubiera necesitado decir huyendo, decir desapareciendo. Me quedé pensando en lo frecuentísimo que es esto. Cuán a menudo sucede en la vida cotidiana de cualquiera. A veces con más o menos dramatismo, más o menos sufrimiento, pero siempre con el sufrimiento mínimo garantizado de ese momento en que un cuerpo no puede decir y debe huir o explotar para que se diga por su hacer o su cuerpo, lo que no puede decir la articulación de una garganta… lo que no pueden escuchar los propios oídos de la boca propia.

Y hoy, habiendo anotado que quería escribir sobre esto, al ver la segunda nota, en la que el padre cuenta que lo encontraron, cuando lo escucho decir: “Todo lo que se sufre por una situación que no se habla” siento que me da el título para el texto que mi cuerpo estaba engendrando.

Claro que es frecuente, claro que es cotidiano, claro que es humano, demasiado humano, esta situación reiterada como tantos cuerpos haya, de no poder decir algo. De todo lo que se sufre por no poder decir algo. De todo el sufrimiento que se causa por no decir algo.

Y entonces habla algo otro, si no soy yo el que puedo hablarlo. “Una situación que no se habla”, un silencio, una sensación estremeciendo un cuerpo, una idea, provoca su propia realidad por medio del cuerpo que la pare. El cuerpo que huye. El cuerpo que explota. El cuerpo que al ausentarse se hace presentísimo como cuerpo parlante, como cuerpo que habla, como acción que conjuga, estructura, enuncia, comunica, hiere.

Una situación que no se habla es una explosión contenida, una angustia que rasga las paredes internas de la piel pidiendo a gritos mudos salir a ser palabra en el mundo. Y una situación que no se habla porque es silenciada, porque no puede ser dicha por la propia boca que la vive, en su retener, en su reprimir, en su suprimirse como aullido desesperado, hace de la implosión incontenible una explosión inesperada: la muda situación que no se habla se vuelve plena palabra como situación que no se habla, pero se hace, se actúa. Sigue siendo una situación que no se habla, pero ahora se vuelve comunicante, expresiva, sonora, verborrágica, obvia. Tan fértil es la enunciación no verbal de lo no hablado que se vuelve hecho, realidad, suceso, y deviene verdad manifiesta sin necesidad de palabras. Aún cuando fuera en la forma de la duda, la verdad de la situación no hablada ya era escuchada ante la huida. Por eso el perdón adelantado. Por eso la garantía de absolución.

El caso dramático del muchacho que habla desapareciendo porque no puede hablar apareciendo no es para mí más que una manifestación más violenta de una violencia por todos vivida. Cotidianamente vivida. La violencia de una situación que no se habla… violencia interna del no poder decir, violencia externa del decir explotado, regurgitado en la cara del otro al que no puede hablarse.

La violencia, el silencio y el lenguaje. La violencia y lo que no se habla. Todo lo que se sufre por lo que no se habla. Todo lo que no se habla porque no se lo puede hablar. Todo lo que se hace porque no se puede decir. Todo lo que se dice cuando se hace. La violencia de hacer lo que no puedo hablar. La violencia de ser hecha por la huida de lo que no puedo decirme.

Sin poder optar por la palabra, aparece la huida a la acción como gesto significante, como vómito violento de verdades. Tan no decidido como el vómito, tan enfermo como lo que me hace vomitar, tan liberador como haber vomitado lo enfermo.

Todos vomitan de un modo u otro a través de sus cuerpos las situaciones que no se hablan, que “los” hablan a través de la violencia de una expulsión no voluntaria. Divina violencia que libera al cuerpo de la prisión de su voz acallada.

Como vomito yo este texto que tenía pensado escribir alguna vez, pero que escribo ahora como exteriorización de la violencia interna que crece en mí hace horas por el hastío de un día de trabajo auto-forzado… corriendo los libros y apuntes obligados para escribir la situación que no se habla en mi interior: que estoy cansada de trabajar, que ya no tengo ganas, que quiero huir a mis textos inútiles, a mis reflexiones profundas sobre pavadas.


Vomitar el hastío de pensamiento en una liberación de palabras para evitar seguir sintiendo todo lo que se sufre cuando no se habla.