domingo, 26 de octubre de 2014

Decirle te amo a un niño

Ayer finalmente le cumplí la promesa (añeja por demás) de llevarla al Botánico a mi preciosa sobrina Ailín. Tuvimos una tarde hermosa, disfrutando de flores y plantas, de sombra deliciosa en un día caluroso, de caminata por los lagos de Palermo y de la divertida aventura de andar en esas bicis para dos que alquilan al lado del lago, con la cual Ailín se descostilló de risa y yo también –aunque la tía quedó fulminada luego de media hora de pedalear ella sola porque a Ailín no le llegaban las patas a los pedales.
Dejé a Ailín con su papá pasadas las 9 de la noche y decidí que la cama y la tele me esperaban. Resolví el tema de la cena pasando por una confitería a comprar unos ricos sandwichs de miga, cuyo sabor sin igual se duplica por el maravilloso hecho de ahorrarme cocinada, lavada de platos y mayores obstáculos para la cama.
Iba caminando despacio, disfrutando del aire fresco de la noche, a lo largo de las poquitas cuadras que faltaban para casa cuando suena el celular. Es mi hermano que me pregunta si puede pasar ahora por el depto a ver eso del balcón que hace rato que tiene que pasar a ver y nunca puede. Le digo que sí, porque sé que tiene poco tiempo disponible, pero le aclaro que estoy muerta, que mi plan es pegarme una ducha e irme a la cama, así que que pase ahora, por favor.
Listo, todo acordado, voy a cortar el celular y advierto que Juan me iba a decir algo más. Entre que intento llamarlo de nuevo se me desarma el celular cuya tapa trasera está siempre floja, se sale la batería y se retrasa mi devolverle el llamado. Cuando logro arreglarlo y encenderlo de nuevo, veo las llamadas perdidas registradas. Lo llamo y le explico que se me desarmó el celular y no podía llamarlo. Todo bien, me dice, esperá que alguien te quiere hablar.
Entiendo todo y sonrío. Juan le pasa el celular a Juani, su hijo, mi sobrino precioso, y Juani me dice sin mediar saludos innecesarios: “Tía Mary, ¿querés venir a cenar con nosotros?”
Tiene una voz tan dulce, como si la dulzura de su alma se trasluciera en los sonidos de su garganta. Muerta de cansancio, sandwichs optimizadores de descanso en la mano, con unas tremendas ganas de llegar a casa, a la ducha y a la cama, y todo en mí sonríe, todo en mí se derrite, me nirvanizo en estado de tía-que-ama y le contesto sin mínima vacilación: “Sí, Juani”, entendiendo que no me invita a cenar a su casa, sino a jugar, como hacemos siempre, a todos los juegos juntos, a los viejos y nuevos, a los que le enseñé y los que aprendimos juntos, a reírnos, gritar, saltar, abrazarnos, discutir por reglas o resultados, balancear el juego con aprender a jugar con la hermana, y jugar a dos manos, una a Lupe, su hermana hermosa, sobrina preciosa mía, y una a Juani, hasta quedar de nuevo felizmente fulminada por la demanda insaciable de presencia de tía de mis sobrinos, que aún a la una de la mañana, pucherean porque la tía tenga que irse a la casa.
Cada vez que puedo le pido un beso a Juani o a Lupe. Hace un tiempo incorporé el feliz ritual de decirles después del beso “te amo”. Casi nunca o nunca me contestan. Pero no importa. Yo les digo, y ellos saben, que los amo.
Decirle “te amo” a un niño. ¡Qué cosa extraña! He dicho varios te amos a novios y enamorados. He dicho muchos “te quiero” a madres, padres y hermanos… a amigas y amigos. Pero es la primera vez, con mi experiencia de los sobrinos, que me encuentro diciendo “te amo” a niños.
¿Qué es tener una relación con un niño, y una que amerite un “te amo”? En el caso especial de Juani y Lupe es tener un vínculo con alguien a quien vi nacer. Alguien que ha desarrollado paulatinamente el lenguaje a mi lado. Alguien que vi quererme antes de que supiera decirme nada. Alguien a quien empecé a amar antes de que pudiera entender un “te amo”.
No puedo citar aquí la experiencia real o mítica de la maternidad. Primero porque no son hijos míos. Hay una extraña intimidad entre nosotros, algo del orden de células genéticamente cercanas enfrente mío que empiezan a crecer, a moverse, a hablar, a hacer primeras sonrisas y primeros enojos. Pero no son mis hijos, son los hijos de gente que amo. Pero no los amo solamente por ser hijos de aquellos a los que amo –como si pudiera garantizarse la transitividad del amor de los hermanos a sus hijos. De hecho, los amo de un modo nuevo. Un amor raro. Potente, hermoso, feliz, pero raro.
Es que todavía intento entender esto de decirle “te amo” a un niño, alguien que todavía no ha desarrollado la racionalidad plena de su inserción sociocultural en el mundo mío, de los adultos, de los “ya-estructurados”. Este ser i-rracional –porque, ¿cuánta razón argentino-americano-occidental-sigloveintunezca puede decirse que este niño “tenga”?- que me habla, me busca, me besa, me discute, me reclama, por momentos hasta ignora, ¿cómo puede entenderme completamente? ¿Cómo puede saber Juani que la tía desea ser invitada a jugar con él a las diez de la noche de un larguísimo y cansador sábado, porque su demanda de amor-por-medio-del-juego le da a la tía el mejor plan: el del sabor de esa verdad de la vida que tarde o no, recién ahora entiende: la plenitud absoluta del orden del juego de los momentos entregada a los seres que ama?
Quizás ahí empiece a hacerse comprensible, palpable, vivible con el cuerpo algo de mi “te amo” a Juani, o a Lupe, del amor a estos seres nuevos que me hacen “tía” una y otra vez. Quizás lo que amo de Juani es su ternura, su belleza, su inteligencia, su alegría, esa risa que parece que amaneciera en dos minutos en su boca… como amo de Lupe su locura, su obstinación, su necesidad de mí como mandato inquebrantable, sus saltitos de entusiasmo si vamos a tocar el piano o a su cocinita a jugar, o cuando me pide que le diga “qué dice acá”… o como amo de Ailín la fascinación con la que me busca, el interés de estar conmigo que siempre me demuestra, que yo llegue y ella corra a abrazarme, o que me cuente como en el tren a la vuelta de Palermo su vida del colegio, quién es su mejor amiga, el chico que la molesta, o que se quede preocupada porque los nenes que están en el tren descalzos pidiendo limosnas “no deberían estar ahí” y “¿cómo puede ser que los dejen, si es muy peligroso?”. Quizás amo de ellos todas esas cosas particulares, específicas, que los hacen Juani, Lupe y Ailín. Pero seguramente también ame la persona que me hacen cuando me invitan a su vida, sus prioridades, sus asombros, sus preguntas, sus juegos, sus demandas. Seguro amo que me recuerden que la vida, al inicio, era otra cosa: que el mundo era una gran plaza o un gran fondo… que una tarde en el Botánico puede ser la oportunidad de respirar un aire nuevo para mi mente y mi cuerpo, que siempre está ahí como posibilidad, y que tantas veces pospongo… que pedalear media hora alrededor del lago de Palermo muerta de la risa porque podemos chocar a alguien, o gritando de entusiasmo cuando se viene la loma de burro, sin importar nada más es un placer que hay que darse… que en vez de la cama y el eterno retorno embolante del zapping puedo una noche armar un rompecabezas, jugar a la escondida, ser cowboy, encontrar muñequitos en una revista, hacer una sopa de choclo con un choclo de plástico y dárselo al bebote de plástico… por eso los amo: no solo me aman, no solo me miman, no solo me llenan de cariño y dulzura de niños… también me recuerdan lo que absurdamente he olvidado, lo que la repetición normativa de años y años de alcanzar disciplinadamente el estatus de adulta –que, ¡pobre tonta yo!, tanto añoraba- me ha quitado: ver la vida como juego, ver el tiempo como risa, mancha y pedaleo, ver cualquier proyecto como fantasía realizada de ser un momento cowboy y al otro zombie, y luego cocinera y después mamá, y después soldado y después pianista de sonidos irreconocibles… de que la vida puede ser un piano en el que mis dedos chapoteen sin partitura… la vida que vuelvo a amar en los niños que amo.

Quizás, debe ser, algo de todo esto sea lo que significa mi decirles “te amo”.

sábado, 18 de octubre de 2014

Amar en las pequeñas cosas

Paro de trabajar un rato, voy a la cocina a prender el horno y poner algo de comida a calentar. Abro el freezer para sacar unas milanesas de pollo y sonrío al ver el tupper en el que están guardadas. Las milanesas me las preparó mi mamá, que acostumbra a mandarme cosas ricas que hace y que hace pensando en que yo reciba una parte. Le sonrío al tupper porque pienso que es un tupper nuevo –conozco todos los tuppers de mi mamá. Y la sonrisa se debe a que mamá compró un tupper nuevo muy probablemente para poder enviarle en nuevos recipientes más comida y cosas ricas a sus hijos.
Y entonces pienso en la gente que te ama en las pequeñas cosas. En mandarte milanesas de pollo caseras para que disfrutes lo más que puedas en la rutinaria tarea de almorzar o cenar para salvar el obstáculo de la alimentación en medio de “las cosas importantes” que “hay” que hacer en el día.
Pienso en amar en las pequeñas cosas. En esos gestos imperceptibles que te arrancan una sonrisa en medio de una cotidianidad normalizada, reiterativa, serial.
Sonreírle a todo lo que está detrás del tupper nuevo de mamá.
El amor en las pequeñas cosas me ha resultado, en el último tiempo, la experiencia del amor más fascinante, más sorprendente, un completo descubrimiento de una dimensión del amor –en todas sus variantes- que me resulta inesperado.
Ser amada en las pequeñas cosas… tener antojo de helado, mientras estamos volviendo a las apuradas a casa porque le empieza el partido, y que, al escucharme, él pegue un volantazo apurado para volver hacia atrás unas cuadras y que yo pueda comprarme el helado que quería, aunque el partido está casi empezando. Y que lo haga con gusto, como un regalo, no solo en ausencia de cualquier gesto de molestia, sino en presencia de una intensidad de marea subterránea de ese amor que me dice todo el tiempo, que le mueve el brazo rápido en el volante y le impulsa la mano que pasa aceleradamente los cambios, para que su amor disfrute de su cumplirse su pequeño antojo de helado. Cómo le hubiera gritado la felicidad de gotas de amor constante que me da en la cara… pero le di una sonrisa en silencio, le devolví con la misma muda enormidad del amor de las pequeñas cosas su gigante gesto amoroso.
Es que el amor de las pequeñas cosas tiene la potencia de la mudez frente a tantas vanas y vacías palabras de amor que se han vuelto, para la experiencia más superficial de lo amoroso, sonidos comunes… ruidos estereotipados.
El amor de las pequeñas cosas exuda la vitalidad y novedad que tanto trillado lenguaje pseudo-amoroso producido en serie carece… una potencia repentina e impactante, un efecto sobre mi cuerpo que ninguna de todas esas miles de novelas románticas, una igual a la otra, que leí con mi cuerpo adolescente inocente-sublimante jamás supieron darme ni siquiera hacerme vislumbrar.
Amor de las pequeñas cosas contra el gran amor mitológico del que liberarse es necesario, cuyo lastre cansa, pero que ha delineado tan eficazmente las expectativas normales del cuerpo que abandonarlo o meramente resignificarlo se parece a arrancarse la propia piel para sentir otra cosa.
Pero qué hermoso es sentir con otra piel, o con la misma, el amor de las pequeñas cosas.


sábado, 11 de octubre de 2014

Cuento/sueño, sujeto/cuerpo

Hoy hice un descubrimiento: un cuento no es un sueño. O, mejor dicho, un sueño no es un cuento. En realidad es algo obvio, que siempre supe, pero lo entendí hoy. Tuve un sueño muy interesante hace un tiempo y me pareció tan lleno de significados y figuras, tan rico para una sesión de análisis que lo anoté y decidí que iba a convertirlo en mi primer cuento. Además de anotarlo utilitariamente, lo anoté porque cuando desperté, la intensidad del sueño había sido tal que no lograba volver a dormirme. Estaba conmovida, plena de sentido… no estaba angustiada pero sí inquieta. Incluso cansada. Cuando un sueño es tan intenso uno se despierta y sin haber terminado de lidiar con ese momento de confusión entre el fin del sueño y el inicio claro de la vigilia, uno ya siente que está cansado, como si hubiera estado corriendo mientras estaba acostado.

Hoy quise aprovechar una noche relajada, sola, en casa para tomar cierta sensibilidad a flor de piel del día y escribir. Me preparé un aperitivo, un Martini con soda y hielo, y me fui placenterísimamente a mi escritorio a escribir. Busqué las notas del sueño para a partir de ellas armar el cuento.

Ahora bien, a mí me había parecido que lo cargado de una plenitud de significado y asociaciones había sido el sueño tal como desplegó sus acciones-imágenes. Entonces,  mi interés fue permitir un pequeño juego poético al introducir el relato mismo del sueño pero luego tratar de transcribir las escenas del sueño lo más fidedignamente posible. Y eso hice. Empecé a escribir el sueño-cuento, agregué una elaboración sobre la primera situación del cuento –que era el relato de mi irme a dormir-pero cuando la acción más traumática del sueño se iniciaba, ahí solo traté de describir lo más fielmente cómo había sido el sueño, que por intenso y anotado me había quedado muy grabado en la mente. Terminé de relatar las escenas del sueño bastante conforme con la fidelidad del resultado: era un excelente relato del sueño. Pero luego de releerlo, aunque el sueño estaba perfectamente relatado, me di cuenta que eso no era un cuento. Había una intriga o situación estresante que hiciera las veces de peripecia o nudo, pero la resolución –esplendorosa de sentir y sentido para mí- no era la conclusión de un relato. Era simplemente un terminarse el sueño en un momento o escena final y punto, pero nada parecido a una coherencia estructural o trama que hiciera retrospectivamente necesario o conclusivo el fin del relato.

Dejé lo escrito guardado en la computadora y me fui a ver televisión y dar por terminado el día. Aventuré la idea posible de que a partir de la base del sueño pudiera más adelante inventar un relato que se inspirara en él. Por ejemplo, continuando el relato desde el fin de sueño hacia algún otro tipo de acción o evento inventado que llevara el relato a algún lado e hiciera de eso que no era un cuento y que yo acabara de escribir, un relato, mi primer cuento (tal fue la ilusión post-sueño original: este sueño será mi primer cuento).

Habiendo dejado la tarea voluntariamente inconclusa o parcialmente resuelta, tuve mi momento de cena y relax en la cama, con la televisión. Y gracias a la combinación de todos los factores cotidianamente necesarios para mí para la relajación y el dejar pasear la cabeza, de repente, una revelación, un descubrimiento: un sueño no es un cuento. Un sueño no puede ser nunca un cuento. Léase: la estructura del sueño no es la de un cuento, un relato, una narración. Pero no estoy diciendo que los sueños no tienen forma o estructura. Menos todavía estoy diciendo que un sueño no tiene sentido. Lo que digo es que la estructura del sueño y su modo de hacer sentido, de significar, son diversos de la estructura de la narración, que nos ofrece su sentido qua narración a partir de la estructura principio-medio-fin que hace a la serie contingente de eventos en dirección al fin retrospectivamente necesaria en vistas de la totalidad de la serie qua estructura de relato.

En mis discusiones sobre lenguaje, narración, psicoanálisis y subjetividad con ella, Judith Butler argumentaba fuertemente que mucho de la subjetividad y de la experiencia solo puede ser captado por el lenguaje poético, por el lenguaje de los sueños, y no por la estructura narrativa (y el sujeto narrativizante/sado que la coherencia narrativa supone). Recién hoy entendí esto. Fracasando en el intento lúdico, placentero, deseante, de escribir un cuento a partir de un sueño que fuera el sueño vuelto cuento: pero al fracasar en escribir un cuento logré escribir un sueño, para darme cuenta al leerlo que eso que escribí no tenía la estructura de un cuento.

Hay entonces, entiendo hoy, dos modos de la significación de la subjetividad, de la experiencia de ser sujeto: el modo en que significa un relato sobre las acciones del sujeto, un modo teleo-lógico, porque su inteligibilidad se sostiene en la dirección hacia el fin y desde el fin hacia la totalidad del sentido de sus actos. Es el modo de la significación que se condensa en la noción de “elección”: de un modo más o menos intenso es el sujeto el que moviliza el sucederse que se vuelve trama. Y un modo otro, el que significa en el sueño, que contiene una sucesión de imágenes-figuras-escenas, que se remiten unas a otras, se metamorfosean unas en otras dando una sensación de duración o temporalidad del sueño, un modo tropo-lógico: porque la sucesión-duración sigue la dirección de un constituirse una figura que se de-constituye, de-figura, para volverse una figura u escena otra-siguiente. Y en la cual la sucesión-sustitución de una imagen en otra sugiere una red multiforme, enredada, de sentidos, en un ir de un lado al otro, de un arriba abajo, al costado y arriba de nuevo, que genera una sensación de continuidad que disfraza la danza perpetua en el desplegarse de las figuras de la dis-continuidad entre ellas. Aquí las denominaciones aún me faltan… pero arriesgaría que es el modo de la significación que se condensa en la noción de “pasión”: la pasión también refiere a un sujeto que moviliza un sucederse, pero hay una experiencia pseudo-ciega del mover los sucesos, un saberse sujeto-agente pero a la vez paciente, que se ve a sí mismo moverse, actuar, comportarse, de un modo que no cree elegir o que preferiría no elegir, o que no debería elegir, pero sabiendo esto aún así no puede sino hacer “eso”, decir “eso”.

Las preguntas posibles para mí, ahora, en torno a la reflexión sobre la subjetividad serían las siguientes: ¿cuál es el modo privilegiado? ¿Cuál define mejor qué es ser sujeto? ¿Se trata de un alternarse de los modos de la subjetividad? ¿O uno, el del sueño, es el fenómeno primario –por más reprimido que lo fuera- y el otro un fenómeno subsidiario, secundario? ¿Es el modo de la narración una fantasía de plenitud de ser que se vuelve principio de realidad de la vida consciente? ¿Es el modo del sueño la verdad de la ausencia de estructura de trama real de la existencia? ¿Son dos modos meramente opcionales, yuxtapuestos, de un ser esquizo o bifronte del sujeto?

Y más se podría preguntar, y lo seguiré haciendo. Pero permítanme terminar esto con un último elemento a destacar del conjunto de mi des-cubrimiento.

Dormidos o despiertos, el modo del relato o el modo del sueño, solo son posibles en un cuerpo.

No hay subjetividad en ninguno de los dos modos sin –se vive, se narra, se escribe, se sueña como-  cuerpo.

lunes, 29 de septiembre de 2014

La escritura y el prejuicio de las buenas alumnas

Hace unos días nos tomábamos un café con mi adorada amiga Gisèle y de pronto retomamos una conversación que es recurrente entre nosotras: nuestras dificultades para autorizarnos a escribir. La pregunta que ambas nos hacíamos, a modo de auto-reproche en estéreo, era por qué nos ponemos tantos peros para darnos la experiencia de la escritura, por qué siempre estamos reculando ante nuestro deseo de escribir sobre lo que sea.
En algún momento de la queja-autoanalizante sancionamos que eso nos pasa por ser egresadas de Puán (“Puán”, así, como si nada, es marca de ser egresada de Puán: dar por sobreentendido que todos saben qué es “Puán”. Es la calle en la que se encuentra la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Decir “Puán” y no explicar nada es el gesto de pertenencia… “Si fuiste a Puán, sabés qué es Puán.” Gesto de pertenencia que también se usa para quejarse de Puán –como en nuestro comentario auto-crítico. Pero que incluso en la queja marca su pertenencia, se sigue inscribiendo en un “venir de ahí.” Ya escribiré más sobre esto, algún día).
Pero no era esa la razón, en realidad. Aunque nos acercábamos un tanto al meollo de la cuestión. Era algo cercano, vinculado, pero no eso. Y de repente apareció su correcta denominación: “Es el prejuicio de las buenas alumnas”. La auto-represión del deseo de escritura es una marca de una subjetividad particular, pre-universitaria, aunque pudiera consolidarse en esos años también, perfeccionarse negativamente: es el prejuicio de las buenas alumnas.
¿Quiénes somos las buenas alumnas y qué nos pasa cuando, además, deseamos la escritura? Las buenas alumnas se definen por su deseo de ser calificadas sobresalientemente por la autoridad. A la buena alumna la puede, innegablemente, recorrer un deseo de saber, de estudiar, de aprender, de investigar, de esforzarse en el cumplimiento de una tarea asignada. Más aún, una apasionada libido impulsa todos esos intentos y logros. No se trata, claro está –o debería estarlo- de una marca plenamente negativa de la subjetividad. La subjetividad, las subjetividades, en realidad, siempre son ambivalentes, siempre presentan una dualidad entre aquello que es potencia y defecto, que suelen ser dos caras de algo mismo. Sin embargo, esa libido, esa potencia, esa fuerza, esa búsqueda se ata desde la niñez –por razones varias, tan sociológicas como biográficas- al reconocimiento del esfuerzo y el fruto por parte de alguna autoridad, alguna figura que asiente, que da una aprobación final al fin de la tarea. Es casi un reflejo condicionado: está la búsqueda, el deseo, el esfuerzo, el quehacer, las horas y energías invertidas muchas veces con costados sacrificiales, y está el “logro”, el “cumplimiento”, el “producto” ahí, listo, a la espera de tener valor pero no por el propio recorrido elegido, soportado, llevado a sus máximos niveles de productividad sino por esto en conjunción inescindible con otra cosa: un alguien que aprueba, una figura que asiente, un personaje que califica y define numéricamente la entidad real del logro.
Las buenas alumnas persiguen el diez, el sobresaliente, el máximo galardón como agua en el desierto. Curiosamente, las buenas alumnas  pueden ser positivamente descriptas como subjetividades sedientas: hay algo que se busca, algo que se persigue, algo que demanda empeño y a lo cual se le entrega un tiempo invadido por el deseo de encontrar-hacer-tener-poder eso. Pero… pero la “buena” alumna aprende desde muy niña, desde las felicitaciones de papás y mamás, de maestras y maestros, de directores y directoras, que lo que ha hecho vale siempre que se cumpla un bicondicional: “Lo que hago tiene valor en sí mismo si y sólo si otro superior-autorizado reconoce ante mí el valor que yo otorgo como idéntico valor a sus ojos”. Y la buena alumna, ante el reiterado cumplirse de antecedentes y consecuentes, condiciones suficientes y necesarias,  ante esta normativa repetición forzada de la fuerza de la normatividad para la apercepción del valor de sus búsquedas, naturaliza que A conduce a B, que “valor para mí” y “valor para otro-autorizante” se coimplican. Y entonces ocurre lo peor de todo: el problema no es la necesidad de aprobación de otro del destino hipostasiado de la sed propia (en algún punto esa sed se retroalimenta, se potencia, con ese otro valor en conjunción a lograr); el problema es que se pierde, se borra, se naturaliza la ausencia, de otra forma de experiencia posible de la sed, de la búsqueda: la experiencia de hacer todo lo mismo (o no), de ir detrás de objetivos idénticos (o no) sostenida solamente por la voluntad sostenida sola(o privilegiada)mente en el propio deseo.
La buena alumna no sabe seguir tranquila su deseo. No sabe autorizar-se simplemente por la identificación de su deseo. No sabe dar valor si no valora en conjunción con algún otro asimétrico al final del recorrido para aplaudir su esfuerzo, para prenderle la escarapela, para darle una bandera, para firmarle una nota.
¿Cómo puede esta subjetividad tan sólidamente constituida en años de libido anudada a autoridades autorizantes vivenciar un placer que sea el de solo hacer lo que su deseo le dicte?
¿Cómo puede la buena alumna evadir la ansiedad que le provoca la idea misma de una autorización intransitiva?
¿Cómo escribir como Roland Barthes mismo deseaba, intransitivamente, dejando el objeto de la escritura en un segundo plano?
¿Cómo escribir para auto-constituirse en escribiente deseante que se desea a sí misma en la práctica de su escritura, así, como ahora, fuera de todo Puán, en el humilde balcón de su casa en una tarde primaveral, entre la corrección de parciales para mañana y la preparación de algún abstract o artículo para algún deadline?
¿Por qué para la buena alumna una experiencia que debería ser banal, en el mejor sentido de inmediata, como la de “dejar de hacer lo obligatorio por un momento” para  “hacer lo deseado aunque sea por un rato” se presenta como una tarea hercúlea, como una acción que demanda algún proceso reflexivo-ético, como una emancipación del instante, de un instante rebelde, desobediente, in-útil?
La buena alumna se hace todas estas preguntas mientras se le vuelve patente su férreo entrenamiento a sentirse en deuda por los parciales que “debería estar corrigiendo ahora”. ¿A quién le debe qué, la buena alumna: le debe su ser aplicada a las instituciones que habita, o su sentirse en deuda con las promesas de eficiencia que ha dado sin saberlo? ¿O se debe a sí misma, en ese recóndito rincón no menor de su identidad buenalumnezca por tantos años de reiteración así normativizada, el placer de obedecer la norma de otro, el goce del diez por Otro dado, ese rush incontrolable de adrenalina que desea seguir sintiendo en esos segundos entre que presenta su tarea excelentemente hecha, merecedora de sobresalientes, que “seguro que está más que bien pero…” y la performance del reconocimiento, la Palabra que estuvo en el principio pero cuyo deseo de reiteración espera, el asentimiento que quiebre la angustia excitante de confirmarle ese valor -que bien podría haberse donado ella sola?
¿Cuánto tiempo más habrá de perder, por no autorizarse a perderse en la escritura, la buena alumna que se aniquila y resurge masoquistamente en esos previos instantes a recibir el Sí, el diez, la bendición, de la adecuación sobresaliente a la Norma?


lunes, 22 de septiembre de 2014

Tristeza profunda

Para E. Susana Rego de La Greca
25/05/1920 – 16/09/2014

Esta semana, hace unos días, murió mi abuela paterna. Se llamaba Susana.
Es la primera vez que pierdo a alguien importante de mi vida. Alguien con quien tuve un vínculo íntimo. Una figura central de esas que forman la oscuridad de mi memoria niña y la luz de mi conciencia progresivamente lograda.
Alguien que me hará falta.
Imagino que más que un texto escribiré sobre ella, porque fue justamente de ella de quien heredé la pasión por la escritura. Me la pasó a través de la sangre ciegamente envenenada de ganas de decir, de pensar, de comunicar. Me la pasó a través de su propio testimonio de una vida que eligió escribirse a sí misma en cada rincón cotidiano que encontró papel y lápiz y el deseo imperioso de escribir algo.
Mi abuela se fue porque tenía que irse. 94 años y varios de sufrir una progresiva extinción de su mente y de su cuerpo. La muerte llegó para liberarla del yugo de los años. Pero se resistió increíblemente hasta el último segundo, hasta el último combate de respiros y cansancios.
Mi abuela no quiso morir, no tengo dudas. Mi abuela amaba estar viva. Mi abuela me dejó, me alimentó, otra herencia potente, abrazada a la potencia de escritura: la pasión por vivir, la insaciabilidad por la vida, las ganas de todo, la explosión de ex-sistencia.
Siento hoy su pérdida –que aún no es ausencia porque todavía no puedo creerlo- como un tristeza profunda.
Una profunda tristeza.
El suelo de mi existencia permanece igual. La vida sigue para los aún jóvenes. La vida, me han dicho mucho sobre todo estos últimos días, así es. Muerte natural, lo llaman. Como si alguna vez la muerte pudiera ser naturalizable.
La tierra de mi existencia sigue siendo la misma. La superficie de lo que es y lo que soy aparece inalterada. Las tareas cotidianas, las preocupaciones diarias, las actividades recurrentes se suceden sin fuertes sobresaltos.
Pero yo siento que en las napas más profundas de mi tierra, varias decenas de metros por debajo de mi suelo, en esas capas íntimas de mi existencia, circula mi tristeza profunda.
Es un río caudaloso de lágrimas que corre como si se precipitara desde una catarata. Es una continua agua de dolor que atraviesa violentamente mis raíces. Es una tristeza profunda.
Aflora por momentos, entre un hacer normal y otro, una liberación de su potencia a través de los deltas de mis ojos. Emerge y estalla, con mayor o menor violencia, ante el recuerdo de los últimos días, ante la memoria imborrable de lo que ella fue en lo que yo fui y soy, ante un futuro en el cual ella no estará para ver tantas cosas que desearía mostrarle.
Esa tristeza profunda es un río en mis adentros. Caudaloso, violento, denso, rabioso. Un río que tiene la intensidad de la vida que ella tuvo. La intensidad del amor que nos tuvimos.
Me recorre un río por dentro, aún cuando todos me ven y quizás no lo noten. Es un río enojado porque la vida tenga término. Es un río revuelto por la confusión de la pérdida. Es una pasión de agua que amó la vida y ahora se siente interrumpida, contenida contra su voluntad, frente al dique irrebasable de la muerte.
Todo sigue igual. Las superficies parecen inalteradas. La primavera sigue su curso.
Pero mi furioso río interior corre a los gritos por dentro, pidiendo salir de su encierro, queriendo arrojarse a un afuera para inundar todo y que todo se empape… que todo se cubra de esa agua sedienta que fue la energía de vida de mi abuela.
El río que soy tiene adentro un río, que siempre ahí estuvo pero que ahora más que nunca, se vuelve corriente interna que lo atraviesa.
La abuela y yo somos ahora una sola masa de sed por la vida. Una masa que es río y lágrima, que es caudal y ausencia.
El río que me hiciste ser se volverá río de tinta, abuela querida. Mojaré la tierra seca de la existencia común con el líquido fértil de nuestra pasión por la escritura.
Yo también, como vos, escribiré mi vida. Haré de rincones y excusas, oraciones y figuras. Haré de preguntas y dilemas internos, jirones de marcas que dancen como niñas pidiendo que las miren, las lean.
La escritura no es la vida. La vida se termina. La escritura prosigue, en el hilo hecho de papel y tinta, de teclados y pantallas, de lo que fuimos y lo que imaginamos, de lo que hablamos y lo que aún hablaremos… ese hilo que se recoge al abrir las páginas de tu libro y convertirme a la religión de creer que detrás de esas letras estás vos hablando, una inquietud dibujándose, un deseo expresado, una comunicación verdadera ahí en tu letra, en cada palabra que tus manos eligieron.
Leer tu escritura como resto viviente de la potencia de vida que fuiste, de tu autoría, de tu abrirte un camino pensando tu existencia, amando cada menor maravilloso detalle de ella.
Corre el río caudaloso de mi profunda tristeza y aflora como dedos que lloran letras en un teclado.
Corre el agua vivificante de lo que fuiste en mi existencia regando todos mis rincones sedientos de conservarte.
Empapa mis raíces tristes el líquido escritural de lo que nos unía.
Hacer de todo, como se pueda, vida.
Escribir una vida entera, la propia vida.
Dejarte seguir siendo en la herencia de un deseo: el de escribirlo todo, todo lo abarcable en los años que quedan antes que mi agua sea el río caudaloso interno de los amores que dejaré empapados de esa pasión por arrasarlo todo, viviendo y escribiendo.
Un manantial que seguirá siendo. Manantial efervescente.
Como alguna vez me dijiste.
Como elegiste titular tu libro.
Manantial que fuiste. Maná sabroso.
Mamá y abuela.
Susana.
Sana la tristeza profunda el manantial que corre y nos arrastra como aguas una.

Una. Susana. Manantial. Mi abuela.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Juani y el mimo milagroso

Hoy jugamos a las escondidas con Juani. Yo le enseñé a jugar a las escondidas y quedé, por suerte, maravillosamente asociada para él con ese juego. Contó él y me escondí yo. Me escondí yo y contó él. A veces me descubrió… otras me dejé descubrir. Algunas lo descubrí… otras lo dejé cantar “pica”. Sobre todo porque a Juani no le gusta perder nunca, pero acepta perder de vez en cuando si algunas las viene ganando.
Después jugamos a “los tiros”. Ese juego lo inventó él. Juani tiene una pistola que calza en el elástico de sus joggings con la exactitud de un experimentado espectador de películas de acción… que solo tiene cuatro años. No había otra pistola así que me quejé a mi compañero porque me faltaba el implemento fundamental del juego. Juani vio una botella de coca cola vacía tirada en el pasto y me dijo, feliz: “Tomá, Mary, acá tenés una bazuca”. Riendo a carcajadas por dentro, pero mostrando un leve brillo en mis ojos, acepté la bazuca y me dispuse a jugar. Torpemente creía yo que la idea del juego era tratar de matarnos mutuamente a tiros. No. Juani me explicó enseguida que “nosotros peleábamos juntos contra los malos.”
Jugamos un buen rato. La alegría de Juani de estar jugando acompañado lo hacía pelear y matarse de risa simultáneamente. Matamos muchos malos que nos atacaban. Cuando yo le decía a Juani que ya habíamos matados a todos, Juani me indicaba rápidamente: “no, Mari, ahí vienen más”. Y seguimos disparando entre gritos teatrales de combate y risas, muchas.
Varias veces fingí mi muerte, con visos dramático-cómicos en mi ser herida. Juani mitad se reía, mitad me convencía de que estaba bien para que siguiéramos jugando. En un momento en que me distraje, Juani fingió su muerte. Yo fingí la desesperación y corrí a verlo al grito de “No!! Hirieron a mi compañero!! Compañero!!” Y Juani algo se rió, aún en el piso, y luego revivió para seguir jugando y riendo.
Juani es un nene feliz. Diríamos que todos los nenes son felices, en tanto nenes. Pero sabemos que eso no es cierto.
Juani es un nene dulce y amoroso. Es inteligente… a veces brillante. Juani te sorprende. Juani sabe más de lo que vos creés que sabe.
Juani es mimoso y sabe mimar… sabe amar con tan solo cuatro años.

Siempre recuerdo y siempre cuento el día en que Juani me regaló un mimo milagroso. En una de mis tantas visitas de tía que viene a jugar estábamos con Juani en el fondo. A Juani le encanta el fondo: con su tierra, su espacio amplio, todo un mundo para explorar. Y ese día Juani era un pirata. Estaba buscando un tesoro. La tía lo miraba sonriente, como siempre, y sin jugar con él, lo acompañaba en su juego. De pronto Juani notó que la tía tenía su celular en la mano y se lo pidió prestado. Se lo di con una condición: “No lo pongas en la tierra que se rompe”. La tía adivinaba que el pirata querría esconder el celular como un tesoro. Pero lo que Juani no sabía es que la tía también estaba pensando que era tarde y que ya era hora de entrar a casa porque empezaba a hacer frío. Y la tía sabía muy bien que la relación entre “jugar al pirata” y “pedir prestado el celular de la tía” no podía sino triangular con “enterrar el celular como tesoro”. Así que tramposamente, haciéndose la copada, la tía le prestó el celular al sobrino con el macabro plan de advertirle la reprimenda si no hacía buen uso del susodicho objeto: “Mirá que si te veo enterrarlo vamos para adentro.” Planeando que Juani aprovecharía cualquier distracción para transgredir la prohibición y esconder el tesoro, yo, la tía-calculadora, encontraría en su desobedecerme la justa razón para hacer lo que de todos modos había que hacer: llevarlo adentro. Y todo el engaño de la tía se sostenía en la conciencia clara de que no iba a haber modo de informarle a Juani el fin de la diversión en el fondo sin su lamento.
El plan funcionó a la perfección. Ni cinco minutos transcurrieron para que Juani transgrediera la norma y mi celular estuviera cubierto de tierra de piratas. Entonces asumí el personaje de “tía-que-avisa-no-traiciona” y procedí a agarrar al sobrino desobediente, que mitad se reía de ser descubierto en su ofensa, mitad argumentaba que no lo hacía más, y tomando al sujetillo a upa, me encaminé en dirección hacia el interior de la casa, por el largo pasillo, repitiendo simplemente, con toda la Ley de mi parte: “¿Qué te había dicho la tía? Si enterrabas el celular entrábamos, así que: ¡adentro!”.
Durante el inicio del recorrido Juani se reía creyendo que la tía lo estaba amenazando pero que sería convencida de volver al fondo. Sobre todo porque la tía un poco se reía y otro poco lo estaba llevando agarrado de las patas, boca para abajo, con un paso un tanto divertido. Pero en cuanto vio que en realidad se trataba de un paso decidido hacia la casa, el tono de voz de Juani y su cara se fueron transformando ante la patente confirmación de que el juego en el fondo se había terminado.
Cuando entramos, proseguí mi teatro diciéndole a mamá, la abuela de Juani, que lo entraba porque no me había hecho caso y Juani miró a la abuela con un dejo de esperanza en sus ojos de que fuera tribunal de apelaciones favorable a su reclamo. Pero como tía y abuela estaban en complot para que a esa hora entrara, cuando el tribunal falló en su contra, Juani estaba desconsolado. Mamá le agarró la mano y con la tranquilidad de una decisión irrevocable le dijo a Juani, llevándolo claramente hacia el baño: “No, Juani, ya no hay más fondo. Vamos a limpiarte que ya te viene a buscar mamá”.
El rostro de Juani se transfiguró en una dulce e infantil tristeza. Estaba todo perdido. No había más fondo ni retorno posible. Primero se quejó un poco, pero inmediatamente aceptó resignado. Su desconsuelo fue materializado en las silenciosas lágrimas que inundaron sus ojos camino al baño.
La tía, yo, sentí empáticamente su angustia y decepción. Hasta me sentí culpable. Un sentimiento desagradable se me hundió en el pecho un momento. Pero no había otra: ya era tarde y de todos modos había que entrar del fondo.
Unos momentos después, Juani estaba limpito y sentado en el sillón tranquilo, viendo la tele. La angustia de tía-Ley me continuaba y decidí ir a ver cómo estaba. Me acerqué desde atrás del sillón y me asomé a verlo: Juani miraba sus dibujitos calmo. Se dio cuenta de mi presencia. Giró la cabeza. Me miró, y sin ninguna reacción en su rostro, ni bronca, ni tristeza, ni nada, volvió a mirar la tele.
Le dije a Juani: - “Juani, ¿nos reconciliamos?” – y me acerqué como para abrazarlo.
Juani, sin decir palabra, ni moverse más que un milímetro hacia adelante, aceptó mi abrazo. No se abrazó a mí, probablemente por estar más preocupado por seguir mirando lo que estaba mirando. Pero tampoco me rechazó ni se desprendió de mi abrazo. Se quedó ahí… y de a poco fue apoyando suave y dulcemente su cabeza en el hueco entre mi cuello y mi brazo.
Y ahí fue el milagro. Algo de otro mundo sucedió.

En el momento en que Juani terminó de descansar su cabecita en el hueco amoroso que le ofrecía la tía, ella que se creía la que consolaba, cerró los ojos frente a la ternura infinita del sobrino y fue literalmente succionada hacia otro mundo, hacia otra dimensión. Por unos segundos de contacto que parecieron eternos, la tía fue desprevenidamente abrazada de amor y enviada hacia una sensación desconocida. Algo terriblemente fuerte, terriblemente poderoso, terriblemente temible inundó cada célula de su cuerpo.
Fue ella, yo, la tía, la que entonces se separó rápida, repentinamente, de su sobrino que simplemente siguió mirando la tele.
Solo pude sentir temor y decirle que no, que todavía no. Todavía no, nene.
En un gesto amoroso, en unos segundos de parecer sucumbir él a mi abrazo, sucumbí en realidad yo al poder oscuro y desconocido de ese amor de niño. Con pavor creí prever, adivinar, echar un ciego vistazo a algo… eso se debe sentir… eso debe ser…

Pero no… no. Todavía no, nene.

lunes, 25 de agosto de 2014

Revolución de la carne


¿Y si no es ni el sujeto ni el cuerpo? ¿Y si es la carne?

¿Y si el inconsciente es absoluta materia? ¿Y si el inconsciente es la carne?

El inconsciente es la carne equivocadamente descripta.

La carne es el verdadero hacedor detrás del hacer… un hacedor sintiente, reaccionante, movilizante.

Primero fue la carne.

La carne es una. No una y trina.

Una.

Todos venimos de la misma carne.

Pero la carne que es pura vida que desea ser no pudo sino ser al desmembrarse. Se extiende, se expande, se hace otra y se corta.

Como si fuéramos todos una misma ameba que se parte y se duplica. Y se vuelve a partir y se vuelve a duplicar. Pero a partir de una y la misma carne-ameba. Una ameba inquieta, explosiva, extasiada… como en el ex-sistir del Dasein, pero no del todo del mismo modo.

Y porque somos todos una misma carne, la carne se llama, se reclama.

El erotismo es la carne llamándose. Por eso el sexo siempre tiene algo de involuntario. No elijo yo a quien me cojo. Elige la carne.

Las carnes hijas de la Carne Una se reclaman entre sí.

El amor es la búsqueda de la carne de sí misma, extraviada y perdida en su multiplicarse imposible de detener por esa fuerza de vida que la hace carne y viva.

La cópula es el horror al vacío de la carne. Nuestros orificios, todos, piden a gritos la carne.

Dar vida no es depositar en un receptáculo células que se combinan bajo mandatos genético-naturales: es la carne que odia el vacío, la carne que se desespera por volver a unirse, la carne que clama a gritos volver a ser una y en su esquizofrénico deseo de lo imposible crea una carne nueva, una vida otra, en el momento mismo en que la carne se agita, llora de sus propios poros lágrimas de la alegría de la fantasía de fundirse ella con ella misma y se funde, imperfectamente, vicariamente, en un volver a ser una y otra, otra vez.

La carne lleva su principio de vida y aniquilación en su mismo modo de ser ella misma. Las famosas pulsiones de muerte y de vida. Eros y Tanatos son el modo mismo de ser de la carne, que se quiere nueva, más, diseminada… y se busca una, reunida, retornada.

La carne se busca en el amor y el erotismo… perder al ser amado es una mutilación.

Nuestros amores fallidos son las cicatrices incurables de nuestra carne herida, desgarrada.

La carne también se pudre, se infecta, se corroe, muere. La carne es infinita en su movimiento pero finita en su ser.

Nuestros muertos son nuestros miembros fantasma.

Y el alejarse de los que hemos querido tanto semeja el romperse de un tendón, un nervio. Un padecimiento que vibra en su dolor de nuevo los días de humedad de la vida.

La carne no es el cuerpo. No tiene límites, contornos. Está diseminada en su unidad en múltiples topoi.

La carne no solo es la vida y la vigilia. Es la carne la que sueña. Es la carne la que sigue despierta cuando el cuerpo descansa y obsesivamente elabora, teme, desea, y se marea con las imágenes que alucina, se confunde con su Eros y Tanatos.

La carne está siempre despierta y siempre inquieta.

La carne desea la Revolución de la carne: el retorno a ese origen cuya distancia emana mitos.

Volver a ser una con ella misma. Replegarse sin aniquilarse. Conectar simultáneamente todos los orificios, todas las heridas de carne faltante, en una orgía revolucionaria, emanando los mil y un fluidos de que es capaz –lágrimas, saliva, sudor, sangre, semen… - y volverse de nuevo una sola Carne Madre, Hija, Hermana.


La carne delira, despierta o dormida, la orgiástica muerte imposible de la revolución de la carne.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Amor es que vos seas más real que mis fantasmas

Amor es que vos seas más real que mis fantasmas.
Amor es que tu mirada desarme la pared de elucubraciones que cien invisibles albañiles neuróticos de la noche a la mañana levantan.
Amor es ver en tu sonrisa más verdad que en cualquier río tormentoso de inobjetables argumentos.
Amor es que mis palabras enojadas a tus oídos entren pero retornen mareadas, vuelvan aturdidas, reculen dudosas.
Es que el amor como interlocución pone a prueba el carácter venenoso del monólogo interior.
Es que hablar es entre dos. Son dos cuerpos vibrando alternadamente. Soy yo tocándote con mi aire interior modelado en el horno de mi pensar, temer, proyectar, soñar y dudar, todo eso junto, en ese cálido hálito de precariedad deseante. Sos vos abrazado por mi fuego interno que soplás y volvés viento de verano la ráfaga innecesaria. Y al entregarme también un poco de tu aire vulnerablemente articulado me permitís ser la suave verde hoja que se estira lejos de su tallo raciocinante para cerrar los ojos y ser acariciada en el rostro por la gratuita alegría ondulante del ser sin interpretación pétrea que se interponga entre vos, yo, y este genuino ahora que es amor y aire.
Amor es tocarte con las manos asustadas que cuando encuentran tu cuerpo dan sus preguntas por contestadas.
Amor es no tener razón, o no saber si la tengo, pero tenerte a vos y saberlo.
Amor es que el diálogo no vaya a ningún lado, que no haya destino ni consenso. Y que la arbitrariedad patentizada de la tesis y su contrario sea evidencia de que el tiempo de palabras, gestos, síes y noés, esto y aquello, no es sino otro modo de nuestra interlocución que es distendido deseo, don de aire, tacto, mirada, otra forma de estar juntos, surfeando las olas de un malestar que es movimiento superficial en el calmo inmenso mar de este amor nuestro.
Es el elemento i-rracional, anterior a nuestras razones, el que se une al oxígeno e hidrógeno de la química de nuestros cuerpos.
Es el salto de fe… la frase afirmada. Es el sí de verte siempre tan hermoso. Es la aprobación a gritos de cada célula de mi cuerpo.
Más real que mis fantasmas, que se disfrazan de razones para simular ser entidad al menos abstracta, formal, ideal, mental.
Más real que las i-rrazones i-rreales que se maquillan, se adornan, se entrelazan y exclaman ser testigos denunciantes de la trama descubierta, la regularidad identificada, la trampa inminente, la cárcel preparada.
Pero la real carne de nuestro cuerpo uno en su interlocución vibrante emana el perfume de la verdad de nuestro distendido instante y arrasa como un mar henchido, electrificado, con todo obstáculo incorpóreo, con todo putrefacto compuesto de nada razonada, de idea intoxicada.
Ser dos en un silencio compartido de un abrazo a ojos cerrados, como si en el interior de los párpados y en el aquietarse del tímpano se pudiera a la vez ver y escuchar el “Sí” que todo lo decide.
El “Sí” a vos, amor… más real que mis fantasmas.


viernes, 1 de agosto de 2014

Café de la calle Amsterdam

En Manhattan, sobre la calle Amsterdam, casi llegando a la calle 111, hay un adorable café. Además de ricas infusiones hacen toda una serie de delicias de pastelería cuyo disfrute se volvió un pequeño feliz ritual de mi vida en esos meses.
Era un domingo por la tarde y el día era espléndido. Tomé mi libro y caminé las siete cuadras desde el departamento al café con la esperanza de encontrar una de las mesitas de afuera libre para acompañar mi momento de lectura placentera con el sol y la suave brisa del abril newyorkino. Era tan importante leer como vivir intensamente el afuera de un día tan precioso.
Me llevé “Allegories of Reading” de de Man y una pequeña carterita que incluía la billetera, el celular, el lápiz y la goma para los apuntes y un pequeñísimo anotador. Ligera, caminando sin apuro, con el sol besándome la cara, llegué al café y a la mesita al aire libre que me esperaba.
Me senté luego de pedirme un té y un par de esas alucinantes galletas recién horneadas que siempre tenían. Acomodé el libro en la mesa, con su infaltable compañerísimo lápiz al lado. Miré a mi alrededor y disfruté de la imponente Catedral de San Juan El Divino que se erguía soberbia a mi lado, en la cuadra de enfrente. Recorrí la completa perspectiva de la avenida y sus calles frente a mí, una visión de mi barrio… en unos meses ya era “mi” barrio. Lo disfruté mío, solo mío, todo para mí, en esa tarde de primavera mía.
También miré a mi alrededor, con mis ojos de exploradora antropólo-filóso-psico-analista… pero más ganas tenía de perderme en el momento que de dejar a mi mal acostumbrada mente indagar profundidades humanas a mi alrededor. Esta profundidad primaveral era mía. Era un momento, para mí.
De todos modos, llegué a identificar levemente algunos humanos a mis alrededores. Mi mesa estaba ubicada en paralelo a la calle, con lo cual tenía que mirar hacia mi izquierda para ver las demás mesas habitadas. Alguna parejita por allí, unos franceses hablando de Seinfeld detrás de mí, y en perpendicular a mí había una mujer de unos sesenta años, sentada en una mesa que miraba hacia la calle. Sin elegirlo, entre la calle y ella estábamos yo y mi mesa, ofreciéndole el lateral de nuestra escena a sus ojos. La mujer también estaba sola y leyendo, pero parecía estar trabajando: sostenía seriamente un pesado apunte sostenido por un gancho grueso.

Mi deseo pudo más y en pocos minutos evadí la mirada de reconocimiento, tomé mi libro y comencé a disfrutar. Leía plenamente, con calma, sin exigirme un estudio exhaustivo del texto pero sin abandonar esa feliz costumbre de leer pensando. No había apuro para fijar contenidos: había calma para incorporarlos lentamente. Como la mirada de reconocimiento hacia mi entorno, pero explorando el libro y sus adentros.
Unos minutos después, suelto el libro y me recojo el pelo porque un viento suave, juguetón, me despeina. Aunque obligada por su juego, disfruto de llevar mi cabeza hacia atrás y meter los dedos en mi pelo con el viento pasando también entre ellos. Pierdo mi mirada hacia adelante, perdida en un momento de placer y viento… sonrío sin pensarlo y cierro los ojos en un instante estirado del pelo aún entre las manos. Soy solo eso: el momento, el viento, mis dedos, mi pelo, el sol, sonriendo… y cuando pasa el momento pleno en suspenso, como que vuelvo… y sin razón alguna miro hacia mi izquierda y veo a la mujer mayor mirarme con un gesto adusto, con el ceño fruncido, con su mirada reprobadora clavada en mí.
De repente me siento algo intimidada, desprevenidamente juzgada por esa mirada severa inesperada. Como si yo estuviera haciendo algo malo. Como si hubiera transgredido algún mandato al perderme en el disfrute del pelo y el viento en un espacio público. Quizás por haber hecho de ese espacio público un tiempo privado… una zona de intimidad… casi como si me estuviera tocando a la vista de todos. Como si hubiera sido obscena en esos segundos de pelo, viento, sonrisa, dedos.
Y de repente, unos segundos después, toda la escena me parece una puesta en yuxtaposición de una misma mujer en dos tiempos, en dos puntos de la cronología, en dos momentos de la vida. Como si la mujer que a los treinta leía placenteramente con el viento jugando con su pelo, la mujer que se roza el pelo suave y perfumado con la piel joven de sus dedos erotizados se mirara a sí misma treinta años después con recelo.

¿Seré yo, alguna vez, esa mujer que ve su juventud ida con una mirada censuradora? 

¿Será que ser esa mujer, treinta años después, no puede sino ser el sitio desde el cual lo joven se mira con disgusto?

¿Podré ser, en cualquier punto del hilo de la vida que tejeré, siempre un poco ésta,
que en lugar de mirar acusadoramente es mirada,
que deja su mirada perderse en la nada de un viento que la atraviesa,
que atravesada sonríe a la nada de ese tiempo que no pasa,
que no es visto,
que es roce,
que es dedo en la seda posible del propio cuerpo,
que es viento contra el viento pero que lo sabe sin recelo,
sin ceños ni fruncimientos,
sino en la fresca conciencia del roce,
del eros inasible de ser toda ella, 
por un momento,
la simple conciencia sedosa de la punta de sus dedos?

Quizás, ojalá, ser algo así, como ahora
que escribo
y soy,
escribiendo,
solo el roce de mis dedos.

miércoles, 11 de junio de 2014

La búsqueda de la verdad como sadismo


Sadismo (R.A.E.): 1. m. Perversión sexual de quien provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona. 2. m. Crueldad refinada, con placer de quien la ejecuta.
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Hoy volvió a mi mente un pensamiento, un cuestionamiento más bien, que hace unos pocos meses me merodea. Pensé de nuevo en qué está detrás de mi afán de “buscar la verdad”, mi impulso por ir a ver, a bucear, a hurgar, a retorcer, por detrás o debajo o en el adentro más profundo, de las palabras, las acciones, los modos de ser/hacer/pensar de los otros. Pero no vino este pensamiento como mera pregunta, me vino como auto-crítica, me merodea como cuestión, problema, porque viene con la sensación de saber la respuesta: quizás se trate simple y llanamente de un cierto placer en esa búsqueda-violencia. Cierta “crueldad refinada”. Cierta “excitación en ser cruel” con otro. Cierto placer en “ejecutar” ese procedimiento quirúrgico de escuchar a otro atentamente, analizarlo, sospechar de la conformidad de sus palabras y su pensamiento o acciones, y mostrarle la sospecha: tomarlo de la mano y conducirlo involuntariamente -con la sutileza de mi cara de nena inocente y de mi facultad discursivo-argumentativa perfeccionada en catorce años de práctica filosófica- a donde claramente no quiere ir, al frondoso, espeso bosque de sus propias vueltas neuróticas, de sus laberintos sin salida de lo negado-enceguecido, de la discordancia arrojadora de luz entre sus dichos y sus hechos, entre su discurso y su oscura profundidad. ¡Y vaya que soy hábil para pasearte de ese modo! Tan hábil como admirada, felicitada, incluso agradecida, por mi capacidad analítica (“vos deberías ser psicoanalista”, me han dicho más de una vez), por mi sagacidad, mi destacada a-gu-de-za: ¿no son agudos los sonidos que ensordecen?

[Sinónimos de agudo: puntiagudo, punzante, afilado; dicho de un dolor: vivo y penetrante]
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En una de mis primeras entradas de este blog, publiqué lo siguiente reflexionado acerca de “cómo quiero escribir”:

“Quiero abrazarte de manos y piernas, que se abra el suelo a tus pies y hundirte conmigo hacia un mundo subterráneo, oscuro, confuso, angustiante, hacia todo aquello que está bajo la superficie de lo que ves y pensás… hundirte como una profunda penetración hacia vos mismo, arrastrado por una mujer para ver lo que está ahí, lo quieras ver o no. Ejercer una violencia, una violación de la negación, pero sin dejar de abrazarte, sin soltarte,  sin dejar de hacerte compañía. Y que vos así, aunque no lo hayas elegido del todo, también me acompañes a mí, me hagas un poco de compañía en ese submundo al que no dejo de volver una y otra vez, cuando voluntariamente me abismo, pienso y escribo.”

Pienso en la imagen erótica de ese fragmento y en la “perversión sexual de quien provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona.”

¿Será esa la excitación de mi escritura? ¿La “propia” excitación de mi cruelescritura?
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Verdad (R.A.E.) (Del lat. verĭtas, -ātis). 1. f. Conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente. 2. f. Conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa. 3. f. Propiedad que tiene una cosa de mantenerse siempre la misma sin mutación alguna. 4. f. Juicio o proposición que no se puede negar racionalmente. 5. f. Cualidad de veraz. Hombre de verdad 6. f. Expresión clara, sin rebozo ni lisonja, con que a alguien se le corrige o reprende. U. m. en pl. Cayetano le dijo dos verdades 7. f. realidad ( existencia real de algo).

Si detrás de tomarte la mano con mi agudeza disfrazada de niña hay un impulso por “La Verdad”, entonces con veintiséis siglos de respaldo de tradición filosófica occidental detrás de mí solo estaría haciendo algo fundamental para la humanidad: buscar La Verdad. Pero no es “La” es “tu”, es “tu-verdad”: ¿me dan derecho siglos de práctica a hacer-te eso? ¿Quién dijo que era yo la que podía/debía buscar “tu” verdad? ¿Es sentarse a charlar conmigo, vos que me conocés y conocés mi “agudeza”, pacto tácito suficiente para que mi perversión sexual-escritural te tome como su objeto?

Objeto de estudio. Objeto de análisis. Objeto de crueldad. Objeto erótico.

Saber de vos como “saborearte”. Como morderte. Como hacerte sangrar. Con un “juicio o proposición que no se puede negar racionalmente” acerca de vos mismo. Con la inocencia de quien simplemente emite una “expresión clara, sin rebozo ni lisonja, con que a alguien se le corrige o reprende.” Reprenderte por ser humano.
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búsqueda. 1. f. busca (acción de buscar).
buscar. (Quizá voz de or. celta, y esta del indoeuropeo *bhudh-skō 'conquistar, ganar'; cf. celta*boudi- 'ganancia, victoria', irl. ant. búaid 'victoria' y galés budd 'ganancia'): 1. tr. Hacer algo para hallar a alguien o algo. Estoy buscando un libro. 2. tr. Hacer lo necesario para conseguir algo. Busca trabajo. U. t. c. prnl. 3. tr. Ir por alguien o recogerlo para llevarlo o acompañarlo a alguna parte. Fueron a buscarla a su casa. 4. tr. provocar (hacer que una cosa produzca otra). U. t. c. prnl. Tú te lo has buscado. 5. tr. germ. Hurtar rateramente o con mañas. 6. intr. Ven. Dirigirse hacia un lugar. 

Todos los sentidos que puede tener una búsqueda. Puedo buscar a alguien o algo… puedo buscarte como humano, vida, precario; puedo buscarte como cosa, objeto. Puedo hacer lo que sea para conseguir lo que quiero: extraerte tu verdad. Dar rienda suelta a mi impulso cruel. Excitarme en mi crueldad realizada, refinada, placentera. Puedo recogerte, re-cogerte, llevarte, acompañarte. ¿Te re-cojo porque te deseo? ¿Te brindo un placer correlativo? ¿Te ofrezco la oportunidad masoquista de un placer conmigo? ¿O te hago, mejor, compañía?

[sin dejar de abrazarte, sin soltarte,  sin dejar de hacerte compañía. Y que vos así, aunque no lo hayas elegido del todo, también me acompañes a mí, me hagas un poco de compañía en ese submundo al que no dejo de volver una y otra vez, cuando voluntariamente me abismo, pienso y escribo…]

¿Sos el compañero de mi inevitable masoquismo reflexivo, un compañero fiel al que le cobro sádicamente el precio de que “me quiera” (hacer compañía)?
Te provoco. “Tú te lo has buscado”. Produzco efectos. Uso el poder que tengo. El poder de la agudeza. El poder de las palabras. El poder de las preguntas. El poder de la sospecha. El poder de la trampa de la dicotomía realidad/apariencia. El poder de la inocencia (una vez un hombre que adoro dijo de mí hablando a otros, riéndose de mí, encontrándome inofensiva: “Tiene la arrogancia de la niñez.”) El poder de la mano extendida y “vamos a dar un paseo”. Te hurto una verdad que no sabías que era tuya (¿lo es?) con mis mañas, rateramente. Una ratera que te saca palabras que no querés dar, contradicciones que tenías guardadas, miedos de tu caja de ahorros. Ratera de lo no-dicho (hoy mi amor me decía: “Si hubiera falta, ¿sería decible?”).
Tanta excitación, crueldad, placer de ejecución… y el dirigirse a “algún” lugar. La búsqueda como dirigirse a “algún” lugar.
¿Y si no hay ningún lugar? ¿Y si no hay ninguna verdad? ¿Y si toda búsqueda es fútil? ¿Y si sobre todo la de “La Verdad”?
Entonces quizás queden solo dos cosas: el silencio o la escritura como frustración (si su raíz indoeuropea hace de "buscar" lo relativo a la "conquista", "victoria", "ganancia" pero al final no lo es, ergo, frustración -i.e., simple, divino modus tollens: si p entonces q; no q / no p). 
Quizás todo el que escribe desde la frustración, en el fondo, no se banca el silencio y solo quiere ser cruel con los otros.


lunes, 26 de mayo de 2014

En carne viva

C. trataba por todos los medios de refrescar a la abuela. El calor era soporífero, agobiante, extenuante, y ya la abuela –que jamás en la vida padeció el calor- estaba claramente afectada por la maldita altísima temperatura. Yo, tratando de hacer algo –principalmente estar a su lado, estar con ella, hacerle compañía- apantallaba a la abuela con una abanico barato que compré a un vendedor del tren por quince pesos. También le leía en voz alta algunos de sus poemas, intentando como sea estar con ella.

La habitación solo tiene un ventilador de techo. La casa de la abuela no tiene aire acondicionado. De todos modos, la situación delicada de salud de la abuela hace difícil decidir hasta qué punto refrescarla porque si llegara a tomar algo de frío sería mucho peor. C. entonces sugiere que le corramos la cama a la abuela para que quede ubicada más directamente debajo del ventilador de techo. Un poco duda, si conviene o no. Me pregunta a mí qué me parece. Yo creo que es buena idea. C. teme que le de frío. Yo le digo que es difícil que con el calor tremendo que hace la abuela tenga frío por acercar la cama al ventilador.

Todo movimiento brusco afecta terriblemente a mi abuela… por eso C. decide correr con mucho cuidado la cama en la que ella está recostada, adormilada por la pesadez del calor, y me pide que la ayude. Le digo que por supuesto. Me indica que seamos cuidadosas. Sigo sus instrucciones al pie de la letra. La cama es una pesada cama de hospital, de esas que permiten subir y bajar la cabecera con una manija al frente, para mover cuidadosamente al convaleciente. Hacemos un primer movimiento coordinado para arrastrar despacio la cama y ubicarla más al medio de la habitación y la abuela se queja del movimiento… el mínimo movimiento de ese tipo no lo soporta. C. me indica que no arrastremos la cama, que la levantemos mejor, porque si no la abuela lo sufre.  Me dice que tenga cuidado, que la cama es pesada. Nos ponemos de acuerdo y con esfuerzo levantamos la cama y la corremos unos centímetros más. La abuela igual se queja: tan débil está por su delicada salud y su precaria conciencia de todo lo que le pasa.

Al levantar la cama, en el último movimiento, yo, que estoy a los pies de la abuela, me golpeo rápida pero certeramente el frente de mi tobillo con la palanca que la cama tiene a la altura del piso, la que sirve para subir y bajar el respaldo.

Primero no digo nada, porque lo relevante y urgente es acomodar mejor a la abuela para que se refresque, que se le pase un poco esa pesadez poco común que está padeciendo por este maldito calor. C. la acomoda bien, le cubre los pies para que no se le enfríen (porque si fuera así, sería tremendo) y algo mejor parecería estar. Pero un par de minutos después, a la llegada de mi tía S., decidimos todos, mi papá incluido, que en la habitación hace un calor insoportable y que mejor será levantar a la abuela y llevarla al living, donde estaría más fresca.

Una vez modificada la situación de la abuela de nuevo, pero ahora con más éxito, mientras nos sentamos todos en el living y aprovechamos que la abuela está mejor y puede charlar, salvada la prioridad de mi abuela, puedo prestar atención al golpe que me di en el tobillo. No solo se me está formando un doloroso chichón, además la superficie de piel en que ocurrió el golpe se lastimó: está en carne viva. Me duele la inflamación producto del golpe y me duele tener una capa de carne, que no debería estarlo, completamente expuesta.

Le pido a C. un poco de algodón y alcohol para desinfectar previsoramente la herida. Aplico el alcohol que duele y pica. Me putéo internamente por ser tan torpe, tan pelotuda.

Rápido se pasa la hora y tenemos que irnos con papá a tomar el Chevallier de vuelta a Buenos Aires. Me jode que justo la abuela hace media hora está más despierta, charlatana, recompuesta. Me acerco a despedirme y besarla. La abuela hace más de una década viene perdiendo progresiva y lentamente sus facultades cognitivas. Hace años que a mí no me reconoce. Cada vez que la veo alguien me compele a reactualizar la situación tragicómica en la que me presento a mi abuela:

-          “Susana” –(o “mami”, depende de que hable C., la amorosa señora que la cuida, o mis tíos S. o S.)- “¿sabés quién es ella?”
-          ¿Quién sos?
-          María Inés.
-          ¿Sabés quién es María Inés?
-          ¿Quién es?
-          Es tu nieta.
-          Soy tu nieta.
-          La hija de R.
-          Soy la hija de R.

A mi papá tampoco lo reconoce todo el tiempo, pero lo reconoce cada tanto: “R., el regalón, el más bueno, tan tan bueno.” Aún le recita su madre a mi padre, de memoria, el poema que le escribió a los ocho años, apenas uno le recuerda la primer línea:

“Manojito de cariño,
cascabelito de miel,
tienes la gracia y la dulzura
del niñito de Belén.

Son tus ojitos cartilla
donde se puede leer
la blancura de tu almita
la pureza de tu ser.

Generoso, bueno, dócil,
donde fueres, eres rey;
tu majestad, el encanto,
tu simpatía, el poder.

Cierto es que a este mundo,
como madre te hice ver,
mas tú el cielo me has mostrado
con tu caricia y querer.

Ocho años has cumplido,
si pareciera que ayer
llegaste, hijo bendito,
en un claro amanecer.

Un rayo de esa alborada,
al brillar sobre tu sien,
derramó su mejor gracia
y eres diáfano como él.”

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Ahora la abuela no puede sostener conversaciones que hagan referencia a ella, a sus hijos y nietos. Del abuelo conviene no mencionar una palabra, ni siquiera o menos aún, leerle alguno de los poemas que le escribió, porque rompe inmediatamente en un llanto inconsolable: la abuela no recuerda quién es ella, pero recuerda quién fue él, quiénes fueron ese nosotros.

El golpe en el tobillo es el souvenir de mi última visita a la abuela hace unos pocos días. Las visitas a mi abuela son terribles porque necesito ir a verla, hacerle compañía, acariciarla, besarla, hacer algo… pero también es cada vez más tristemente claro que no hay nada para hacer. Mi abuela ya no sabe que es mi abuela.

Hace unos meses, cuando sufrió un derrame del que –es increíble la resistencia vital-corporal de mi abuela de noventa y tres años- se recuperó bastante, hace unos meses estaba a su lado, haciéndole compañía y la abuela estaba ahí, acostada, con la mirada perdida, haciendo movimientos extraños con una mano, y con la otra intentando rascarse una herida o escama de estar acostada. C. me decía: “No la dejes rascarse que se lastima.” Y cada cinco minutos C. con cariño pero firmeza tenía que sacarle la mano de la herida a mi abuela que no podía dejar de rascarse. Y yo la veía rascarse con la mirada perdida y me preguntaba qué queda del vínculo de mi abuela con su cuerpo que, por un lado, le pica desesperadamente, y por otro lado, no sé si sabe que el cuerpo le pica.

Y pienso qué es esa que es hoy mi abuela: ese cuerpo sin identidad, ese cuerpo sin recuerdos claros, ese cuerpo que sigue funcionando, que no la deja irse o quizás que es ella no queriendo irse aún… sin saber de dónde irse o no… sin saber ni fantasear –como cuando podía, de noche, conmigo en la cama, charlando, filosofando, mirándose las manos en la oscuridad- en el posible dónde de ese irse.

Estando cerca de una muerte que no sabe que se acerca, ¿qué es esta vida de mi abuela? ¿Qué es esta muerte en vida de mi abuela? Y, ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué? Absurdo, cruel absurdo.

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Cuando me despedía de la abuela, la besaba, la acariciaba, mi abuela me dice, cuando le informo que me tengo que ir:

-          Pero volvé pronto, que si no es como si ya no existiéramos.

Yo sonrío, le sonrío a mi abuela, que solo dice eso por decir y que, sin embargo, no puede haber dicho algo más cierto. Yo le digo que “claro, que vuelvo”. La abuela agrega:

-          Porque… ¿quién nos quita lo bailado?
-          Claro, abuela, ¿quién nos quita lo bailado?

Y le doy otro beso, y otro abrazo, y la abuela toma la palabra otra vez (esto, algo parecido, ya pasó otra vez) y me dice:

-          Bueno, te quiero mucho, siempre pienso en vos y volvé pronto que te extraño.

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Cuando estoy volviendo en el remis a la terminal, miro la herida de mi tobillo y me digo en mis adentros:

-          Esto es lo que es mi abuela, esto es: estar en carne viva.

Mi abuela me duele como me duele una herida que queda en carne viva… un herida cuyo dolor activa al mero contacto con el aire, un simple viento.
Estar en carne viva.
Mi abuela está en carne viva… en ese cuerpo que sigue viviendo cuando ella, mi abuela, ya no, o casi no, o no del todo, o no sé cómo mierda decirlo, pensarlo.
Estar en carne viva.
Ella está en carne viva.
Yo estoy en carne viva.
En carne viva.