domingo, 5 de abril de 2015

Masculinidad y palabra

Me resulta desagradablemente fascinante una cierta relación que no dejo de confirmar en experiencias cotidianas entre la masculinidad y la palabra. Cuando digo “masculinidad” me refiero a un modo de aparecer en el mundo que se me presenta reiterativamente en cuerpos masculinos, en sujetos-hombre. Cuando digo “palabra” me refiero a un particular, específico, característico modo de disponerse a hablar de esos sujetos-cuerpos. Y cuando digo que es una relación que confirmo a reiteración, obviamente no puedo dejar de lado mi formación filosófica y reconocer el carácter inválido de todo proceso confirmatorio, si es que lo pensamos desde el punto de vista de la validez lógica formal-deductiva. Pero lo desagradable y lo fascinante frente a esta experiencia mundana, tan frecuente que parece cotidiana, me provocan mandar a la mierda toda consideración epistemológica y en cambio testimoniar, decir, la reacción reflexiva e irreflexiva, tan mental como corporal, que esta relación que observo-vivo me genera.

Déjenme explicarles en imágenes. Más o menos la situación reiterada es la siguiente: una excusa familiar, social, profesional o laboral me posiciona frente a una masculinidad, que habla conmigo porque quiere o bien comunicarme algo en general, o bien comunicarme algo relativo a la situación que nos encuentra. Por ejemplo, un café con un colega académico; o una entrevista de admisión a una carrera de posgrado; o un diálogo casual-forzado en una fiesta de gente universitaria; o un intercambio académico, otra vez, pero de carácter más institucional. Todas estas escenas son escenas reales en las que me he encontrado. Y en todas ellas el denominador común es que, por razones varias, la masculinidad frente a mí toma la palabra –porque corresponde, porque es su turno, porque debe responder a una interrogación mía- pero toma la palabra para no soltarla. Es decir, no toma la palabra para devolverla o intercambiarla en el modo del diálogo. Toma la palabra para hacerla absolutamente suya. Inicia su aparente “turno” de palabra para volverla monólogo infinito. El momento puntual de palabra que le tocaba en la situación inter-subjetiva lo transforma en eterno presente del devenir de su propio pensamiento traducido a palabras. Es como si un monólogo interno dedicado a nadie que ya vivía en esa masculinidad aprovechara el momento de inter-locución para volverse locución absoluta. Pura palabra propia desplegándose en el placer de escucharse a sí misma. He allí lo que me produce la primera reacción de fascinación: ¿no me digan que no es fascinante observar quasi-antropológicamente, experimentando el ideal imposible de la pura mirada externa des-interesada, a una persona-masculinidad que habla de lo que quiere hablar por minutos y horas, si una lo deja, sin detenerse en ningún momento a considerar que quizás quien lo escucha no encuentra tan interesante lo que dice, o tiene quizás algo que contribuir-objetar al monólogo, o quizás no coincide completamente, o también podría aportar algo iluminador al discurso monolítico que cual paredón se levanta pétreo frente a sus ojos-oídos? Sí, primero me adviene una fascinación… en realidad, porque me identifico contra esta experiencia como una femineidad, como “la” otro, debería reconocer que durante mucho tiempo la fascinación que me advenía era una fascinación agradable: una admiración por quien tomaba la palabra con tanta facilidad y con tanta facilidad no la circulaba, la retenía, la hacía suya, la volvía propiedad privada (la palabra como propiedad privada: ¡qué desopilante absurdo!). Recuerdo haber pasado muchos de mis años admirando las palabras-propiedad de la masculinidad hasta con placer. Bueno, de hecho: ¿no ha consistido en eso mi formación filosófica? ¿No me he entrenado en saciar mi avidez de pensamiento en las fuentes de la más pura masculinidad? ¿No he leído a Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Descartes, Leibniz, Hume, Kant, Hegel, Husserl, Heidegger, Foucault y tantos más como si solo de cuerpos-hombres pudiera brotar el agua del pensamiento a tomar e incorporar? De hecho, este texto –que como todos mis textos se viene gestando en mi cuerpo desde hace un tiempo- encontró un impulso definitivo para pasar a papel preparando una clase de Hegel. Leía al Hegel de “La filosofía de la historia universal” preparando mi clase y, como suele suceder en estas tareas del pensamiento, en algún momento no pude sino pensar en serio en lo que estaba leyendo… pero en realidad me sentí cautivada por la escritura hegeliana que estaba transitando. Y sentí, de nuevo, la fascinación desagradable: primero, o en parte, en el modo de la envidia. ¡Qué envidia escribir así! Pero no se trata de una envidia que desea ser así, transformarse en lo que envidia. Creo que ese es mi principal duelo reciente con la filosofía: yo no quiero eso, eso que admiré, ya no lo quiero. O no así, al menos. Se trata de una envidia por la potente autorización que está plasmada en su escritura: Hegel no tenía la más mínima duda de que podía hablar de lo universal, que podía pensarlo, que podía conocerlo, que podía sistematizarlo y que era él, y nadie más, quien realmente lo entendía. ¡Qué envidia poder creer ese delirio! No pude resistirme a decirle al Hegel muerto de mi texto: “Solo un hombre escribe así”. O mejor dicho, solo una posición masculina frente a la palabra, de absoluta acrítica autorización, de completa falo-auto-centricidad, puede emanar esta escritura. Escribir como si la verdad fuera mía y yo simplemente la desplegara. La ofreciera al mundo. De Hegel a mis masculinidades concretas que inspiran este texto hay un mero paso, y luego más o menos marketing. Los une esa autorización dada: estar autorizados a  hablar así, centrados en el puro-yo, teniendo por totalmente natural (o naturalizado) que de su boca la palabra debe salir a un mundo que está ahí, como yo, sentado para escucharlos fascinado.

Es que justamente lo que ha vuelto mi antigua agradable fascinación en una paulatinamente desagradable fascinación es la captación, la revelación repentina, quizás, de que esa palabra-propiedad que la masculinidad ejerce como un derecho divino (más que humano) demanda, requiere, necesita, para ser, alguna otredad, en lo posible pasiva y, frecuentemente, femenina, que le devuelva en su gesto callado fascinado, en sus ojos abiertos y su boca cerrada, la imagen que es espejo de su autoimagen: la confirmación de su propio carácter de sujeto soberano de palabra fascinante. Es decir, esos monólogos que he presenciado tantas veces lentamente me he encontrado mirándolos qua antropóloga: justamente porque al identificar que, en el fondo, mi supuesto interlocutor está hablando solo, al pasar de los larguísimo minutos no solo mi atención ya no se encuentra estimulada –porque a mí, como a cualquiera, lo estimula el diálogo y el intercambio, no el rol de escucha pasiva- sino que me siento tan extrañada de la escena que puedo dejar de oír para ver, para observar. Mientras el otro produce sin solución de continuidad ruidos con su garganta, cada vez más envalentonado con el valor de su propia idea, de su genialidad, de eso “que nadie ha pensado aún”, “que solo él puede ver”, “que es completamente original”  (acompañado, claro, de “todos antes de mí han estado equivocados”), cada vez más erecto en su propia masturbación lingüística, yo no puedo dejar de sentirme afuera de la escena, dejando mi cuerpo ahí casi por una penosa cortesía, diciendo que “sí” o asintiendo con mi cabeza para que parezca que estoy escuchando, y en cambio tomando nota,  conmigo misma como cómplice-colega, de este espécimen extraño, de esta forma de vida llamativa, que no entiende en lo más mínimo el fenómeno de la intersubjetividad, que parece haber nacido solo en el mundo por un instante –y entonces la pregunta científica es: ¿cómo pudo haber adquirido el lenguaje, fenómeno social e intersubjetivo por excelencia?- y que, para colmo de males, cree que lo que dice es tan importante, tan original, tan valioso, tan único y que lo es porque lo es pero mucho más porque él lo dice, él se dio cuenta, él lo descubrió, etc. Y para peor aún, rara vez la idea misma –que se ha vuelto para mí ya desagradable por el modo mismo en que se me la presenta- tiene una pizca del valor que el sujeto-masculino-solohablante enuncia. Entonces, mi yo antropóloga con mi yo-colega se descostillan de risa en mi diálogo interior por la vehemencia con que este que habla dice dos o tres cosas que pueden valer, pero con esa desopilante y patética convicción de que lo suyo es como descubrir América o la cura para el cáncer. Pero mis dos amigas internas se ríen porque se indignan. Porque se dan cuenta, cada vez más rápidamente, de que la escena no ha sido nunca una invitación a la interlocución sino una imposición de ser testigo de la supuesta genialidad del otro. La propia generosidad del diálogo donada a la oportunidad de la escena se ve traicionada, forzada a convertirse en aplaudidora con el rostro (y la boca bien cerrada) del espectáculo de palabra ultra-autorizada de quien se disfrazó de co-deseante de interlocución por un rato.

Mi respuesta a esta experiencia, que no dejo de vivir, depende de la inversión afectiva que tengo con la masculinidad del caso. A veces finjo interés por un rato, desde el momento en que advierto la trampa, y luego me retiro. Otras, traigo a la escena una contra-propuesta de interlocución verdadera con mis preguntas y comentarios y testeo si el otro acepta la invitación que le hago, y actúo en consecuencia. Otra veces el afecto que le tengo a estas pobres masculinidades patéticas delante mío me decide a jugarle por un rato tolerable al otro su juego: abrir un poco los ojos (para que no sospeche) con la boca cerrada, decir a todo que “sí” o asentir, soportar con paciencia imposible el resto del monólogo y listo. Porque siento que quizás, con estos a los que amo, soportarlos en su delirio sea lo único que puedo darles. Pero luego de soportar esto recorre mi cuerpo una furia contenida transformada en pesadez existencial (una incomunicable tristeza) por la traición reiterada de la trampa de falsa interlocución incluso de aquellos a quienes más quiero.

No sé si hago bien en soportarlos. Sé que denunciar la trampa sería muy doloroso. Para el otro, más que nada: ¿qué masculinidad tan acríticamente asumida quiere enterarse de que ha sido culturalmente engañado por siglos, por los Platones y los Hegels, respecto de su supuesto carácter original o valioso, cuando al fin y al cabo le espera lo mismo que a todos y todas: la igualación democrática de la muerte?

Pero sí he decidido que mi paciencia tiene un límite como lo tiene el tiempo que tengo en esta mi vida finita. Y que no hay más lugar en ella para estas patéticas traiciones.

martes, 17 de marzo de 2015

Tocar y ser tocada


Esa es la cuestión. En lugar de ser y no ser. Porque “ser” tiene un “lugar”. El lugar del con-tacto.

El cuerpo.

Todos necesitan ser tocados. Todas también. Todxs.

Hace rato que pienso en esto, alrededor de esto. Hace mucho.

Ayer justo pasaban en el cable una película con Tuturro y Woody Allen. El disparador cómico era que Woody Allen convencía a Turturro de ser una especie de taxi boy. Turturro accedía y entre sus “clientas”, Woody Allen gestiona sus servicios para una joven viuda judía ortodoxa, personificada por Vanessa Paradis. Una joven mujer por su religión y su viudez demandada a mantenerse ajena al contacto de un hombre, aparentemente. En la escena en que se encuentra con Turturro, la joven se dispone a recibir un masaje. Apenas él pone sus manos con aceite en su espalda ella, que parecía aterrorizada con la expectativa, se larga desconsoladamente a llorar.

Recuerdo también una entrevista, quizás emitida por Crónica pero no estoy segura, cuyos fragmentos luego fueron usados como recurso gracioso en esos programas de archivo. Se trataba de un hombre que reclamaba su derecho al acto sexual. Un hombre delgado, muy delgado, casi mal alimentado, de rostro poco agradable, con la dentadura torcida, o rota, o amarillenta, claramente con el aspecto de alguien que no lleva una buena vida (no en sentido moral, sino en sentido material). Este hombre, sin registrar la posibilidad de que se rieran de él –cosa que sucedió sin dudas- reclamaba que todo ser humano necesita -y por eso el Estado debería garantizar su derecho al- sexo. Varias veces vi como pasaban pedazos de esa entrevista para generar risa en una compilación o informe de TV. Pero recuerdo más haber superado rápidamente la sensación de lo “gracioso” del video para reparar, para compadecerme, en el verdadero dolor de ese hombre que necesita que el Estado le asegure lo que seguramente él mismo no logra conseguir.

Un tipo al que “nadie le daría”. Hay mucho sentido en que se use el verbo “dar” para referirse metafórica-barrialmente al “sexo”: hay algo que se da en el sexo. Se da el tocar-se. Con diferentes grados, diferentes conciencias, diferentes auto-consciencias o reparos, te doy el tocar-me, me das el tocar-me, te doy el tocar-te, me das el tocar-te.

También venía a mi mente, mientras este texto se formaba en mí, el recuerdo de un amigo sufriente. Tan retorcido en su dolor, en su contener una bomba de frustración en su interior, que emanaba ante mis ojos, sin hacer nada, un pánico a ser tocado. Recuerdo, en un momento de intimidad en el que bajó su coraza y se confesó, haberlo abrazado: recuerdo poner el costado de su rostro apretado contra mi pecho, justo por encima de mi corazón… recuerdo la profunda necesidad que sentí de darle ese contacto, aunque sea por un rato. Recuerdo su alivio sin palabras.

Imágenes, situaciones, recuerdos de la necesidad de tocar y ser tocada. Una necesidad que se vuelve género (me reservo para otro texto los distintos sentidos de esto) haciendo del erotismo, del cariño, de lo fraterno, de lo maternal, de lo solidario, de lo amistoso, especies de algo mismo.

Es interesante que, que nos toquen, nos puede gustar o no: pero no nos puede ser indiferente. Nunca el contacto con otra piel es indiferente. Se enciende la epidermis para disfrutar o rechazar. Grados de disfrute o grados de rechazo. Pero nunca neutralidad. La piel no es nunca neutral a otra piel. Es tan poco neutral que a veces el contacto que más se desea, que más desesperadamente se desea, se expresa en el modo de su opuesto, en el modo del rechazo. Como si desear tanto tocar a otro o ser tocada duplicara la necesidad en su opuesto: una doble necesidad que se anula a sí misma, que se pudre y se vuelve violencia contra aquel cuyo tacto se desea. El pánico de con-tacto. Como si se pudiera temer –no dudo: se puede- que nada después vuelva a ser igual. “Mejor no saber, mejor no saber” grita la piel que se encoge y se aparta.

Todos necesitamos ser tocados. Casi como si definiera al ser “humano”.

Ese ser que solo es “en” un cuerpo.

Ese ser que tiene la piel conectada a lo que de sí mismo más desconoce.

Me pregunto cuánto de esta necesidad universal-humana de tocar y ser tocados, pero sobre todo de ser tocados, provendrá de ese simple y misterioso hecho de que venimos de otro cuerpo. Un momento originario en el cual éramos todo contacto. Donde la piel no era del mismo modo superficie que en el después. Donde las células mismas transicionaban de ser de otro hacia ser “mías”. Donde solo fuimos por un buen rato mera transición, pura fusión, indistinción.

Empezar por ser “todo-tocada” y luego, la permanente expulsión. Cómo ya escribí en Revolución de la carne y en La interlocución profunda, me acosa el pensamiento de la carne que se reclama a sí misma en los cuerpos seccionados. La carne que hace a nuestra piel ese órgano total: toda psique, toda cuerpo, toda soma, toda ego, alter-ego, puro ello, todo a la vez.

¿Y si ese Ello todo-demandante y todo-deseante y todo-reclamente de Freud no fuera sino una respuesta, una reacción, a ese ser todo-tocada in útero, toda abrazada, todo-el-mundo-útero-que-abraza, que luego se vuelve toda expulsión, todo-mundo-externo-idea-de-exterior?

El útero como el verdadero paraíso perdido. El Ello, como respuesta enloquecida –gritada a oídos sordos- frente a ese exilio definitivo.

Yo me imagino el Ello de Freud como un bebé que llora, llora, patalea, y llora y sigue llorando (alguien debe haberme dado esta imagen). No tiene hambre, no tiene sueño, no quiere nada. Quiere el útero de nuevo. Eso. Que nunca le darán.

Y porque el útero parece un paraíso definitivamente perdido, el contacto de los otros parece ser la continua espera de un Mesías. Alguien que nos redima y nos retorne a ese puro-ser-con-tacto. Por eso cuando se ama cuesta tanto soltar al otro: la despedida provisoria como ablación. Por eso cuando se ama, no se puede resistir el tacto del otro. No se puede resistir el deseo de tocar al otro. Y por eso cuando se está mal con quien se ama se padece doblemente el no estarnos tocando.

Me grita adentro todo porque me toques. Te grita adentro todo por tocarme. Pero no.

No tocar como herir. No tocar como violencia. No tocar como escarmiento. Escarmiento que no puede ser sino un esfuerzo por resistir ceder la piel a otro. Esos escarmientos absurdos y putrefactos de los vínculos humanos, de los bebés-adultos que no superan lo insuperable: no hay más útero al que volver. Nadie puede escuchar ni responder a ese reclamo.

Y sin embargo, del paraíso-uterino perdido queda la capacidad milagrosa de seguir tocando. Todo un mundo por tocar. Un tacto diferente, un tacto de muchos otros. No más “una” sino “muchxs”.

Algunas emprenden la odisea del contacto como desesperada-esperanzada búsqueda de un Mesías.

Algunas plantan bandera del contacto en algún cuerpo-territorio hallado, como si fuera el último lugar de la Tierra.

Otras se niegan el contacto. Se aferran a la putrefacción de las ganas imperiosas por tocar y ser tocadas como prenda, como premio, como logro estoico, con el erotismo absurdo de la superioridad moral.

Otras y otros harán otras cosas. Pero todas y todos tratamos de hacer algo. Porque la piel no se aquieta. Se agita. Se enciende. A veces solo con la proximidad. A veces solo con la posibilidad.

Ser-toda-con-tacto-con-vos, amor, yo elijo. A vos, amor, en todas tus formas. Si he de quedarme sin algo, si he de darlo todo, que sea todo el tocar-nos que puedo dar-nos.

Es que parece que es ahí, en las mil y una formas del amor, en todos los modos y cuerpos por él atravesado, donde lo único parecido a un retorno nos es dado: mientras expulsada esté y siga aquí, transitando esta tierra, si lo único que hay es este pasar, que sea cruzando alegre los muchos puentes que se erigen, se tienden y suceden: puentes entre cuerpos, afirmados en ladrillos de carne, dibujando las calles cosmopolitas de todas nuestras pieles.

sábado, 28 de febrero de 2015

¿Por qué tenés tantos amigos putos?

A veces ciertas verdades profundas de la vida se revelan en momentos inesperados.

Estaba en una cita. Cenamos, compartíamos una buena charla. Ya nos conocíamos así que había una familiaridad instalada que hacía todo más natural. Después de cenar caminamos unas cuadras y entramos a un lindo bar. Pedimos unos tragos y la charla se fue haciendo cada vez más animada. De pronto, de un momento a otro, y tomándome alegremente desprevenida en medio de ese delicioso mareo que suele ofrecer el alcohol, el muchacho me pregunta:

-          ¿Por qué tenés tantos amigos putos?

Me sorprendió la pregunta y me sorprendió la respuesta. Recuerdo muy bien que primero las palabras salieron de mi boca y luego las pensé:

-          Porque me siento muy identificada con todo aquel que padece la represión sexual.

Fue tan espontánea mi respuesta como acertada. Me sorprendió a mí misma haber definido con tanta exactitud lo que hacía años que vivía como vínculo íntimo con mis amigos putos. Claro que no es lo único que me une a ellos. Hay algo que me une específicamente con cada uno y que excede esa definición. Pero también hay algo que me une grupalmente a ellos. Algo del orden del suelo ideológico que constituye la potencia de algunas amistades. Algo que hace a mi sentirme en casa con ellos.

El muchacho de la cita pasó rápidamente al olvido. Pero ese momento, esa auto-revelación, esa verdad, dejaron una hermosa marca en mi memoria. Ese día entendí lo que ya entendía hacía rato, pero ahora en palabras, ahora con esa fina percepción de lo que ya se sabe que es tarea del lenguaje terminar de delinear.

¿Cómo no iba a ser cierto que yo, criada en la represión sexual cristiana católica apostólica romana que me regaló mi famosa historia de vómitos y más vómitos con los cuales mi cuerpo se resistía a no poder realizar su deseo, cómo no iba este cuerpo resistente-padeciente de la represión sexual a encontrarse entre esos otros que han vivido algo tan parecido como una más?

Esa alegría triste de ser y saberse, en estas cosas dolorosas de la cultura, “una más” entre otrxs.

Claro que ser mujer y ser gay en nuestro mundo judeocristiano tienen una gran cercanía. O por lo menos para mí, en la respuesta que le di al olvidado muchacho de la cita, esa cercanía se reveló: la cercanía de “lo que tu cuerpo desea está mal”. El pecado. Si yo tenía que reservarme para el matrimonio –léase, para que algún hombre que estaba socialmente hiperhabilitado a masturbarse desde niño y a acostarse con quien quisiera me recibiera “blanca y pura” para hacerme “su” mujer (es interesante cómo en el adoctrinamiento cristiano del cuerpo, que tan bien conozco, la castidad como ejercicio para llegar virgen al matrimonio se predica para “todos” pero se decodifica sin ninguna ambigüedad –verdadera designación rígida- como predicado en realidad para “todAs”), el cuerpo gay tiene que reservarse para nadie: tiene que reconocer su deseo como desviado e intentar hacerlo desaparece o “reencauzarlo”. Es tan gracioso el desconocimiento absoluto que se manifiesta en cualquier institución, práctica o prédica que pretende que el deseo se algo “dirigible”, “manejable”, “direccionable”.

El deseo sabe antes que nosotros lo que quiere y vivir el deseo es vivirse vivido por el deseo.

La cercanía de seres humanos que tengan lo que tengan entre las piernas o hagan lo que hagan en la cama se miran y se sienten identificados, unidos, por un relato de “lo que me costó aceptar y vivir públicamente mi deseo”. Tantas graciosas y sufrientes charlas en las cuales compartimos todas las peripecias de la adolescencia a la adultez hasta que uno pudo asumir que siempre supo qué quería hacer, qué quería ser. He ahí el lazo vivencial profundo de ese hogar, esa comunidad, que creamos al encontrarnos. El sentir-común de lo que dolió, los momentos de confusión, el temor al castigo, el pavor a la mirada discriminadora, la risa frente a los artilugios para tener por un ratito, aunque sea un poquito, de satisfaccioncita del deseo. El relato del orgasmo logrado. El orgasmo sin culpa como un logro descomunal.

La represión sexual y su resistencia representan un modo de todo ese mercado negro de la vida social en el que todos vivimos. Algunos lo decimos, lo reconocemos, más que otros. Pero todo en el intercambio de lo sexual en nuestra cultura parece del orden del contrabando.

Este es el primer texto y las primeras ideas que hago escritura de un aspecto de mi existencia que deseo poder ir desarrollando a lo largo de los años. Si esta escritura tendrá algún valor que sea el de ofrecer una comunión: no la de la Eucaristía, sino la de ofrecer vivencias comunes mías que puedan parecer semejantes, en su modo de ser vividas, a otro, y que entonces se ofrezca como un abrazo reconfortante, habilitador. Que permita a mí y al otro saber que no estamos solos. Que hay hogar, comunidad, común-unidad en lo que cada cuerpo no puede sino, en algún momento, encontrar como lo-otro que lo habita: no me refiero a “los otros”, sino a toda esa legislación que nos atraviesa y nos remite a la duplicidad de la publicidad y el mercado negro de la existencia.

Y a veces, en el mercado negro, hay más iluminación, más vivacidad, más intensidad que en cualquier retorcida forma del alma blanca (¡hay cultura mía y tus metáforas de los colores!): porque lo íntimo, el refugio del hogar, se parecen más a lo que se oculta que a lo que se publicita. Porque no se oculta por vergüenza –o al menos ese es el modo de verlo que hay que abandonar- sino como tesoro: las verdades más íntimas que tenemos son del orden del cuidado, de la precariedad, de la fragilidad de lo feliz.


Como atesoro el amor y las horas con todos mis amigos putos, y amigas tortas, y amigxs putxs, a los que dedico este texto.

lunes, 2 de febrero de 2015

Sobre la docencia como modo de la interlocución profunda


A mis alumnos y mis docentes

O sobre la interlocución profunda como docencia.

Sí, claro: la docencia es una forma de la interlocución profunda. http://barthesiana.blogspot.com.ar/2013/11/la-interlocucion-profunda.html

Me encuentro con una amiga preparando el programa de un seminario que queremos dictar juntas. Un seminario libre, deseado. Surge la inquietud de la posibilidad de un alumno que nos inhiba, que busque deliberadamente mostrarnos la falta, lo que no sabemos. Sí, claro, el docente también puede temer enfrentar a sus alumnos. La respuesta tranquilizadora es que en nuestra situación de especialistas no me caben dudas de nuestra sobrecalificación respecto de los contenidos a transmitir. Ha sido mi experiencia en mis primeras clases como docente en la Facultad de Filosofía y Letras. No hay chance de que el espacio del aula alcance para transmitir todo lo que se ha leído, escrito, pensado, trabajado. Esa sobrecalificación, que incluso puede ser un obstáculo en la transmisión, es un resultado de la carrera académica que está detrás de una, tal cual como se hace y se vive actualmente.

Pero mejor aún, la inquietud-temor se troca por la afirmación de la posibilidad de que el alumno en cambio traiga la interlocución deseada: que me ayude a pensar, que piense conmigo. Que escuche mis preguntas y las haga suyas, o que al menos las vea válidas, plausibles, legítimas, interesantes, relevantes. Que piense conmigo. Yo espero que piense conmigo como el alumno espera que yo piense con él, que lo sorprenda, que lo movilice, que le genere una reacción en lo más profundo de su cuerpo –en ese no lugar en el que está su pensamiento. Que le descontracture el cerebro. Que le dé ganas, la necesidad misma, de ir a leer y escribir. A buscar y a producir.

Es que justamente la inquietud-temor yerra aquello a pensar. Hay un absurdo, nefasto, aburrido error en aceptar la primacía de los contenidos por sobre el individuo que los recibe. Lo relevante es la transmisión como formación, como interlocución, no como depósito compacto de un todo empaquetado que se colocaría en algún supuesto lugar vacío, vacante.

De lo que se trata es de traer algo al habla, a la escena de la interlocución, algo que nos haga hacer masa uno con otro y eso. Una especie de feliz triangulación inmaterial. Algo que cree el campo magnético que desde dos lugares distintos (yo-docente y tú-alumno) se genere entre nosotros.

Ser dos imanes en puja, en atracción, deseando colisionar y ser uno. En una yuxtaposición creativa que retenga las individualidades pero que también transforme. Que mueva un cuerpo y por eso lo cambie, sin que deje de ser el mismo. El suyo y el mío.

Esto me conduce a pensar en las figuras de docentes. Figuras que he visto, analizado, disfrutado o padecido a lo largo de mi formación.

Existe el docente que busca, desea, propone, performa, protege, estimula, cuida y así, enseña la interlocución profunda. Aquel que vive la pasión por el contenido primero como pasión por el alumno. El docente que no se olvida que fue alumno. Retiene esa experiencia precautoriamente: “Yo sé lo que fue estar ahí.” Y ese recuerdo, esa experiencia retenida, esa precaución lo alimentan para intentar dar lo que deseaba recibir y para evitar dar lo que odiaba recibir.

También existe el docente que solo busca audiencia, público, que se fascine con él. Que sale de su casa para solo hablar frente a otros. El docente que habla solo. El que ama escucharse a sí mismo. El que tiene un secreto y miserable entusiasmo en sentir que su lengua no se comprende por elevada, excelsa, sofisticada. Por lo general camina vertiginosamente frente al alumno con la pose típica de la mano en la pera, con la mirada por encima de la altura de sus ojos, retaceando al alumno el ser mirado, el contacto visual. Extasiado en asimetría. Este fue alumno pero se ha olvidado. O peor. Quizás fue el alumno que solo deseó el poder de la autoridad por sí mismo, como fuerza, no como potencia o creación. El que solo deseó cambiar de lugar para ejercer un pequeño y mísero poder.

Otra figura es la del docente que transmite la inhibición de la nota al pie, el pánico a la referencia, la obsesión por la bibliografía, la expectativa del referato como tragedia. Es el que enseña a temer pensar. El que comunica la paranoia de la mirada omnisciente de la academia y mata la posibilidad de pensar la falta como móvil hacia la profundidad de la reflexión. El antisocrático por antonomasia.

Es cierto que también hay que cuidarse de los alumnos, de sus expectativas –y casi deseo- de ser sometidos, dominados, castigados. Deseo de que el docente haga masa con él pero en la confirmación de su masoquismo quasi infantil o adolescente, entre otras formas de las fantasías maternales o paternas que puede traer al aula.

Cuidarlo también de que se tome demasiado en serio lo que una, cuando fue alumna, se tomó demasiado en serio. Ahorrarle la angustia y la frustración, aunque sea una parte. Enseñarle el juego de la transmisión. Enseñarle las reglas como estrategias más que como ley-prohibición.

El docente en interlocución profunda puede reconocer el poder que se tiene solo por la geopolítica del aula y abrazarlo para potenciar, moldear, transformar con el cuidado del que ama, del que protege, del que abre la puerta a un mundo como invitación, previniendo al invitado de que no todo es fiesta. Pero que la hay. Y no dónde ni cómo la espera.

Enseñarle a esperar. Enseñarle a no desesperar. El pensamiento demanda tiempo.

La interlocución profunda es transferencia, es amor, con su maravilla que suspende el tiempo y su devenir azaroso que puede arrasar.

La docencia como interlocución profunda demanda la responsabilidad amorosa de la transferencia como transformación. La autovigilancia del propio poder otorgado por la institución-ley.

La universidad puede ser hogar, aventura, feliz odisea. Pero también puede ser hoguera, tortura y lamentable cicatriz.

El docente tiene el poder y la responsabilidad de cargar o no los dados de la apuesta. Sabemos que los dados ya vienen suficientemente cargados. Liberarse de la propia carga innecesaria de su -si está ahí- feliz apuesta es lo que cada nuevo alumno le ofrece. Porque le ofrece la renovación de la fe en la apuesta hecha. Le puede decir o mostrar que sí, tuvo sentido.

El sentido que empieza y termina en la escena de la docencia.

En el campo magnético-vivificante.

En la vida alegre de la letra.

viernes, 19 de diciembre de 2014

La otra fidelidad, o mejor: Serle fiel a quien se ama


La idea de fidelidad, la palabra misma, aparece atávicamente vinculada a la exclusividad sexual. “Ser fiel” es estar en una relación monógama prometiendo a otro que no habrá otro –otro otro. No habrá un tercero. Que la sexualidad propia es del compañero/a. Que el deseo sexual solo se orientará a la pareja o que, llegado el caso, el deseo sexual que emerja como dirigido a un otro otro será reprimido.
Quienes asumen la fidelidad en la pareja como eso viven la fantasía de que, en el fondo, no emergerá un deseo por un tercero. En el fondo, desean que el deseo no sea nunca por un tercero y creen que es posible. Pero, si no es posible, desean que el otro reprima su deseo. Es decir, deseo de primero orden: “Que mi otro no desee”. Por default, deseo de segundo orden: “Que el otro no realice su deseo”. El orden de los deseos decrece en términos del realismo del sujeto.
Ahora bien, otros, otros otros, que también viven el amor de a dos, sin embargo creen que pedir al otro que se reprima es un mandato egoísta –de quién lo pide, claro. Más que egoísta, o a la par, creen que “se ama en libertad o no se ama”. Es decir, eligen creer que el amor es el deseo de vivir juntos la libertad: vos la tuya, yo la mía, pero juntos.
Quienes asumen la no-fidelidad en la pareja como eso viven la fantasía de que, en el fondo, el deseo que emerja en el otro por un tercero, y que el otro elija libremente realizar o no, no significará necesariamente que mi otro ya no me ame. Es más, la fantasía se articula con la fantasía complementaria de que “porque lo dejo ser libre, me amará más” o “el amor durará más”. Por eso he escuchado decir algo así como “sí, claro, somos sexualmente libres como pareja, pero el límite es tener una relación paralela.” La fantasía de fondo es que la libertad otorgada o reconocida (la diferencia existe; cuán sutil sea, habría que pensarlo) aumentaría la capacidad pulmonar de la vida del amor: nadie se ahoga y él/ella me amará un poco más (¿en el tiempo? ¿en el modo?)
¿Qué puedo decir yo de esto? Que no sé. Que lo que sí sé, observo, antropo-existencialmente, es que fantasía y amor van de la mano… la fantasía de que el amor durará, permanecerá, más que cualquier límite que sea proyectable.
Una amiga que adoro me ha citado una maravillosa frase de Félix Grande: que del amor es “cierto que viene para irse
(Como nosotros,
como nosotros)"

Pero yo hoy quiero pensar en la otra fidelidad...
(el amor y su reflexión tampoco escapan de los modos de lo otro –ni de la fantasía de que haya algún modo del vivir el amor que conduzca a la felicidad).
una fidelidad o, mejor dicho (porque me gusta más), un modo del ser fiel (“fidelidad” me suena a una palabra tan fría, tan seca… “ser fiel” tiene otro encanto para mí).
Serle fiel a quien se ama.
Un sentido del ser fiel que no sea la pregunta –por sí o por no- de la monogamia y de si es una imposición darle (¿se puede?) al otro la auto-limitación de mi libertad (¿y se puede pedir?) ni si es tan soportable aceptar (¿se puede?) anticipadamente (¿y se puede pedir?) que mi otro con otro otro sea no una posibilidad acechando/a la mano, sino una constatación previa al acto.
No son esas las preguntas que me interesan aquí.
Pienso hoy en un modo de serle fiel a otro por seguir creyendo en su valor, en su rol feliz en la propia vida, en su posibilidad de seguir siendo fuente de amor para mí. Pero no se trata de un ciego optimismo: no tiene nada de acrítico ni es del todo espontáneo.
Es la renovación de una apuesta.
Es la decisión de atribuir realidad a una apariencia porque el otro no es ni puede ser (¡como nosotros!) más que una forma del aparecer.
A veces tiene que ver con defender al otro de nuestro Tanatos. De nuestro impulso de muerte. De nuestro miedo hecho látigo que pretende castigar a otro por verlo como su fuente, su motivo, su razón.
Cruzar la cortina de humo de la neurosis confiando en el-otro-que-amo esperando del otro lado.
Quebrar ese coqueteo, esa danza, entre la aparición, el fantasma y el monstruo.
Y es siempre un salto.
Pero a veces nos espera el milagro de un suelo fértil, de un verde césped húmedo del rocío de la novedad del creer en vos de nuevo.
¿Será que el salto es el de serle fiel a un otro? ¿O será mejor el salto de un serle fiel a mí misma/o, de confiar en la fuerza del amor que aún siento, de elegirme eligiendo?
Como si uno no temiera en espejo… como si el deseo de serle fiel al otro no fuera el deseo escondido, anudado, agazapado, de que el otro me sea fiel a mí: que cuando ve mi aparecer monstruoso, salte y elija creer que los monstruos no existen… que mi aparecer tanático es pasajero… que soy ese Eros del que se enamoró hace un tiempo.
Serle fiel a otro es desear que el otro me sea fiel en esos momentos donde la sexualidad es, pero detalle. Donde si aparece lo sexual es anudado a todo eso no sexual que también somos. Donde la heteosexualidad está más allá de la diferencia hetero/homo: porque claro que siempre seremos, más allá de nuestros genitales, quienes quiera que seamos en la cama, dos sexualidades distintas.
Siempre somos otro con el otro.
Siempre somos otros de nosotros mismos con el otro.
A veces soy mi peor otro con mi otro.
Y el amor es el salto que es suelo. El amor es eso que vibra entre la piel y las venas sintiendo y transmitiendo en un morse profundo, que somos uno con el otro.
Que somos un nosotros.
Uno quiere, desea, necesita, ser fiel a que sea posible ser un nosotros.
Más allá de fantasmas y de monstruos.
Más allá de libertades y represiones.
Más allá de esa imagen baratamente fantástica del amor que cree que su verdad está en su perseverancia.
Como si no fuera en realidad eso otro: el instante denso del ser uno con el otro.
Dejo aquí mi pensar en este otro modo de esa palabra fría y seca - el del serle fiel al otro-que-amo.
Pero dejo al otro que lee, para terminar, una escena que me enseñó –aunque aún estoy digiriendo el potencial abrumador de la verdad observada- lo que estoy tratando de entender en este texto.
Llegamos a San Pedro en dos autos. En uno iba mi hermano mayor y yo. En el otro, mi hermano menor, mi hermana menor, mi mamá y mi cuñada.
Íbamos al velorio de mi abuela Susana, madre de mi padre.
Papá había llegado en micro a San Pedro un poco antes. Nos esperaba en la puerta.
Me bajé primera del auto y fui a abrazar a mi papá. Y lloramos juntos. Abracé a mi padre que había perdido a su madre.
Luego, con tristeza patente, se acercaron uno a uno mis hermanos.
Mamá estaba unos pasos más atrás.
Mientras dejábamos de abrazar a papá, nos abrazábamos entre nosotros, en turnos, nos acompañábamos.
Luego, papá se acercó a mamá. Mamá se estaba acercando también a papá.
Yo observaba el abrazo por venir de marido a mujer de treinta años juntos a la distancia. No mucho, unos metros, pero los suficientes para no oír algo que mi mamá le dijo a mi papá, que estaba de espaldas a mí.
No sé qué le dijo, unos segundo antes de abrazarlo.
Mi mamá tenía en su rostro una expresión difícil de describir: estaba llorando, pero cuando mi papá se acercó, con su cuerpo entregado para ser abrazado por su compañera de toda la vida, algo dijo mi mamá, con sus brazos completamente abiertos para recibirlo, que llenó su rostro de luz entre las lágrimas para recibir a mi papá en una abrazo más intenso, más tremendo que el que nosotros, cada uno de sus hijos, le había dado. Una mezcla de expresiones cuya descripción se me escapa había en esos ojos de mi mamá que hablaban. Compasión y fuerza. Comprensión y apoyo. No sé, no tengo las palabras… como no escuché las palabras. No alcanzan las palabras.
La intensidad palpable del abrazo –por la que juro que en ese momento estaban solos, uno, en el mundo- fue la intensidad de cómo mi papá se entregó a sus brazos… de cómo los brazos, los ojos, el rostro, de mi mamá, recibieron a mi papá como si ese hubiera sido siempre su lugar más profundo, propio, auténtico, suyo, en el mundo.
Ante la muerte, entregarse a los brazos de un otro que ya están abiertos como extensión de esa mirada, esas palabras, que recibieron a mi papá como si pudiera confiar en que estaba a salvo.
A salvo en el cuerpo de otro… en un momento en que fueron uno... nosotros.
Un salto pero no caer, porque está el abrazo del otro.
Ser fiel de este modo refiere al cuerpo, claro, pero no son los explícitos órganos a reprimir o liberar los que tengan nada que ver acá.
Es el don de un cuerpo que abraza. Es el don de un cuerpo que se entrega a un abrazo.

Es un don-de.

Como si no hubiera ningún otro lugar en el mundo –ni siquiera mi cuerpo- para llamar  propio.

lunes, 8 de diciembre de 2014

El principio, el fin y el culo sucio

Se empieza y se termina la vida con el culo sucio.
Hoy quiero pensar qué dice de una vida, digamos, “convencional”, “típica” o “promedio” -una vida que empieza en el típico principio y termina en el probable final- la coincidencia del culo sucio a su inicio y el culo sucio al final.
No me refiero a la expresión “tiene el culo sucio” como metáfora indicadora de que alguien siente culpa, o se siente en deuda, vergonzosa, quizás hasta negadamente, con alguien.
Ese es el durante de la vida.
Pero hay un principio y un final.
Y en ambos, el mismo culo, sucio.
Pero es menos el carácter de “sucio” del culo el que me interesa pensar y más, en cambio, la situación en la cual esa suciedad del culo se encuentra: se trata de un inicio y un final en el que necesito de Otro para limpiar(me) mi culo.
En el alfa y el omega de la vida, no puedo limpiarme el culo yo solo.
La infancia y la vejez, los extremos del ser, devuelven una misma imagen originaria: la de mi dependencia del ot(r)o para limpiarme el o(r)to.[1]
Sospecho que acá, en una imagen tan trivial, obvia, escatológica, grosera, se cifra mucho, bastante, una buena parte de una verdad de la vida: Una verdad que está en el culo y no en la cabeza.
Sospecho también que hay algo de esta verdad orto-originaria detrás, o delante, de los esfuerzos de Judith Butler de pensar una ética levinasiana, una ética de la absoluta desposesión frente a otro, otro ante el cual mi responsabilidad radical surge porque me limpió el culo cuando yo no podía (aunque Levinas pensó lo humano en la cara, ¿podemos pensar lo humano en el culo?) Por eso vivo mi durante de la vida, el “entre” un culo infante sucio y un culo anciano sucio, con la sensación de tener el culo sucio, aunque ahora me lo limpio yo solo.
Hay algo de lo femenino ancestral como figura que limpiará el culo del inicio y el culo del final, que me inspiran a adjetivar el “yo/solo” en masculino, aunque la mano que escribe es la de una mujer… más precisamente, una mujer-tía que hoy le limpió el culo a su sobrina-niña, porque ella no podía.
Hay algo sospechosamente masculino en el durante de la vida en el cual “yo me limpio el culo solo” y lo vivo sintiendo metafórica-existencialmente como teniendo el culo sucio.
¿Por qué y cómo será que la deuda, la culpa irrefrenable, de deber-me a otro en mi existencia pasó a ser figurada en la metáfora del “tener el culo sucio”?
El culo sucio de mis años niños no es naturalmente motivo de vergüenza, ni de deuda: simplemente es. Deviene vergüenza cuando el marco social que demanda que los culos “siempre estén limpios” se instala.
Toda la lógica de la vida social representada por el pasaje de la vivencia espontánea del culo sucio ante otros como mero suceder hacia su sustancialización en marca-como-mancha.
El mundo social es el mundo de los culos obsesivamente limpios que igual se sienten siempre sucios.
No pedí que me traigan a este mundo, pero necesito que alguien me limpie el culo.
No pedí que me lleven de este mundo, pero si me voy, que alguien me limpie el culo.
¿Quién limpiará mi culo cuando yo ya no pueda?
¿Alguien que me esté en deuda?
¿Es el devenir una mano que lava a la otra, o mejor dicho, una mano de un culo sucio lavado, que deviene mano que lava su culo, y el culo luego de otro, que solo no puede, esperando que luego ese culo sucio que solo no podía sea al final la garantía de que en el fin alguien deberá –“me” deberá- lavarme el culo, cuando otra vez, en absoluta asimétrica existencia, yo ya no pueda?
¿Hay que tener culos infantes para lavar para saber que alguien sentirá en algún momento el deber moral de no dejarme, en el fin, con mi vergonzoso culo sucio solo?
¿Está mal sentir el culo sucio, cuando está limpio, cuando ya me ocupo solo de limpiarlo, cuando me auto-sustento la limpieza de mi mierda, solo porque nunca podré borrarme u olvidar que le debo en mis primeros años la limpieza de mi culo a otro?
¿Qué puede haber de más interesante para pensar, acerca del durante de la vida, acerca del sentimiento permanente (por más esfuerzo de negarlo o enfrentarlo) de que todos tenemos sucio el orto?
¿Es el horizonte de mis deudas, de mis culos ancianos por lavar, que no son “mi” culo, pero son “míos” de algún modo, una expectativa a desear postergar, a temer enfrentar, a disponerme solo a soportar?
Como se soporta el durante de la vida con la sensación del culo siempre sucio.
¿Habrá algo que aprehender en la puesta en cuestión de la idea de que la vida sea el trayecto que vivo con un culo que se espera siempre limpio –aunque es un culo que nunca pudo ser sin un otro que, primero, (y en el último después) lo lave?
¿Podríamos dejar de tratar de tener siempre el culo limpio?
¿Podríamos dejar de desear que el otro tenga siempre el culo limpio?
¿Qué une y qué distingue –cuál la diferencia ontológica- entre ese otro al que demando la pureza que me demando, y ese otro que me limpió, que me limpiará, cuando yo no pude, cuando yo ya no pueda?
¿Se cifrará allí la originaria mayúscula del Otro? ¿Se cifrará allí el olvido al que sometemos al otro en minúsculas, con el cual lo construimos, bajo la sombra de un Yo que por quererse mayúsculo y primero olvida que primero, al principio, en el origen, solo no podía ni lavarse el culo?
¿Podrá el interjuego entre la mayúscula que se olvida y niega, y la minúscula que se impone y recuerda, ofrecerle al yo que piensa en minúscula su existencia, un atisbo de la verdad que le espera en un final que será el mismo principio, la verdad cuyo pretendido desconocimiento ensucia metafóricamente, en el durante constante de la vida, ese culo que obsesivamente volvemos, una y otra vez, a tratar –imposiblemente- de limpiar?



[1] ¿No les parece fascinante esta pequeña alteración del lugar de la “r” y todo el cambio que produce en términos de significación?

sábado, 22 de noviembre de 2014

Manifiesto del poder de un cuerpo individual (Primera Parte)


Este texto desea ser una reflexión acerca de las posibilidades de acción en el presente. Desea ser un hijo del pensamiento, aunque su gestación recién empieza y no será parido hasta dentro de mucho tiempo. Pero quizás ya fue, de algún modo, concebido como posibilidad.
Se trata de un hijo del pensamiento que no puede sino ser un hijo de la promiscuidad, porque su concepción requirió un erotismo teórico con muchos hombres y mujeres, homosexuales y lesbianas, filósofos e historiadores, lingüistas y teóricos literarios. La promiscuidad ontológica de la que alguna vez me habló un profesor transmitiéndome a Merleau Ponty, que ahora quiere ser también promiscuidad performativa del pensamiento y la escritura.
Y un hijo no puede concebirse sin un cuerpo. Es un hijo/hija… tiene y rechaza a su vez su género.
Pero debo advertir al lector que en este texto no se dirá nada nuevo. ¿Quién puede decir alguna vez algo “nuevo”? Ya se ha dicho todo, ¿no? O al menos siempre alguien podrá venirnos a decir que “esto ya lo dijo X en Y”. Pero si no se puede decir algo “nuevo”, se puede decir algo “de nuevo”. No es algo nuevo, pero se dice “de” nuevo. Y eso es lo que enseña Benveniste del discurso: yo, alguien (¿nuevo?), asumo en mi enunciación todo el lenguaje: ¿no hay un tipo de hacer ahí? En el discurso, aparece la lengua en tanto que asumida por el hombre que habla y en la condición de intersubjetividad, única que hace posible la comunicación lingüística. El yo que no es sin el . El yo ligado al ejercicio del lenguaje: el discurso individual en el que cada locutor asume por su cuenta el lenguaje entero.
Entonces quizás hacer en/con el lenguaje –como Austin nos ha mostrado- no puede sino ser decir “de” nuevo. Pero con mi garganta. Con mis dedos. Con los signos a través de mi cuerpo.
Si hay algo interesante para decir del lenguaje y de la acción “de nuevo” será eso: el lenguaje es acción, la acción es lenguaje. Es esto lo que hay que decir y pensar de nuevo.
Pido perdón por tardar en llegar al punto, perdón porque me cueste empezar este texto. Pienso en mi amado Barthes, en su escritura en voz media (destacada recientemente por mi amado Hayden White). Es interesante que al pasar, en el texto en que la piensa, Barthes menciona entre los procedimientos de inauguración del discurso - “puntos en que se juntan el comienzo de la materia enunciada y el exordio de la enunciación” – la apertura performativa, que remite al modelo poético del yo canto. Lo interesante es la nota a pie de página, en la que refiere el problema del exordio de cualquier discurso como “la codificación de las rupturas del silencio y una lucha contra la afasia.”
¿Hacer y hablar no son siempre un modo de romper el silencio y luchar contra la afasia? ¿Ruptura y lucha que no son sino un atravesar con el propio cuerpo las codificaciones del hacer y del hablar?
Pero, ¿de dónde viene este texto? ¿Qué pretende decir de nuevo? ¿Cuáles son los cuerpos diversos que se encontraron azarosamente en la promiscuidad teórica que lo produce?
Seguramente el poder productivo en Foucault. Y la iteración en Derrida, particularmente en esa apropiación del Kafka que escribe respecto del “ante la ley”, tal como Butler lee a ambos: como revelando que la norma que citamos no “es” sustancialmente antes de ser reiterada, sino que es la misma reiteración la que la fortalece en su apariencia de “La Ley”. También lo que está detrás de estos tres filósofos: Austin y el develamiento de la performatividad del lenguaje. Pero también la voz media en Roland Barthes, en él y tal como White la asume para pensar nuestra relación con el lenguaje y la representación en el siglo XX, el que dio las piruetas lingüísticas y ahora no sabe dónde cayó. También el Barthes que habla de la lectura como hemorragia permanente de la estructura, como lugar en que la estructura se trastorna. El estructuralista que se suicida, que nos hereda la sangre de su propio puñal en el pecho, para beber: la lectura como el lugar en el que la estructura se trastorna.
Y también la última Butler de la ética levinasiana, de la “scene of address”, del dar cuenta de uno mismo que siempre es de un yo a un tú.
Pero también de lo que no está en los libros ni en las lecturas hechas. De mi experiencia en las instituciones educativas, de mi experiencia de la academia. Y también de tantas charlas en las que el pensamiento vive.
Pienso en mis charlas con Elsa Drucaroff y su furibunda crítica a toda posición que pretende pensar la emancipación como esquizoide, que propone pensar un sujeto des-hecho, des-centrado, “pero bien que después van con nombre y apellido a cobrar los derechos de autor.”
Hay algo para pensar de nuevo –mi amiga tiene razón- en el Nombre y Apellido, el nombre en el que habita, se individua,  un ser que habla y hace. Ese que ocupa un lugar en la academia y su autoridad, o en la burocracia y su poder, o en la cátedra y su saber.
¿Qué es lo que quiero pensar de nuevo, a partir de esta promiscuidad de pensadores, haceres, experiencias? Hay algo que siento como falta en el terreno en el que un Foucault, un Derrida, una Butler, me han dejado… claro que son ellos los que me permiten pensarlo. Ellos más algo que me viene de White, y Barthes y Drucaroff –aunque también sería quizás un poco contra ellos también.
Me aparece la falta del cuerpo individual, de la pregunta por su rol en las estructuras de saber/poder.
Si eso que todos vienen elaborando de algún modo, que es lo que une indisociable pero no identificablemente al hablar con el hacer, la performatividad, no puede sino ser una teoría (perdón por la palabra) de cómo se usa el poder, cómo circula: ¿no tiene alguien que prestarle el cuerpo al poder, la garganta al discurso, para que siga circulando de un cierto modo?
¿No hay un cuerpo individual marcado por un Nombre y Apellido? ¿No hay un Nombre y Apellido del poder y de su circulación/desviación?
Me estoy preguntando sobre la discrecionalidad institucional como arma. Algo que puede ser pensado a partir de las vivencias cotidianas e institucionales –porque se cruzan constantemente.
Pienso en un modo de la subversión que sería posible como elección de un disfraz, como performance repetida del parecer ser lo que la institución espera que devenga su miembro, hasta llegar al lugar del poder para ejercerlo poniendo el cuerpo para desviarlo.
Usar las instituciones quebrando las promesas hechas al poder particular, concreto, sesgado, de la forma opresiva de la institución: no creerse realmente la promesa dada de devenir en el futuro reiterador auténtico del disfraz asumido. Perder la fe en la institución. Renunciar al deseo de ocupar el lugar codiciado del poder del que fuimos sujetos.
Sería un hacer político no por social, sino porque nos retorna al yo-no-sin-tú del lenguaje. The scene of address, para Butler.
Se trata de enseñar a usar el disfraz: hay que socializar los trucos y estrategias de acceso a la institución y sus recursos.
Y me permite entender que un modo de la injusticia está dado por todos los mecanismos que intentan garantizar, a algunos, el no-acceso a las instituciones.
Se trata de un motín de los propios capitanes. Un motín a favor de la tripulación.
Porque el capitán debería recordar en su cuerpo el haber sido el otro, el oprimido, el sujetado.
Manifiesto del poder de un cuerpo individual.
El poder podrá circular, más o menos difusamente, pero no hay poder sin cuerpos que le sirvan de materialización de su circulación.
Retorna el elemento de la estructura a exigir su reconocimiento: pero ya no es el Signo, sino el Cuerpo. El cuerpo que habla. El cuerpo que se individua, que ejerce un poder que lo atraviesa, con su Nombre y su Apellido.





lunes, 10 de noviembre de 2014

Sueño, niñez y ley

El domingo, después de una transnochada divertida y necesaria, me ocurrió lo que suele sucederme en estos casos: duermo mal, me despierto una o dos veces en lugar de dormir unas buenas horas de corrido y se produce la ya usual madrugada de mucho soñar en cuotas para mí… soñé varias cosas, en sueños a la vez continuos e independientes. Pero uno en particular me regaló el despertar angustiada (que también conozco de memoria).
De algún modo el contexto del sueño era algún evento o reunión familiar. Creo que unos minutos antes había estado hablando con un señor que yo no conocía pero que se me presentaba en esa ocasión y vagamente recuerdo que me contara que era escritor o había escrito un sueño (nota: en realidad quise escribir que había escrito un "cuento", pero ahora veo que escribí "sueño" en su lugar). Pero eso era la situación-marco, digamos. La escena del sueño que me impactó fue la siguiente.
Estoy con Juani, mi sobrinito de cuatro años, a upa. Estoy sentada o como recostada en una reposera, y él está sentado sobre mi falda, con su rostro hacia mí, mirándome a mí, y llora. Llora porque en el jardín lo retaron fuertemente por haber robado algo. Como suele suceder en los sueños, vivo la situación como si me fuera familiar o estuviera al tanto de lo que Juani me dice. El llanto de Juani está acompañado de una expresión en su rostro tremendamente potente –me fascina (aunque lo padezco) de los sueños esa potencia de conmoción emocional que tienen tanto durante como después del sueño. Esa expresión, acompañada de alguna explicación de Juani –que para todo tiene explicaciones e intentos de racionalización que son tan tiernos como asombrosos, sobre todo a la hora de intentar dialógicamente escapar a alguna sanción que se le está por imponer- me dice en el sueño que él no entiende por qué era tan grave el reto, por qué lo tenían que retar tanto por eso que hizo.
Yo vivo la pregunta angustiada de Juani ante la magnitud del reto que recibe con una sensación doble que suelo tener en la realidad frente a situaciones así: por un lado, hay algo gracioso, tierno, en el niño que transgrede una norma y quiere “zafar” de la sanción… es como que causa un poco de risa, como si hubiera algo cómico ante los ojos adultos en esos primeros intento de lidiar con la Ley no incorporada del todo aún de un niño; pero por otro lado, algo me angustia fuertemente, me entristece tremendamente, tanto como para despertarme y sentir unas ganas de llorar permanentes a lo largo del día que asoman más o menos a los ojos ante la sumatoria banal de circunstancias de la vida en la vigila posterior.
Pero hay que agregar más información sobre el sueño aún: yo, en el sueño, reacciono como lo haría en la vigilia porque mi mixtura de risa enternecida y lamento más o menos angustiado por la vivencia infantil de Juani va acompañada de la conciencia de que yo, como su tía, dado que la institución educativa y los padres están de acuerdo en que Juani debe saber que “hizo algo malo” y debe reconocerlo -saberlo, sentirlo y aprender a no volverlo a hacer-, tengo que colaborar con ellos en la tarea de darle a conocer con claridad a Juani la Ley, el “no robarás”. Si la situación fuera la de cualquier otro día real de mi vida, yo sabría que mi función es, con cariño pero firmeza, responder a la pregunta de Juani llorando de por qué está tan mal lo que hizo y por qué lo retan tanto reforzando desde mi lugar la bajada de la Ley y el conocimiento de la sanción: con ternura tendría que explicarle a mi sobrino por qué estuvo mal eso, por qué está bien que lo reten o pongan en penitencia, darle a entender por qué es mejor (¿para él? ¿para la sociedad? ¿para la Ley?) que no lo vuelva a hacer. En otras palabras, Juani viene a la tía como figura adulta externa a la institución educativa y la normativa paterno-materna para ver si esta adulta también va a bajarle la Ley o si, en cambio, ella puede ser una aliada de él, si ella puede como adulta decir algo distinto, decir que no tienen razón los otros adultos, y entonces liberarlo de su angustia y tener otro-adulto a su favor frente a sus acusadores.
El sueño me angustia estando “en” el sueño potentemente y en la vigilia posteriormente también, casi del mismo modo ante el recuerdo-permanencia corporal de esa potencia, justamente porque en el sueño no me surge espontáneamente el rol de colaboradora en la imposición de la Ley a Juani. Luego de ese primer momento de risa ante la ternura de su gesto de zafar de la sanción mezclada con la leve angustia de la empatía con la vivencia en el cuerpo mío niño de lo mismo hace mucho tiempo, permanece y gana terreno la angustia ante la empatía que se duplica y magnifica por el hecho de que en tanto estoy ocupando el rol de la adulta ahora, en la situación del sueño, yo sé que podría rechazar mi rol de co-sancionadora, de reforzadora de la Ley, y que podría en cambio decirle algo a Juani en una íntima complicidad para que rechace a su vez la Ley y, de ese modo, pierda la angustia que lo hace llorar porque todos le dicen que hizo algo malo y se muestran enojados con él. El sueño me revela el rol que ahora ocupo por mera presencia como tía (nota: reviso el texto y en lugar de “ocupo”, que era lo que conscientemente quería escribir, había escrito fallidamente “cuerpo” –es cierto, ahora “le pongo el cuerpo” a ese lugar): soy ahora una figura adulta más que siempre podrá colaborar en bajar la Ley, en reforzar las sanciones sociales que Juani necesita incorporar para entender moral-punitivamente el mundo en el que vivirá. Pero también sé que estoy exactamente en el mismo lugar en el que podría rechazar de plano ser yo también agente de la Ley para Juani.
Si Juani llora porque su niñez aún le permite sentir la pérdida de libertad que la norma le impone, le permite no asimilar inmediatamente la norma externa como norma interna –porque aún su corta edad lo tiene “en proceso” de tal in-corporación… aún su cuerpo vive la no inmediatez de la auto-regulación-, yo me angustio frente a él, en mis faldas, indefenso, pidiendo una aliada para resistirse a los otros-adultos y sus normas, porque sé que puedo y no puedo ser su aliada. Puedo porque tengo la, llamémosla, libertad deliberativa de la adultez, para elegir colaborar en bajarle la norma o no (en otras palabras, nadie “me” obliga a mí particularmente a hacerme cargo de esa función: no hay un “papá”, una “mamá”, un jardín de infantes que a esta altura de mis treinta años más que Juani me podría “mandar al rincón” por no reforzar colectivamente la norma). Pero por otra parte, no puedo no hacerlo. No puedo no ser cómplice de la bajada de la Ley de los adultos-criantes a los niños-en-crianza… porque la liberación momentánea de la angustia de Juani frente a esta ocasión del enfrentamiento con la norma no lo prepararía para un mundo en que esas ocasiones se volverán ethos, se convertirán en mundo de la vida, se transformarán en “normalidad” a habitar.
Mi sueño me dice que no quiero, que me angustia, que preferiría no hacerlo: no quiero ocupar el rol de agente de normalización. Pero mi angustia onírica se vuelve tristeza de la vigilia porque no puedo no hacerlo. 
El sueño me revela la nueva norma que me espera en una edad en que pensaba que ya no habría mucha más novedad en términos de normativización para mí porque ya las normas habían sido introyectadas y podía incluso disfrutar de cierto margen de elección de transgresión de normas… como un balance de adultez de cuáles quiero conservar y cuáles no. Pero no, nada de eso, ahora aparece una norma social inescapable nueva: la función de colaboración normativizadora de niños ahora desde mi lugar de agente –y no paciente- de la Ley.
Y me despierto profundamente triste. Y hoy es lunes y sigo triste. Y escribo para que la catarsis me permita “hacer las cosas que tengo que hacer” y ya no pensar en esto.
Me siento la sobrina-niña que llora preguntando por qué le dicen que hacer lo que querría hacer –no bajar la Ley- está tan mal. Pero ya no hay ninguna meta-tía que me siente en sus faldas para escuchar mi queja y mi llanto.

domingo, 26 de octubre de 2014

Decirle te amo a un niño

Ayer finalmente le cumplí la promesa (añeja por demás) de llevarla al Botánico a mi preciosa sobrina Ailín. Tuvimos una tarde hermosa, disfrutando de flores y plantas, de sombra deliciosa en un día caluroso, de caminata por los lagos de Palermo y de la divertida aventura de andar en esas bicis para dos que alquilan al lado del lago, con la cual Ailín se descostilló de risa y yo también –aunque la tía quedó fulminada luego de media hora de pedalear ella sola porque a Ailín no le llegaban las patas a los pedales.
Dejé a Ailín con su papá pasadas las 9 de la noche y decidí que la cama y la tele me esperaban. Resolví el tema de la cena pasando por una confitería a comprar unos ricos sandwichs de miga, cuyo sabor sin igual se duplica por el maravilloso hecho de ahorrarme cocinada, lavada de platos y mayores obstáculos para la cama.
Iba caminando despacio, disfrutando del aire fresco de la noche, a lo largo de las poquitas cuadras que faltaban para casa cuando suena el celular. Es mi hermano que me pregunta si puede pasar ahora por el depto a ver eso del balcón que hace rato que tiene que pasar a ver y nunca puede. Le digo que sí, porque sé que tiene poco tiempo disponible, pero le aclaro que estoy muerta, que mi plan es pegarme una ducha e irme a la cama, así que que pase ahora, por favor.
Listo, todo acordado, voy a cortar el celular y advierto que Juan me iba a decir algo más. Entre que intento llamarlo de nuevo se me desarma el celular cuya tapa trasera está siempre floja, se sale la batería y se retrasa mi devolverle el llamado. Cuando logro arreglarlo y encenderlo de nuevo, veo las llamadas perdidas registradas. Lo llamo y le explico que se me desarmó el celular y no podía llamarlo. Todo bien, me dice, esperá que alguien te quiere hablar.
Entiendo todo y sonrío. Juan le pasa el celular a Juani, su hijo, mi sobrino precioso, y Juani me dice sin mediar saludos innecesarios: “Tía Mary, ¿querés venir a cenar con nosotros?”
Tiene una voz tan dulce, como si la dulzura de su alma se trasluciera en los sonidos de su garganta. Muerta de cansancio, sandwichs optimizadores de descanso en la mano, con unas tremendas ganas de llegar a casa, a la ducha y a la cama, y todo en mí sonríe, todo en mí se derrite, me nirvanizo en estado de tía-que-ama y le contesto sin mínima vacilación: “Sí, Juani”, entendiendo que no me invita a cenar a su casa, sino a jugar, como hacemos siempre, a todos los juegos juntos, a los viejos y nuevos, a los que le enseñé y los que aprendimos juntos, a reírnos, gritar, saltar, abrazarnos, discutir por reglas o resultados, balancear el juego con aprender a jugar con la hermana, y jugar a dos manos, una a Lupe, su hermana hermosa, sobrina preciosa mía, y una a Juani, hasta quedar de nuevo felizmente fulminada por la demanda insaciable de presencia de tía de mis sobrinos, que aún a la una de la mañana, pucherean porque la tía tenga que irse a la casa.
Cada vez que puedo le pido un beso a Juani o a Lupe. Hace un tiempo incorporé el feliz ritual de decirles después del beso “te amo”. Casi nunca o nunca me contestan. Pero no importa. Yo les digo, y ellos saben, que los amo.
Decirle “te amo” a un niño. ¡Qué cosa extraña! He dicho varios te amos a novios y enamorados. He dicho muchos “te quiero” a madres, padres y hermanos… a amigas y amigos. Pero es la primera vez, con mi experiencia de los sobrinos, que me encuentro diciendo “te amo” a niños.
¿Qué es tener una relación con un niño, y una que amerite un “te amo”? En el caso especial de Juani y Lupe es tener un vínculo con alguien a quien vi nacer. Alguien que ha desarrollado paulatinamente el lenguaje a mi lado. Alguien que vi quererme antes de que supiera decirme nada. Alguien a quien empecé a amar antes de que pudiera entender un “te amo”.
No puedo citar aquí la experiencia real o mítica de la maternidad. Primero porque no son hijos míos. Hay una extraña intimidad entre nosotros, algo del orden de células genéticamente cercanas enfrente mío que empiezan a crecer, a moverse, a hablar, a hacer primeras sonrisas y primeros enojos. Pero no son mis hijos, son los hijos de gente que amo. Pero no los amo solamente por ser hijos de aquellos a los que amo –como si pudiera garantizarse la transitividad del amor de los hermanos a sus hijos. De hecho, los amo de un modo nuevo. Un amor raro. Potente, hermoso, feliz, pero raro.
Es que todavía intento entender esto de decirle “te amo” a un niño, alguien que todavía no ha desarrollado la racionalidad plena de su inserción sociocultural en el mundo mío, de los adultos, de los “ya-estructurados”. Este ser i-rracional –porque, ¿cuánta razón argentino-americano-occidental-sigloveintunezca puede decirse que este niño “tenga”?- que me habla, me busca, me besa, me discute, me reclama, por momentos hasta ignora, ¿cómo puede entenderme completamente? ¿Cómo puede saber Juani que la tía desea ser invitada a jugar con él a las diez de la noche de un larguísimo y cansador sábado, porque su demanda de amor-por-medio-del-juego le da a la tía el mejor plan: el del sabor de esa verdad de la vida que tarde o no, recién ahora entiende: la plenitud absoluta del orden del juego de los momentos entregada a los seres que ama?
Quizás ahí empiece a hacerse comprensible, palpable, vivible con el cuerpo algo de mi “te amo” a Juani, o a Lupe, del amor a estos seres nuevos que me hacen “tía” una y otra vez. Quizás lo que amo de Juani es su ternura, su belleza, su inteligencia, su alegría, esa risa que parece que amaneciera en dos minutos en su boca… como amo de Lupe su locura, su obstinación, su necesidad de mí como mandato inquebrantable, sus saltitos de entusiasmo si vamos a tocar el piano o a su cocinita a jugar, o cuando me pide que le diga “qué dice acá”… o como amo de Ailín la fascinación con la que me busca, el interés de estar conmigo que siempre me demuestra, que yo llegue y ella corra a abrazarme, o que me cuente como en el tren a la vuelta de Palermo su vida del colegio, quién es su mejor amiga, el chico que la molesta, o que se quede preocupada porque los nenes que están en el tren descalzos pidiendo limosnas “no deberían estar ahí” y “¿cómo puede ser que los dejen, si es muy peligroso?”. Quizás amo de ellos todas esas cosas particulares, específicas, que los hacen Juani, Lupe y Ailín. Pero seguramente también ame la persona que me hacen cuando me invitan a su vida, sus prioridades, sus asombros, sus preguntas, sus juegos, sus demandas. Seguro amo que me recuerden que la vida, al inicio, era otra cosa: que el mundo era una gran plaza o un gran fondo… que una tarde en el Botánico puede ser la oportunidad de respirar un aire nuevo para mi mente y mi cuerpo, que siempre está ahí como posibilidad, y que tantas veces pospongo… que pedalear media hora alrededor del lago de Palermo muerta de la risa porque podemos chocar a alguien, o gritando de entusiasmo cuando se viene la loma de burro, sin importar nada más es un placer que hay que darse… que en vez de la cama y el eterno retorno embolante del zapping puedo una noche armar un rompecabezas, jugar a la escondida, ser cowboy, encontrar muñequitos en una revista, hacer una sopa de choclo con un choclo de plástico y dárselo al bebote de plástico… por eso los amo: no solo me aman, no solo me miman, no solo me llenan de cariño y dulzura de niños… también me recuerdan lo que absurdamente he olvidado, lo que la repetición normativa de años y años de alcanzar disciplinadamente el estatus de adulta –que, ¡pobre tonta yo!, tanto añoraba- me ha quitado: ver la vida como juego, ver el tiempo como risa, mancha y pedaleo, ver cualquier proyecto como fantasía realizada de ser un momento cowboy y al otro zombie, y luego cocinera y después mamá, y después soldado y después pianista de sonidos irreconocibles… de que la vida puede ser un piano en el que mis dedos chapoteen sin partitura… la vida que vuelvo a amar en los niños que amo.

Quizás, debe ser, algo de todo esto sea lo que significa mi decirles “te amo”.

sábado, 18 de octubre de 2014

Amar en las pequeñas cosas

Paro de trabajar un rato, voy a la cocina a prender el horno y poner algo de comida a calentar. Abro el freezer para sacar unas milanesas de pollo y sonrío al ver el tupper en el que están guardadas. Las milanesas me las preparó mi mamá, que acostumbra a mandarme cosas ricas que hace y que hace pensando en que yo reciba una parte. Le sonrío al tupper porque pienso que es un tupper nuevo –conozco todos los tuppers de mi mamá. Y la sonrisa se debe a que mamá compró un tupper nuevo muy probablemente para poder enviarle en nuevos recipientes más comida y cosas ricas a sus hijos.
Y entonces pienso en la gente que te ama en las pequeñas cosas. En mandarte milanesas de pollo caseras para que disfrutes lo más que puedas en la rutinaria tarea de almorzar o cenar para salvar el obstáculo de la alimentación en medio de “las cosas importantes” que “hay” que hacer en el día.
Pienso en amar en las pequeñas cosas. En esos gestos imperceptibles que te arrancan una sonrisa en medio de una cotidianidad normalizada, reiterativa, serial.
Sonreírle a todo lo que está detrás del tupper nuevo de mamá.
El amor en las pequeñas cosas me ha resultado, en el último tiempo, la experiencia del amor más fascinante, más sorprendente, un completo descubrimiento de una dimensión del amor –en todas sus variantes- que me resulta inesperado.
Ser amada en las pequeñas cosas… tener antojo de helado, mientras estamos volviendo a las apuradas a casa porque le empieza el partido, y que, al escucharme, él pegue un volantazo apurado para volver hacia atrás unas cuadras y que yo pueda comprarme el helado que quería, aunque el partido está casi empezando. Y que lo haga con gusto, como un regalo, no solo en ausencia de cualquier gesto de molestia, sino en presencia de una intensidad de marea subterránea de ese amor que me dice todo el tiempo, que le mueve el brazo rápido en el volante y le impulsa la mano que pasa aceleradamente los cambios, para que su amor disfrute de su cumplirse su pequeño antojo de helado. Cómo le hubiera gritado la felicidad de gotas de amor constante que me da en la cara… pero le di una sonrisa en silencio, le devolví con la misma muda enormidad del amor de las pequeñas cosas su gigante gesto amoroso.
Es que el amor de las pequeñas cosas tiene la potencia de la mudez frente a tantas vanas y vacías palabras de amor que se han vuelto, para la experiencia más superficial de lo amoroso, sonidos comunes… ruidos estereotipados.
El amor de las pequeñas cosas exuda la vitalidad y novedad que tanto trillado lenguaje pseudo-amoroso producido en serie carece… una potencia repentina e impactante, un efecto sobre mi cuerpo que ninguna de todas esas miles de novelas románticas, una igual a la otra, que leí con mi cuerpo adolescente inocente-sublimante jamás supieron darme ni siquiera hacerme vislumbrar.
Amor de las pequeñas cosas contra el gran amor mitológico del que liberarse es necesario, cuyo lastre cansa, pero que ha delineado tan eficazmente las expectativas normales del cuerpo que abandonarlo o meramente resignificarlo se parece a arrancarse la propia piel para sentir otra cosa.
Pero qué hermoso es sentir con otra piel, o con la misma, el amor de las pequeñas cosas.


sábado, 11 de octubre de 2014

Cuento/sueño, sujeto/cuerpo

Hoy hice un descubrimiento: un cuento no es un sueño. O, mejor dicho, un sueño no es un cuento. En realidad es algo obvio, que siempre supe, pero lo entendí hoy. Tuve un sueño muy interesante hace un tiempo y me pareció tan lleno de significados y figuras, tan rico para una sesión de análisis que lo anoté y decidí que iba a convertirlo en mi primer cuento. Además de anotarlo utilitariamente, lo anoté porque cuando desperté, la intensidad del sueño había sido tal que no lograba volver a dormirme. Estaba conmovida, plena de sentido… no estaba angustiada pero sí inquieta. Incluso cansada. Cuando un sueño es tan intenso uno se despierta y sin haber terminado de lidiar con ese momento de confusión entre el fin del sueño y el inicio claro de la vigilia, uno ya siente que está cansado, como si hubiera estado corriendo mientras estaba acostado.

Hoy quise aprovechar una noche relajada, sola, en casa para tomar cierta sensibilidad a flor de piel del día y escribir. Me preparé un aperitivo, un Martini con soda y hielo, y me fui placenterísimamente a mi escritorio a escribir. Busqué las notas del sueño para a partir de ellas armar el cuento.

Ahora bien, a mí me había parecido que lo cargado de una plenitud de significado y asociaciones había sido el sueño tal como desplegó sus acciones-imágenes. Entonces,  mi interés fue permitir un pequeño juego poético al introducir el relato mismo del sueño pero luego tratar de transcribir las escenas del sueño lo más fidedignamente posible. Y eso hice. Empecé a escribir el sueño-cuento, agregué una elaboración sobre la primera situación del cuento –que era el relato de mi irme a dormir-pero cuando la acción más traumática del sueño se iniciaba, ahí solo traté de describir lo más fielmente cómo había sido el sueño, que por intenso y anotado me había quedado muy grabado en la mente. Terminé de relatar las escenas del sueño bastante conforme con la fidelidad del resultado: era un excelente relato del sueño. Pero luego de releerlo, aunque el sueño estaba perfectamente relatado, me di cuenta que eso no era un cuento. Había una intriga o situación estresante que hiciera las veces de peripecia o nudo, pero la resolución –esplendorosa de sentir y sentido para mí- no era la conclusión de un relato. Era simplemente un terminarse el sueño en un momento o escena final y punto, pero nada parecido a una coherencia estructural o trama que hiciera retrospectivamente necesario o conclusivo el fin del relato.

Dejé lo escrito guardado en la computadora y me fui a ver televisión y dar por terminado el día. Aventuré la idea posible de que a partir de la base del sueño pudiera más adelante inventar un relato que se inspirara en él. Por ejemplo, continuando el relato desde el fin de sueño hacia algún otro tipo de acción o evento inventado que llevara el relato a algún lado e hiciera de eso que no era un cuento y que yo acabara de escribir, un relato, mi primer cuento (tal fue la ilusión post-sueño original: este sueño será mi primer cuento).

Habiendo dejado la tarea voluntariamente inconclusa o parcialmente resuelta, tuve mi momento de cena y relax en la cama, con la televisión. Y gracias a la combinación de todos los factores cotidianamente necesarios para mí para la relajación y el dejar pasear la cabeza, de repente, una revelación, un descubrimiento: un sueño no es un cuento. Un sueño no puede ser nunca un cuento. Léase: la estructura del sueño no es la de un cuento, un relato, una narración. Pero no estoy diciendo que los sueños no tienen forma o estructura. Menos todavía estoy diciendo que un sueño no tiene sentido. Lo que digo es que la estructura del sueño y su modo de hacer sentido, de significar, son diversos de la estructura de la narración, que nos ofrece su sentido qua narración a partir de la estructura principio-medio-fin que hace a la serie contingente de eventos en dirección al fin retrospectivamente necesaria en vistas de la totalidad de la serie qua estructura de relato.

En mis discusiones sobre lenguaje, narración, psicoanálisis y subjetividad con ella, Judith Butler argumentaba fuertemente que mucho de la subjetividad y de la experiencia solo puede ser captado por el lenguaje poético, por el lenguaje de los sueños, y no por la estructura narrativa (y el sujeto narrativizante/sado que la coherencia narrativa supone). Recién hoy entendí esto. Fracasando en el intento lúdico, placentero, deseante, de escribir un cuento a partir de un sueño que fuera el sueño vuelto cuento: pero al fracasar en escribir un cuento logré escribir un sueño, para darme cuenta al leerlo que eso que escribí no tenía la estructura de un cuento.

Hay entonces, entiendo hoy, dos modos de la significación de la subjetividad, de la experiencia de ser sujeto: el modo en que significa un relato sobre las acciones del sujeto, un modo teleo-lógico, porque su inteligibilidad se sostiene en la dirección hacia el fin y desde el fin hacia la totalidad del sentido de sus actos. Es el modo de la significación que se condensa en la noción de “elección”: de un modo más o menos intenso es el sujeto el que moviliza el sucederse que se vuelve trama. Y un modo otro, el que significa en el sueño, que contiene una sucesión de imágenes-figuras-escenas, que se remiten unas a otras, se metamorfosean unas en otras dando una sensación de duración o temporalidad del sueño, un modo tropo-lógico: porque la sucesión-duración sigue la dirección de un constituirse una figura que se de-constituye, de-figura, para volverse una figura u escena otra-siguiente. Y en la cual la sucesión-sustitución de una imagen en otra sugiere una red multiforme, enredada, de sentidos, en un ir de un lado al otro, de un arriba abajo, al costado y arriba de nuevo, que genera una sensación de continuidad que disfraza la danza perpetua en el desplegarse de las figuras de la dis-continuidad entre ellas. Aquí las denominaciones aún me faltan… pero arriesgaría que es el modo de la significación que se condensa en la noción de “pasión”: la pasión también refiere a un sujeto que moviliza un sucederse, pero hay una experiencia pseudo-ciega del mover los sucesos, un saberse sujeto-agente pero a la vez paciente, que se ve a sí mismo moverse, actuar, comportarse, de un modo que no cree elegir o que preferiría no elegir, o que no debería elegir, pero sabiendo esto aún así no puede sino hacer “eso”, decir “eso”.

Las preguntas posibles para mí, ahora, en torno a la reflexión sobre la subjetividad serían las siguientes: ¿cuál es el modo privilegiado? ¿Cuál define mejor qué es ser sujeto? ¿Se trata de un alternarse de los modos de la subjetividad? ¿O uno, el del sueño, es el fenómeno primario –por más reprimido que lo fuera- y el otro un fenómeno subsidiario, secundario? ¿Es el modo de la narración una fantasía de plenitud de ser que se vuelve principio de realidad de la vida consciente? ¿Es el modo del sueño la verdad de la ausencia de estructura de trama real de la existencia? ¿Son dos modos meramente opcionales, yuxtapuestos, de un ser esquizo o bifronte del sujeto?

Y más se podría preguntar, y lo seguiré haciendo. Pero permítanme terminar esto con un último elemento a destacar del conjunto de mi des-cubrimiento.

Dormidos o despiertos, el modo del relato o el modo del sueño, solo son posibles en un cuerpo.

No hay subjetividad en ninguno de los dos modos sin –se vive, se narra, se escribe, se sueña como-  cuerpo.